PARA
COTUGNO HAY QUE COMENZAR POR LA SANTIDAD EN LA
FAMILIA
Pedro
Silva
"El
laico debe asumir su compromiso de evangelizar como algo natural"
El
arzobispo de Montevideo, monseñor Nicolás Cotugno, habla con entusiasmo y
convicción, y sabe bajar el tono de su voz cuando quiere remarcar algo
importante del Plan Pastoral San Felipe y Santiago Siglo XXI. En ese documento,
que comenzó a divulgar el 3 de mayo pasado durante la fiesta de los patronos de
Montevideo, están contenidos los lineamientos de la Iglesia montevideana para
los próximos cinco años. En charla con El Observador, Cotugno repasó las
prioridades pastorales, mostró su alegría por la sintonía con sus fieles y
reafirmó su voluntad de edificar un liceo.
Su lema
episcopal es "Cristo me ha enviado para evangelizar". ¿Cómo le ha ido en estos
dos años y medio al frente de la diócesis?
He
tratado de dejarme llevar por el Señor porque soy un instrumento del servicio
pastoral. Debido a mi formación de teólogo tengo una visión de la figura del
obispo que va más allá de la persona que la representa. Es una visión de fe casi
seductora, como dice el Concilio: "Los obispos rigen las iglesias particulares
que les han sido confiadas como vicarios y legados de Cristo". Esa es mi
perspectiva, que se traduce en una enorme responsabilidad. Es una misión que nos
deja chiquitos al lado de Cristo, que es el protagonista.
En esa
perspectiva, ¿qué lo cuestiona?
He
tratado de preguntarme, más con hechos que en abstracto, qué haría Jesús aquí y
ahora. Y he tratado de dejarme llevar, aunque creo en el Espíritu Santo, que es
el que nos anima a todos. Me siento feliz porque he tratado de no negarme a esta
acción del Señor. Por eso cuando fui a los asentamientos, a los cantegriles, no
me lo impuse sino que me sentí impulsado a hacerlo. Y también me dejé llevar
cuando me encontré con toda la comunidad de Montevideo, donde me hallo muy a
gusto. Como decía el apóstol Pablo, no presumo de mis fuerzas, pero sé en quién
he puesto mi confianza.
¿Qué ha
descubierto en ese camino?
Una gran
apertura. Con los medios de comunicación social también me dejé llevar, por eso
fui a la radio y a la televisión. Donde me llamaban yo iba para estar presente,
para ver, escuchar, para compartir y para acompañar. Siento que la gente de
Montevideo está cerca y hay una empatía. Yo siento que quiero a los
montevideanos y que ellos me quieren a mí. Siento el compromiso de amor y de
entrega hacia Cristo, que se hace evidente al celebrar la Eucaristía en cada
rincón de esta diócesis. Además, las vocaciones sacerdotales me tienen admirado
y agradecido, porque en un año hemos pasado de 12 a 24 seminaristas, y hay una
perspectiva vocacional interesante. En una encuesta reciente sobre las
vocaciones de los jóvenes uruguayos, el 3% contestó que quería ser arzobispo. Me
van a sacar el lugar (risas). Siento que entre el arzobispo y los montevideanos
hay una relación de recíproca esperanza. Lo siento como un progresivo
crecimiento del conocimiento y la aceptación mutua. Esa fue la intención de mi
primera carta pastoral: marcar el camino por el cual íbamos a transitar. Por eso
es muy importante haber llegado este año al Plan Pastoral San Felipe y Santiago
Siglo XXI.
¿Cuál es el
hilo conductor del nuevo Plan Pastoral de la diócesis?
El Señor
resucitado, al que le entregamos un Santuario. Es algo hermosísimo y es la
columna vertebral de este ser vivo que es la Iglesia. El Señor está vivo, en
medio de nosotros, de forma verdadera, real y personal. Como dije en la fiesta
de Corpus: esto no es pan, es Cristo. El hilo conductor del Plan Pastoral es,
pues, la percepción de Jesús, el Señor vivo, en medio de nosotros, caminando
junto a nosotros y nosotros con él. La Iglesia Católica, al celebrar la
conclusión del segundo milenio, tiene la oportunidad de mirar hacia atrás y
preguntarse cómo hemos vivido la fe y cómo somos fieles al Señor y a nuestros
hermanos. En ese instante apareció providencialmente la carta apostólica Novo
Millennio Ineunte, del Papa Juan Pablo II, que incluye la idea central de la
resurrección de Jesús. El Plan Pastoral ya estaba en marcha y yo tenía esa misma
percepción de este Cristo vivo, no como un ser que está relegado en la
estantería de la memoria histórica.
El Plan
Pastoral, ¿tiene un objetivo central?
Animar
nuestra Iglesia diocesana al servicio de la nueva evangelización, es decir, una
Iglesia misionera, comunitaria, solidaria. En constante camino de conversión,
testigo de Jesús, el Señor resucitado, y servidora, como María en la familia de
Nazareth, de la vida y la esperanza del pueblo de Montevideo. En muchos aspectos
hay una continuidad de los planes anteriores porque la diócesis tiene su
historia.
¿Cuáles son
los aspectos de la tarea evangelizadora en los que el Plan Pastoral hará
énfasis?
El
primero es la espiritualidad de la comunión. Esta es una acentuación nueva
respecto a otros planes, es insistir sobre la vocación a la santidad y la
prioridad de la gracia. Nosotros sentíamos que eso era necesario y el Papa
insiste sobre ello al hablar de la "apasionante tarea de renacimiento pastoral".
No podemos seguir como hasta ayer. No porque estuviera mal lo que estábamos
haciendo sino porque debe darse un renacimiento pastoral, traducido en algunas
prioridades. "No dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el
camino pastoral es el de la santidad", dijo el Papa. Si yo hubiera puesto esto
en el Plan sin que lo hubiera dicho antes el Papa me hubieran tildado de
espiritualista. Pero el Papa dice: "Terminado el Jubileo empieza de nuevo el
camino ordinario para hacer hincapié en la santidad, pero hacer hincapié en la
santidad es más que nunca una urgencia pastoral". No es un consejo sino una
urgencia pastoral. En nuestro contexto, hacer hincapié en la vocación a la
santidad, dándole prioridad a la gracia del Espíritu Santo, es un golpe de timón
que a uno lo desestabiliza. La eficacia de todo nuestro accionar viene del
Espíritu Santo. La vocación a la santidad y la prioridad de la gracia debe
instrumentarse convirtiendo nuestras familias, pequeñas comunidades y
comunidades eclesiales de base, comunidades consagradas, comunidades educativas
y movimientos, parroquias e Iglesia arquidiocesana en casa y escuela de oración
y de comunión.
Pero ésa
es la tradición milenaria de la Iglesia. ¿Se había perdido?
En parte
sí, porque estamos hechos de naturaleza humana, pero este es un golpe de timón
que me eleva a lo sobrenatural. Y sabemos qué quiere decir Jesús cuando habla de
santidad: amar a Dios y al prójimo, amarnos a nosotros mismos como El nos amó.
La santidad es amor. Si es natural sentarse a la mesa para comer debería ser
natural que los padres tomaran las Sagradas Escrituras y que se pueda comer el
pan de la palabra de Dios. Y que puedan rezar. Pero no nos vamos a pasar rezando
el rosario noche y día en casa. Por eso la segunda prioridad del Plan es la
misionariedad evangelizadora.
En ser
misioneros. Por el hecho de pertenecer a la Iglesia somos misioneros. "Id por
todo el mundo y predicad el Evangelio", dijo Jesús. Les doy una primicia. Los
seminaristas quieren misionar en enero próximo por la diócesis y dedicarán sus
vacaciones a misionar casa por casa. Visitarán el Montevideo rural, las zonas
marginadas donde no llega nadie para hacer presente la palabra de Jesús.
Llevarán el sentido de humanidad y de amistad.
La tercera
prioridad es "la globalización de la solidaridad".
Esta
prioridad también está en sintonía con el Papa cuando habla de apostar por la
caridad en todas las dimensiones.
El
Papa habla de una nueva imaginación de la caridad.
Tener
fantasía creadora. A mí me alegra constatar que este sentido de la solidaridad
lo encontramos también en otras organizaciones que no son cristianas y que se
haga el operativo Frío Polar. La Iglesia quiere estar codo a codo para aliviar
el sufrimiento de todos los hermanos. Hay un frío polar en el invierno y otro,
no menos polar, que dura todo el año y que es el frío de la ignorancia, de la
pobreza, de la soledad, de la vejez. Hay que asumir esta línea de vida, de
sensibilidad, de conducta, sin excluir a nadie y dando una mano a todos.
¿Es una
solidaridad que también deja algo al que la practica?
Ejercer
la solidaridad me construye como persona, me hace crecer en la capacidad de
abrirme y de darme. La solidaridad entrena para la apertura de dar. Pero, ¿cómo
demostramos que queremos ser una comunidad solidaria? Hay muchas exigencias en
Montevideo, aunque subrayo a los chicos sin educación, donde queremos dar una
respuesta a nuestro alcance con el Liceo Jubilar. Por eso se me ocurrió el otro
día en la procesión de Corpus que, si los católicos somos más del 50% de
Montevideo, por lo menos somos 500 mil personas que podemos donar el precio de
un boleto o una caja de cigarros o un viaje de placer para hacer el edificio y
equiparlo. Además promoveremos el voluntariado. Muchos ya se han ofrecido para
dar clases y voy a pedirle a los jóvenes que den un mes o un año de su vida para
atender a estos chicos.
Es una
apuesta a la educación.
El
partido de la evangelización, de la educación, se juega un 90% en la familia.
Por eso apostamos a una familia humana y sana, para que la sociedad sea sana, y
a un laicado que asuma el compromiso de evangelizar como algo natural a su
condición de cristiano, para hacer de la Iglesia montevideana un ejército de
evangelizadores. Esa es nuestra cuarta y última prioridad. El laico, en el
sentido de persona bautizada, tiene la misma misión evangelizadora que el
párroco o el obispo.
En Papa en
su carta apostólica dice que "no hay una fórmula mágica para los desafíos de
nuestro tiempo".
Sino una
persona, que es Cristo. Y este Cristo tampoco es algo mágico. Puede ser
chocante, pero Jesucristo somos nosotros. El Evangelio de Jesús se encarna en
nuestra manera de pensar y de obrar. Nadie es infalible, pero como católico, por
ejemplo, debo promover la indisolubilidad del matrimonio y no dar testimonio de
que el divorcio es algo que está a la mano. No puedo ser testigo de Jesús si me
dejo llevar por opciones contrarias a su mensaje. Dice el Papa que no hay que
pensar en un camino nuevo porque ya está trazado. "Yo soy el camino", dijo
Jesús. ¿Qué es la vida? Sin soberbia quiero preguntar a mis hermanos laicos,
agnósticos o ateos, cuando ven la muerte en la historia, qué respuesta dan a
esta interpelación que me sacude: ¿qué hay después de la muerte? La respuesta
que nosotros damos es el Cristo resucitado. Por eso cargamos el Plan Pastoral de
una esperanza que viene del realismo de quien sigue a Jesucristo.
¿Sigue
pensando, como en 1998, que su papel al frente de la diócesis es suscitar un
clima de esperanza?
LA SINTONÍA CON LA CARTA DE JUAN PABLO II, LA RAZÓN Y LA
FE
¿Qué le pareció la carta apostólica Novo Millennio Ineunte
con la que el papa Juan Pablo II cerró el Gran Jubileo de 2000?
Apareció
en el momento justo y su contenido es trascendente. Juan Pablo II da la clave de
lectura del ser y del hacer de la Iglesia universal en este tercer milenio,
cuando dice que "esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su
imagen de crucificado. El es el resucitado". Y agrega: "La Iglesia mira ahora a
Cristo resucitado", porque el único Cristo que existe es el resucitado. Claro
que murió, pero esa muerte no existe más. Después de 2.000 años, el Papa dice
que ese acontecimiento, plenificado y glorificado en la resurrección, la Iglesia
lo vive como si hubiera sucedido hoy.
Al leer la
carta apostólica y el Plan Pastoral San Felipe y Santiago Siglo XXI se nota una
sintonía entre ambos.
Sin
saberlo, el hilo conductor del Plan Pastoral de Montevideo es lo que planteó el
Papa en su carta apostólica. Ambos documentos sintonizan y se complementan. Por
eso en la introducción del Plan decimos: "La Iglesia mira al resucitado".
¿Qué
valores ofrece al hombre esa imagen rescatada de Cristo resucitado?
Lo que
el propio Cristo dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". En nuestro mundo
positivamente laico, tomando la laicidad como la característica de pertenecer al
pueblo, desde nuestra perspectiva de fe podemos decir que Cristo ha sido el más
laico de todos, porque es ese Dios que se hizo hombre y se hizo pueblo. Jesús
nació judío, de madre judía. Era laico de ese pueblo que nosotros llamamos
pueblo de Dios y observó la ley. Cristo es el creador del Universo y de ahí
viene toda la laicidad, toda la secularidad y la bondad de la creación. Cristo
es el redentor del hombre porque murió para salvarlo de ese pecado que es la
explicación de todo lo negativo que escuchamos en el mundo. Tenemos una clave de
interpretación de la historia que un pensador sin fe no tiene.
Estamos
entrando en el terreno de la fe y la razón.
Nosotros
no imponemos la verdad católica sino que proponemos la fe, porque la razón no
alcanza para abarcar el misterio de Cristo. Parecería que por ser laicos, en el
sentido corriente en que se usa la palabra, hay que renunciar a determinados
criterios de fe para no perder la laicidad. Y es al revés: casi que ser
creyentes quiere decir imponer algo a la laicidad, sea de la razón, de la ética
o de los valores humanos. Creo que aquí mucho se dijo sobre la laicidad y mucho
queda por decir, porque es un tema que entusiasma y que hay que debatir sin
dogmatismos. No se pueden imponer los criterios de un racionalismo excluyendo a
priori toda posibilidad de trascendencia.
¿Por qué es
necesario rescatar aspectos de la vida de Cristo?
Para que
se encarnen en una Iglesia viva, que quiere decirlo con hechos al hombre
sencillo, al político, al empresario, al ama de casa. El Señor nos pidió que
predicáramos con hechos y palabras. El resto lo hace él, que es quien toca los
corazones. A nosotros nos pide que seamos fieles, que vayamos por todo el mundo
predicando el Evangelio. La Iglesia existe para evangelizar. ¿Qué es
evangelizar? Darle rostro, presencia, cuerpo a este Cristo
resucitado.
PERFIL
Nicolás
Cotugno - Arzobispo
de Montevideo - 62
años
Nació el 21 de setiembre de 1938 en Italia y fue
ordenado sacerdote el 26 de julio de 1967 en Santiago de Chile. Es salesiano y
doctor en Teología, egresado de la Universidad Gregoriana de Roma. Fue docente
durante 21 años y rector del Instituto Teológico del Uruguay hasta 1996. El 28
de julio de ese año fue nombrado obispo y destinado a la diócesis de Melo.
Asumió como arzobispo de Montevideo el 20 de diciembre de 1998. En la
actualidad, preside los departamentos de Pastoral Familiar y de Educación de la
Conferencia Episcopal Uruguaya, además de integrar las comisiones de Doctrina y
de Cultura.
El Observador - 23/06/2001 -
Montevideo - Uruguay
CONFLICTOS EN EL MATRIMONIO
Psicológicamente, los conflictos
conyugales tienen con frecuencia dos únicas razones, relacionadas con la
regresión a dos fases del desarrollo individual: la simbiosis con la madre y el
narcisismo. Por tanto, hay dos tipos de matrimonio particularmente condenados a
la crisis: el matrimonio simbiótico y el matrimonio narcisista.
Por lo que se refiere al primer
matrimonio, hay que subrayar que en la fase simbiótica el niño experimenta que
él y la madre son una única realidad, y que es imposible para cada uno de ellos
pasar sin el otro, en una relación de dependencia mutua. Quien, por un incidente
psicológico infantil (frustraciones y carencia de gratificaciones), se quede en
esta fase (que va de 0 a 2 años), al casarse, lo hará con una figura materna de
la que pretenderá una dedicación absoluta e irreal. O sea, considerará a su
pareja como una parte de sí mismo y sufrirá cada vez que esa disponibilidad
excesiva no se dé. Hay mujeres que se ofenden por cada momento que el marido
pasa con sus colegas, amigos, parientes o incluso hijos, o si el marido vuelve a
casa y se pone a leer el periódico. Y también hay maridos que se quejan porque
la cena no está nunca preparada cuando vuelven a casa, porque la mujer juega a
las cartas con las amigas en vez de pasar la tarde con él, o porque hace su vida
o se dedica demasiado al hijo, prefiriéndolo al cónyuge. Son ejemplos clásicos
del modo equivocado de considerar al otro como a la madre cuando se era un bebé,
ejemplos del llamado matrimonio simbiótico. En este matrimonio el simbolismo de
«serán los dos una sola carne» se toma de forma literal y exagerada, y en el
inconsciente de al menos uno de los dos no existe el «yo y el otro», sino una
unión de los dos, o mejor, la pretendida sumisión completa del otro a uno mismo.
En el matrimonio simbiótico se niega uno a reconocer que su pareja tiene un
mecanismo operativo separado que funciona según un ritmo propio; es decir,
existe la pretensión de que el reloj del otro coincida siempre y en cualquier
situación con el de uno. El problema surge cada vez que un cónyuge dice: «Mi
mujer (o mi marido) no me comprende». Esta expresión suena como un timbre de
alarma: indica la pretensión de que el otro tenga que conocer los pensamientos
de uno, evidentemente porque lo vive como parte de sí mismo, como alguien que
debería comprender sin palabras.
Otro tipo de matrimonio condenado al
fracaso es el contraído de resultas de persistentes exigencias narcisistas. El
narcisismo es un momento del desarrollo individual (de 2 a 4 años) en el que el
niño adquiere conciencia de que las necesidades se satisfacen desde fuera; por
eso considera a los demás únicamente como personas que sirven para satisfacer
sus necesidades. Todo ser humano experimenta personalmente el narcisismo durante
la infancia. El niño goza con las frecuentes y habituales aprobaciones que
recibe. El mismo goce vuelve a aparecer en la adolescencia, especialmente en los
sujetos con dotes estéticas especiales.
Los que fanatizan este narcisismo,
que a niveles medios es normal, necesitan ser amados más que amar, demostrando
así una burda inmadurez. Se dan cuenta o creen tener un físico muy atractivo que
les garantiza ser admirados y cortejados, haciendo aparentemente más fáciles y
gratificantes todas las relaciones sociales. Entonces, pueden permanecer
perezosamente en esta postura y escoger como estilo de vida la actitud de quien
no tiene nada que conquistar sino que lo único que tiene que hacer es dejarse
conquistar. Por algo la palabra se deriva del nombre de un personaje mitológico
de la antigua Grecia, el joven Narciso, que, enamorado de sí mismo, quería
admirar su imagen reflejada en una fuente.
Desgraciadamente, muchos adultos se
han quedado estancados en esta fase evolutiva infantil que debería ser
transitoria en el desarrollo de la capacidad de relación con los demás. Y cuando
se casan, buscan un instrumento más que una persona; es decir, se busca al otro
no por lo que «es», sino porque «tiene» algo que sirve para compensar lagunas
más o menos graves de madurez personal. Quien ha experimentado variados
arrebatos, ejemplos clásicos de narcisismo fatuo, puede reconocerse fácilmente
en este tipo de inmadurez, que se puede identificar con el egocentrismo más
exasperado. Muchas infidelidades conyugales hallan su verdadera motivación en el
haber contraído un matrimonio narcisista. Quien se queda en la fase narcisista
sigue dividiendo a las personas en dos clases: buenas y malas, y seguirá
buscando personas buenas, que abandonará al primer desengaño, para buscar otras
nuevas durante toda la vida.
En la infancia, la fase narcisista
cesa cuando el niño se da cuenta de que tanto las experiencias agradables como
las desagradables son producidas por la misma persona; o sea, cuando recibe una
bofetada de su madre, va a llorar al regazo de la madre, y en este momento nos
hacemos maduros para unirnos a una persona que humanamente podrá defraudarnos,
pero sin justificar por ello evasiones ni infidelidades.
Entre los múltiples motivos que
pueden provocar crisis en un matrimonio están:
Expectativas exageradas:
a veces esperamos y pretendemos
demasiado del otro, pidiendo cosas que bastarían para hacer huir a todos
nuestros amigos si nos mostráramos con ellos tan exigentes.
Falta de diálogo:
a veces el diálogo cesa por miedo,
miedo a herir o a ser heridos. Antes o después todos los esposos se preguntan:
«No sé si me querría igual si tuviera el valor de decirle abiertamente lo que
pienso o siento dentro».
Deseo de cambiar al otro:
al parecer, la mayor parte de los
casados empiezan a hacerlo al poco de casarse y se empeñan en modelar a la
pareja según sus categorías. Y se lucha y se pelea por culpa de las mismas
cualidades que nos habían hecho escoger a la otra persona. Pero cuando nos
percutamos de que él o ella tienen intención de hacernos cambiar,
protestamos y nos rebelamos. Sentimos que no somos aceptados por lo que somos,
y, por consiguiente, nos resultará imposible poder amar con ternura y
autenticidad.
El primer niño:
a menudo el primer peligro verdadero
para la paz del matrimonio llega con el primer hijo, y el test, en tal ocasión,
es si la mujer (y a veces también el marido) pone en el niño todo su interés,
ignorando al otro cónyuge. ¿Podrán entender los padres que la paternidad y la
maternidad se pueden transmitir mientras la unidad matrimonial continúe?
¿Llegarán los padres a darse cuenta de que sólo podrán garantizar a su niño
amor, seguridad, aceptación y calor humano si siguen creciendo en su amor de
marido y mujer? Con la llegada de los hijos el peligro lo corre sobre todo la
mujer, con el riesgo de convertirse exclusivamente en madre. Por su parte, el
padre podría pensar más en cómo aumentar los ingresos mensuales que en cultivar
la relación de pareja.
Cuando faltan las pequeñas
muestras de amor: descuidar las pequeñas atenciones
cotidianas una vez casados, cosas que durante el noviazgo eran la regla:
detalles, palabras dulces, muestras concretas de afecto, mimos, caricias, etc.
No olvidemos que el amor erótico-sexual se basa exclusivamente en la ternura; en
caso contrario llegan las neurosis sexuales.
Cuando no se tiene tiempo
para estar juntos: los matrimonios entran en crisis
porque no tienen tiempo para estar juntos, para mirarse a la cara, para
hablarse, para salir juntos ellos solos. Nada podrá sustituir nunca el tiempo de
estar juntos. Ni el dinero, ni los nuevos electrodomésticos, ni las joyas, ni
las pieles, ni una casa más bonita, ni una cuenta bancaria más abultada, etc.
podrán sustituir el tiempo pasado juntos escuchándose, amándose, compartiendlo,
etc..
Pero aparte de las causas de crisis,
de las causas psíquicas que crean conflictos conyugales, hay que preguntarse:
¿cuáles son los síntomas más frecuentes de la crisis convugal, los signos que
nos dicen que estamos en crisis?
-
Dificultad creciente de comunicar
o, peor, no hablar nada durante días enteros.
-
Sensación de que el amor va y
viene, con días en que uno siente que ama a su pareja y otros días en que uno
está seguro de no haber amado al otro nunca.
-
Sensación de que es el otro quien
pone en crisis el matrimonio, no nosotros, sino él o ella, sin
duda.
-
Nos limitamos a existir uno junto
al otro, aplastado cada uno por una enorme soledad que nos lleva a la idea de
la incompatibilidad y de que no vale la pena hacer nada para superar esa
crisis: «¡Somos incompatibles, y basta!» Y cada cual empieza a ir por su
cuenta, comunicando poco, nos vamos a nuestro rincón a cultivar nuestras
aficiones, lecturas, juegos con amigos, etc.
-
Tener dudas serias, en el sentido
de que nos preguntamos si no valdrá la pena volver a empezar con otra persona,
y entonces miramos alrededor y vemos gente feliz y sentimos poco a poco el
deseo de otro campañero. Conocemos en el trabajo o en otro lugar a alguien que
tiene nuestros problemas y nos sale espontáneo hablar con esa persona, y en un
santiamén nos arrojamos uno en brazos del otro. He aquí la infidelidad, que
hoy está tan de moda. He aquí la muerte del matrimonio, y el divorcio se
convierte en la solución para todo. Ironías de la vida, a menudo la nueva
pareja tiene las mismas características que la antigua, de la que nos hemos
separado; y todo vuelve a empezar desde el principio. Muchas veces las
segundas nupcias funcionan, pero puedo aseguraros que es porque nos hemos
puesto a trabajar en nosotros mismos y hemos puesto en el nuevo matrimonio la
comprensión que debíamos haber puesto en el primero.
-
Luego están los problemas
sexuales: el marido se lamenta de que la mujer es frígida; ésta replica que no
se siente amada, etc.
-
Por último, no olvidemos que un
gran sufrimiento es buena señal en la pareja, porque mientras logremos
«sufrir» significa que todavía queremos al otro, y hay un hilo de esperanza.
El amor está muerto y sepultado cuando ya nada nos importa.
Aquí conviene decir que la esperanza
es siempre lo último que muere, incluso en los conflictos
conyugales.
Pero aparte de este detallado aunque
sucinto análisis de las causas psíquicas de los matrimonios abocados al fracaso,
sería útil ahora saber a qué fuentes hay que recurrir para lograr un matrimonio
exitoso. Después de años de experiencia psicoterapéutica, puedo afirmar
modestamente que lo que necesita una familia sana no es ni bienestar material,
ni una excesiva sexualidad de los padres, ni unos hijos «majos», ni una casa
amplia o apoyos externos: sólo se requiere un poco de buena voluntad para mirar
con toda honradez a la cara a todas las diferencias que antes de casarse ni se
soñaba que existieran. Y comprendemos que tenemos que vivir juntos y amarnos a
pesar de todas las diferencias que encontramos. Durante el noviazgo se pone el
acento en lo que nos une. En el matrimonio, en cambio, afloran las diferencias,
a menudo de forma dramática. Hemos aprendido. es verdad, que el matrimonio no es
siempre, o sólo, dos personas que avanzan cogidas de la mano; sino que es
también un ir adelante juntos que requiere un gran esfuerzo para programar y
compartir nuestra vida. Así se empieza a entender que es una unión que requiere
mucho tesón si uno quiere que se mantenga en pie, que es necesario mirar
adelante, reflexionar y dialogar. Y terminamos por concluir que el matrimonio
funciona sólo si nos decidimos a hacer que funcione.
Un matrimonio no es nunca un bonito
regalo que se entrega a los esposos al final de la ceremonia nupcial. Es algo
que los cónyuges construyen con sus manos, día a día trabajando con dedicación y
sacrificio. ¿De qué manera? Por experiencia puedo afirmar que dar amor sin
esperar nada a cambio es el elemento esencial de un matrimonio logrado. En otros
términos: se trata del amor incondicional, que a menudo se ve como algo costoso,
difícil o borroso. Indicaré ahora algunos atributos del amor incondicional que
merecen ser subrayados y sobre todo meditados por el lector:
1) «Renunciar a querer tener
siempre razón». Es la única, inagotable fuente de
problemas y de ruptura de relaciones: la necesidad de decirle al otro que se ha
equivocado o, si se prefiere, la necesidad de tener siempre razón, de decir
siempre la última palabra, de demostrar al otro que no sabe lo que dice, de
imponerse como superior. Una pareja sana es una relación entre iguales: ninguno
de los dos ha de sentirse equivocado. No existe un modo «acertado» o un
argumento «vencedor»: cada uno tiene derecho a tener su punto de vista. Antes de
negarle la razón al otro, hemos de poder detenernos a hablar con nosotros misms
y decirnos simplemente: «Sé lo que pienso sobre este tema y sé que su opinión no
coincide con la mía, pero no importa. Basta que yo lo sepa dentro de mí; no es
necesario quitarle la razón».
2) «Dejar espacio a los
demás». Cuando amamos a alguien por lo que es y no por
cómo pensamos que debería ser, o porque nos satisface, surge espontáneo dejarle
espacio. La actitud afectiva adecuada es permitir a cada uno ser él mismo. Y si
eso comporta algún tiempo de alejamiento entre nosotros, entonces no sólo hay
que aceptar la separación, sino facilitarla afectuosamente. Las relaciones
demasiado estrechas (me refiero especialmente a los matrimonios simbióticos),
destrozadas por los celos o la aprensión, son típicas de quien piensa tener
derecho a imponer a los demás cómo deberían comportarse.
3) «Borrar la idea de
posesión». Tratemos de gozar el uno del otro, no de poseernos
mutuamente. Nadie quiere ser dominado. A nadie le gusta sentirse propiedad
privada de otro, ni sujeto ni controlado. Todos nosotros tenemos en la vida una
misión que cumplir, que resulta obstaculizada cada vez que otro ser humano
intenta entrometerse. Querer poseer a los demás es, sin duda, el obstáculo mayor
en la toma de conciencia de la propia misión.
4) «Saber que no es
necesario comprender». No tenernos obligación de comprender por qué
otro actúa o piensa de una manera determinada. Estar dispuestos a decir: «No
entiendo, pero es igual» es la máxima comprensión que podemos ofrecer. Cada una
de mis tres hijas tiene una personalidad y unos intereses propios. Además, muy a
menudo lo que les interesa a ellas no tiene interés para mí, o viceversa. No
siempre es fácil superar la convicción de que todos deberían pensar y
comportarse como yo, pero intento frenarme y, cuando lo consigo, pienso: «Es su
vida, han venido al mundo a través de mí, no para mí. Protégelos, presérvalos de
actitudes autolesivas y destructivas, pero deja que vayan por su camino». Rara
vez entiendo por qué ciertas cosas les apasionan, pero a menudo he conseguido
pasar por alto la necesidad de entenderlo. En la pareja hay que superar la
necesidad de entender por qué al otro le gustan determinados programas de
televisión, por qué se acuesta a cierta hora, por qué come lo que come, lee lo
que lee, se divierte con ciertas personas, le gustan determinadas películas o
cualquier otra cosa.
Recordemos que dos están juntos no
para entenderse, sino para ofrecerse ayuda mutua y realizar su misión de
mejorar. Y una grandísima aportación a todo esto es el llamado «arte de la
conversación», un arte que tiene cinco reglas: sintonizar el canal del otro;
mostrar que estamos escuchando; no interrumpir; preguntar con perspicacia; tener
diplomacia y tacto.
De estas reglas me parece importante
detenernos en la escucha porque, parecerá raro, pero las parejas en crisis no
saben escuchar; y en mi actividad profesional tengo que trabajar a menudo sobre
cómo reactivar la atención y poner el acento en el proceso de escucha, pidiendo
a cada uno que se concentre no en las palabras que se dicen sino en otra cosa.
¿Qué oye. por ejemplo. en la voz del que habla? ¿Está bien calibrada y suave. o
es dura y agresiva? Lo mismo con el tono y la inflexión: ¿llana, metálica,
monótona o excitada y contagiosa? A veces nos sorprendemos de mensajes
totalmente nuevos o diferentes con respecto a las acostumbradas comunicaciones
familiares, que se captan cuando uno deja de escuchar las palabras y presta
atención a otros aspectos. Una actitud típica de la falta de escucha se tiene
cuando se usan las siguientes palabras: «Sí,... pero». «si al menos...».
Me gustaría abrir un pequeño
paréntesis sobre otras actitudes equivocadas en la pareja, que son las
pretensiones. Por ejemplo, pretender que el otro tenga que amar a los padres y a
la familia de uno. Digamos que me podría agradar que el otro trate a mi familia
con respeto, pero no tiene que amarla obligatoriamente. O bien pensar que si uno
te ama de verdad, tendría que saber lo que necesitas. Es lo que yo llamo
«pretensiones de telepatía». por lo que quizá es útil declarar nuestros deseos
de manera abierta y clara. Quien te ama de veras tiene derecho a que le pongas
al corriente. Otra idea: es un error pensar que pedir disculpas lo borra todo.
porque las disculpa son palabras. mientras que son mas importantes las acciones
correctivas.
Pero volvamos a lo de saber
escuchar. Todos hemos hecho la experiencia bonita y liberadora de estar en
presencia de una persona tranquila que nos deja ser lo que somos, que no juzga,
que no echa sermones, que se ensimisma en nuestras experiencias, que está con
nosotros, totalmente presente; en una palabra, que se hace «uno» con nosotros.
Pues bien, ésta es una persona que nos escucha. Si en cambio alguien empieza a
juzgarnos, a darnos consejos, hay menos espacio para que surja algo verdadero e
importante, quizá nuevo. En la pareja, que cada uno recuerde que la escucha debe
ser pura, limpia, sin estar pensando qué va a decir después.
Para concluir, los signos del
verdadero amor matrimonial son: aceptarse mutuamente como somos; el deseo de
hacer lo que al otro le agrada; el estar dispuestos a allanar las diferencias
conforme afloran; la conciencia de que se ha de construir la unidad matrimonial
y no el orgullo personal y las propias razones; el esfuerzo de pensar en
términos de «nosotros» y no de «yo»; la sensación de ser dos compañeros que
trabajan juntos por la misma causa; la constante tensión hacia un estilo de vida
que ya no es mi estilo o el tuyo, sino el de ambos, y que tiene sus raíces en un
amor sobrenatural.
Para casarse bien, hay que ser tres:
él, ella y el Amor.