Es preciso confirmar a los esposos en el inestimable valor y excelencia de la vida humana, y se les ha de ayudar para que se comprometan a hacer de su familia un santuario de la vida : en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso a como lo está en cualquier otra generación sobre la tierra.
Consideren
los padres y madres de familia su misión como un honor y una responsabilidad,
pues son cooperadores del Señor en la llamada a la existencia de una
nueva persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, redimida y destinada,
en Cristo, a una vida de eterna felicidad. Precisamente en esta función
suya como colaboradores de Dios que transmite su imagen a la nueva criatura,
está la grandeza de los esposos dispuestos a cooperar con el amor
del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su familia
cada día más.
De aquí deriva, para los cristianos, la alegría y la estima de
la paternidad y de la maternidad. Esta paternidad o maternidad es llamada responsable
en los recientes documentos de la Iglesia, para subrayar la actitud consciente
y generosa de los esposos en su misión de transmitir la vida, que entraña
un valor de eternidad, y para evocar una vez más su papel de educadores.
Compete ciertamente a los esposos -que por otra parte no dejaran de solicitar
los consejos oportunos- deliberar, de modo ponderado y con espíritu de
fe, acerca de la dimensión de su familia y decidir el modo concreto de
realizarla, respetando los criterios morales de la vida conyugal.
La Iglesia siempre ha enseñado la intrínseca malicia de la anticoncepción, es decir de todo acto conyugal hecho intencionalmente infecundo. Esta enseñanza debe ser considerada como doctrina definitiva e inmutable. La anticoncepción se opone gravemente a la castidad matrimonial, es contraria al bien de la transmisión de la vida (aspecto procreador del matrimonio), y a la entrega recíproca de los cónyuges (aspecto unitivo del matrimonio), lesiona el verdadero amor y niega el papel soberano de Dios en la transmisión de la vida humana .
Una malicia moral específica y aún más grave se encuentra en el uso de medios que tiene un efecto abortivo, impidiendo la anidación del embrión apenas fecundado o también causando su expulsión en una fase precoz del embarazo.
En cambio, es profundamente diferente de toda práctica anticonceptiva, tanto desde el punto de vista antropológico como moral, porque hunde sus raíces en una concepción distinta de la persona y de la sexualidad, el comportamiento de los cónyuges que, siempre fundamentalmente abiertos al don de la vida, viven su intimidad sólo en los periodos infecundos, debido a serios motivos de paternidad y maternidad responsable.
El testimonio de los matrimonios que desde hace tiempo viven en armonía con el designio del Creador y lícitamente utilizan, cuando hay razón proporcionalmente seria, los métodos justamente llamados naturales, confirma que los esposos pueden vivir íntegramente, de común acuerdo y con plena entrega, las exigencias de la castidad y de la vida conyugal.
Cardenal Alfonso LÓPEZ TRUJILLO
Presidente del Consejo Pontificio
para la familia
Mons. Francisco GIL HELLÍN
Secretario