En nuestro caminar hacia el 2º Congreso Nacional de la Familia nos encontramos con una realidad de perenne actualidad: la vida humana, su concepción, su origen, su valor. La Iglesia quiere promover con todas sus fuerzas la cultura de la vida en un contexto histórico en el que la anticultura de la muerte está muy viva.

Constatamos con pena la bajísima natalidad que padece nuestra sociedad, cuya tasa se sitúa entre las inferiores del mundo entero. Este nuestro triste y crónico invierno demográfico pone de relieve la falta de esperanza que aqueja a muchas personas: no se quiere dar vida con amor generoso, porque se valora más tener cosas y disfrutar de comodidades. Constatamos también un deplorable hostigamiento y una programada conjura contra la vida: no se crean las condiciones favorables a la paternidad y maternidad y se llega a la aberración de considerar el crimen del aborto como una derecho a la libertad individual.

La Iglesia en cambio sostiene que las personas son el bien más valioso de la sociedad. Los hijos traen la primavera, la promesa de futuro, la esperanza y la alegría de la sociedad. Hallamos en la naturaleza humana el fundamento de la familia constituida por el varón y la mujer que se realizan a sí mismos en la relación de amor y de complementariedad en la superior unidad del ser humano. En la misma naturaleza humana hallamos el fundamento de la familia como cuna de la vida.

Pero también es cierto que, desde el límite de nuestro ser criatura, nos abrimos a la revelación superior de la identidad y de la vocación del hombre a la luz del Evangelio de la vida que nos trae el mismo Dios. En Jesús, nos manifiesta que el hombre se entiende a sí mismo a la luz del Verbo encarnado.

“La herencia del Señor son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas” (Salmo 127,3). En su carta El Evangelio de la vida, Juan Pablo II nos presenta la familia como Santuario de la vida. Y nos dice: “Dentro del “pueblo de la vida y para la vida”, es decisiva la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza – la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio – y de su misión de “custodiar, revelar y comunicar el amor”. Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como intérpretes en la transmisión de la vida y en su educación según el designio del Padre son los padres... La familia es verdaderamente “el santuario de la vida”, el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Por esto, el papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e insustituible.

Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del significado de la procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado” (EV 92).
Jesús es la vida. Seguramente los padres, en la familia, son colaboradores privilegiados, de este Cristo Vivo que vino al mundo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10,10).

Realmente la Familia, germen de vida, es la esperanza de mi país.


+ Nicolás Cotugno, sdb.
ARZOBISPO DE MONTEVIDEO
Presidente de Pastoral Familiar de la CEU.