AVE
FAMILIA
MATRIMONIO
Y FAMILIA
LA CASTIDAD
MATRIMONIAL
Manuel Ordeig
Corsini
Cómo
vivir esta virtud imprescindible para la madurez del amor
Revista
Palabra, nº 442-443, abril 2001.- El amor
conyugal puede considerarse como la cúspide del amor de amistad. En él, la
entrega del amante es total, sin reservas: encuentra la propia felicidad en
hacer feliz al otro con el don de sí mismo (cfr. Humanae vitae, 9).
«De ahí la absoluta necesidad de la virtud de la castidad..., energía
espiritual que sabe defender al amor de los peligros del egoísmo y promoverlo
hacia su plena realización» (Familiaris consortio,
33).
El
matrimonio, cauce para expresar la donación total.- La
institución natural que garantiza la estabilidad necesaria para el amor,
protegiendo sus derechos y deberes, es la familia basada en el matrimonio: un
acuerdo entre hombre y mujer para compartir en exclusiva la vida entera. Aun con
diferentes fórmulas jurídicas, todos los pueblos han reconocido la familia y el
matrimonio como elementos básicos de su cultura.
El matrimonio es el
ámbito donde las relaciones sexuales resultan lícitas y honestas (cfr.
Gaudium et Spes, 49). Fuera de él, la moral cristiana desaprueba tales
relaciones, aunque exista un cariño sincero y una intención futura de contraer
matrimonio.
Dentro del matrimonio,
las relaciones íntimas son fuente y manifestación del amor: «significan y
fomentan la recíproca donación con la que (los esposos) se enriquecen
mutuamente» (Ibid., 9). Llevadas a cabo con rectitud, favorecen las
virtudes básicas de la vida cristiana e impulsan la madurez humana y espiritual
de la persona. Esta rectitud interior, sin embargo, marca también unos límites a
la propia conciencia: como en tantos otros ámbitos de la vida, no todo lo que se
puede hacer, se debe hacer. La castidad, en su aspecto conyugal,
ayuda a delimitar lo que es propiamente acto virtuoso de lo que no lo
es.
Los actos conyugales,
como expresión de donación y amor generoso, deben anteponer siempre el bien y la
voluntad ajena a la propia (cfr. HV, 9). En este sentido, cada cónyuge
tiene la obligación en justicia de acceder a la petición razonable del otro.
Negarse sistemáticamente, o hacer muy difícil la relación, es un pecado contra
la justicia debida a quien tiene el derecho -por contrato conyugal- sobre el
propio cuerpo.
Dios está presente en
todas las relaciones humanas, también en las conyugales. Quiere esto decir que
no será lícito aquello que ofenda a Dios por atentar contra su voluntad, que en
este caso se manifiesta a través de la naturaleza propia de la sexualidad humana
y de sus condiciones anatómicas y fisiológicas. Contradice la ley de Dios, por
tanto, todo acto hecho contra-natura: de forma no adecuada al modo
natural de ejercitar la sexualidad. La razón estriba en que ese acto no estaría
guiado por el amor, sino por un egoísmo capaz de anteponer el capricho personal
al bien natural establecido por Dios. Por eso iría contra la virtud de la
castidad.
Vida familiar
y relaciones conyugales.- La vida familiar es compleja.
El amor esponsal no se reduce a las relaciones íntimas entre cónyuges. El día a
día de la convivencia familiar está hecho de pequeños detalles que pueden
acrecentar o consumir el amor. El trato delicado, el respeto hacia el otro, la
memoria de sus gustos, evitar lo molesto..., contribuye a que el amor discurra
por cauces pacíficos y saludables. Por el contrario, las intemperancias, los
desprecios y, en casos extremos, la violencia verbal o física, hacen difícil la
continuidad del amor.
¿Tienen algo que ver
estas actitudes con la virtud de la castidad? Un refrán castellano dice: «en
la mesa y en el juego se conoce al caballero». Puede aplicarse en mayor
medida a las relaciones conyugales. No se trata aquí ya de una moral minimalista
-de lo que es pecado o no-, sino de ver cómo esas relaciones pueden
enriquecer el amor matrimonial. Por principio, el amor se expresa y crece
en la mutua relación y donación; pero si ésta reúne determinadas condiciones, el
progreso será señaladamente mayor.
Hay que tener en
cuenta que en cualquier acto conyugal intervienen dos personas, con las
diferencias psíquicas y caracteriológicas correspondientes. Será imprescindible,
pues, articular la relación sobre la generosidad: no buscar tanto la propia
satisfacción, sino la de la persona que se ama. Y decir "satisfacción" no se
refiere sólo al placer físico, sino a un conjunto numeroso de condiciones que
contribuyen a la felicidad ajena: la delicadeza, el respeto por su libertad, el
conocimiento de sus gustos, la perspicacia para captar su estado de ánimo,
etcétera.
Unas relaciones
conyugales así vividas no sólo unen más a los esposos, sino que influyen
positivamente en toda la vida familiar. La comprensión mutua, el deseo de
ayudarse unos a otros, el esfuerzo por superar el propio egoísmo, etcétera,
mejorarán paralelamente al progreso de la generosidad en las relaciones íntimas
del matrimonio.
La castidad, por
tanto, no atañe sólo a las cuestiones relativas al uso de la sexualidad, sino,
antes, a tantos detalles menores que conducen «al que la practica a
ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y ternura de Dios»
(Catecismo de la Iglesia Católica (CCE), 2.346). Caridad y castidad
crecen siempre de la mano.
Un camino de
santidad.- El matrimonio -con todo lo que incluye- es un
camino cierto de santidad cristiana. El sacrificio es uno de los ingredientes
del seguimiento de Cristo, y se da en el matrimonio cada vez que uno de los
cónyuges se olvida de sí mismo (sus gustos, sus intereses) para atender las
necesidades del otro o de los hijos.
En las relaciones
matrimoniales se encontrarán no pocas ocasiones de mortificar las propias
apetencias para preocuparse del otro. Serán sacrificios habitualmente menudos,
ordinarios, pero no por ello menos importantes en orden a la santidad de los
fieles cristianos corrientes.
Esto incide en una
cualidad fundamental de la castidad cristiana: no se trata de un ejercicio
ascético de renuncia; en su esencia es un don de Dios. Ciertamente supone lucha,
como toda virtud moral; pero es gracia que el Espíritu Santo concede en el
bautismo y en el sacramento del matrimonio (cfr. CCE, 2.345). De ahí la
necesidad absoluta de la oración humilde para pedir a Dios la virtud de la
castidad (cfr. Juan Pablo II, Enchiridion familiae, V,
4197).
Los hijos,
fruto de la donación total.- Cuando el amor y sus
manifestaciones son rectos, el fruto natural son los hijos. La apertura a
los hijos es la garantía de licitud de todo acto conyugal. Lo cual no quiere
decir lógicamente que cada acto sea generador, sino que no se deben poner
obstáculos intencionados para evitarlo.
Así planteado, surge
la cuestión acerca del número de hijos que debe aceptar un matrimonio. En
recuadro anexo se habla con detalle de la paternidad responsable. Aquí
recordamos que los hijos son un don de Dios: premio a la generosidad del amor de
los padres y vehículo para que éstos reflejen la paternidad divina (cfr.
FC, 14).
Criar y educar a los
hijos tiene sus dificultades, como cualquier cometido; pero también sus grandes
satisfacciones. No es cierto que sea más fácil educar a un hijo que a muchos; ni
que se le haga más feliz al proporcionarle más juguetes que hermanos. Las
familias numerosas suelen ser, con mucho, las más alegres -aunque quizá
dispongan de menos cosas materiales-; de tal manera que es bastante habitual que
una casa con muchos hijos sea centro de atracción de numerosos amigos y amigas,
que encuentran allí ese algo especial que tienen las familias
numerosas.
Las
dificultades.- Las particularidades del mundo actual
fomentan el egoísmo: hedonismo, consumismo, etcétera. Alcanzar en este contexto
un amor generoso que lleve a dar y a darse sin buscar recompensa, presenta
ciertamente obstáculos nada despreciables.
Vivir la castidad en
las relaciones conyugales entre las constantes incitaciones actuales al erotismo
(películas, conversaciones, relaciones sociales), siendo fiel al propio cónyuge
sin dar cabida -ni de pensamiento- a la infidelidad matrimonial, tampoco es
fácil. Lo mismo que no lo es resistir las fuertes campañas oficiales organizadas
-con excusas sanitarias engañosas- a favor de sistemas contraconceptivos de
diverso tipo.
En todos estos casos,
vivir la castidad -fuera y dentro del matrimonio- supone caminar
contra-corriente de las modas y estilos imperantes. El entorno social es,
en muchas ocasiones, la primera fuente de prejuicios o escarnios; por ejemplo,
ante un número elevado de hijos. Lo cual se suma a las dificultades económicas
que frecuentemente conlleva una familia numerosa.
Los obstáculos
existen, pues, y sería una ingenuidad ignorarlos. Ante ellos la solución es
aumentar la confianza en Dios y pedir con constancia la ayuda de su gracia. En
el terreno práctico, esta actitud conduce a reforzar la vida cristiana (oración
y sacramentos); a mejorar la propia formación en la fe (estudio y dirección
espiritual); a luchar en los pequeños detalles (imaginación, curiosidad, pudor)
que, sin llegar quizá a pecado, fomentan la sensualidad desordenada; a buscar un
ámbito o comunidad de referencia -parroquia, instituciones- que ayuden a la
familia a sentirse acompañada y apoyada por quienes participan del mismo ideal
de santidad, etcétera.
Toda virtud se
fortalece ante las dificultades. La castidad también. Con la ayuda de Dios, esos
obstáculos se convierten en ocasión de acrisolar la santidad personal a la que
estamos llamados por cristianos.
EL SIGNIFICADO
DE LA SEXUALIDAD HUMANA
El hombre es espíritu
encarnado: no se da en abstracto, sino en forma masculina o femenina. La
sexualidad es una característica esencial: sólo se es persona siendo varón o
mujer. Por ello, en cierto sentido, cada persona está creada para ser en
comunión con otra de sexo diferente. Esto no significa que los solteros o
célibes sean incompletos como persona, sino que la plenitud de la unidad humana
se alcanza en el darse y recibir del amor. Ahora bien, al no ser
sólo cuerpo, el don de sí es don de la entera persona, no sólo de su
dimensión sexuada.
La consumación de la
sexualidad, por sí misma, se abre al hijo, que no es tanto el solo resultado de
un acto físico, sino «sacramento -fruto visible- del don del amor»
(Livio Medina, en Amor conyugal y santidad). La fecundidad, al no
ser debida, es un don: la bendición de Dios a la entrega plena de los
cónyuges. El amor alcanza así la cualidad oblativa propia del amor más
noble.
La entrega sexual
entre hombre y mujer sólo debe tener lugar en el ámbito del matrimonio, único y
para siempre. «Dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer,
y serán una sola carne» (Gen 2,24). Se trata de una entrega tan
completa que debe verse amparada por una institución natural que la proteja. Lo
contrario dejaría desguarnecido ese amor que, por su misma naturaleza, es
definitivo: no cabe amar de verdad por una temporada, ni compartir
tal amor con otros; esto desvirtuaría las relaciones conyugales, reduciéndolas a
un mero pasatiempo corporal.
La unidad de cuerpo y
espíritu conduce a que el amor entre varón y mujer se exprese corporalmente.
Esto tiene una contrapartida importante: no es posible hacer un uso frívolo de
la sexualidad sin comprometer la parte superior y trascendente del hombre (cfr.
FC, 11).
Quien plantea el sexo
como un juego, acaba esterilizando las fuentes más hondas del amor. Si no se
corrige, su capacidad de amor de amistad y de benevolencia irá progresivamente
agostándose. Sólo desarrollará el amor de concupiscencia; y el egoísmo que éste
multiplica le impedirá alcanzar la felicidad que busca al fomentar el solo
placer.
La virtud de la
castidad, al integrar la sexualidad en el conjunto de la persona, defiende la
unidad interior del hombre (cfr. CCE, 2.337) y se muestra como una
escuela de crecimiento en la caridad, resumen de todo deber del hombre con Dios
y con su prójimo.
A PROPÓSITO DE
LA PATERNIDAD RESPONSABLE
En no pocos
matrimonios la cuestión de la castidad conyugal se vincula subjetivamente al
número de hijos que están dispuestos a tener. La licitud en la limitación de los
hijos, primeramente, y los métodos para conseguirlo, en segundo lugar, provocan
los mayores interrogantes morales a los esposos católicos. También las
discordantes respuestas que encuentran a veces en algunos teólogos y sacerdotes,
les producen no pequeño desconcierto.
Enseña el Magisterio
de la Iglesia: «La paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la
deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la
decisión, tomada por graves motivos y en el respeto a la ley moral, de evitar un
nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido» (Humanae
vitae, 10).
Paternidad responsable
no coincide, pues, con paternidad reducida o escasa. Puede ser igualmente
responsable la paternidad numerosa: depende de las circunstancias. No obstante,
es frecuente que un matrimonio se pregunte: ¿podemos limitar -de acuerdo con la
moral católica- el número de hijos a uno, dos, tres?
La constante
advertencia de la Iglesia es que el amor auténtico es siempre generoso y que
«todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida»
(HV, 11), que «es siempre un don espléndido del Dios de la bondad»
(FC, 30). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio,
está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre
no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto
conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV,
12).
La decisión
sobre el número de hijos.- La Iglesia, como madre que
es, hace suyas las dificultades de algunos esposos para criar y educar un número
elevado de hijos (cfr. Carta a las Familias, 12). En los casos difíciles
es legítima una paternidad restrictiva, si se encauza respetando lo indicado
sobre la inseparabilidad entre la dimensión unitiva y procreativa del acto
conyugal.
La decisión de limitar
el número de hijos es algo que sólo compete a los mismos esposos, con una
elección que deberá ser recta -sin egoísmos que la desfiguren-,
conforme a los criterios morales, y valore con justicia las
razones que les mueven a esa limitación.
Tales razones no
pueden ser banales. Deben existir «graves motivos» (HV, 10), o
«razones justificadas» (CCE, 2.368), que aconsejen el retraso de
un nuevo nacimiento. Además de la autenticidad del amor conyugal, está en juego
la vida de una persona humana, y eso es algo muy serio: «sólo la persona es y
debe ser el fin de todo acto» (Carta a las Familias, 12). No es
suficiente, por tanto, un superficial convencimiento subjetivo; los padres
«deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme
a la justa generosidad» (CCE, 2.368); y esto requerirá habitualmente
el consejo experimentado de alguien conocedor de las circunstancias y de la alta
vocación a la santidad a que son llamados los fieles cristianos y sus
familias.
Por otra parte, los
motivos pueden variar con el tiempo, lo que ha de llevar a los esposos a
replantearse la validez de su decisión, tomada en circunstancias
diferentes.
Los medios a
emplear.- En el caso de que una responsable paternidad
oriente a un matrimonio a limitar el número de hijos, los esposos se plantean
inmediatamente qué medios pueden emplear con tal fin. Sobre ello la doctrina de
la Iglesia es clara y unánime. Tanto la decisión sobre el número de hijos como
los medios para llevarla a cabo están definidos por la moral
católica.
«Toda acción que,
en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus
consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la
procreación» es intrínsecamente deshonesta (HV, 14).
Es pecaminosa, por
tanto: toda interrupción voluntaria del acto conyugal; la esterilización
-quirúrgica o farmacológica- de la mujer o del varón; y el uso de instrumentos
-diafragmas, preservativos- o de substancias químicas que impiden el natural
desarrollo del acto.
También es deshonesta
toda acción dirigida, no al acto en sí, sino contra la vida que pudiera
concebirse después del mismo: tanto el uso del DIU y la «píldora del día
siguiente» (cuyos efectos «pueden» ser abortivos, aunque sean microabortos),
como la píldora RU-486 y el llamado «aborto terapéutico» (que pretenden
directamente el aborto). Cualquier aborto voluntario conculca el quinto
mandamiento aún más gravemente que los pecados contra la sola
castidad.
«En cambio, cuando
los esposos, mediante el recurso a periodos de infecundidad, respetan la
conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad
humana, se comportan como ministros del designio de Dios y se sirven de la
sexualidad sin manipulaciones ni alteraciones» (FC, 32).
Este recurso a la
infertilidad natural periódica es lícito en sí mismo y «conforme a los
criterios objetivos de la moralidad» (CCE, 2.370), cuando se dan las
razones serias que hemos citado. En la actualidad se ha progresado en el
conocimiento y detección de esos periodos infecundos, de modo que los
matrimonios pueden recurrir a ellos -sea de modo temporal o permanente- con gran
certidumbre.
Una
aclaración capital.- La neta divergencia de licitud
entre la contracepción y el recurso a los ritmos temporales de infecundidad, no
deriva de que sean dos modos distintos -artificial y natural- de alcanzar un
mismo fin. Se basa en la «diferencia antropológica y al mismo tiempo
moral» existente entre ambos sistemas; diferencia «que implica dos
concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre
sí» (FC, 32).
Lo que señala la
diferencia es la intencionalidad, en tanto que define el objeto del acto. Una
esterilización artificial puede ser lícita cuando es necesario realizarla, por
ejemplo, para curar un proceso canceroso. En cambio, una decisión tan «natural»
como el coitus interruptus es ilícita por el objetivo que
persigue.
El amor conyugal no es
casto cuando pretende romper la unidad de los dos significados fundamentales
-unitivo y procreador- del acto matrimonial. En cambio, puede ser casto si
simplemente se abstiene del uso de las relaciones íntimas en determinados
periodos de la fisiología femenina. Si hay razones suficientes, esta continencia
es un modo de vivir la responsabilidad que Dios pide a algunos
cónyuges.
La continencia
periódica en el uso del derecho matrimonial, realizada con sentido
cristiano, lejos de enfriar el amor entre los esposos, contribuye a acrecentarlo
al compartir gozos y sufrimientos; y fomenta un diálogo personal y esponsal que
acrisola su amor, purgándolo de egoísmos particulares.
La invitación de Dios
a la santidad en el matrimonio comunica a los esposos la gracia necesaria para
afrontar con paz y alegría las dificultades de la vida -también el esfuerzo por
vivir la castidad-, y para convertirlas en ocasión de progreso espiritual y de
perfeccionamiento humano.
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