Por Igino Giordani

Los abuelos son la poesía de la familia.
Y, a menudo, la religiosidad y la oración.

No menos grave es la crisis de los padres
ancianos, a menudo abandonados, al
punto que no pocos se suicidan por desesperación.

Angustia ver, en una sociedad superpoblada, personas ancianas que viven en soledad, excluidos del núcleo familiar. En la familia patriarcal ellos estaban en la cúspide de la pirámide en cuyas bases podríamos considerar a los numerosos niños, hijos de sus hijos. Hoy, muy a menudo, quedan relegados a los asilos, geriátricos, tristes pensionados. Lo cual indica que muchos ya no comprenden la función de los ancianos, su rol social, y no respetan el mandamiento de honrar padre y madre.

En el mundo antiguo, en Roma, los senadores de la República mandaban a los ancianos, incapaces de trabajar o inválidos, a morir en una isla. En el mundo moderno, como se recordará, Hitler mandaba a los viejos improductivos -como él decía- a los hornos crematorios. Hoy a menudo se relega a los ancianos, padres y madres. En nuestra sociedad tecnológica, individualista, las familias cada vez se reducen más; de la familia patriarcal se va hacia la familia marital, compuesta por padre, madre e hijos menores, porque los mayores muchas veces no conviven en la familia.

Allí donde se logra mantener a los abuelos en la familia, o bien donde los abuelos saben establecer contactos frecuentes con los nietos, se da un intercambio de vida que es útil para todos. Mientras tanto, son los abuelos los primeros que sienten renacer la vida en ellos. De alguna manera, al contacto con los niños, los abuelos se vuelven sus coetáneos. En general, se trata de un contacto que sirve de sostén a toda la familia.

Las personas ancianas, mejor que nadie, saben suscitar esa fuerza de transmisión de energías que es la tradición viva; saben darle continuidad a la familia, porque siempre hablan y cuentan de sus mayores que, para los niños, son ya los bisabuelos o tatarabuelos. Constituyen una línea de afectos y recuerdos muy importante, ya que la tradición tiene su valor para la familia, como sucede en la Iglesia, o en una nación.

Los abuelos representan el pasado, así como los niños representan el porvenir. Los padres, ubicados entre el pasado y el porvenir, se sienten tanto estimulados como prudentemente moderados, y saben obtener de esta relación de fuerzas entre dos edades una compensación que los fortalece.

Además, las personas mayores representan a veces para los niños una maravilla; y los niños los esperan, porque se sienten protegidos en ese mundo -que es el de ellos, precisamente- hecho así de realidad y fantasía. Niños y ancianos no son tan distintos, saben estar bien juntos, saben gozar juntos.

Los abuelos mantienen el encanto, que es uno de los aspectos hermosos de la vida, que no debemos perder demasiado pronto.

Ellos viven y llevan consigo la infancia espiritual. El Evangelio nos enseña que hay que saber recomenzar siempre a vivir, porque de lo contrario se muere, se envejece. Y la vejez, vivida mal, es la antesala de la muerte. Por el contrario, si se sabe mantener viva esta infancia espiritual, se es siempre joven. Hemos visto, en efecto, ancianos de noventa años que aún se conservan con el optimismo de la juventud, y hemos visto también jóvenes de 18 años interiormente seniles.

Los abuelos son la poesía de la familia. Y, a menudo, la religiosidad y la oración.

Los ancianos, al ver rezar a los niños, adquieren la nostalgia de la inocencia y se sienten impulsados a volver a encender la infancia del espíritu. Los nietos, al ver a sus abuelos de cabellos blancos rezar y meditar, amplían su visión religiosa y adquieren la conciencia de las cosas sagradas. La madre y el padre aprenden de los unos y los otros, y a los abuelos les enseñan las realidades de la vida cristiana, con el ejemplo de su amor, de su fuerza, de su paciencia en la constante lucha que es la vida de cada uno.

Así para todos el día transcurre como una convivencia con Dios, una construcción de su reino, una liturgia que los acerca a los santos.
Es éste un cotidiano renacer, que alimenta una perpetua juventud espiritual.