EL COLEGIO, FAMILIA DE FAMILIAS
Tomás Melendo
1. La familia, ámbito natural de la
educación
a) Dos supuestos
básicos
Me ha parecido casi de justicia encuadrar esta intervención en el
marco de unas palabras pronunciadas hace ahora ya más de diez años, en
circunstancias análogas a las actuales, por Carlos Cardona. De una parte, porque
el mensaje que entonces él transmitió seguirá siendo siempre un punto de
referencia para el buen desarrollo de la tarea propia de cualquier centro
educativo. De otra, más personal, porque sus enseñanzas en esta y otras materias
han constituido para mí el meollo de mi formación filosófica y un apoyo, de
hermano mayor más incluso que de amigo, en el despliegue de mi vida profesional,
familiar y humana.
Las afirmaciones de don Carlos solían ser tajantes, casi
entrecortadas, en la misma medida en que sabían ir directas al núcleo de las
cuestiones que abordaba. Y, así, por ejemplo, sostenía: "Por su condición de
persona, el hombre —todos, pero cada uno— tiene derecho a ser educado. Y la
familia es el lugar primordial de esa educación humana. Los padres —y en su
caso, derivadamente, los hermanos— son los primeros educadores. Este
derecho-deber que les incumbe es primario, original, intangible, indelegable e
insustituible. La familia es anterior al Estado, que la presupone: la persona se
incorpora a la sociedad política desde la familia y por la familia. Y lo mismo
vale respecto de cualquier otra organización asociativa", incluidos, añado yo,
los centros de enseñanza.
Algo más adelante,
Cardona apuntaba: "Un grave obstáculo para la debida educación de la persona
está constituido precisamente por una irresponsable abdicación de los padres,
con dejación de su derecho-deber educativo: por ignorancia o falta de la debida
preparación (sobre todo ética), por egoísmo, por múltiples presiones externas,
por exceso de trabajo fuera del hogar (no raramente materialismo práctico que
hace del padre —y ahora frecuentemente también de la madre, y esto es mucho más
grave— el gran ausente del hogar, a cambio de determinados beneficios económicos
que permiten un cierto nivel superior de vida). Aquella abdicación puede ser
también debida a la degradación ética del ambiente social. Y por último, también
muchas veces, esa dejación puede ser consecuencia del ataque frontal legislativo
a la institución familiar, propio de las ideologías estatalistas de cualquier
signo".
b) Dos
principios y una tendencia
Sentado lo cual, y tras un par
de esclarecimientos sucesivos, se aventuraba a "establecer los siguientes
principios:
primero: no se trata de que
los profesores (y la entidad que sea, es igual) sean ayudados por los padres a
"sacar adelante el colegio" (económicamente, con su colaboración personal,
etc.);
segundo: se trata, en cambio,
de que los profesores (y la entidad que sea, es igual) ayuden a los padres a
"sacar adelante la familia" en aquel aspecto esencial de sus deberes
—tarea primordial del matrimonio— que es la educación de los hijos: deber
intrasferible que origina un derecho indelegable".
A lo que aún agregaba: "Me
parece que orienta bastante la misión educativa del centro docente, y de su
profesorado, decir que entran de alguna manera en el ámbito familiar, y que el
colegio, en cierto modo, es una extensión del ámbito familiar".
A mi entender, desde hace un
par de lustros hasta ahora, la situación con que nos encontramos los educadores
no ha hecho sino refrendar las afirmaciones de don Carlos. En lo relativo al
asentamiento de los principios: la familia es el ámbito natural y insustituible
de la educación de las personas. Y en lo que concierne a las tendencias de hecho
en las que se movía y se sigue moviendo la sociedad; a saber: a)
una cada vez más clara "delegación" en el colegio de la propia misión educativa
por parte de muchos padres; y b) un cierto "acostumbramiento" de
los profesionales de la enseñanza ante este estado de cosas, que les lleva con
relativa frecuencia a pedir a los padres que "les echen una mano" para sacar
adelante las tareas que el colegio propone o asume, con la mejor de las
intenciones, pero a veces en detrimento de las que competen a la familia… a la
que de este modo no sólo no se estimula, sino que a veces se le impide
crecer.
Unamos a estos hechos otra realidad que, por desgracia, me parece
también incontrovertible: el debilitamiento progresivo de la institución
familiar en los últimos años. No sólo como cuestión de facto, cosa ya
inquietante por sí misma, sino también como pretensión de iure, por
cuanto de forma más o menos voluntaria y premeditada, institucionalmente se
están intentando borrar los contornos de lo que constituye una auténtica
familia. Como declaraba Juan Pablo II el 6 de enero del presente año, estamos
ante "una cultura que corre el peligro de perder, de modo cada vez más
preocupante, el sentido mismo del matrimonio y de la institución familiar". Y
esto segundo —la pérdida del sentido de la familia de institución matrimonial—
no sólo intranquiliza, sino que debe mover a la acción a cualquier ciudadano
responsable: más, en la medida en que su relación con la vida familiar resulte
más estrecha; más todavía cuando ese nexo, como en el caso que nos ocupa, es
algo institucional.
Y aquí es donde la
pregunta que pretende vertebrar el conjunto de mis reflexiones surge espontánea:
¿cómo podrá el colegio subsistir como prolongación de las familias cuando a
éstas les amenaza el riesgo —cierto, aunque sin duda superable— de desaparecer
como tales?; ¿en qué sentido y bajo qué condiciones podrá el colegio, como
apunta el título de esta conferencia, seguir cumpliendo su misión en cuanto
familia de familias, en cuanto "familia" al servicio de las
familias?
2. Devolver el
protagonismo a las familias
a) Enseñar a "ser
familia"
La respuesta a estos
interrogantes me parece tan fácil de enunciar como, por desgracia, difícil de
llevar a cabo. Pero, al mismo tiempo, pienso que resulta de todo punto
ineludible. Más aún, esencial e irrenunciable. Por eso lo he escogido como tema
de mi intervención ante ustedes. Se trata, en esencia, de hacer conscientes a
los padres de que su papel en la educación de los hijos, y en la vida de la
sociedad, es de una trascendencia radical, casi infinita, y no puede ser
realizado más que por ellos.
Como a su modo la del propio
estado, la tarea del colegio en la educación de los niños podría calificarse de
"subsidiaria", siempre que esta palabra se entienda en su acepción más cabal. Y
esto lleva consigo dos conocidas consecuencias: los profesionales de la
educación: a) han de suplir a los padres y hermanos allí donde
éstos no actúen, aun cuando fuere por voluntaria dejación de sus funciones
propias; además, y como deber de ningún modo secundario, b) han de
esforzarse con todavía mayor empeño en reducir su propio protagonismo,
devolviendo en cuanto sea posible a la familia el que por esencia les
corresponde y, lo que es más actual y más arduo, "obligando" amabilísimamente a
los padres a asumir las responsabilidades que por naturaleza, y de manera
indelegable, les son propias.
En cuanto familia de
familias, y siéndolo él mismo muy certera y verazmente, el colegio ha de
asumir hoy la obligación de "enseñar a sus familias a ser auténticas familias"…
teniendo claro que, como la experiencia demuestra, es muchísimo más sencillo
"hacer" uno mismo que "hacer hacer" a los demás. Resulta más fácil suplir a los
padres allá donde estos no pueden o no quieren llegar que plantarles
cariñosamente cara para hacerles caer en la cuenta de que son ellos los
responsables de la educación de sus hijos… y de que deben obrar en consecuencia.
Más fácil el suplantar, decía; pero a la larga o incluso a la corta, menos
eficaz y, si se me apura, absolutamente inútil.
b) La familia es también
para los "grandes"
En más de una ocasión he
intentado poner de manifiesto, siguiendo en esto sugerencias del Romano
Pontífice, que la familia resulta insustituible para el desarrollo e incluso la
existencia de la persona en cuanto tal en todos y cada uno de sus niveles de
desarrollo: desde la total indigencia del recién concebido, pasando por la
inseguridad y las dudas del niño o del adolescente, hasta la aparente firmeza
autónoma del adulto, la plenitud del hombre y la mujer en sazón y la fecunda
pero frágil riqueza del anciano.
Desde este punto de vista, tal
vez pudiera ser una buena táctica hacer comprender a los padres, de la manera
que en cada caso dicten las circunstancias, que la familia es imprescindible no
sólo para que sus hijos alcancen la madurez mientras son más o menos pequeños e
inexpertos; sino también para que ellos —el padre y la madre, hechos y derechos
y en muchos casos auténticos "triunfadores" en la vida profesional o incluso
pública— "se realicen" en verdad como personas (que es el objetivo
terminal de cualquier existencia humana, y sin cuyo logro ninguna de ellas goza
del más mínimo sentido).
La idea de la familia-refugio
ha ocupado un papel de preeminencia durante mucho tiempo en la sociedad
occidental desarrollada. El ámbito familiar resultaría indispensable como
remedio para la debilidad del ser humano y justo en la proporción en que sus
miembros se encuentran necesitados de esa protección y apoyo. Pero esto, que no
deja de encerrar una buena dosis de verdad, no es ni de lejos lo más serio que
puede afirmarse de la familia. El hecho de que el Dios creador del Universo se
nos haya revelado como Familia y el que ese divino "modo de Ser" no constituya
en absoluto ni una arbitrariedad ni un capricho —¡cómo podría serlo!—, debería
constituir una certerísima pista a la hora de orientar nuestro conocimiento
sobre las relaciones entre familia y persona.
Si la Trinidad personal de
todo un Dios, en el que ninguna perfección puede faltar, "tiene que"
constituirse como Familia, está claro que ésta no deriva de indigencia alguna,
sino, al contrario, de la misma plenitud y fecunda sobreabundancia del ser
personal que, por naturaleza, se encuentra llamado el don, a la entrega. Por
eso, cuanto más perfectos van siendo un hombre o una mujer, más necesitan de
la familia como el ámbito en el que, sin ningún tipo de reservas ni trabas,
pueden dar y darse… con la seguridad de ser acogidos
justo como personas.
c) Por encima de toda
actividad…
Las palabras del Pontífice al
respecto no pueden ser más claras: "El hombre —asegura—, por encima de toda
actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno,
su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí,
realmente, más que en cualquier otro campo de su vida, se juega el destino del
hombre".
"Por encima de toda actividad
intelectual o social por alta que sea…; más que en cualquier otro campo de su
vida". También Juan Pablo II es tajante, porque, como la espada de que hablan
las Escrituras, sabe prescindir de todo lo superfluo y adentrarse hasta la
médula de las realidades que esclarece. Pero, en este caso concreto, los padres
y las madres de familia pueden fácilmente "experimentar" lo que el Pontífice
afirma. Pueden caer en la cuenta de que equivocan el rumbo cuando, incluso con
toda sinceridad y la mejor de las voluntades, descuidan la atención directa e
inmediata de los demás miembros de su familia para dedicarse a otras tareas,
profesionales o sociales, en las que incluso alcanzan el éxito más absoluto…
buscando con franca generosidad el bien de los otros. Porque ese triunfo no es
capaz de ahogar la especie de desazón íntima que les asalta siempre, en
los momentos más honda y sentidamente humanos, por el hecho de desatender el
ámbito familiar, en el que, en expresión del Papa, habría de encontrar "su
realización integral, su riqueza insustituible".
Hoy es misión de los
profesionales de la enseñanza, y misión prioritaria, hacer saber a los padres
que la familia resulta imprescindible para el íntegro desarrollo de sus hijos
—incluidas casi siempre las calificaciones— porque en primer término lo es
también para él o para ella como padre o como madre. Explicando, como de
pasada, que un padre insatisfecho por no desarrollarse en plenitud dentro de su
propio hogar no puede aportar auténtica vida ni apoyo sólido a ninguno de los
hijos que en ese mismo hogar han venido a la existencia y en el que encuentran
también la principal palestra para su robustecimiento personal y la base
ineludible para el despliegue enriquecedor en cualquier otro ámbito de su
vivir.
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3. La familia, definida por el amor
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a) El amor entre los cónyuges, en la raíz de la vida
familiar
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Para seguir avanzando sin necesidad de perderme en
demostraciones de lo que, por otro lado, resulta bastante obvio, citaré de
nuevo unas palabras del actual Pontífice: "En una perspectiva que además llega
a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido
de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto
la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el
amor".
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Queda clara, entonces, la substancia de las obligaciones de los
padres con respecto a sus hijos. Pero también es obvio, aunque en apariencia
paradójico, que el primero de esos deberes no se dirige primordialmente a la
prole, sino que se instaura en el interior del propio matrimonio. De manera
expresa, cuando sea necesario, los profesores y directivos han de exponer
convincentemente que la primera —y casi la única— cosa que un hijo necesita
para ser educado es que sus padres se quieran entre
sí.
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Se trata de una idea expresada con brillante sencillez por
Carlos Llano: como la educación de los hijos no es sino la más genuina
expresión del amor de los padres hacia ellos, y como este amor no puede ser a
su vez sino el desarrollo del amor mutuo entre los esposos (animado por el
amor a Dios —igual que el hijo es la síntesis viva del padre y de la madre, y
de Dios, que pone el alma—), el que los cónyuges se amen de veras
constituye el núcleo esencial, y casi el todo, de su misión dentro de la
familia.
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Llano escribe: "La conditio sine qua non para que la
familia se constituya como ámbito formativo del carácter de los hijos es el
amor firme de los padres, con las notas propias que los clásicos le asignaron
desde antiguo: constans, fidus, gravis (Cicerón): el amor familiar ha
de ser constante, lleno de confianza y responsable, si quiere poseer valor
formativo […]. La inducción del carácter es, diríamos, una emanación del amor
conyugal, una extensión —casi un apéndice— suyo: los padres no tendrían
otra cosa que hacer más que amarse de manera constante —con todos los
atributos que la fidelidad acarrea—, llena de confianza —con las notas
que esa apertura lleva consigo— y responsable —con las características
que siguen a la responsabilidad—. Habría después, sí, recomendaciones,
sistemas, técnicas, fórmulas, procesos y recetas positivas para lograr el
objetivo" de formación "de los hijos, pero todas las recomendaciones para ello
serán apenas una cabeza de alfiler en el profundo y extenso universo del amor
familiar en que se desarrollen. Al menos, puede afirmarse sin equivocación que
tales recomendaciones, sistemas, técnicas, fórmulas, procesos y recetas serán
bordados en el vacío si no se dan dentro del espacio del amor familiar, la
primera e imprescindible condición, y casi la única".
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Los directivos y profesores están hoy más obligados que nunca a
insistir en este extremo, porque desafortunadamente ni se presenta claro para
la inteligencia ni fácil de instaurar en la vida vivida. Y, sin embargo, se
trata de algo muy cierto y de radical relevancia: lo más importante que
tienen que hacer los esposos con vistas al desarrollo y la felicidad de sus
hijos es quererse el uno al otro, de forma creciente, con un amor que
trascienda las discrepancias de carácter, las pequeñas incomprensiones, las
dificultades, las pretendidas afrentas… La marcha de la entera familia, en
cada uno de sus componentes, viene casi por entero determinada por el amor
mutuo que se ofrenden los padres. Amor conyugal, amor familiar, escribí
en cierta ocasión como título de un ensayo sobre el tema que nos ocupa. Y el
sentido de la expresión estaba claro: la calidad del amor familiar —del
paterno-filial y del fraterno, antes que nada— se encuentra determinada por
las características y la categoría del hábitat que origina el cariño mutuo de
los cónyuges.
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Con metáfora que raya un tanto en lo cursi podría decirse: desde
que sale del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y
alimentaba, el niño necesita imperiosamente de otro "útero" y otro "líquido",
sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que promueven el
padre y la madre cuando se quieren de veras. Fuera de ese ambiente es muy
difícil, por no decir imposible, que el muchacho progrese de la manera
pertinente, hasta conquistar la estatura inefable de la persona cuajada que
por naturaleza está llamado a adquirir. Y el colegio, por más que lo pretenda
y luche por lograrlo, a duras penas colmará el déficit causado por el vacío de
amor de los padres.
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b) "El" derecho esencial de los hijos
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"Hacemos que no le falte de nada, y sin embargo…". Expresiones
como ésta se oyen a menudo en los colegios, proferidas por matrimonios que se
vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes,
clases particulares, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar,
diversiones, etc.—, pero se olvidan de lo que éstos más necesitan: que los
propios padres se amen y estén unidos… y que ese amor se desborde, genuino y
eficaz, hacia cada uno de los hijos.
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La primera de la dos cuestiones, a la que he dedicado el
parágrafo precedente, podría ilustrarse con una anécdota acaecida en un
colegio público hace todavía muy poco tiempo. Me la comentaba el profesor
protagonista del suceso. El chico iba mal. Se le veía descentrado, rebelde,
inquieto. Llamaron a sus padres, divorciados, que acudieron sin embargo juntos
a la cita. Comenzaron a darle vueltas al asunto. Se trataba de definir lo que
al hijo le hacía falta para mejorar. Los padres y el profesor acumulaban
sugerencias. El muchacho callaba, retraído y en apariencia ausente. Al cabo de
un buen rato sin avanzar apenas, el chico no pudo más y, entre gritando y
llorando, les espetó: "¡Lo único que necesito es que os queráis de
verdad!".
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Amor, pues, entre los padres. ¿Y del amor hacia el hijo? Este
extremo debe tratarse con suma delicadeza. Porque no es oro todo lo que
reluce… aunque reluzca con la mejor de las intenciones. De acuerdo con la ya
clásica descripción aristotélica, se ama a una persona cuando se procura y se
le ofrenda lo que es bueno para ella. Realmente bueno. No, esto debe
quedar claro, lo que viene a suplir una falta de auténtica dedicación al ser
querido, poniendo coto a sus quejas, sino lo que efectivamente lo hace crecer,
lo mejora, acercándolo con eficacia a su cumplimiento como persona. A
este amor nuestros hijos tienen derecho, un derecho
absoluto.
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Pero no tienen derecho, por ir directamente al grano, ni al
premio desmesurado por las buenas calificaciones —éstas deberían ser de por sí
gratificación más que suficiente—, ni a la paga también desmedida, ni a las
noches locas e incontroladas del fin de semana, ni a la prendas de marca
tiranizadas por la moda, ni a las vacaciones por encima de nuestras
posibilidades económicas (o de lo simplemente razonable), ni a la moto o al
coche cuando todavía no son responsables en otros ámbitos de su existencia,
ni… ni…
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¡A lo único que nuestros hijos tienen derecho, un derecho
del que nadie debería intentar hacerles prescindir, es, diciéndolo con tres
palabras, a nuestra propia persona!: a nuestro tiempo, a nuestra
dedicación, a nuestro real interés por lo que les ocupa y preocupa, a nuestro
consejo no impuesto ni avasallador, a nuestro diálogo, al ejercicio razonado
de nuestra autoridad, a nuestra intimidad personal, a conocer nuestros
momentos de exaltación y nuestras derrotas, a introducirse efectivamente en
nuestras vidas en lugar de crear para ellos, con nuestro hermetismo descuidado
y a veces un tanto vanidoso, una existencia independiente…
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Y todo lo que sea "intercambiar" esa entrega comprometida por
regalos irresponsables que acarician lo menos noble de su yo y los conducen a
centrarse en sí mismos y en la satisfacción de sus caprichos, equivale, en el
sentido más fuerte y literal de la expresión, a comprar a nuestros
hijos y, como consecuencia, a prostituirlos, tratándolos como cosas y
no como personas. Lo que, sea dicho por ahora de pasada, destruye cualquier
ambiente de familia, porque la lógica del "intercambio", del do ut des
mercantilista e interesado es lo más opuesto a la gratuidad del amor que debe
imperar en el hogar.
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c) La persona como "regalo esencial"
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Cito muy a menudo unos versos de La voz a ti debida, de
Pedro Salinas, porque encierran, con toda la brillantez de la poesía lograda,
la quintaesencia más genuina de la donación personal y del sentido definitivo
de cualquier regalo. "¿Regalo, don, entrega? —se pregunta el poeta— / Símbolo
puro, signo / de que me quiero dar. / Qué dolor, separarme / de aquello
que te entrego / y que te pertenece / sin más destino ya / que ser tuyo, de
ti, / mientras que yo me quedo / en la otra orilla, solo, / todavía tan mío. /
Cómo quisiera ser / eso que yo te doy / y no quien te lo
da".
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¿Por qué la quintaesencia del regalo? Sugeriré tan solo en la
línea que nos incumbe. Aunque todos tenemos conciencia de nuestra propia
pequeñez e incluso de la mezquindad ocasional de algunos de nuestros
comportamientos, la índole personal de cada sujeto humano lo eleva a una
altura tan prodigiosa, tan disparatada, que hace que también para él resulte
válido, plenamente efectivo, el siguiente aforismo: "es tanta la perfección
radical de la persona, que nada se muestra digno de serle regalado si resulta
menor que… ¡otra persona!; cualquier realidad distinta que se le ofrende se
queda corta, permanece muy por debajo de lo que la densidad personal
reclama".
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Por eso, el regalo sólo realiza su función en la medida
estricta en que en él se encuentre comprometida, y como encarnada, la persona
que lo hace. Esto lo sabían muy bien las culturas antiguas, por ejemplo, la
griega; y, así, cuando Telémaco intenta retener a Atenea, disfrazada de
forastero, y le ofrece "un presente, un regalo inestimable y hermoso que será
para ti un tesoro de mí, como los que hospedan dan a sus huéspedes", Atenea,
la de los "ojos brillantes", le contesta: "No me detengas más, que ya ansío el
camino. El regalo que tu corazón te empuje a darme, entrégamelo cuando vuelva
otra vez para llevarlo a casa. Escoge uno bueno de verdad y tendrás otro igual
en recompensa".
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Todo ello, por desgracia, se ha ido abandonando en el mundo
"civilizado" de hoy. Y los grandes almacenes —con sus ofertas ya dispuestas y
bien embaladas— no ayudan mucho a reparar esa pérdida. No obstante, también
ahora sigue siendo cierto que, con independencia absoluta de su valor
material, un regalo vale lo que valga la persona que se ha implicado en
él. ¿Recuerdan la escena memorable de El club de los poetas muertos,
cuando los mismos enseres de escritorio, regalados por dos años consecutivos
al co-protagonista, salen volando, por despecho, desde lo alto del pequeño
cavalcavia que une dos edificios? Estamos ante un ejemplo elocuente de
lo que, por desgracia, prolifera en nuestra cultura: el regalo se utiliza a
menudo —incluso entre padres e hijos, y esto es lo que ahora nos atañe—, no
como manifestación de amor y símbolo de entrega, sino como medio para aplacar
la propia mala conciencia por la escasa atención que prestamos a quienes
deberíamos querer, y para "comprar", como antes insinuaba, a unos hijos a los
que no se atiende como es debido y de los que sobre todo se desea, a veces de
manera sólo semiconsciente, "que nos dejen vivir en paz nuestra
vida".
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En el extremo contrario, emociona todavía el embeleso con que
recibe la madre esos cuatro trazos mal dispuestos que el hijo o la hija de muy
poca edad le ofrece con ocasión de su santo o cumpleaños o del día de la
madre. Bosquejo que no vale nada, absolutamente nada… excepto toda la
persona del niño, que se ha volcado en su elaboración durante una, dos o
más semanas. Las madres aprecian efectivamente la valía de esa muestra de
entrega —¡infinita, como la persona misma del hijo!—, aunque su precio
comercial sea nulo y menos que nulo.
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De este género ha de ser el amor mediante el que los padres
extraigan lo mejor que existe, a veces bastante en bruto, en el corazón
ontológico de todos y cada uno de sus hijos. Y todo lo que no sea alzarse
hasta las cimas de este auténtico afecto de entrega personal comprometida,
además de hacer vana la tarea de formación dentro de la familia, tornará muy
penosa e irrelevante la labor que se pretenda llevar a cabo en y desde el
colegio.
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4. ¡Personalmente!
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a) La familia, personas entre personas
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Para adentrarme en el último extremo al que quiero referirme en
este rato de conversación, acudiré de nuevo a unas palabras de Juan Pablo II:
"La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de
personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante
para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima
dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como
han afirmado justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la
autenticidad de las relaciones conyugales y familiares consiste en la
promoción de la dignidad y vocación de cada una de las personas,
las cuales logran su plenitud mediante el don sincero de sí
mismas".
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Al nexo indisoluble que liga las realidades de la familia, el
amor y la persona he dedicado mi atención en multitud de ocasiones. Habiendo
tratado ya someramente lo que corresponde a la institución familiar en cuanto
reino del amor, extraigamos ahora algunas de las consecuencias que derivan de
la índole estrictamente personal —de personas-personas, explico a menudo— que
compete a cada uno de sus miembros.
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La primera y más neta podría enunciarse como sigue: para que la
familia actúe como tal y cumpla el cometido esencial que le compete de
educación de sus miembros, éstos han de establecer entre sí relaciones
estrictamente personales. Se ha dicho durante siglos que el
diamante se pule sólo con el diamante. Hoy día, con los avances galopantes de
la técnica, supongo que esa afirmación resultará ya superada. Pero lo que es
hoy verdad, lo ha sido en el pasado y lo será siempre es que la educación de
la persona, el proceso de acrisolamiento que saca maravillas de su fondo y
pule y da brillo a las riquezas depositadas en él, únicamente puede llevarse a
término desde otra persona y poniendo en juego los resortes más
configuradoramente personales de una y otra. Y esto, repito, ayer, hoy y
siempre, por más que evolucione la cultura y el dominio técnico sobre la
naturaleza alcance cotas que en el momento presente, tras las revoluciones
progresivamente aceleradas de las últimas décadas, ni siquiera alcancemos a
sospechar.
-
Pero aquí es conveniente evitar malentendidos. Cuando hablo de
solicitar a la persona desde la persona no me estoy refiriendo sólo al uno a
uno, al boca a boca, que por lo común no falta en el seno de las
familias… a pesar del cada vez más inquietante peligro de incomunicación
mutua. También a eso, si se me apura, pero a mucho más. De lo que se trata es
de comprometer la propia vida, nuestra vida más personal, para requerir
lo que en los demás individuos —nuestros hijos, en el supuesto que nos ocupa—
existe también de más estrictamente personal: a saber, su inteligencia y,
sobre todo, su voluntad; su capacidad de amar, de querer y construir el bien
de los otros en cuanto otros. Así es como Dios reclama una respuesta de cada
uno de nosotros: apelando a nuestra individualidad, sin concesiones al
anonimato y, por ende, a nuestro entendimiento y a nuestra voluntad, que son
las potencias más propiamente personales e individualizadoras.
-
Con palabras más cercanas. Lo que se nos pide siempre, pero en
particular como padres de familia, es que nos pongamos personalmente en
juego, en peligro, que estemos dispuestos a sufrir… justo para poder amar
y cumplir así el cometido esencial e ineludible de cualquier familia que
aspire a serlo de veras. ¿Para poder amar? Sí. La cuestión no es sencilla, y
requeriría bastante más espacio del que disponemos en este acto. Pero son
muchísimas las personas, de características muy diversas, que aseguran en la
teoría y en la práctica esta ley fundamental: el sufrimiento, el dolor, es un
medio imprescindible para el acrisolamiento del amor. Tenemos un Ejemplo
paradigmático en Jesucristo. Y, por el momento, nos basta añadir a él estas
palabras de Juan Pablo II: "En la intención divina los sufrimientos están
destinados a favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a
ennoblecer y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado
por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona humana o
impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de su
vida, estimulándola a una generosidad mayor".
-
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b) Una aplicación concreta: confiar en los
hijos
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De ahí que, en la familia y fuera de ella, el proceso educativo,
que es siempre función de amor, no puede llevarse a cabo sin una cierta dosis
de sufrimiento propio y ajeno; y de ahí que ponerse en juego consista, por
ejemplo, en depositar real y efectivamente nuestra confianza en cada uno de
nuestros hijos, apostando con decisión por su deseo y su capacidad de mejora,
y estando dispuestos a perder y dolernos con su derrota. Ya que
el amor —es una de las pocas verdades que vio claramente Freud— torna
vulnerables a quienes aman.
-
Y esclarezco el ejemplo. Todos los que nos movemos en estas
lides sabemos bien que sin confianza recíproca cualquier intento de formación
resulta vano. Pero lo que a veces se nos escapa es que semejante confianza ha
de ser real, sin fisuras, y justamente con ese hijo que nos plantea más
problemas y justo en los aspectos en que más deja que desear (incluidos los
estudios). Ahí, precisamente, es donde hemos de depositar el vigor de nuestra
esperanza, sin fingimientos, confiando con toda nuestra alma en que el chico o
la chica, dispuesto a luchar con todas sus fuerzas, podrá al término vencer,
con la ayuda de Dios y con nuestro pobre auxilio. Y cuando fracase, porque
muchas veces fracasará, nosotros, que nos hemos comprometido
personalmente en sus escaramuzas, fracasamos también con él. Y, lejos
de pronunciar en tono de conmiseración el triste y desresponsabilizante "ya te
lo había advertido", sufrimos en lo más hondo con el descalabro, porque, al
habernos identificado con el hijo a través de la confianza sincera en él
depositada, es tan suyo como nuestro; y, echando mano de nuestros mayores
recursos como personas adultas, nos rehacemos del fracaso y del dolor, y
rehacemos al muchacho… y volvemos a depositar toda nuestra confianza,
real, sin ardides ni triquiñuelas, en el chico.
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Sólo en ese clima, incompatible con la despreocupación
"ocupadísima" de quien no encuentra tiempo más que para sus actividades
personales (ya sean en el ámbito de la profesión, ya en el de la vida
social, las diversiones y entretenimientos, los propios hobbies, etc.), es
posible el crecimiento y la maduración fecundas de quienes tenemos
encomendados en el seno de nuestra familia. Porque tanto en el interior del
matrimonio como en las relaciones paterno-filiales, lo decisivo es "soportar",
en el sentido fuertemente solidario de servir de apoyo, y no "soportar", en la
acepción de aguantar sufridamente los defectos, la incompetencia o la falta de
madurez del otro.
-
-
Conclusión: una tarea sumamente difícil, pero
inesquivable
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Las que he trazado hasta el momento han sido sólo unas
pinceladas en el amplio campo de las posibilidades de ayuda a los padres por
parte de los directivos de los centros de enseñanza. Ni de lejos agotan el
tema, ni tan siquiera el que he elegido, por su relevancia y actualidad, como
núcleo de mis reflexiones. Ahora quisiera cerrarlas al hilo de unas palabras
de quien sin duda alguna constituye la mayor autoridad mundial en lo que a
familia y educación se refiere: Juan Pablo II.
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Casi al inicio de su pontificado, el Papa actual lanzó al vuelo
una frase de apariencia inocua, pero en la que se condensa el núcleo de la
revolución del amor que su antecesor Pablo VI y él mismo vienen preconizando.
"Cual es la familia —aseguraba ya en 1979—, tal es la nación, porque tal es el
hombre". Arrimando descaradamente el ascua a mi sardina, pero sin traicionar
el sentir del Romano Pontífice, estimo que ese convencimiento, que sitúa en el
seno del matrimonio el camino de la reconversión del entero Occidente, podría
traducirse para nosotros por la convicción que sigue: "Cual es la familia, tal
es el colegio, porque así es la persona" (y no a la inversa: de ahí que la
función prioritaria del colegio hoy día, incluso para asegurar su propia
subsistencia sin desvirtuar su naturaleza "familiar", sea la de revitalizar a
la familia).
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Y por si quedaran dudas acerca de la viabilidad de esta nueva
versión, me gustaría concluir trayendo a la mente otras palabras del
Pontífice, profundas y audaces, pronunciadas el pasado 15 de diciembre, en el
Jubileo de las familias: "Al ser humano —resonó de nuevo la voz del Papa— no
le bastan relaciones simplemente funcionales. Necesita relaciones
interpersonales, llenas de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación.
Entre estas, es fundamental la que se realiza en la familia: no sólo en las
relaciones entre los esposos, sino también entre ellos y sus hijos. Toda la
gran red de las relaciones humanas nace y se regenera continuamente a
partir de la relación con la cual un hombre y una mujer se reconocen hechos el
uno para el otro, y deciden unir sus existencias en un único proyecto de
vida".
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Quiero repetir las palabras resaltadas en la cita. Toda
la gran red de relaciones entre los hombres se alimenta y adquiere su tono de
la que se establece en el ámbito matrimonial. Todas. Incluidas, qué
duda cabe, aquellas que componen esa prolongación de la familia que constituye
el colegio.
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Pero por desgracia, como más de una vez hemos sugerido, el
matrimonio no goza en nuestro tiempo de la buena salud que sería de desear.
Estimo por eso que vuestra principal misión como directivos, la que las
circunstancias actuales os han asignado probablemente por encima de vuestras
naturales obligaciones institucionales, consiste en hacer eco, con el ejemplo
y con la palabra, a la conocida exhortación de la Familiaris consortio:
"Familia —¡matrimonio!—, ¡sé lo que eres!".
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Conferencia pronunciada el 17
de febrero de 2001 en Barcelona por el Dr. Tomás Melendo (Universidad de
Málaga), para directivos y profesores de la Institució Familiar
d'Educació.
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- SEXO Y
FAMILIA
- Pedro
Beteta
Decorados de
Hollywood
Es corriente ver, en las películas del Oeste, una ciudad
con su calle mayor transitada por carruajes, jinetes, y personas que caminan o
entran y salen de la cantina, de la oficina del sheriff, de la barbería o de esa
tienda que vende de todo. Pero todo es más falso que Judas. Son puertas, cartón
piedra y tablas que pronto saltarán por los aires cuando llegue la pelea de
turno. No son casas auténticas sino puertas y un decorado montado con tablones
que simulan hogares y estancias inexistentes pero que exige el guión.
Desgraciadamente, la familia, hoy, la ven muchos también así. Se muestra
como un montaje frágil que está saltando por los aires, hecha añicos, ante la
explosión sexual incontrolada porque no aciertan a ver la solidez de la
institución a que da lugar el sexo: la familia. Al hogar familiar que origina el
matrimonio se accede por la puerta del sexo pero hay quien confunde el edificio
verdadero de una sólida casa con la abatible y débil puerta que conduce al
decorado de una cantina donde reina el placer del güisqui y el juego cuando no
es la chirriante puerta de la cuadra. ¡Qué desconocimiento de la dignidad humana
y, por tanto, del sexo y de la afectividad quienes comercian con este equívoco!
Chesterton, con gran acierto, afirmó que “el sexo es un instinto que produce
una institución; y ese instinto es positivo y no negativo, noble y no ruin,
creador y no destructor justamente por lo que esa institución que produce. Esa
institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada,
tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales. Incluye
adoración, justicia, comprensión, educación, camaradería, descanso. El sexo es
la puerta de la casa, pero la casa es mucho más grande que la puerta. Hay
quienes prefieren jugar con amores livianos en el portal, sin entrar nunca en la
casa; pero ni siquiera ellos son tan tontos que digan que el mundo no contiene
casas, sino sólo puertas, o que la gente no tiene sentido hogareño ninguno, sino
tan sólo sexualidad”.
Películas "de
vaqueros" y la familia
¿Cómo se explica la actitud aberrante
del hombre entorno a la familia? Por necedad como dice Chesterton. Por la
necedad del pecado. El pecado entontece, y hemos pecado desde los albores de la
humanidad, para seguir después pecando un día tras otro. Ese proceso ha
desembocado, a lo largo de todas las épocas, en deterioros -y no pequeños- de la
dignidad del hombre. Y sigue siendo muy difícil en la actualidad hablar de
sexualidad pues la época de hoy está caracterizada por un enloquecimiento que,
pese a tener la explicación que queda dicha, se ve favorecida por una verdadera
explotación del instinto sexual.
La libertad de que gozamos los hombres
posee la capacidad de imponerse a la naturaleza y justificar el instinto
bestial; de violentar la inteligencia con razonadas sinrazones para oponerse a
las leyes naturales que reclaman el auténtico amor de la fidelidad conyugal. Es
un hecho constatado en todo el mundo que nunca ha habido tantos problemas de
integración social en los niños y adultos como ahora. La inmadurez afectiva de
los jóvenes y de los que no lo son tanto, inteligencias preclaras que quedan
inutilizadas o la abundante mendicidad humana de placer que espera sedienta el
fin de semana o la oportunidad para las movidas, la droga, la fornicación o el
adulterio, así como la bestialidad de cualquier género, tienen su origen en el
deterioro de la familia.
En definitiva, que hemos construido ciudades falsas
del Oeste donde todos son puertas, pólvora mojada y actores que hacen unas cosas
previstas por el guión hasta que oyen, al final de la jornada, el último grito
de “¡Corten!" Ante la necedad de confundir el hogar con la puerta de acceso, la
familia con el sexo, se hace más necesario que nunca profundizar en la dignidad
de la persona humana y, por tanto, en la dignidad del sexo, de su corporeidad y
de la institución a que da lugar.
El sexo no es un tema tabú
para el cristiano
A la Iglesia se le acusa a veces de hacer del
sexo un tema tabú, pero la verdad es bien distinta, ya que a través de la
historia, el pensamiento cristiano ha desarrollado una visión armónica y
positiva del ser humano, reconociendo la función significativa y preciosa que la
masculinidad y feminidad ejerce en la vida del hombre. El fundamento está en la
misma naturaleza humana al haber sido creada a imagen y semejanza del mismo
Creador. La sexualidad juega un papel precioso y significativo en la vida de los
hombres y de las mujeres, pero no son banales los comportamientos inhumanos o
moralmente inaceptables de la homosexualidad, el amor libre o la anticoncepción,
por ejemplo.
El hombre y la mujer, creados en singular y ocurrente unidad de
espíritu y cuerpo, a imagen y semejanza de Dios son constituidos personas que se
diversifican por su estructura psico-fisiológica. Relata el libro del Génesis
que Dios al ver a Adán en su soledad primera dijo: “no es bueno que el hombre
esté sólo” (Gén 2, 20), a continuación se narra la creación de una ayuda
semejante a él: la mujer. A poco que se reflexione en estas palabras divinas se
descubre que Dios para aliviar la soledad del hombre podía haber creado otros
hombres, y así ninguno de ellos estaría ya sólo. Pero no. Creó una ayuda
“semejante” pero no idéntica. Creó otro sexo, el femenino, la mujer.
Esa
realidad creadora de Dios nos dirige hacia su finalidad, nos encamina hacia la
razón u objeto de tal acción: procrear en compañía. Será compañero el uno de la
otra y cooperarán con Dios en el alumbramiento de nuevos seres humanos.
Efectivamente, el ser humano lleva la marca de la masculinidad y de la
feminidad. Y al mismo tiempo que es marca de diversidad, es también indicador de
complementariedad instintiva. Este atractivo del instinto se deduce de las
palabras del hombre que, arrebatado de entusiasmo al ver a la mujer apenas
creada, transportado de satisfacción al ver a la mujer -un ser semejante a él-
exclama: “Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne”(Gén 2, 23).
El instinto sexual es básico para el matrimonio
La
diversidad y, a la vez, la complementariedad psico-física están en el origen de
la riqueza heredada por la humanidad ya que le es propia a los descendientes de
Adán y Eva en el desplegar de toda su historia. La antropología se hace
especialmente intensa en este momento ya que tocamos el punto nuclear del que
toma vida el matrimonio: la unión del hombre y la mujer. El matrimonio quedó
instituido por el Creador desde el principio: “Por eso dejará el hombre a su
padre y a su madre; se unirá a su mujer: y vendrán a ser los dos una sola
carne”(Gén 2, 24). “Una sola carne”, una sola realidad por la comunión personal
que se expresa tanto con la unión espiritual de voluntades como con la corporal.
La sexualidad posee una estructura psicológica y biológica destinada tanto a
la comunión entre el hombre y la mujer como al nacimiento de nuevas personas.
Respetar tal estructura no es biologismo ni moralismo, sino atención a la verdad
del ser humano. Se ha de pedir, pues, a cada uno que respete la sexualidad en su
naturaleza profunda. La sexualidad, como dimensión inscrita en la totalidad de
la persona, constituye un lenguaje al servicio del amor y no puede, por tanto,
ser vivida como puro instinto. Debe ser gobernada por el hombre como ser
inteligente y libre.
Junto con la inteligencia y una voluntad libre que nos
permite conocer y amar al Hacedor, Dios nos ha dado el cuerpo con la posibilidad
de participar, al engendrar, de su poder creador. Dios ha querido servirse del
amor conyugal para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su
Iglesia. El sexo no es una realidad en forma alguna vergonzosa, sino un regalo
divino que se ordena la vida, al amor y a la fecundidad.
Matrimonio y
familia están profundamente unidos a la dignidad de la persona humana. No
proceden sólo del instinto o de la pasión, ni siquiera sólo del sentimiento,
sino de una decisión libre de la voluntad, de un amor personal, por el cual los
esposos no sólo se convierten en una sola carne, sino también en un corazón y en
una sola alma. La comunidad física y sexual, realidad grande y bella, es digna
del hombre sólo en el ámbito exclusivo y definitivo vínculo personal de
fidelidad dentro del matrimonio.
La familia es una comunión personal que
evoca la única realidad divina de un Dios que vive en comunión de Personas y al
que nos asemejamos. El único Dios y Creador es personal y familiar. Al ocuparnos
de la familia humana, encontramos que Dios es una Familia de tres Personas. Juan
Pablo II comenta: “Se ha dicho, en forma bella y profunda, que nuestro Dios en
su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en
sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este
amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”.
Más temida la
verdad que la muerte
El hombre tiene más miedo a la verdad que a la
muerte -decía Kierkegaard- y se entiende. Se comprende porque la verdad repugna
más a la mentira causada por el pecado original que a la muerte que es una de
sus consecuencias. Y la verdad del amor es excluyente de cualquier egoísmo. Juan
Pablo II, decía en confidencia de padre a esos que huyen de conocer la verdad
sobre el mismo hombre: “Escucha en el fondo de tu corazón a tu conciencia que te
llama a ser puro: es serio el compromiso del matrimonio, es el cimiento de un
sólido edificio. Un hogar no se puede alimentar del fuego del placer que se
consume rápidamente, como un puñado de hierba seca. Los encuentros ocasionales
son simples caricaturas del amor, hieren los corazones y escarnecen el plan
divino”.
La familia, aunque sólo fuera mirada como un hecho planetario,
avalado por datos que aportan todas las comunidades humanas, algunas incluso
ancestrales; incluso por la tradición oral y escrita adquirida desde los más
antiquísimos documentos históricos hasta los actuales, no puede dejar de ser
considerada como una institución humana fundamental. La fidelidad a la
indisolubilidad matrimonial, que hoy para algunos no resulta comprensible, es
igualmente expresión de la dignidad incondicional de la persona. No se puede
amar sólo de prueba, no se puede aceptar a una persona sólo a título de
experimento y por un tiempo.
No se oculta la dificultad añadida al pecado
original que tiene también el cristiano por sus propios pecados pero eso no
quita poder vencer con la gracia de Dios que nos viene en los Sacramentos
debidamente recibidos; sobre todo, los de la Reconciliación y la Eucaristía. En
Nigeria, el Papa defendió el matrimonio, comprendiendo la dificultad que tenían
quienes le escuchaban dadas sus costumbres ancestrales. Y les decía: “Es
comparable a una montaña muy alta, que sitúa a los esposos en las inmediatas
cercanías de Dios; hay que reconocer que la ascensión a dicha montaña exige
mucho tiempo y mucha fatiga. Pero ¿podría ser esta una razón para suprimirla o
rebajar su altura?”. Un periodista interrumpió para decir que lo que pedía a esa
gente era un imposible. Juan Pablo II, sonriente, respondió: “Imposible, no;
muchos lo hacen; ciertamente no es fácil, pero es que ser cristiano auténtico es
difícil. En Africa y fuera de Africa...”.
www.arvo.encuentra.com
GRAN BRETAÑA: UN ESTUDIO PONE EN DUDA QUE PROMOVER LOS
ANTICONCEPTIVOS REDUZCA LOS EMBARAZOS DE
ADOLESCENTES
Aceprensa,
13.III.02
El gobierno se propuso
reducirla a la mitad para el año 2010. Con este fin facilita el acceso de las
jóvenes a anticonceptivos, principalmente mediante los centros de planificación
familiar. Tal método es “completamente erróneo y descaminado”, según concluye un
estudio publicado en la revista Journal of Health Economics (4-III-2002).
Los investigadores han descubierto que hay más embarazos de adolescentes donde
más se difunden los anticonceptivos.
Pocos días antes, el
gobierno publicó la estadística nacional de embarazos precoces correspondiente
al año 2000. La tasa total ha bajado de 44,7 embarazos por mil menores de 18
años en 1999 a 43,6 por mil el año siguiente. Pero entre las más jóvenes (menos
de 16 años) ha habido una subida del 8,2 al 8,3 por mil.
El estudio
anteriormente citado aporta otros matices de interés sobre la cuestión.
Realizado durante 14 años en 16 regiones del país, compara la tasa de embarazos
y la promoción de anticonceptivos entre las jóvenes. Resulta que entre una y
otra cosa hay proporción directa. Por ejemplo, en el noreste el índice anual de
visitas a los centros de planificación familiar entre las chicas de 13-15 años
es elevado: 45 por mil. Allí, la tasa de embarazos entre las jóvenes de las
mismas edades es del 11 por mil, notablemente superior a la media nacional. En
cambio, en Oxford las visitas a los centros de planificación están en el 26 por
mil anual, y los embarazos, en el 6 por mil.
El profesor David
Paton (Nottingham University Business School), coordinador del estudio, ofrece
una explicación: “Aunque es posible que la planificación familiar consiga que
las adolescentes sexualmente activas tengan menor probabilidad de quedar
embarazadas, parece que a la vez favorece un aumento del número de chicas que
inician relaciones sexuales” (Daily Telegraph, 4-III-2002). Esto, concluye,
arroja serias dudas sobre la eficacia de la política oficial.