Qué fácil es pasar de un extremo a otro.
Del calor al frío. Del cansancio a la plenitud. Del amor al odio, se dice
coloquialmente, hay sólo un paso.
Qué fácil resulta, a veces, dejarse
llevar por modas de opinión: lo políticamente correcto, el desarrollo
sostenible, equilibrios razonables
...
Nos ocupa el tema de la educación de los
hijos, de los alumnos. ¿Los extremos? ¿Las modas de opinión? ¿De qué va este
artículo?
Recuerdo una tutoría con un padre de un
alumno de último curso de bachillerato. Mirándome fijamente un día –con ese tipo
de miradas que delatan que se va a decir algo importante–:
—"Somos la generación de los idiotas
(empleó otro calificativo que no viene al caso). A mí me mandaba mi padre y
ahora me manda mi hijo".
Ese mismo día –no exagero con las
casualidades– el hijo en cuestión me
dijo:
—"Mi padre se empeña en ser mi amigo. Y
yo lo que necesito es un padre que esté seguro de sí
mismo"
Los extremos se tocan. Las modas
de opinión nos influyen
Puede que generaciones de niños se hayan
educado en un ambiente familiar en el que los roles de cada uno estuvieran
perfectamente definidos: los padres tenían autoridad y la ejercían: eran padres.
Los hijos –mejor o peor– obedecían: eran
hijos.
¿Qué ha ocurrido con esos hijos que ahora
son padres? Quizás sufrieron –sin mala intención– un exceso de autoritarismo por
parte de sus padres. Conclusión: yo no puedo educar de esa manera a mi hijo.
Tengo que ser, a toda costa, amigo de mi
hijo.
Los extremos se tocan: del exceso
equivocado de autoridad al colegueo ridículo entre padres e
hijos.
Nuestra sociedad actual es la sociedad de
lo psi, de lo psicológico: "cuidado con tal actuación que puede provocar
ansiedad en el niño"; "cuidado con tal forma de educar que puede provocarle
depresiones al niño".
Cuidado, cuidado, cuidado con
todo.
Las modas de opinión nos
influyen: lo mejor, ser amigo de mi hijo, por si
acaso
"A mí me mandaba mi padre y
ahora me manda mi hijo".
El espacio de papel virtual
se acaba. Centremos un poco las ideas. ¿Qué significa ser padre? ¿Qué espera un
hijo?
Dediquemos próximas
entregas de esta pesca particular de recetas de “Educar.es” a pensar estas
cuestiones. Las preguntas planteadas en el párrafo anterior son amplias y el
terreno a transitar extenso.
¿Ser padre, o madre, es,
ante todo, ser amigos de los hijos? Empecemos por esta
cuestión.
Ese mismo alumno termina
así su conversación: "Los amigos ya los elijo yo. Un padre y una madre se tienen
y punto".
Así termina el alumno. Así
empezaremos nosotros en el próximo
capítulo.
Fuente:
(Educar.es)
FEMINISTA: "CHICAS: ¡NO RENUNCIÉIS POR NADA A TENER HIJOS!"
-
Almudena
Ortiz
-
-
Lo sorprendente es que esto lo dice
Christine Collage, feminista veterana, experta en relaciones de familia . Una
francesa de 72 años que lleva medio siglo escribiendo sobre la situación de la
mujer y que dice de si misma que es de izquierdas, agnóstica y laicista. Y lo
hace en “La Contra” de “La Vanguardia” en una entrevista que firma Victor-M
Almela el 10 de febrero.
-
Vivió intensamente el mayo
del 68 en Paris, que es cuando dejó de escribir en la prensa económica para
hacerlo sobre otros temas. Pero dejemos que lo cuente ella en la entrevista de
la que selecciono las preguntas más interesantes.
-
–¿Y sobre qué empezó a
escribir usted?
-
–Sobre la relación de la
mujer con su pareja, sobre la contracepción, sobre la mujer y el trabajo...
¡Sobre la liberación de la mujer!
-
–Como feminista, ¿hay algo
que defendiera cuando era joven y que hoy ya no defienda?
-
–Sí, claro, ¡pero es que hoy
es todo tan diferente de entonces...!
-
–A ver, ¿qué le decía usted
a una chica en 1953? ¿Y qué le dice a una chica en el 2003?
-
–En mi juventud lo necesario
era alentar a las chicas a preocuparse sólo de su camino propio, a volcarse en
sí mismas, a autodeterminarse, ¡a liberarse de la carga de la familia, vamos!
¡Y eso propugné! Pero, hoy, a una chica del 2003... ¡le diría todo lo
contrario!
-
–¿No le diría que se ocupase
de sí misma?
-
–Ya no, ¡porque eso ya no
hace falta hoy, eso ya está claro! Hoy le digo: chica, no relegues tu vida
afectiva y familiar, ¡no renuncies a tener hijos, a crear tu propia familia!
-
–Esto, a muchos, les sonará
a conservador: suena “réac”, como se dice ahora en Francia.
-
–No lo es: es sólo que el
péndulo había ido demasiado lejos, y ahora ya podemos ver que lo sensato es
corregirlo un poco...
-
–¿Demasiado lejos? ¿Por qué?
-
–Entre mi generación y la
actual hay una generación de mujeres muy infelices por esa causa: son mujeres
de cerca de 50 años que han logrado consolidar una buena carrera
profesional..., pero han sacrificado vida conyugal y familiar. No han tenido
hijos y, dramáticamente, hoy se sienten muy infelices...
-
–¿Las imitarán las
jovencitas de hoy?
-
–No creo... Ya ven que, si
lo hacen, acabarán sintiéndose desgraciadas. Porque una vida plenamente humana
es aquella que culmina todas sus posibilidades, pese a las adversidades y
dificultades del camino. Si no, llega la hora de tu muerte... ¡y sientes una
carencia, sientes que tu vida no ha sido completa!
-
–Pero es duro: cultivar una
profesión...
-
–...sin olvidarse del reloj
biológico. Sí: ¡deberán hacerlo todo a la vez: carrera... e hijos!
-
–¿Está usted satisfecha de
su vida?
-
–Mis cuatro hijos están
casados con mujeres a las que aman y han decidido criar muchos hijos: ¡tengo
15 nietos! De eso deduzco que lo hice bien, pese a todos los percances.
-
–Cuénteme el peor de esos
trances.
-
–Con 22 años, un hijo se
sentó a mi lado y me dijo: “Vengo a despedirme de ti, porque voy a
suicidarme”. Era un claro “S.O.S.”...
-
–¿Qué problemas tenía su
hijo?
-
–Todos en los que pueda
meterse un joven de 22 años... Deudas... Todos. Me lo reservo.
-
–¿Cómo le ayudó usted?
-
–“Aquí siempre tendrás
cobijo y comida”, le dije, “pero todo el resto tienes que arreglártelo tú
sólo: no voy a darte más dinero”. Hoy es el feliz padre de una familia
numerosa...
-
–Y usted, ¿ejerce de abuela?
-
–Como al 90% de los
abuelos... ¡me explotan! ¡Y estoy muy feliz de que me exploten!
-
–¿Qué pasaría en la sociedad
actual si hoy todos los abuelos y abuelas se esfumasen?
-
–¡Sería un cataclismo, una
catástrofe social! Sin abuelos, desaparecería la mujer moderna: la pareja
trabajadora con madre autónoma se sustenta sobre los abuelos. Sin ellos...,
habría que reinventar la comuna.
-
No creo que el problema sea la falta de
abuelos. Excepto claro está, que los metan en una residencia impidiéndoles que
puedan cumplir esa gran función en la sociedad de transmitir valores y de dar
cohesión a la familia, y que es algo más que hacer de ”canguros”. El problema
podría ser el que siguiendo las tendencias actuales entre las parejas jóvenes,
de tener miedo al compromiso y al sacrificio que supone tener hijos y
educarlos, no hubiera nietos de los que ocuparse. Pero espero que el sentido
común que nos transmite la experiencia y el consejo de Crhistine Collage,
contribuyan a invertir esas tendencias. El testimonio de esta mujer, que
reitero es feminista y agnóstica, nos ayuda a ser
optimistas.
COMO LOGRAR UNA AUTORIDAD
POSITIVA
Pablo Pascual Sorribas
(*)
Tener autoridad, que
no autoritarismo, es básico para la educación de nuestro hijo. Debemos marcar
límites y objetivos claros que permitan diferenciar qué está bien y qué está
mal, pero uno de los errores más frecuentes de padres y madres es excederse en
la tolerancia. Y entonces empiezan los problemas. Hay que llegar a un
equilibrio, ¿cómo conseguirlo para tener autoridad?
En una de las
primeras charlas que dí a un grupo de padres de un parvulario, una madre levantó
la mano y me preguntó:
- ¿Qué hago si mi
hijo está encima de la mesa y no quiere bajar
- Dígale que
baje, -le dije yo.
- Ya se lo digo,
pero no me hace caso y no baja -respondió la madre con voz de
derrotada.
- ¿Cuántos años
tiene el niño? - le pregunté.
- Tres años -
afirmó ella.
Situaciones
semejantes a ésta se presentan frecuentemente cuando tengo la ocasión de
comunicar con un grupo de padres. Generalmente suele ser la madre quien pone la
mesa aunque estén los dos. El padre simplemente asiente, bien con un silencio
cómplice, bien afirmando con la cabeza, porque el problema es de los dos,
evidentemente.
¿Qué ha pasado para
que en tan pocos meses una pareja de personas adultas, triunfadoras en el campo
profesional y social, hayan dilapidado el capital de autoridad que tenían cuando
nació el niño?Actuaciones paternas y maternas, a veces llenas de buena voluntad,
minan la propia autoridad y hacen que los niños primero y los adolescentes
después no tengan un desarrollo equilibrado y feliz con la consiguiente angustia
para los padres. El padre o la madre que primero reconoce no saber qué
hacer ante las conductas disruptivas de su pequeño y que, después,
siente que ha perdido a su hijo adolescente, no puede disfrutar de una buena
calidad de vida, por muy bien que vaya económica, laboral y socialmente, porque
ha fracasado en el "negocio" más importante: la educación de sus
hijos.
Antes de que siga leyendo, quiero
advertirle que, posiblemente, usted, como todos -yo también- en alguna ocasión
ha cometido cada uno de los errores que se apuntan a continuación. No se
preocupe por ello. No es un desastre. Es lo normal en cualquier persona que
intenta educar TODOS LOS DIAS. Tiene su parte positiva. Quiere decir que intenta
educar, lo cual ya es mucho. En educación lo que deja huella en el niño no es lo
que se hace alguna vez, sino lo que se hace continuamente. Lo importante es que,
tras un periodo de reflexión, los padres consideren, en cada caso,
las actuaciones
que pueden ser más negativas para la educación de sus hijos, y traten de
ponerles remedio.
Estos son los
principales errores que, con más frecuencia, debilitan y
disminuyen la autoridad de los padres:
- La permisividad. Es imposible educar sin intervenir.
El niño, cuando nace, no tiene conciencia de que es
bueno ni de lo que es malo. No
sabe si se puede rayar en las paredes o no. Los adultos somos los que hemos de
decirle lo que está bien o lo que está mal. El dejar que se ponga de pie encima
del sofá porque es pequeño, por miedo a frustrarlo o por comodidad es el
principio de una mala educación. Un hijo que hace "fechorías" y su padre no le
corrige, piensa que es porque su padre ni lo estima ni lo valora. Los niños
necesitan referentes y límites para crecer seguros y felices.
- Ceder después de decir no.
Una vez que usted se ha decidido a actuar, la primera regla de
oro a respetar es la del no. El no es innegociable. Nunca se puede
negociar el no, y perdone que insista, pero es el error más frecuente y que
más daño hace a los niños. Cuando usted vaya a decir no a su hijo, piénselo
bien, porque no hay marcha atrás. Si usted le ha dicho a su hijo que hoy no verá
la televisión, porque ayer estuvo más tiempo del que debía y no hizo los
deberes, su hijo no puede ver la televisión aunque le pida de rodillas y por
favor, con cara suplicante, llena de pena, otra oportunidad. Hay niños tan
entrenados en esta parodia que podrían enseñar mucho a las estrellas del cine y
del teatro.
En cambio, el sí, sí se puede negociar. Si usted piensa
que el niño puede ver la televisión esa tarde, negocie con él qué programa y
cuanto rato.
- El autoritarismo.
Es el otro extremo del mismo palo que la permisividad. Es intentar que el niño/a
haga todo lo que el padre quiera anulándole su personalidad. El autoritarismo
sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no
es una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino hacer una
persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo lo que dice el adulto. Es
tan negativo para la educación como la permisividad.
- Falta de coherencia.
Ya hemos dicho que los niños han de tener referentes y límites
estables. Las reacciones del padre/madre han de ser siempre dentro de una misma
línea ante los mismos hechos. Nuestro estado de ánimo ha de influir lo menos
posible en la importancia que se da a los hechos. Si hoy está mal rayar la
pared, mañana, también.
Igualmente es fundamental la coherencia
entre el padre y la madre. Si el padre le dice a su hijo que se ha de comer con
los cubiertos, la madre le ha de apoyar, y veceversa. No debe caer en la trampa
de : "Dejalo que coma como quiera, lo importante es que coma".
- Gritar. Perder los
estribos. A veces es difícil no perderlos. De hecho todo educador
sincero reconoce haberlos perdido alguna vez en mayor o menor medida. Perder los
estribos supone un abuso de la fuerza que conlleva una humillación y un
deterioro de la autoestima para el niño. Además, a todo se acostumbra uno. El
niño también a los gritos a los que cada vez hace menos caso: Perro
labrador, poco morderor. Al final, para que el niño hiciera caso, habría
que gritar tanto que ninguna garganta humana está concebida para alcanzar
la potencia de grito necesaria para que el niño reaccionase.
Gritar conlleva un peligro inherente.
Cuando los gritos no dan resultado, la ira del adulto puede pasar fácilmente al
insulto, la humillación e incluso los malos tratos psíquicos y físicos, lo cual
es muy grave.
Nunca debemos llegar a este extremo. Si
los padres se sienten desbordados, deben pedir ayuda: tutores, psicólogos,
escuelas de padres...
- No cumplir las promesas ni
las amenazas. El niño aprende muy pronto que cuanto más promete o
amenaza un padre/madre menos cumple lo que dicen. Cada promesa o amenaza no
cumplida es un girón de autoridad que se queda por el camino. Las promesas y
amenazas deben ser realistas, es decir fáciles de aplicar. Un día sin tele o sin
salir, es posible. Un mes es imposible.
- No negociar. No
negociar nunca implica rigidez e inflexibilidad. Supone autoritarismo y
abuso de poder, y por lo tanto incomunicación. Un camino ideal para que
en la adolescencia se rompan las relaciones entre los padres y los hijos.
- No escuchar.
Dodson dice en su libro El arte de ser padres, que una buena madre -hoy
también podemos decir padre- es la que escucha a su hijo aunque esté hablando
por teléfono. Muchos padres se quejan de que sus hijos no los
escuchan. Y el problema es que ellos no han escuchado nunca a sus
hijos. Los han juzgado, evaluado y les han dicho lo que habían de hacer, pero
escuchar ... nunca.
- Exigir éxitos inmediatos.
Con frecuencia, los padres tienen poca paciencia con sus hijos.
Querrían que fueran los mejores... ¡ya!. Con los hijos olvidan que nadie
ha nacido enseñado. Y todo requiere un período de aprendizaje con sus
correspondientes errores. Esto que admiten en los demás no pueden soportarlo
cuando se trata de sus hijos, en los que sólo ven las cosas negativas y que,
lógicamente, "para que el niño aprenda" se las repiten una y otra vez.
Sin embargo, una vez que sabemos lo que
hemos de evitar, algunos consejos y "trucos" sencillos pueden aligerar este
problema, ofrecer un desarrollo equilibrado a los hijos y proporcionar
paz a las personas y al hogar. Estos consejos sólo requieren, por un
lado, el convencimiento -muy importante- de que son efectivos y, por otro,
llevarlas a la práctica de manera constante y
coherente.
Algunas de estas técnicas ya han sido
comentadas al hablar de los errores, y ya no insistiré en ellas. Me limitaré a
enunciar brevemente, actuaciones concretas y positivas que
ayudan a tener prestigio y autoridad positiva ante los hijos:
- Tener unos objetivos claros
de lo que pretendemos cuando educamos. Es la primera condición sin la
cual podemos dar muchos palos de ciego. Estos objetivos han de ser pocos,
formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sienten
comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo de comentario,
incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos y no olvidarlos. Además deben
revisarse si sospechamos que los hemos olvidado o ya se han quedado desfasados
por la edad del niño o las circunstancias familiares.
- Enseñar con claridad cosas
concretas. Al niño no le vale decir "sé bueno", "pórtate bien" o "come
bien". Estas instruccuiones generales no le dicen nada. Lo que sí le vale es
darle con cariño instrucciones concretas de cómo se coge el tenedor y el
cuchillo, por ejemplo.
- Dar tiempo de aprendizaje.
Una vez
hemos dado las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que las pone
en práctica, necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales y físicas, si es
necesario. Son cosas nuevas para él y requiere un tiempo y una práctica guiada.
- Valorar siempre sus intentos y sus esfuerzos por
mejorar, resaltando lo que hace bien y pasando por alto lo que hace
mal. Pensemos que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque está en
proceso de aprendizaje. Al niño, como al adulto, le encanta tener éxito y que se
lo reconozcan.
-
Dar ejemplo para tener fuerza moral y prestigio. Sin coherencia entre
las palabras y los hechos, jamás conseguiremos nada de los hijos. Antes, al contrario, les confundiremos y les defraudaremos.
Un padre no puede pedir a su hijo que haga la
cama si él no la hace nunca.
-
Confiar en nuestro hijo. La confianza es una de las palabras
clave. La autoridad positiva supone que el niño
tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre no da
ejemplo de confianza en el hijo.
-
Actuar y huir de los discursos. Una vez que el niño tiene claro cual ha
de ser su actuación, es contraproducente invertir el tiempo en discursos para
convencerlo. Los sermones tienen un valor de
efectividad igual a 0. Una vez que el niño ya
sabe qué ha de hacer, y no lo hace, actúe consecuentemente y aumentará su
autoridad.
- Reconocer los errores propios. Nadie es perfecto, los padres tampoco. El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad y
tranquilidad al niño/a y le anima a tomar decisiones aunque se pueda equivocar,
porque los errores no son fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que
debemos evitar. Los errores enseñan cuando hay
espíritu de superación en la familia.
Todas estas recomendaciones pueden ser muy
válidas para tener autoridad positiva o totalmente ineficaces e incluso
negativas. Todo
depende de dos factores, que si son importantes en cualquier actuación humana,
en la relación con los hijos son absolutamente imprescindibles: amor y
sentido común.
Educar es estimar,
decía Alexander Galí. El amor hace que las
técnicas no conviertan la relación en algo frío, rígido e inflexible y, por lo
tanto, superficial y sin valor a largo plazo. El amor supone tomar decisiones que a veces son
dolorosas, a corto plazo, para los padres y para los hijos, pero que
después son valoradas de tal manera que dejan un buen sabor de boca y un
bienestar interior en los hijos y en los padres.
El sentido común es lo que hace que se aplique la
técnica adecuada en el momento preciso y con la intensidad apropiada, en función
del niño, del adulto y de la situación en concreto. El sentido común nos dice
que no debemos matar moscas a cañonasos ni leones con tirachinas. Un adulto debe
tener sentido común para saber si tiene delante a una mosca o a un león. Si en
algún momento tiene dudas, debe buscar ayuda para tener las ideas claras
antes de actuar.
(*) Maestro,
licenciado en Historia y logopeda.