JOSEMARÍA ESCRIVÁ Y LA
EDUCACIÓN
Ensayo sobre el
fundador del Opus Dei y su influjo en la educación
Víctor García
Hoz
Lo propio de Josemaría
Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha sido siempre hablar de Dios, ser
sacerdote ciento por ciento. Pero es tal la riqueza de sus enseñanzas que
encierran enormes posibilidades para orientar una honda pedagogía. Sin embargo,
no se descubrirá el valor educativo de su constante catequesis a menos que lo
sepamos ver como manifestación del concepto que tiene del hombre.
Unidad de
vida
Creo que sin exageración
ninguna podemos hablar, en el sentido más estricto, de una antropología peculiar
suya. Una antropología, cristiana por supuesto, que se expresa en una enseñanza
muy querida de él: unidad de vida. Porque, en efecto, motivo constante de
su catequesis era despertar en todos los cristianos la idea clara de que la vida
humana con todas sus manifestaciones diversas grandes y pequeñas, tiene una
radical unidad. Y a la búsqueda y la realización de esa unidad estimulaba
constantemente a quienes tenían la fortuna de beneficiarse de su
magisterio
El concepto de unidad de vida
tiene inmediatamente dos consecuencias claras y de importancia fundamental en la
existencia humana. En primer lugar, que todos los actos, aún los que parecen
intrascendentes, deben ser utilizados como un medio de acercarnos a Dios. En
este pensamiento alcanza su peculiar relieve la idea tan repetida y comentada
por Monseñor Escrivá de Balaguer de la importancia que en nuestra vida y en
nuestra lucha cristiana tienen las cosas pequeñas. En la misma idea de unidad de
vida hinca sus raíces la consideración de que cualquier situación humana,
cualquier trabajo, cualquier dedicación profesional es igualmente valioso como
elemento de perfección humana; idea y realidad que a su vez viene a apoyar el
carácter universal de la llamada divina a la santidad, objeto del mensaje
evangélico para el que Mons. Escrivá de Balaguer fue elegido por Dios como fiel
portavoz.
La unidad de vida incide
directamente en la existencia humana, pero se extiende a toda la realidad. El
mundo no se halla escindido en dos zonas irreconciliables, la materia y el
espíritu. Y el hombre no es un ser que vive aislado; tiene que habérselas con el
mundo de cosas y personas que le circundan y entre las que él mismo se halla
situado También la idea de unidad —fuente de armonía y belleza— llega a todos
los elementos de la realidad. A Dios lo encontramos en las cosas más visibles
y materiales, dice el Fundador del Opus Dei en la homilía pronunciada en el
Campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967.
En la misma homilía utiliza
una expresión, recia y sorprendente, que muestra el vigor y la valentía de su
pensamiento. Hablando de las realidades terrenas como elemento
indispensable con las que se debe contar en la vida de cada uno, resumió su
pensamiento en las siguientes palabras: Por eso puedo deciros que necesita
nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más
vulgares— su noble y original sentido, espiritualizarlas (...). Es lícito, por
tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone
audazmente a los materialismo cerrados al espíritu.
Este concepto de materialismo
cristiano lleva embebida toda una idea de educación fundada en el trabajo,
reordenación y uso de cosas, como medio santificador de la realidad en el que va
encapsulada la exigencia de atención a las cosas materiales pequeñas y la
aspiración a la obra bien hecha, acabada, que pueda ser decorosamente ofrecida a
Dios y a nuestros hermanos los hombres.
¿Y cuál es el fundamento de
la unidad de vida? Brevemente: el amor de Dios. La doctrina de Mons. Josemaría
Escrivá de Balaguer se sitúa así en la mejor tradición teológica que ve en la
creación del mundo y del hombre una manifestación del amor de Dios. Pero el amor
de Dios con referencia al hombre se manifiesta de un modo singular. En primer
término, haciéndole no sólo a imagen y semejanza suya —las cosas son sólo
vestigio de Dios— sino elevándole a la categoría de hijo de Dios. La filiación
divina, es decir el hecho de que nosotros, por el bautismo, seamos hijos suyos,
es una manifestación del amor de Dios, es un estímulo al amor a Dios y
constituye el fundamento de la peculiar dignidad de la vida humana. No se agota
el amor de Dios en el hecho de haber «producido» al hombre,
fundamentando así una unidad radical de origen en la existencia humana. Acontece
que el amor de Dios es a su vez la finalidad universal de todos nuestros actos.
Es lo que da sentido a todos los actos humanos. Por esta razón se puede
considerar el amor de Dios también como punto de convergencia, es decir, como
nuevo elemento de unidad.
Mas, así como hemos hablado
de la filiación divina en tanto que fundamento ontológico de la unidad de la
existencia, conviene que nos hagamos cargo de que lo peculiar del hombre es
llegar a tener conciencia de la realidad que le rodea y, por supuesto, de la
realidad que es él mismo. Y esta conciencia sólo se alcanza con el
conocimiento profundo de nuestra fe. Porque la vida de fe no es otra cosa
sino la capacidad de hacernos cargo aquí que esa idea maravillosa de la
filiación divina y del amor operante de Dios es una realidad, aunque su
comprensión esté más allá de la evidencia científica.
La fe es un conocimiento que
sobrepasa al de la razón. Mas, paradójicamente, tiene un carácter razonable
porque nada hay más razonable que aceptar la propia limitación y creer en Dios y
creer a Dios. En la fe se unifica el conocimiento de toda realidad. Y su
fundamento, como el de toda la vida cristiana, se encuentra en «Jesucristo,
perfecto Dios y perfecto hombre».
Oración, amistad,
trabajo
Pero la vida humana no es
solamente una cosa que se nos da, que se nos ofrece, sino que es el resultado
del don de Dios y de nuestra propia actividad. La vida no sólo hemos de
recibirla sino que hemos de realizarla. Y en la realización de la vida se
encuentran también los factores necesarios y suficientes para construir una
antropología completa según la mente de Mons. Escrivá de Balaguer en la que no
solo tenga cabida lo que la vida del hombre es, sino también lo que hace. No
simplemente una concepción estática de la persona humana sino una concepción
dinámica. También en el problema de la realización de la vida encontramos
operante el concepto de unidad de vida a que antes se hizo
referencia.
Pienso que en la catequesis
de Monseñor Escrivá de Balaguer se puede distinguir como tres estratos en la
actividad humana. Tres estratos que hacen referencia a la relación que el hombre
puede establecer con la realidad que tiene en torno ya que, en definitiva, toda
actividad humana supone una relación. En primer lugar podríamos hablar del
estrato más profundo, el que es como centro y motor de toda la actividad del
hombre. Es la relación del hombre con Dios, y la manifestación más profunda y
más patente de la relación del hombre con Dios la encuentra Mons. Escrivá de
Balaguer en la oración. La oración es trato amistoso con Dios. Fácilmente se
comprende que en una antropología cristiana la oración se presente como una
actividad fundamental que asegura la unidad de la vida porque precisamente la
oración es unión con Dios. Y en la medida en que también a través de los
sacramentos el hombre se une con Dios, la vida de oración se ve reforzada por la
vida sacramental, especialmente por el sacramento en el que recibimos a Dios
mismo. Pan y palabra, Hostia y oración.
La vida humana encuentra en
la unión con Dios la cima de toda su actividad y la fuente de su energía se
proyecta, por designio divino, también en otros seres que tienen su misma
condición de personas, su misma condición de hijos de Dios, con los cuales
necesariamente ha de comunicarse. La forma de relación a través de la cual el
hombre se vincula con los otros, con sus semejantes (si tenemos el recuerdo de
la filiación divina podremos con toda razón con sus hermanos) se puede
considerar condensada en la amistad, en el cariño humano, reflejo del amor de
Dios y en la lealtad, reflejo de la Verdad. Dejando para más adelante hablar de
la lealtad, digamos que la amistad cristiana es unión de dos almas en la que los
elementos humanos se ven engrandecidos por el factor divino puesto que la
amistad es unión de dos en Dios y ha de entenderse como medio de refuerzo mutuo
en el camino del acercamiento a Dios. Sólo así la amistad se puede entender como
elemento unificador de la existencia humana, como un factor de la unidad de
vida.
Todavía se puede considerar
la existencia de materiales, de puros objetos que rodean al hombre los cuales
tienen también que relacionarse. Con las cosas la persona humana
establece una relación de dominio ya que el hombre está hecho para dominar al
mundo a través del conocimiento y a través de la acción. La relación del hombre
con las cosas tiene también un nombre muy querido por Mons. Escrivá de Balaguer;
se llama trabajo. El trabajo no es simplemente manipulación productiva que,
además de ser esto, es también factor de perfección humana, factor de
solidaridad, factor de unión con Dios. Como en la amistad, a través del trabajo
cristianamente hecho, el hombre puede, debe, unirse más estrechamente con Dios.
El trabajo es medio de perfección sobrenatural. Oración, amistad y trabajo
constituyen formas de actividad que en cierto modo podemos considerar agotan la
existencia humana. En el pensamiento de Mons. Escrivá de Balaguer son entendidas
igualmente como factor de unidad de vida. Hay que apartarse de la tentación
de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con
Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar,
profesional y social... No podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser
cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y esa es la que
tiene que ser en el alma y en el cuerpo, santa y llena de Dios.
Libertad y
alegría
Pero aún habríamos de hablar
de un condicionamiento previo para que toda la actividad del hombre sea
verdadera, específicamente humana: la libertad.
Ha de quedar claro que cuando
Mons. Escrivá de Balaguer habla de la libertad se refiere primordialmente a la
que Cristo nos ganó; no se refiere a las cuestiones de carácter temporal que
Dios ha dejado a la libre discusión de los hombres.
Pero quizá conviniera hacer
aquí una aclaración. En su constante catequesis de defensa de la libertad
personal, el cristiano debe defender antes que nada la libertad ajena, para
poder después defender la propia, parece que está operando constantemente
otra característica de la vida humana, el riesgo, que se manifiesta sobre todo
en la posibilidad de hacer mal uso de la libertad. Por eso parece interesante
señalar que cuando habla de libertad no habla de libertad simplemente
sino que le une un adjetivo que la sitúa en sus límites propios:
habla de libertad responsable.
Aún debe añadirse un nuevo
condicionamiento: la alegría. Vale la pena señalar la originalidad de este
concepto en la mente de Mons. Escrivá de Balaguer. Tradicionalmente se viene
enseñando (y la Psicología moderna no ha rectificado este concepto entre otras
razones porque no ha pasado del estudio del placer) que la alegría es resultante
del funcionamiento perfecto, sin obstáculos interiores ni exteriores, de
nuestros órganos o facultades. Esta sería la alegría de animal sano que
no es la verdadera alegría. Porque la auténtica no es la resultante de
una actividad sin obstáculos sino la consecuencia de una idea muy clara: la de
nuestra filiación divina. Que estén tristes los que no sean hijos de
Dios decía con frecuencia Mons. Escrivá de Balaguer en una llamada, también
universal, al gozo de sentirse partícipes de la vida divina.
Siendo una resultante de la
conciencia de filiación divina, en la alegría influyen la gracia y la voluntad y
ella a su vez condiciona los actos humanos dándoles una especial
calidad.
También aquí podríamos decir,
recogiendo cuanto acabamos de afirmar, que oración, amistad, trabajo, libertad
responsable, alegría son otras tantas expresiones de que se hallan esmaltados
los textos escritos y la catequesis verbal de Mons. Escrivá de
Balaguer.
Los tres tipos de relación
que acabo de señalar el condicionante fundamental para hacerlos humanos, no son
elementos diversificadores de la existencia humana que conlleven o determinen un
rompimiento de la vida de tal suerte que el hombre se sienta atraído, partido o
desgarrado, una vez por unas cosas otra por otras, sino que son manifestaciones
distintas de un único modo de vivir.
Porque la libertad tiene su
primera manifestación en la aceptación por parte del hombre de la realidad de su
propio ser, que no es absoluto, sino participado, creado por Dios. Cuando el
hombre libre y gozosamente acepta la realidad de ser criatura, más aún, de ser
hijo de Dios, la libertad se convierte en el primer principio unificador de la
existencia humana con la existencia divina.
El trabajo no es simplemente
un quehacer del hombre con las cosas sino una participación del hombre en la
obra creadora de Dios, una participación también en la potencia y soberanía
divinas puesto que el ser humano está hecho para dominar el mundo. Y el más
patente dominio del mundo es el que se realiza justamente a través del trabajo,
porque a través del trabajo las cosas se ponen y se modifican al servicio del
hombre. Es también el trabajo una vía de unión con Dios. De aquí la enseñanza
tantas veces repetida por Monseñor Escrivá de Balaguer, de que en la vida de un
cristiano, trabajo y oración se interfieren. Y no podía ser de otro modo porque
la oración es unión directa con Dios; el trabajo también es unión con Dios
aunque podamos considerarla unión indirecta, a través de los
objetos.
Igualmente la amistad, que
está fundamentada en la capacidad de comprender a otros, se empieza a manifestar
en la actitud de participación en la vida de los demás y tiene su manifestación
más alta en la entrega de nuestro propio quehacer y nuestro propio ser al
servicio de otros. Esta que acabo de señalar, coronación de la amistad, se dice
de otra manera amor. Amistad y amor humano se implican mutuamente. La
realización más alta de la amistad es la que se da entre Dios y el hombre, y a
su vez la amistad y el amor humano adquieren firmeza y trascendencia cuando se
apoyan en el amor divino.
Las coordenadas de la
educación
No parecerá una exageración
decir que si logramos estimular una educación que, sobre la base de la actividad
libre y responsable, se realice en forma de oración, de trabajo y de ayuda al
amigo y del amigo, hemos encontrado el camino seguro para el despliegue de todas
las posibilidades humanas.
En el campo de la
antropología que se acaba de señalar se pueden encuadrar las múltiples alusiones
a la educación que a lo largo de toda su vida hizo Mons. Escrivá de Balaguer,
constantemente. Sería ingenuo esperar de él, una enseñanza sistemática de la
ciencia pedagógica. Sus ideas sobre la educación se sitúan en la unidad de su
acción sacerdotal y brotan naturalmente, unas en las conversaciones
sosegadas que, bajo la forma de entrevistas, ha realizado, y otras en esas
conversaciones vivas, ágiles, movidas, de las que ha sido
protagonista.
Muchas veces hemos dicho que
la educación es resultado de la convergencia de factores técnicos y factores
humanos. No tendría sentido esperar de Mons. Escrivá de Balaguer una enseñanza
de los problemas técnicos que plantea la educación. Sus orientaciones apuntan a
una realidad más honda, a ese núcleo interior en el que el hombre toma sus
decisiones y acepta con gozo las posibilidades y los riesgos de la existencia
humana. La libertad era una de sus preocupaciones fundamentales y de algún modo
podemos pensar que la educación la entendía como aprendizaje del uso legítimo de
la libertad. Ama la libertad de tus hijos y enséñales a administrarla
bien. Que sepan que la libertad tiene una gran enfermedad, que consiste en no
querer aceptar la correspondiente responsabilidad... la libertad debe ir
acompañada de responsabilidad, contestaba a unos padres preocupados por el
ambiente familiar y el orden en el hogar.
Y hablando de las necesarias
relaciones entre los padres de los alumnos y directivos y profesores del
colegio, señala con claridad el que es fin de la educación cristiana:
preparar a vuestros hijos para que sean buenos cristianos el día de
mañana, amantes de la libertad y de la responsabilidad personal.
He concebido siempre
mi labor de pastor de almas (dijo en una de sus
homilías), como una tarea encaminada a situar a cada
uno frente a las exigencias concretas de su vida, ayudándole a descubrir lo que
Dios en concreto le pide sin poner limitación alguna a esa independencia santa,
a esa bendita responsabilidad individual que son características de una
conciencia cristiana. Ese modo de obrar y ese espíritu se basan en el
respeto a la trascendencia de la verdad revelada y en el amor a la libertad de
la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la
indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no
ha querido cerrar.
No sé dónde puede haber
palabras humanas más hermosas para entrever en toda su profundidad y su belleza
el sentido de la educación como una ayuda para descubrir recorrer el camino de
la vida en el que la conciencia de cada uno se halla iluminada y robustecida por
la trascendencia de la verdad relevada, y en el que las exigencias de la vida
individual han de proyectarse también en la construcción de la historia, que
Dios ha querido dejar en una indeterminación dentro de la que caben múltiples
opciones en las que el hombre pueda ejercitar realmente su libertad personal y
participar en la obra creadora y redentora de Dios.
No me parece que sea menester
hablar aquí del lugar que ocupa el trabajo en el pensamiento y en la predicación
de Mons. Escrivá de Balaguer. Quedémonos simplemente con la idea, tan importante
desde el punto de vista pedagógico, de la unión del estudio y la preparación
profesional. En Camino se lee textualmente: El estudio, la
formación profesional que sea, es obligación grave entre
nosotros.
Hemos de dar lo que
recibimos, enseñar lo que aprendimos; al realizar vuestra profesión en la
sociedad, debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio. El
trabajo bien acabado que progresa y hace progresar, que tiene en cuenta los
adelantos de la cultura, la técnica, realiza una gran función, útil siempre a la
humanidad entera si nos mueve siempre la generosidad, no el egoísmo, el bien de
todos, no el provecho propio; si está lleno de sentido cristiano de la
vida.
Tal vez el tema de la amistad
sea uno de los que con más cariño y penetración psicológica ha tratado Monseñor
Escrivá de Balaguer. Y no podía menos de hacerle trascender al campo de la
educación. Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale
tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un
panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio.
La educación es obra de amistad, de amor que acerca los padres a los hijos, los
profesores a los alumnos. Es también, no lo olvidemos, obra de amistad entre
iguales. No podemos hacer realidad todas las posibilidades educativas de
nuestros Centros a menos que contemos con la acción de los estudiantes como
educadores de sus compañeros en un clima de amistad.
La preocupación por la
formación de cristianos enteros, dispuestos a poner en práctica su fe, es
lógico que llevara a Mons. Escrivá de Balaguer a animar a los padres a que
promovieran colegios para sus hijos.
Los centros
educativos: padres, profesores, alumnos
No voy a entrar aquí, no se
podría hacer en una glosa completa todo cuanto la catequesis de Mons. Escrivá de
Balaguer dice en relación a la vida de los colegios. Quiero empezar por fijarme
en unas palabras que, he de confesarlo sinceramente, me sorprendió cuando las oí
por primera vez; y que no se trataba de unas palabras dejadas caer
descuidadamente, queda de manifiesto en la reiteración de la idea en ellas
expresada. Las palabras son las siguientes: En el Colegio hay tres cosas
importantes: lo primero, los padres; lo segundo, el profesorado; lo tercero, los
alumnos. Hasta aquí sus palabras. Nosotros podemos añadir que padres,
profesores y alumnos constituyen una comunidad dentro de la cual ocupan
situaciones distintas.
Si los Colegios se fundan
para educar a los chicos, ¿qué sentido tiene el que se diga que la primera
preocupación han de ser los padres? Por lo pronto, esta primacía se presenta
como una primacía en el orden temporal de las preocupaciones por la vida del
Colegio. En este sentido resulta verdaderamente actual, yo diría profética, la
visión del autor. Visión que responde a un doble pensamiento, ético y
social.
En primer término porque la
decisión de establecer un colegio o de elegir un colegio para enviar allí a los
hijos corresponde al padre antes que a nadie, dado que, en virtud de la acción
procreadora, mientras el hijo no pueda asumir la completa responsabilidad de su
vida, ésta pertenece a los padres. Todo el problema de la subsidiariedad del
Estado en orden a la actividad docente, está implicada en esta primacía que a
los padres se les debe dar en al establecimiento de Colegios.
Pero hay también una realidad
social que poco a poco se va poniendo de relieve. Hasta hace unos años el
establecimiento y la organización de escuelas, de instituciones escolares en sus
distintos grados, era algo así como el fruto de una preocupación de
profesionales de la educación o de políticos de la cultura. Se vivió, quizá
hasta los años 60, en la ingenua creencia de que los sistemas escolares,
prescindiendo de las familias, podrían llevar la educación de la juventud. La
rebeldía juvenil, alienante o comprometida, vino a sacudir la pereza comodona de
los padres que creían haber cumplido su misión con buscar para su hijo «el mejor
colegio».
En estos últimos años se nota
una creciente tendencia de los padres a la intervención en los Colegios, y,
paralelamente, en el orden técnico, se está poniendo de relieve que una
innovación pedagógica no puede llevarse a cabo si no se cuenta con la
aquiescencia previa de los padres. Quiere esto decir que, tengamos o no
conciencia de ello, los padres son los primeros con que hay que contar para
llevar adelante una educación eficaz. De esta idea surge como consecuencia, que
cuando los padres no tienen plena conciencia —porque la vida y la educación son
muy complicadas— de la posibilidad, conveniencia o necesidad de utilizar nuevos
factores o nuevas técnicas en la educación, los primeros que han de ser
informados para que tomen la decisión que estimen conveniente, son ellos, los
padres.
A la luz de las precedentes
reflexiones se ve que la primacía de los padres no es sólo cuestión de prioridad
temporal, cronológica; es constante, dado que ellos son por Ley natural y divino
positiva los educadores de sus hijos, y de hecho, el camino, el atajo, para
llegar con hondura a la vida y la educación de los alumnos.
Pero esta primacía temporal
que hemos señalado primero a los padres, segundo a los profesores, tiene su
sentido en la estimulación de los alumnos. El colegio se funda para los alumnos.
¿Por qué entonces los últimos? Pienso que la contestación es sencilla: lo
primero en la intención es lo último en la ejecución. Pudiéramos ordenar la
actitud de padres, profesores y alumnos diciendo que la misión de los padres
está en posibilitar la acción de los profesores, la misión de los profesores
está en estimular el trabajo de los alumnos y el sentido del trabajo de los
alumnos es su propia educación, su perfeccionamiento.
Por esta razón no es
incompatible hablar de que son los padres, después los profesores y por último
los alumnos y tener la conciencia bien clara de que en última instancia los
protagonistas de la educación son los estudiantes.
No hemos de quedarnos con la
idea parcial de que acción educativa es actividad en una sola dirección. En
tanto que relación entre educadores y educandos, el acto educativo refluye en
todos los que en él toman parte. Aceptado este supuesto, llegamos a la
consecuencia que, aunque el colegio se funde o se instituya para la educación de
los alumnos, no habrá verdadera educación si a su vez no se educan profesores y
padres. Pienso que estas reflexiones bastan para desvelarnos la fecundidad del
pensamiento de Monseñor Escrivá de Balaguer. Una comunidad en la que primero son
los padres, después los profesores y después los alumnos y en la que la acción
educativa realizada en función de los alumnos, revierte en los profesores y en
los padres estableciéndose así una a modo de concausación en la que el
perfeccionamiento personal de unos no llega a su acabamiento sino a través de la
colaboración de todos.
En esta comunidad educativa
tiene un particular significado una vieja virtud que Mons. Escrivá de Balaguer
sitúa en la base de la relación entre los hombres; con mayor razón la pide a los
padres, profesores y alumnos: la lealtad. Los hijos buscan un padre
leal, contestaba Mons. Escrivá de Balaguer a un padre que preguntaba por el
modo de establecer diálogo con los hijos. Sé leal con tus alumnos,
decía a un profesor. La lealtad, recomendaba a un padre que
preguntaba por la virtud que principalmente conviene enseñar a los
hijos.
Un estilo
educativo
Hasta aquí he hablado de las
ideas y orientaciones pedagógicas de Monseñor Escrivá de Balaguer como si se
tratara simplemente de un pensador. Bien raquítica sería la idea que tendríamos
si olvidáramos que él realizó la unidad de vida que era como el eje de su
enseñanza. Y llevándole al terreno pedagógico no podemos olvidar que junto a sus
ideas, está su vida misma. Su vida misma de hombre de Dios, de sacerdote ocupado
activamente en la salvación de los hombres y por lo mismo preocupado por su
formación. Su obra de educador ahí está, en el millar de universitarios que ha
llevado al sacerdocio, en las decenas de miles de personas que en todos los
continentes se llaman hijos suyos, en los millones de hombres que han recibido
la influencia de sus palabras y de sus escritos.
En verdad que esta obra
maravillosa, impresionante, no la hubiera podido realizar si no hubiera contado
con una especialísima gracia de Dios. Pero también fue menester su fidelidad
ejemplar a esa gracia, poniendo su empeño, todas sus fuerzas, todo su trabajo,
al servicio de su vocación. Y lo que había de esfuerzo y de trabajo era acción
divina como participada de Dios, acción sacerdotal en sentido estricto, pero
también acción humana hecha con sus recursos de hombre, y, si no nos dan miedo
las palabras, acción educativa.
Se ha dicho con repetida
frecuencia que el estilo es el hombre. De algún modo pudiéramos pensar que
también Monseñor Escrivá de Balaguer tenía su propio estilo educativo. Tengo
para mí que este estilo se pone relieve en las dos actividades que a mi modo de
ver eran más queridas por él. La actividad personal, de amistad, de convivencia,
de trato individual diferente para cada hombre, y esa otra catequesis a la que
se dedicó especialmente en los últimos años, en la cual se realiza la maravilla
de que siendo multitudinaria no pierde su carácter íntimo.
Muchos hemos participado, en
los últimos años, de catequesis multitudinarias, en «reuniones» de cientos y aún
miles de personas, en las que sabía promover y conservar el aire de familia, de
intimidad y de conversación personal. Es cosa que no me explico sino por una
gracia especial de Dios. Monseñor Escrivá de Balaguer toda su vida recomendó y
practicó el apostolado de la amistad y la confidencia forma de relación
la más opuesta a reuniones de grupos grandes. Cuando por el desarrollo de la
labor apostólica era imposible que recibiera y hablara con todos y cada uno de
los que querían verle, organizaron esas tertulias, en algunas
de las cuales llegaron a reunir hasta cuatro o cinco mil personas. Lo
extraordinario de esas reuniones es que jamás fueron reuniones de masas.
Monseñor Escrivá de Balaguer no «sermoneaba»; pedía que le preguntaran porque,
le gustaba advertir, estamos en una reunión de familia. Y realmente todos
nos sentíamos «en familia». Pronto surgía una pregunta hecha por alguien que lo
mismo podía ser una señora de ochenta años que un chico de quince, un casado con
muchos hijos, una soltera, un obrero, un profesor, un artista de cine... La
pregunta siempre surgía como un problema personal de quien la hacía. Monseñor
Escrivá de Balaguer en su contestación, mantenía el contenido y el tono
personal, íntimo se podría decir; y todos los que participaban en la reunión
vivían el problema como propio, sintiéndose unidos en la misma preocupación y
recibiendo la doctrina como si a cada uno en particular se
refiriese.
Muchas de las orientaciones
que para la educación ofrece Mons. Escrivá de Balaguer tienen un sabor
tradicional, de cosas antiguas y entrañables que se vienen viviendo en las
familias cristianas a través de los siglos. Pero se proyectan, como el
pensamiento cristiano mismo, en el futuro de la humanidad.
Quisiera hacer referencia,
por último, a tres de sus preocupaciones constantes ya mencionadas —la libertad,
el trabajo y el amor— cuyas banderas nos hemos dejado arrebatar los cristianos
de dos siglos a esta parte.
La libertad parece que la
enarbolara por primera vez la Revolución francesa cuando hacía ya dieciocho
siglos que el mismo Cristo había dicho «la Verdad os hará libres» y el Apóstol
pedía a los cristianos que vivieran la libertad de los hijos de Dios. El trabajo
parece igualmente que se hubiera tomado como bandera absolutizándolo con el
pensamiento marxista cuando en el capítulo II del Génesis se habla de que Dios
puso al hombre en el paraíso «para que trabajara», y durante treinta años Él
mismo redimió a los hombres a través de su trabajo ordinario. En estos últimos
años, merced a la influencia de Freud, se está animalizando el amor olvidándonos
de que el Apóstol más joven dice de muchas maneras que «Dios es
amor».
Devolver su sentido a la
libertad, al trabajo y al amor, bien pudiera tomarse como brioso quehacer no de
una persona ni de un grupo, sino de toda una generación que conscientemente
asuma la actitud de rebeldía del que no quiere vivir como una
bestia.
Vale la pena que abramos la
mente a la dimensión universal de nuestro quehacer educativo. Podemos y debemos,
ser conscientes de nuestra obligación de contribuir a la configuración de la
sociedad futura, que ha empezado ya porque lo que se hace ahora es semilla de lo
que ocurrirá después. Pero no debemos caer en la trampa que se esconde tras la
retórica de las grandes actuaciones como si sólo contaran los gestos
espectaculares. Nosotros construiremos el mundo únicamente si somos capaces de
realizar bien nuestro trabajo, si hacemos con amor las cosas pequeñas, decía
Mons. Escrivá de Balaguer, si somos fieles en la dedicación a nuestros hijos y a
nuestros alumnos, si somos leales a la amistad de los que con
nosotros conviven en una misma comunidad educativa, porque ese quehacer
callado y esa amistad eficaz van entretejiendo los múltiples hilos del contenido
real de la vida de la historia.
Publicado en
NUESTRO TIEMPO, n. 264 (1976) pp. 683-700, y en LA PERSONALIDAD DEL BEATO
JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, EUNSA, PAMPLONA 1994, pp.
82-100
[flechas.htm]