FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
Santa Teresa de Lisieux: El Abandono es el fruto del
Amor
Diác. Jorge Novoa
E-Mail: jfnovoa@adinet.com.uy
El
Camino de la Infancia Espiritual recorrido por Santa Teresita de Lisieux es una
fuente inagotable de gracia para la Iglesia Universal. "Su
mensaje, a menudo sintetizado en el así llamado «caminito», que no es más que el
camino evangélico de la santidad para todos, ha sido objeto de estudio por parte
de teólogos y autores de espiritualidad"[1]. La
maestra del Carmelo de Lisieux con su camino fecundo de obediencia a la gracia
divina, siguiendo como modelo al Niño santo y perfecto en los elementos
constitutivos de su figura simple y atrayente, ha logrado plasmar en su
existencia un camino ascensional de la Caridad teologal.
Como
maestra, "descubre
y comunica a las novicias encomendadas a su cuidado el caminito de la Infancia
Espiritual. Progresando en el, ella penetra cada vez más en el misterio de la
Iglesia y, atraída por el amor de Cristo, siente crecer en sí misma la vocación
apostólica y misionera, que la impulsa a llevar a todos hacia el encuentro con
el Esposo divino"[2].
"A
fines del siglo XIX, quedaban todavía huellas muy fuertes del jansenismo, con su
Dios rígido y severo. En el clima que se respiraba, la vida cristiana era sobre
todo una cuestión de combate ascético. La virtud esencial del buen cristiano era
una voluntad de hierro para aplicar al pie de la letra las enseñanzas y merecer
así la gracia divina. Por lo cual, es un milagro ulterior el hecho de que, en un
tiempo así, con todo el contexto cultural dominante en la Iglesia que jugaba en
contra, haya brotado la santidad de Teresa de Lisieux, en la que todo es debido
a lo que Dios realiza en ella, y no a lo que ella hubiera podido aportar por sí
misma"[3].
Para los estudiosos del tema, los pilares de la
Infancia Espiritual son cuatro: la humildad, la confianza en Dios, el santo
abandono y el celo, estas cuatro aristas de la Caridad teologal cimientan la
Infancia Espiritual como camino ascensional que se encuentra implícito en la
enseñanza evangélica. Un camino original y sugestivo que despliega la Caridad
teologal en lo esencial de la existencia cristiana. Es necesario entonces
reconocer el lugar que ocupan las cuatro vertientes antes expuestas y su íntima
e indisoluble vinculación. Al pasar del programa a la realidad de la vida, cada
elemento constitutivo de la Infancia Espiritual se estereotipa en una fórmula.
Así el de la humildad es "soy débil y pequeña", el de la confianza en Dios;
"Señor, confío en Ti"; el celo; "todo por mi Dios". La fórmula del abandono en
su existencia, en momentos de gozo y en los de sufrimiento será esta: "¡Sí,
Padre!".Con esta actitud vital, su vida una y otra vez, congregará el ejercicio
permanente de múltiples virtudes, dado que numerosos caminos se unifican en el
abandono.
En este breve y parcial esbozo, nuestra mirada se
posa sobre el "Abandono", al que es conducida en un determinado momento la existencia
creyente. El Amor teologal la
congrega ante la entrega abismal que supone el abandono.
Nuestra maestra del Carmelo suplicaba a Santa
Cecilia:
"Alcanzadme, Oh Cecilia, que entre la lucha y la
guerra, -goce del abandono, que es fruto del amor…"[4].
Hacia allí la conduce la comprensión de su pequeñez
y debilidad, pues el pequeño siente la necesidad de dejarse llevar; su debilidad
se lanza esperando hallar su más firme apoyo. La confianza tiende allí con todas
sus fuerzas, pues instintivamente el que confía se entrega, y una entera
confianza conduce a un completo abandono en los brazos del Esposos adorado.
Pero, sobre todo, el abandono es el término y la consecuencia del "crescendo" de
la Caridad teologal en la vida creyente. El amor que se Abandona en el Amado tiene la firme
certeza de que su entrega será fecundada en el momento oportuno. Renuncia a los
consuelos de la repercusión de
su entrega, y descansa saciadamente sus deseos haciéndolos cada
vez más uno con los deseos de su Amado. Amar es darse, pero, la manera más
perfecta de darse, ¿no es abandonarse?
La doctora del Carmelo cumpliendo perfectamente lo
que acabamos de decir declara:
"Al presente me encuentro enferma y no me curaré.
Sin embargo, vivo en paz…Desde hace mucho tiempo no me pertenezco; me entregué
del todo a Jesús…Es muy libre de hacer de mí lo que le plazca"[5].
El amor que se abisma en Dios, sale de los límites
de las posibilidades humanas apoyándose totalmente en Él, esta salida para nada supone un
despreocuparse de las realidades temporales. Anclada en Dios, participa en la
medida que se lo concede su Señor del amor que Él tiene por la obra de sus
manos. Abandonarse, en efecto, no es despreocuparse en absoluto de los sucesos
del mundo. Este amor la sumerge en la realidad más esencial de la obra de la
salvación y la mueve a ofrecerse como "víctima de
expiación".
" ¡Oh Jesús! Os pido solo la paz. La paz y, sobre
todo el amor sin límites, infinito! Jesús: que muera yo mártir por Ti: concédeme
el martirio del corazón o el del cuerpo. ¡Ah!¡Prefiero que me des los dos!"[6]
"Dándose a Él abdica en sus manos todas sus
preocupaciones, olvida sus propias necesidades y manifiesta, por ende, que tiene
ilimitada confianza en aquel a quien se entrega"[7].Como
Abraham está pronta a sacrificarle en cualquier momento la prenda más querida;
y, como él, sabe que Dios salva y restaura cuando parece todo perdido. La
entrega de sí es un acto de amor perfecto. Como la esposa del Cantar de los
Cantares, Teresita murmura:
"duermo, pero mi corazón vela"(5,2). El total abandono que expresa aquel
que " duerme", se complementa con
la actividad interior del alma expresada en el "corazón que vela".Confiada y
abismada en el amor de su esposo, su fe reposa serenamente en su presencia
invisible y su alma vela aguardando la visita de su Señor.
En los brazos de Dios
La
imagen del niño que duerme en los brazos de su padre, utilizada por la Santa,
expresa la paz que reina en su corazón. El abandonó se manifiesta como el fruto
maduro del amor a Dios.
"Jesús
se complace en mostrarme el único camino que me conduce a esa hoguera
divina. Ese camino es el abandono al niñito que se duerme sin miedo en los
brazos de su padre..."
Dios
cuida de cada uno de nosotros con una ternura inefable, el niño que duerme en
los brazos de su padre con total confianza, ha aventado el temor, sintiéndose
seguro, protegido y amado. En los brazos del Padre, cual muralla protectora,
Teresa se abandona, sabiendo que su debilidad encontrará en la solidez de su Amado el camino
hacia la cima del amor.
Si
todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de
todas las almas, el alma de tu Teresita, ninguna sola perdería la esperanza
de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide
grandes hazañas sino únicamente abandono y gratitud...
(MsB1vº)
El
enunciado que Teresa realiza, se presenta a nuestro espíritu como una
demostración evidente: en el camino de la santificación el abandono es un
componente esencial. Dios es fiel, y no abandona la obra de sus manos. Jesús "el
testigo fiel" manifiesta con su vida y especialmente con su muerte y
resurrección esta verdad que nutre la vida del creyente en la entrega de todo su
corazón.
Una
reflexión final
... mi
director que es Jesús, me enseña a no llevar cuentas de mis actos, Él me enseña
a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta cuando él me ofrece
una ocasión de demostrarle que le amo; pero esta se hace en la paz, en el
abandono, es Jesús quien lo hace todo y yo no hago nada" [8].
Teresa se entregó en cuerpo y alma a Jesús, pero
nunca trasmitió ni sugirió, que esta entrega fuese una especie de "salto al
vacío". Pensamiento un tanto pelagiano[9]
que a veces merodea en algunos círculos católicos. Dios es Amor y este Amor, se
ha manifestado abundantemente en la entrega del Hijo y en la donación del
Espíritu Santo. Dios ha dado el Espíritu sin medida.
Abandonarse en Dios es la suprema seguridad, su
Palabra es una roca inconmovible, y su Amor fecunda y sostiene la entrega
generosa por débil que sea. "No hay santo como el Señor, no hay roca como
nuestro Dios" (I Sam 2,1), él "guarda los pasos de sus amigos" (I Sam 2,9)para
que puedan confiadamente entregarse.
Recordemos la oración de Carlos de
Foucault:
Padre mío me abandono a ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mi te lo
agradezco,
estoy dispuesto a todo, lo acepto
todo.
Con tal que tu voluntad se haga en
mi
y en tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi
corazón,
porque te amo.
Y porque para mí amarte es
darme,
entregarme en tus manos sin
medida
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.
El Dios que se esconde en la postura del "salto al
vacío" no es el de Jesucristo ni el que Teresa de Lisieux nos entregó. "Sin
embargo, no por eso ignora el sentimiento de la ausencia de Dios, cuya dura
experiencia ha hecho, a su manera, nuestro siglo: "A veces le parece a este
pajarito (a quien ella se compara) no creer que exista otra cosa sino las nubes
que lo envuelven... Es el momento de la alegría perfecta para el pobre, pequeño
y débil ser... Qué dicha para él permanecer allí y fijar la mirada en la luz
invisible que se oculta a su fe ".Que la debilidad humana siente el peso de la
exigencia de amar así, no hay dudas de ello; que la fe avanza en la oscuridad y
se purifica a veces sin consuelos y esto produce temor, nadie lo niega.Porque el
misterio de nuestra incorporación a Cristo y el de nuestra vida en Él es a la
vez un misterio de abandono y de iluminación. Nuestra fuerza reside en la
promesa del testigo fiel,
Jesucristo prometió estar con los hombres "todos los días" hasta el fin
del mundo, esta presencia suya nos invita a vivir confiadamente en su Amor. Este
Amor, como don inefable que se derrama en nuestros corazones es el Espíritu
Santo. Su acción multiforme, es presentada en el Evangelio según S. Juan, como
destinada a fortalecer, consolar y
penetrar la entrega de los discípulos en el misterio del amor de Dios que
se manifestó en Jesucristo. Una entrega que se realiza únicamente participando
del mismo Amor entregado, que Resucitado se dona en Pentecostés. Esta efusión,
es una invitación a vivir confiadamente en el amor el
abandono.
No está, el Amor que viene de Dios bajo las leyes
del mercado de consumo, no se trata de oferta y demanda. En el Amor que Dios nos
revela, no se vive bajo la ley del cálculo, la respuesta no parte de la
evaluación de lo recibido. El que ama no aguarda, sale al encuentro del otro,
navega en el espacio de la gratuidad bebiendo permanentemente de esa fuente que
brota incesantemente hasta la Vida
Eterna (Jn 4). "Con la infancia
espiritual experimentamos que todo viene de Dios, a él vuelve y en él permanece,
para la salvación de todos, en un misterio de amor misericordioso. Ese es el
mensaje doctrinal que enseñó y vivió esta santa. Como para los santos de la
Iglesia de todos los tiempos, también para ella, en su experiencia espiritual,
el centro y la plenitud de la revelación es Cristo. Teresa conoció a Jesús, lo
amó y lo hizo amar con la pasión de una esposa. Penetró en los misterios de su
infancia, en las palabras de su Evangelio, en la pasión del Siervo que sufre,
esculpida en su santa Faz, en el esplendor de su existencia gloriosa y en su
presencia eucarística. Cantó todas las expresiones de la caridad divina de
Cristo, como las presenta el Evangelio (cf. Poesías, 24 «Acuérdate, mi Amor»)"[10].¡Que nuestro amor, por la gracia de Dios, pueda
florecer en el fruto maduro del Abandono!
La poesía de Teresita que colocamos a
continuación, expresa claramente
como en el camino del Amor el
abandono es su fruto maduro.
|
"En la tierra hay un
árbol Jamás
bajo su sombra "Amor"
se denomina Tal
fruto en esta vida Cuando
toco este fruto, Él
me abre en este mundo Me
lanza el abandono A
ti yo me abandono, Durmiéndome
en tu pecho, |
Como la margarita Oh!
admirable Rey, De
su celeste llama Todas
las criaturas Si
tú me abandonases, En
paz quiero esperar Nada,
nada me inquieta, Más
allá de las nubes Yo
espero en paz la gloria |
[1] DIVINI AMORIS SCIENTIA
N°1; Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz es declarada Doctora de
la Iglesia Universal , Juan Pablo II; 19 de octubre de
1997.
[2] Ibíd. , N°5.
[3] G. Danneels, Historia de un alma, 30 Días.
[4] La melodía de Santa Cecilia
[5] Historia de un alma, IX, 21.
[6] HA VIII, 4.
[7] La Infancia Espiritual, Fernando de Santa Inés o.c.d,
[8] Carta 142.
[9] "Pero quisiera agregar que en tiempos de Teresa, como también en los nuestros, la tendencia dominante que acompaña a la Iglesia sigue siendo lo que antiguamente se llamaba pelagianismo. Sencillamente, consiste en creer que hacer es más seguro que recibir, que podemos actuar solos. Luego viene el semi-pelagianismo, esto es, la actitud de aquellos que dicen: Todo lo podemos hacer solos, Señor; nada más que para los últimos metros de nuestra carrera necesitamos de tu parte una pequeña ayuda, un pequeño empuje..." Entrevista al Card. G. Danneels en 30 Días.
[10] DIVINI
AMORIS SCIENTIA, N°8.