TODA PERSONA ES
DIGNA, NO TODA OPINIÓN ES VÁLIDA
Jesús Ballesteros
(*)
El pensamiento de San
Josemaría Escrivá —que es reflejo fidelísimo de su vida— es nítidamente
cristocéntrico. El hecho de colocar a Cristo en el centro de todas las
actividades humanas le lleva a subrayar, con énfasis y a lo largo de todos sus
escritos, la igual dignidad de todos los seres humanos.
El aspecto de ese
pensamiento que nos proponemos glosar, la recta comprensión de la libertad y su
relación con la verdad y juicio, aparece reflejado en prácticamente todos sus
escritos: en Camino[1], Surco[2] y Forja[3], en las
homilías (Es Cristo que
pasa[4] y Amigos de Dios[5]) y, finalmente, en las diversas
entrevistas que componen Conversaciones con Monseñor Escrivá[6]. De todos
ellos hemos extraído ideas para glosar y conclusiones a
considerar.
Toda persona es
digna de respeto
La condición de hijo de
Dios del ser humano, y por tanto,
de alter Christus,[7] tiene como consecuencia
la idea de la igual dignidad humana que es, como su razón un favor divino, un
regalo de Dios. “La conciencia de la magnitud de la dignidad humana —de modo
eminente, inefable, al ser constituidos por la gracia hijos de Dios— junto con
la humildad, forma en el cristiano una sola cosa, ya que no son nuestras fuerzas
las que nos salvan y nos dan la vida, sino el favor divino”[8].
A diferencia de lo que
ocurría en el pensamiento estoico o en el kantiano, la dignidad no depende de la
excelencia humana, o de las capacidades o destrezas de cada cual. Es dignidad
ontológica, don de Dios, no ética o mérito humano.
Esa dignidad aparece
especialmente realzada en los más indigentes, en aquellos que no pueden cuidarse
por sí mismos: los niños y los enfermos. “—Niño, Enfermo— Al escribir estas
palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que para un alma
enamorada, los niños y los enfermos son Él”[9]
San Josemaría criticó
expresamente el neomaltusianismo en Conversaciones[10]: “se da la
paradoja de que los países donde se hace más propaganda del control de natalidad
—y desde donde se impone la práctica a otros países—son precisamente los que han
alcanzado un nivel de vida más alto. Quizá se podrían considerar seriamente sus
argumentos de carácter económico y social, cuando esos mismos argumentos les
moviesen a renunciar a una parte de los bienes opulentos de que gozan en favor
de esas otras personas necesitadas. Mientras tanto, se hace difícil no pensar
que en realidad lo que determina esas argumentaciones es el hedonismo y una
ambición de dominio político, de neocolonialismo
económico”.
Al mismo tiempo, textos
como el citado ponen de relieve cómo San Josemaría se adelantaba a criticar los
riesgos inhumanistas que iban a presentarse en décadas sucesivas con la
tendencia que dado en denominarse “personista”, en su pretensión de separar a
las “personas”, consideradas dignas por su condición de autoconscientes y
libres, de los simples “seres humanos”, no considerados dignos al faltarles la
condición de autoconciencia, posición que conduce a la negación de derechos a
los embriones, a los enfermos en estado de coma y a la justificación de la
eugenesia a través de las técnicas de reproducción
asistida.
El énfasis puesto por San
Josemaría en la igual dignidad de todo ser humano no sólo se opone al
“personismo”, sino que implica también una radical oposición a todo
fundamentalismo. El fundamentalismo procede de la confusión entre religión y
política a través de una interpretación monolítica y clerical del mensaje
religioso y que en al ámbito cristiano buscaría extender los dogmas a campos que
la Iglesia ha dejado a la libre discusión de los seres humanos, trayendo como
consecuencia la negación de la autonomía de los asuntos temporales, y con ella,
de la verdadera laicidad. “Nada más lejos de la fe cristiana que el
fanatismo con el que se presentan los extraños maridajes entre lo profano y lo
espiritual, sean del signo que sean. Ese peligro no existe si la lucha
[ascética] se entiende como Cristo nos ha enseñado: como guerra de cada uno
consigo mismo, como esfuerzo por servir a todos los
hombres”[11].
La conexión entre el amor
la verdad y la universalidad en el respeto al otro se manifiesta igualmente en
un profético texto recogido en el mismo volumen de Homilías: “Rechaza
el nacionalismo, que dificulta la comprensión y la convivencia: es una de las
barreras más perniciosas de muchos momentos históricos. Y recházalo con más
fuerza —porque sería más nocivo— si se pretende llevar al cuerpo de la Iglesia,
que es donde más debe resplandecer la unión de todo y de todos en el amor a
Jesucristo”[12].
Frente al nacionalismo
excluyente escribiría en Camino: “Ser ‘católico’ es amar a la patria,
sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes
nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y lo
mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses ..., de
americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. —¡Católico!: corazón
grande, espíritu abierto”[13].
En el pensamiento de San
Josemaría la magnanimidad aparece íntimamente unida a la caridad e implica a un
tiempo el deseo de hacer bien las cosas por Dios y el ensanchar la “atención al
otro” hasta abarcar a todo el género humano. “No tengas espíritu pueblerino.
—Agranda tu corazón, hasta que sea universal, ‘católico’. No vueles como un ave
de corral, cuando puedes subir como las
águilas”[14].
La universalidad del
respeto a todo ser humano aparece reafirmada en la constante referencia a esa
palabra “todos”, omnipresente en su obra.
“Una de las magnalia Dei[15], de las
maravillas de Dios que hemos de meditar y que hemos de agradecer a este Señor
que ha venido a traer la paz en la Tierra a todos los hombres de buena
voluntad[16]. A todos los hombres que quieren unir su voluntad a la
Voluntad buena de Dios: ¡No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres !, ¡a todos los
hombres, a todos los hermanos! Que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios,
hermanos de Cristo: su Madre es nuestra Madre. No hay más que una raza en la
tierra: la raza de los hijos de Dios”[17].
“Cuanto más cerca
está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón que
quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de
Jesús”[18].
“Si de veras amases a
Dios con todo tu corazón, el amor al prójimo —que a veces te resulta tan
difícil— sería una consecuencia del Gran Amor. —Y no te sentirías enemigo de
nadir, ni harías acepción de personas”[19].
El respeto a la persona
va unido a su carácter insustituible: “porque cada alma es un tesoro
maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre
de Cristo”[20]. Se rechaza, por tanto toda posición cerrada y excluyente:
“No existe en nuestra Obra ningún afán exclusivista, sino el deseo de
colaborar con todos los que trabajan por Cristo y con todos los que, cristianos
o no, hacen de sus vidas una espléndida realidad de servicio”[21]. Esta
actitud responde al ejemplo de Cristo “... como sucede en el pasaje que
estamos contemplando: Tú no haces distinción, le dicen; Tú has venido para todos
los hombres; a Ti, nada te detiene para proclamar la verdad y enseñar el bien
(cfr. Mt, XXII, 16)”[22].
La dignidad de la persona
exige, ante todo, tratar a todo ser humano con respeto y evitar hurgar en la
vida íntima de los demás, sin juzgar, ni ofender siquiera con la duda. San
Josemaría se anticipa proféticamente a destacar, en un texto de 1961, la
generalización de la tendencia a la pérdida del respeto a la intimidad de las
personas: “No costaría trabajo alguno señalar, en esta época, casos de esa
curiosidad agresiva que conduce a indagar morbosamente en la vida privada de los
demás. Un mínimo sentido de la justicia exige que, incluso en la investigación
de un presunto delito se proceda con cautela y moderación, sin tomar por cierto
lo que sólo es una posibilidad. Se comprende claramente hasta qué punto la
curiosidad malsana por destripar lo que no sólo no es un delito, sino que puede
ser una acción honrosa, deba calificarse como
perversión”[23].
Esa dignidad exige, a su
vez, el reconocimiento de los restantes derechos humanos, tal y como los enuncia
San Josemaría en un punto de Amigos de Dios: “Hemos de sostener el
derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una
existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar,
a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar
serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a
asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer
término, a conocer y a amar a Dios con plena libertad, porque la conciencia —si es
recta— descubrirá las huellas del Creador en todas las
cosas”[24].
Pero al propio tiempo,
destaca que la dignidad humana exige mucho más que la justicia: “cuando se
hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho
más la dignidad del hombre, que es hijo de
Dios”[25].
No toda opinión
es válida
La ilicitud del juicio al
otro se fundamenta en la exigencia
de reconocimiento que ya afirmó Santo Tomás de Aquino al decir que “en
cualquier hombre existe un aspecto por el que los otros pueden considerarle como
superior, conforme a las palabras del Apóstol: ‘llevados por la humildad, teneos
unos a otros por superiores’”. Desgraciadamente, esta humildad, que vale para
las relaciones interpersonales y quizás también para las relaciones en las
diversas comunidades, se ha querido trasladar al terreno de las ideas, abocando
al relativismo.
Lo ha recordado
recientemente el Cardenal Poupard: “En esto consiste precisamente la falacia
del relativismo: en que transpone indebidamente la virtud de la modestia y de la
tolerancia del ámbito personal al ámbito de las ideas. Un hombre humilde no
debería considerarse superior a otro y un hombre tolerante debería soportar
pacientemente los defectos del prójimo. Pero la humildad no se puede aplicar a
las ideas, como si no hubiera unas mejores que otras, ni la tolerancia puede
consistir en una aceptación de lo que es realmente
erróneo”[26].
Esta profunda verdad ya
había sido señalada por San Josemaría en sus escritos la señalar que la
transigencia, el irenismo, el ceder ante el error en cuestiones esenciales,
constituye un falso ecumenismo (cfr. Surco, n. 359 y siguientes) y se opone a la
ortodoxia católica, la vez que implica falta de criterio y
formación.
La universalidad en el
respeto a la igual dignidad de todos los seres humanos va coherentemente unida
al rechazo del relativismo, del falso ecumenismo. También aquí, el origen de la
superación del relativismo tiene origen cristocéntrico. Como escribe en
Conversaciones, “estar al día significa identificarse con Cristo: que
no es un personaje que ya pasó; Cristo vive y vivirá por siempre: ayer, hoy y
por los siglos (Heb. XIII, 8)”[27].
Igualmente en este punto
puede decirse que los escritos del Fundador del Opus Dei tienen un tono
anticipador, ya que constituyen una crítica avant la lettre de lo que
podría llamarse postmodernidad decadente; es decir, la propuesta de que ‘todo
vale’, de que todas las opiniones valen lo mismo, lo que conduce al desarme del
individuo y de la sociedad para hacer frente a los errores y a los horrores.
Sirva de muestra un texto muy gráfico contenido en Forja: “Los
católicos —al defender y mantener
la verdad, sin transigencias— hemos de esforzarnos, en crear un clima de
caridad, de convivencia, que ahogue todos los odios y rencores”[28]. O
bien, este otro del mismo libro: “El error no sólo oscurece la inteligencia,
sino que divide las voluntades. —En cambio, “veritas liberabit vos” —la verdad
os librará de las banderías que agostan la
caridad”[29].
Este es el modo adecuado
de comprender lo que —con expresión valiente— San Josemaría designó como “santa
intransigencia” [30] y que implica una lúcida crítica del relativismo y el
nihilismo que se divisaban en la época en que se escribió Camino y que
posteriormente han llegado a su apogeo, unidos al economicismo el
consensualismo, que considera todo susceptible de
transacción.
La etimología castellana
de la palabra intransigencia supone precisamente, según el Diccionario de la
Real Academia Española “la negativa a todo trato o transacción cuyo término
resulte vil o deshonroso para la persona, o la verdad”. La crítica a la
transacción basada en motivaciones economicistas aparece subrayada en el punto
400 de Camino: “...—Si tú vendieras armas de fuego y alguien te diera
el precio de una de ellas, para matar con esa arma a tu madre, ¿se la venderías?
... Pues, ¿acaso no te daba su justo precio? ...”.
Al destacar la
importancia de la intransigencia en defensa de la verdad, el Fundador del Opus
Dei se anticipaba a escritos fundamentales de la doctrina de la Iglesia como la
Humanæ vitæ [31] o la Veritatis splendor [32], en los que conjuga
la misericordia con las personas y la intransigencia con el error. Así, puede
leerse en ambas Encíclicas el siguiente texto: “No disminuir en nada la
doctrina salvadora de Cristo es una forma eminente de caridad hacia las almas.
Pero ello ha de ir acompañado siempre con la paciencia y la bondad de la que el
Señor mismo ha dado ejemplo en su trato con los hombres, al venir no para juzgar
sino para salvar (cfr. Io III, 17). Él fue intransigente con el mal, pero
misericordioso hacia las personas”.
El respeto a la persona
exige —al mismo tiempo— proporcionar formación doctrinal[33] y hacer corrección
fraterna para sacar a las personas del error. Hay que armonizar —como hizo
heroicamente San Josemaría— el respeto a la dignidad de las personas con la
justa defensa de la verdad, defendiendo la verdad con
caridad[34].
Hay que ser intransigente
con el error y comprensivos con las personas. “Antes de advertir algo o de
corregir, hemos de saber ponernos en las condiciones de esa persona que nos va a
escuchar la advertencia: ¿cómo querría yo que me trataran si me encontrase en
esa situación?”[35]. “Si viene a mí la persona más cargada de defectos,
de errores, de odios, le atenderé con toda la fuerza de mi corazón, recordando
que Jesucristo —así lo dijo Él— ha venido para salvar a los pecadores, a los
enfermos; y todos somos enfermos y pecadores”[36].
Hay una conexión profunda
entre la “intransigencia” así entendida, que conduce al respeto a toda persona
como alter Christus, a la inalienabilidad de sus derechos y al rechazo
de la tolerancia errónea, del planteamiento políticamente correcto, que
lleva a considerar válida toda opinión y que, por tanto, conduce a dejar sin
protección a los sin opinión.
Es por eso que la
santa intransigencia va unida al valor que no se deja coaccionar o
atemorizar por el qué dirán[37], que impide que la verdad sea
proclamada[38]. “Cuándo está en juego la defensa de la verdad, ¿cómo se
puede desear no desagradar a Dios y, al mismo tiempo, no chocar con el ambiente?
Son cosas antagónicas: ¡o lo uno o lo otro! Es preciso que el sacrifico sea
holocausto: hay que quemarlo todo ..., hasta el ‘qué dirán’, hasta eso que
llaman reputación”[39].
Resulta perfectamente
claro, por lo que venimos diciendo, que la intransigencia se opone
también al fundamentalismo, ya que va dirigida —ante todo y sobre todo— hacia
los propios defectos[40] y, al mismo tiempo, es tolerancia para los errores
ajenos[41]. Existe una profunda conexión entre el respeto a la verdad —frente al
error— y el respeto a la persona, que está basada en la aceptación de la propia
pecaminosidad. Como dice San Juan en su Epístola, “si decimos que no
tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en
nosotros”[42].
“(...) Quien tiene la
verdad no es sectario”[43], porque parte del convencimiento, como señalaba
también San Josemaría, de que puede ser capaz de todos los errores y de todos
los horrores.
Es por ello que la tarea
del cristiano es ahogar el mal en abundancia de bien. “Tu vida, tu trabajo,
no debe ser labor negativa, no debe ser ‘antinada’. Es, ¡debe ser!, afirmación,
optimismo, juventud, alegría y paz”[44]. Hay que “ver con comprensión a
todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen. —Pero comprensión no significa
abstencionismo, ni indiferencia, sino
actividad”[45].
El respeto a todas las
personas no debe confundirse con el respeto a las opiniones, que impide
distinguir entre la verdad y error, entre el bien y el mal[46]. Exige, por el
contrario, relativizar ante todo la propia opinión, que constituye un elemento
esencial para “aprender a reírse de uno mismo”, clave del sentido del
humor y una de las consecuencias no secundarias del humanismo cristiano. San
Josemaría solía decir que “no había visto tonto más grande que un listo
soberbio”[47], al tiempo que señalaba que “nadie puede ganar al
cristiano en humanidad”[48].
Concluyendo: para San Josemaría es
necesario estar abierto a la verdad de Cristo para juzgar acciones y opiniones,
empezando por las propias. Pero ello no puede llevar nunca como consecuencia el
juzgar a las personas. Estas son siempre dignas, porque son hijos de Dios y, por
tanto, nada daña más la caridad y la justicia que la murmuración y la
difamación[49]. Dicho con su
expresividad habitual: “Yo (...) estoy obligado a respetarle [a todo hombre]
y, al mismo tiempo, a procurar encaminarle hacia la
verdad”[50].
[1] Camino, 393-398, sobre la santa
intransigencia.
[2] Surco, n. 359 y siguientes sobre
el falso ecumenismo
[3] Forja,
n.456.
[4] “El respeto cristiano a la
persona y a su libertad”, “La lucha interior”, “El triunfo de Cristo en la
humildad”.
[5] “La libertad, don de Dios”,
“Vivir cara a Dios y cara a los hombres”, “Con la fuerza del
Amor”.
[6] Conversaciones con Monseñor
Escrivá de Balaguer, nn. 22, 27, 29, 44 y
46.
[7] Sobre el cristocentrismo del
pensamiento del San Josemaria Escriva, véase Antonio Aranda El bullir de la
sangre de Cristo, Madrid, Rialp, 2000
[8] Es Cristo que pasa, n.
133
[9] Camino, n.
419
[10] Conversaciones,
n.94
[11] Es Cristo que pasa, n.
74
[12] Ibidem, n. 87. cfr. también
Surco, n. 315 y siguientes.
[13] Camino, n.
525
[14] Ibidem. n.
7
[15] Símbolo
Quicumque
[16] Act. II,
11.
[17] Es Cristo que pasa, n.
13
[18] Camino, n.
764
[19] Forja, n.
869
[20] Es Cristo que pasa, n.
80
[21] Conversaciones, n.
47
[22] Amigos de Dios, n.
159.
[23] Es Cristo que pasa, n.
69
[24] Amigos de Dios,
171.
[25] Ibidem, n.
172
[26] Inteligencia y afecto. Notas
para una ‘paideia’ cristiana. Universidad Católica de Murcia. Noviembre de 2001,
pág. 25.
[27] Conversaciones, n.
72
[28] Forja, n.
564
[29] Ibidem, n.
842.
[30] cfr. Camino, nn. 394 a 400 y Surco, nn. 571 y
600
[31] cfr. n.
29
[32] cfr. n.
95
[33] Cfr. Conversaciones, n. 2, 27,
29.
[34] Cfr. Testimonios recogidos en
los Artículos del Postulador, Roma 1979, nn. 626 y
764.
[35] Citado en Javier
Echevarría, ‘Memoria del San
Josemaría Escrivá’, Madrid 2000 (ed. Rialp), Pág.
138.
[36] Ibidem. Pág..
285.
[37] Cfr. Camino, n.
390
[38] cfr. Surco, n.
600
[39] Surco, n. 34. cfr. también n.
243.
[40] cfr. Camino,
198
[41] cfr. Surco, n.
600
[42] I Io, I,
8
[43] Surco, n.
47
[44] Forja, n.
103
[45] cfr. Surco,
864
[46] cfr. Andrés Vázquez de Prada,
El Fundador del Opus Dei, Madrid 1997 (Ed.
Rialp)
[47] cfr. cita en José Luis Soria,
Maestro de buen humor, Madrid 1993 (ed. Rialp), Pág.
111
[48] Amigos de Dios, n.
93
[49] passim “El respeto cristiano a
la persona y a su libertad”, en Es Cristo que pasa, n. 67 y
siguientes.
[50] Conversaciones, n.
66
(*) Catedrático de
Filosofía del Derecho y Filosofía Política. Universidad de Valencia
(España)
¿ES CREÍBLE LA
PAZ DE LOS VIOLENTOS?
¿Se puede predicar la
fraternidad con gente que vive a 5.000 kilómetros de distancia y al tiempo
promover la violencia contra el vecino? Es evidente que no. Una actitud de este
tipo constituye una estafa moral por la sencilla razón de que hace increíble
toda intención pacífica; más todavía: instrumentaliza la paz al servicio de una
ideología que aplica justificaciones distintas según lo que tenga en frente. Lo
normal, lo humano, es que nos sintamos más movidos a la fraternidad con aquél
que nos es más inmediato y más indiferentes con los que habitan en la lejanía.
Todo esto viene a propósito de la violencia que ha venido desarrollándose contra
locales y personas del Partido Popular, y que en algunos casos concretos ha
llegado a extenderse, como en Zaragoza y en Madrid, a establecimientos
comerciales. Nosotros discrepamos frontalmente y desde el primer día con el
ataque militar unilateral a Irak, pero por la misma razón rechazamos las
actuaciones que amenazan a personas de la fuerza política que gobierna España,
unas prácticas que les impiden el uso legítimo de la palabra en el ámbito
público o que las torturan con amenazas y coacciones.
Quien así actúa no sólo no está defendiendo la paz sino que
perjudica de forma grave sus fundamentos y extiende la crispación a la sociedad
española. Y esto también atañe a los partidos políticos, al Gobierno y a la
oposición. Si la defensa del orden internacional por parte de unos y la de la
paz y neutralidad por parte de otros han de conducir como hasta ahora a una
crispación creciente de la sociedad española, más vale que se callen durante un
tiempo y dejen a los ciudadanos articular pacíficamente sus posiciones, sus
actitudes. Es una pretensión absurda pensar que se puede forjar la paz si el
corazón no es pacífico y si ve en el adversario político un enemigo a quien hay
que hundir, desprestigiar, matar -en definitiva- en su dignidad. La paz no es
eso, sino que nace de la voluntad de construir la justicia y de crear
condiciones para la reconciliación. La política española y, en otro plano
distinto, algunos violentos en la calle están demostrando que el camino que
siguen es exactamente el opuesto.
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PARA
SONREIR
SIETE HIJAS
En una
entrevista de trabajo:
-¡Sí,
señor, soy casado y tengo siete hijas!-
-¡Caramba! En estos tiempos, y con siete hijas... ¡Siete bocas que
mantener!
-Catorce. Todas son casadas.
(En Selecciones del Reader´s Digest, Abril de 2003 - Guadalupe
González, Navojoa, México)
|
CORREO DEL LECTOR
----- Original Message
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To: Vivir en
Familia
Sent: Sunday, March
30, 2003 11:07 AM
Subject: Jornadas
Servicio a la Vida
Queridos amigos en Xto.:
Queremos hacerlos participes de las próximas "Jornadas
Nacionales de Capacitación para el servicio a la Vida", en la cual queremos dar
respuesta concreta, en el servicio, a las leyes de Salud Reproductiva que
atentan contra la Vida y la Familia.
Sabemos que por la distancia no nos
podran acompañar fisicamente, aunque hay inscriptos hermanos de la vecina
Uruguay y es posible que también vengan del Paraguay, pero les pedimos que lo
hagan con vuestras oraciones.
Con la esperanza en el próximo encuentro,
reciban un cordial saludo en Jesús y María Reina de la Familia.
Eleonora y Guillermo
Suárez
ARGENTINA
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Original Message -----
From: Carismática Misión
Sent: Wednesday, March 26, 2003 11:51
AM
Subject: DIREC.EN
URUGUAY...