EL DEBER DE
DIVERTIRSE
Antonio
Orozco
Somos
personas creadas a imagen y semejanza de Dios. Por eso es lógico que San Pablo
diga: «sed imitadores de Dios». A Dios le imitamos cuando trabajamos: «mi Padre
y Yo -dice Jesús- siempre trabajamos». Pues bien, el necesario descanso debe
consistir también en imitar a Dios
Llega un momento en que
la persona que trabaja seriamente tiene ganas de divertirse. Es lógico. Dice la
Sagrada Escritura que «todo tiene su tiempo, y todo cuanto se hace bajo el
sol tiene su hora. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de llorar y
tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de danzar» (Eccl 3, 1-5). Y un
poco más adelante: «disfruta mientras eres joven y pásalo bien». No está
bien visto en la Sagrada Escritura el llamado empollón (que sólo vive
para el estudio), porque «el demasiado estudiar desgasta el cuerpo» (Eccl
11, 7-12). Aunque no cabe olvidar este consejo que se da a la vez: «Acuérdate
de tu Hacedor ...».
No sería un programa
normal de vida cristiana el que excluyera la diversión. En uno de los más
importantes tratados de Teología de todos los tiempos -la Summa Theologiae,
de Santo Tomás de Aquino-, figura la diversión como una nota indispensable
de la vida del cristiano: faltan por defecto en la diversión -dice el
llamado Doctor Angélico- los que no profieren ni siquiera un chiste, y se
molestan si los demás bromean; porque no toleran la expansión moderada de sus
semejantes. Esos tales son viciosos y se llaman agrios y adustos (S. Th.
II-II, q. 168, a. 4 c). Que nadie imagine la vida cristiana como un luto sin
salida. Si Nuestro Señor Jesucristo hubiese sido un hombre triste, teatral -como
se le suele representar en las películas-, los niños no se hubieran acercado a
El.
Tiempo de
danzar
En la familia cristiana
debe haber mucha serenidad, mucha luz, mucha alegría. Hay un tiempo para cada
necesidad. No siempre es fácil, pero es cuestión de orden. Incluso hay tiempo
para danzar. Bien sabido es que la danza puede convertirse en una tumba del
espíritu, del honor de la persona, de la pureza del alma y del cuerpo. Pero esto
no significa que deba negarse al baile un valor saludable. Basta que no exceda
las normas del buen sentido. Y se entiende bien lo que quiere decirse: que no
sea sensual (que no despierte pasiones extemporáneas), que se guarden las
debidas distancias; que no incite a ningún desorden moral, pues entonces ya no
es diversión auténtica, sino pérdida de densidad humana y
cristiana.
Por lo tanto, los
padres, primeros educadores, han de velar para que esta faceta normal de la
vida, sobre todo cuando se es muy joven y se posee el casi irresistible instinto
de danzar, se desarrolle con normalidad, es decir, según las normas de la
nobleza, la honestidad y el decoro.
Recuperar las
fiestas saludables
Habría que recuperar
aquellas fiestas de no hace tantos años, aunque ya muchos las desconozcan, que
se celebraban en casa de los propios padres o de los de algún amigo o amiga,
bajo luces claras y la mirada discreta, pero atenta, de alguna persona mayor.
Así era fácil divertirse limpiamente. Siempre es posible, claro es, si se
quiere, traspasar los límites de la moral (se puede hacer incluso en una
iglesia), pero cuando se toman las precauciones debidas, es más difícil incurrir
en lo que no estaba en la voluntad.
En las discotecas de
estos tiempos que corren pasa lo contrario: quizá alguna persona privilegiada,
tal vez muy ingenua o un poco tonta, pueda pasar una noche bailando y bebiendo
sin ofender a Dios. Pero lo más fácil y seguro es lo contrario. Las discotecas
donde casi es imposible hablar, propician un tipo de expresión basada únicamente
en el contacto físico, en la vibración y en los instintos estimulados por el
sonido, la penumbra, cuando no por el alcohol o la droga. Esto ya va en
menoscabo del pudor, en cuanto que favorece un falseamiento de la intimidad. La
persona ha de evitar correr riesgtos innecesarios para su salud espiritual y el
escándalo que pudiera causarse con imprudencias temerarias. Es preciso advertir
también que hay ambientes que si bien no determinan ofensas actuales a Dios,
distorsionan la formación de personalidades que podrían llegar a ser ricas,
profundas, maduras.
Los padres que puedan,
deben animarse a organizar fiestas para sus hijos y los amigos y amigas de sus
hijos. «Urge recristianizar las fiestas y costumbres populares. -Urge evitar que
los espectáculos públicos se vean en esta disyuntiva: o ñoños o
paganos».
»Pide al Señor que haya
quien trabaje en esa labor de urgencia, que podemos llamar "apostolado de la
diversión"» (Camino, núm. 975).
Que significa
diversión
Entretengámonos un
momento en el significado de la palabra diversión. Di-versión,
divertirse, suena a verterse o volcarse, salir en cierta manera de
uno mismo. Si uno sale y se pierde, está perdido, pero si sale bien pertrechado,
con dominio de la situación, conseguirá un reencuentro más gozoso consigo
mismo.
Cuántas veces, por el
contrario, la diversión deja un poso de amargura. Aquilino Polaino, conocido
catedrático de Psicopatología, en una conferencia reciente sobre la famosa
depresión (dos millones y medio de españoles tienen problemas depresivos),
contaba lo que sucede al final del verano: «En septiembre nos encontramos en las
consultas con la llegada de los veraneantes cansados, lo que en principio
resulta bastante paradójico. Han ido a descansar y vuelven cansados. ¿Qué ha
sucedido? Sucede que hay gente que no sabe descansar y que pretende hacerlo en
ambientes ruidosos y masificados, donde relajarse realmente resulta una empresa
difícil. Es obvio que la montaña es euforizante y por tanto buen factor
preventivo para la depresión, mientras que un buen número de ambientes playeros
cuentan con un factor depresógeno. Y aunque de momento pueden paliar la
ansiedad, es posible que al cabo de pocos días la depresión se presente de
nuevo, más profunda».
El desafío de las leyes
morales siempre lleva consigo un deterioro de la integridad de la persona, del
equilibrio psíquico y no raramente del físico. Pero como no siempre se ve el mal
enseguida, se suele pensar que si no se mata y no se roba, es seguro que no
hago mal a nadie. Sin embargo no matar y no robar es compatible con hacerse
un daño profundo, aunque no sea sensible, a sí mismo y también a muchos otros.
Nada de lo que acontece en nuestra intimidad personal deja de repercutir de
algún modo en el ambiente -familiar y social- que nos rodea.
La diversión, por
tanto, ha de contar, como ingrediente principal -aunque, como la sal en muchos
platos, esté y no se note-, con las normas morales. Sin ellas no cabe la
felicidad que siempre andamos de alguna manera buscando. Es lamentable que se
ignore u olvide tanto esta verdad: las normas morales establecidas por
Dios no tienen otra finalidad que la de hacer feliz al hombre. Dios nos
ha creado y nos ha revelado unos Mandamientos para que sepamos por dónde
se va a la felicidad temporal y a la eterna. Digámoslo con palabras de
Cervantes: Están nuestras almas en continuo movimiento, y no pueden parar ni
sosegar si no es en su verdadero centro, que es Dios, para quien fueron
criadas. No hay experiencia más universal que esta. Lo que aleja de Dios no
es bueno; o, lo que es lo mismo, nos hace daño, sobre todo al alma.
Salir, pero sin
perderse
Divertirse -lo mismo
cabe decir de las vacaciones- es salir un poco de lo habitual, del esfuerzo
constante. Cabe decir, es salir un poco de nosotros mismos. Pero la
alegría, el sosiego, la paz, la recuperación de energías no se consigue huyendo
del verdadero centro de nuestra existencia, que es como nuestro centro de
gravedad espiritual. Apartarse de Dios es una violencia profunda en lo más
profundo del núcleo personal; y esto no puede proporcionar descanso auténtico.
Cuando el Señor dice Venid a mí los que estáis cansados..., entre otras
cosas nos está advirtiendo que fuera de El no hay descanso
verdadero.
En otras palabras: para
divertirse es preciso convertirse, vertirse o verterse hacia
nuestro verdadero centro que es Dios, y desde ahí, ocuparnos en esas actividades
que relajan, distienden, sosiegan, reparan fuerzas para que después seamos
capaces de mayores esfuerzos (que es, en el decir de Santo Tomás, el fin del
descanso).
Cuando se plantean las
cosas del modo inverso y se tiene la diversión como fin en sí mismo, se espera
de la diversión algo que no tiene y, por tanto, no puede dar. Por eso es
frecuente la tristeza y la depresión en lunes, o en el período que sigue a las
vacaciones. Cuando la diversión que se había tomado como fin termina, comienza
el desencanto, la desazón del alma. Quizá se suspira entonces por nuevas
diversiones, nuevos descansos, que si siguen tomándose como razón de ser de la
existencia, nunca conseguirán hacer feliz.
El ambiente
veraniego
Vendrá el verano,
volverá, como las golondrinas. Y quizá muchos habrán olvidado el mal sabor que
dejaron las vacaciones pasadas, en ambientes teóricamente óptimos para un
merecido descanso, pero prácticamente pésimos para el sosiego de lo que más
importa: el alma.
El ambiente, las
relaciones sociales de muchos lugares de veraneo repercuten muy negativamente en
la vida espiritual de jóvenes y mayores. El que sean muchos los que se
han sometido voluntariamente a esa tortura moral (o lamentable claudicación,
según los casos) no cambia las cosas, ni inmuniza contra el mal; al contrario,
el mal, cuando es de muchos, presenta características de epidemia, a la que hay
que oponer medidas extraordinarias.
A pesar de todo, muchas
veces se reincide, se tropieza en la misma piedra. Ahora que todavía hay tiempo
para programar el verano próximo, vale la pena ponderar el asunto con seriedad y
hondura.
¿Hay algún loco que
vaya a descansar a un frente de guerra en pleno zafarrancho de combate? ¿Hay
algún insensato que emplee su tiempo de vacaciones para arriesgar su vida
situándose en medio del ojo de un huracán, o que encuentre fascinante aspirar el
aire junto a un quemadero de basuras?
¿Y si una mujer, un
hombre cristiano, sabe que la fe cristiana exige morir antes que pecar, y que,
de otra parte, difícilmente se podrá conservar la gracia de Dios en un
determinado ambiente —porque tendría que luchar como un cosaco para vencer
continuas tentaciones contra la caridad, la castidad o la justicia, y aun así
casi con seguridad habría de caer más de una vez..—, ese hombre, esa mujer,
¿será tan loco o insensato que vaya allí a pasar sus vacaciones, y lo que es
peor aún, con su cónyuge y con sus hijos?
La cloaca del
mundo
Una vez oí a una madre
que decía a su hijo decidido a comportarse con coherencia cristiana: --¿Dices
que queréis santificar el mundo y sin embargo no vais a la playa, no vais al
cine..., ¿cómo se entiende esto?. Y el chico respondió: --Pero mamá, ¿no
ves que esas playas, esos cines, esas discotecas, no son «el mundo», sino, a lo
más, la cloaca del mundo? A la madre aquella, que ya lo sabía, le gustó la
respuesta. Y los cristianos, desde luego, no tenemos la culpa de que aumenten
las dimensiones de los vertederos del planeta. Lo absurdo sería que montáramos
nuestra tienda a su orilla, sólo porque también lo hacen algunos de nuestros
colegas, amigos, parientes o conocidos, cuyo lema podría ser: no te prives de
ello: seiscientos mil millones de moscas no pueden equivocarse.
Lo que hemos de hacer
es, si no los hay, crear ambientes de aguas claras y aire limpio. Hay ambientes
que no son santos, pero se pueden santificar, porque pueden corregirse sus
defectos y conservar sus cosas positivas. Pero también hay ambientes tan
deleznables que no hay modo de santificarlos como no hay modo de realizar la
cuadratura del círculo. Una casa de leocinio es imposible santificarla, por
muchas vueltas que se le dé. La única solución es demolerla y levantar otra
cosa. Lo mismo pasa con el ambiente de muchos lugares playeros y de diversión.
Donde no se pueda amar a Dios, donde no se puede vivir, por ejemplo, la castidad
sin eufemismos, donde no puede estar una persona sin avergonzarse, allí no debe
estar un cristiano callando y otorgando. Y si está así, se convierte por ello
mismo en cooperador del mal, en piedra de escándalo y en responsable de quién
sabe cuántas ofensas a Dios.
Por eso, como siempre
ha sucedido, muchos cristianos, hoy, deciden cambiar de lugar de veraneo en
defensa de la vida espiritual propia y la de su familia. Y, así comprueban,
además, que se pasa mucho mejor y se descansa más a fondo. Porque Dios se hace
presente en medio de ellos, les da el ciento por uno. El es la Alegría. Y
quien no sea capaz de hacer una cosa así, dejar el chalé, o ciertos ambientes, o
ciertas amistades por amor a Dios y a los suyos, no merece llamarse cristiano.
No es una opinión, es palabra de Dios: Quien ama a su padre o a su madre más
que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no
es digno de mí (Mt 10, 37). Peor aún sería amar más que a El, un ambiente
determinado, unas amistades, un lugar, unas cosas, unas situaciones
frívolas.
¿Y si fuera menester
pelearse un poco con alguien? También nos responde el Señor: No penséis que
he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la
espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija
contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán
los de su propia casa (Mt 10, 34-36). No hay que asombrarse de que surjan
protestas en casa cuando se defienden ciertos principios morales. No hay que
ceder si son de Dios. Tampoco se trata de que brillen las espadas en la noche, o
truenen cañonazos verbales y se enciendan las disputas violentas. Hay que
defender la verdad con fortaleza y cariño. Ambas cosas son indispensables y
compatibles. Y entonces no llega la sangre al río, al contrario, la familia
resulta más unida, más robusta, más sana y más cristiana. Es evidente que, en
época de vacaciones, toda la actividad de la familia debe supeditarse a la mejor
formación y atención de los hijos, para lo cual no deben escatimarse esfuerzos,
incluido el económico.
Como debe ser
el veraneo
Debe ser un tiempo de
intensa vida familiar, para pasarlo verdaderamente bien. Para ello es necesario
programar de algún modo actividades variadas que ayuden a aprovechar el tiempo,
que resulten atrayentes a los hijos y fomenten en ellos el deseo de estar con
sus padres y hermanos. Tener en cuenta que el atractivo está en el ambiente (es
lo que se masca), más que en la actividad en sí misma. Los padres han de
transmitir ilusión por esas actividades, y afán de superación; han de saber
contagiar buenas aficiones.
Los juegos o juguetes
más caros no son los más divertidos. Hay que salvar el escollo de la
manipulación comercial que se hace con frecuencia a través de la
publicidad.
Trabajos
manuales
El veraneo es también
un tiempo muy propicio para realizar algunos trabajos manuales, que eduquen en
el manejo y destreza de las herramientas: bricolage, marquetería, murales.
Sirven para dar responsabilidad en el cuidado de las cosas materiales del hogar:
pequeños arreglos, regar unas macetas, enseñan a vivir aspectos de la pobreza
cristiana.
Trabajos
culturales
Por ejemplo:
coleccionar minerales, insectos, moluscos, plantas; recoger cantos populares,
vocabulario de la zona de veraneo. Plantaciones en macetas de algunas semillas
corrientes, para que estudien el desarrollo de esas plantas. Interesa ayudar a
los hijos a reflexionar, a pensar, a meditar: que estén algún rato en soledad,
sabiendo que están siempre en la presencia de Dios. Se les puede invitar a
hacerlo junto con el padre o la madre, con cariño, sin imposición, mostrándoles
el valor que tiene el cultivo del espíritu. Puede ser oportuno incluso hacer
juntos un rato de meditación mediante la lectura de algunos puntos -escogidos,
pensando en ellos- de algún libro de espiritualidad.