FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
A continuación indicaré algunos de los múltiples aspectos en los cuales la teología de Newman fue un anticipo y una fuente de inspiración de las doctrinas proclamadas en el Concilio Vaticano II.
Uno de los aspectos más destacados de la predicación de Newman es su insistencia en la doctrina de la inhabitación en el alma del Espíritu Santo y, por medio de Él, del Padre y del Hijo. El verdadero cristianismo es presencia de personas: conocer al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Esta inhabitación es el fundamento de la vida nueva de unión con Dios que la religión cristiana ofrece a la humanidad. Newman recordaba a sus oyentes que eran templos de Dios e insistía en la presencia personal de Nuestro Señor Jesucristo en el alma, además de su presencia otorgada en la eucaristía.
La doctrina de la inhabitación divina, de tanto relieve en la teología patrística, había sido algo descuidada por la escolástica, que por lo común insistía más en la gracia creada (las virtudes y los dones del Espíritu Santo) que en la gracia increada (el don del mismo Dios uno y trino). Este descuido fue una de las causas de la falta de desarrollo de la pneumatología y de la escasez de referencias al Espíritu Santo en la piedad católica corriente.
La teología del siglo XX, siguiendo los pasos de Newman, ha continuado el desarrollo de la doctrina de la gracia increada y ha reflexionado sobre la relación del cristiano con cada una de las tres personas divinas. El Concilio Vaticano II, recogiendo esa reflexión, destacó el origen trinitario de la Iglesia (cf. LG 2-4) y de su actividad misionera (cf. AG 2-4) y enseñó que, por su Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre (cf. GS 22).
Otro aspecto importante de la predicación de Newman es su insistencia en el carácter histórico de la revelación y el puesto central de Jesucristo en la historia de la revelación y la salvación. El Dios invisible se reveló en la condición e historia del hombre. El Espíritu Santo ha hecho que la historia se convirtiera en doctrina. Todas las etapas de la economía divina tienden a la manifestación de su centro: el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. La encarnación del Hijo de Dios es la promesa y el comienzo de nuestro nacimiento como hijos de Dios en el Espíritu Santo. Para ilustrar este punto citamos uno de los sermones de Newman:
"La revelación nos sale al encuentro con hechos sencillos y acciones claras, no con laboriosas inducciones a partir de ciertos fenómenos que se dan en el mundo, no con leyes generalizadas o conjeturas metafísicas, sino con Jesús y la resurrección (Hch 17,18)... La vida de Cristo reúne y concentra verdades que se refieren al bien principal de nuestro ser y a las leyes que lo rigen, verdades que andan sueltas, baldías y abandonadas en la superficie del mundo moral, y que a menudo dan la impresión de discrepar entre sí." (Sermones Universitarios, 2).
El enfoque histórico-salvífico y cristocéntrico es una de las características principales de la doctrina del Concilio Vaticano II y de la teología contemporánea. Este enfoque se puede encontrar en todos los documentos del Concilio, particularmente en la constitución dogmática Dei Verbum. El Concilio enseña que la revelación no es un simple conjunto de proposiciones, sino que resplandece en la persona de Cristo (cf. DV 2). Él mismo, en todos los momentos y aspectos de su vida, es la gran manifestación del misterio de Dios y del misterio del hombre, el gran don salvífico de Dios a la humanidad (cf. DV 4).
Newman enfatizó mucho el puesto central que ocupa el misterio pascual en el cristianismo, en una época en que muchos cristianos descuidaban su importancia. La Pasión de Cristo es la clave de la interpretación cristiana de la vida y el origen de la regeneración del hombre. De ella emana la fuerza de los sacramentos. Todos los discípulos de Cristo resucitado debemos ser elevados y transfigurados con Él. Después de su Ascensión, Cristo envió su Espíritu para consumar su presencia en los fieles cristianos.
La primacía del misterio pascual es otra de las características más marcadas de la enseñanza del Concilio Vaticano II y de la teología actual. Este aspecto se puede descubrir particularmente en la constitución Sacrosanctum Concilium, entre otros documentos conciliares (cf. SC 5-6). Poner de relieve la centralidad de la Pascua en la vida cristiana fue uno de los objetivos fundamentales de la reforma litúrgica anterior y posterior al Concilio.
Uno de los aportes teológicos fundamentales de Newman fue su teoría del desarrollo del dogma, expuesta en su "Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana". Catorce años antes de la publicación del libro de Charles Darwin sobre el origen de las especies, Newman introdujo en la teología (de forma muy equilibrada) la idea de evolución histórica. En la introducción al ensayo citado, Newman hace una presentación sintética de su teoría:
"El crecimiento y la expansión del credo y del ritual cristiano, y las variaciones que han acompañado el proceso en el caso de escritores e Iglesias individuales, son los fenómenos que necesariamente acompañan a cualquier filosofía o forma de gobierno que vaya al fondo del intelecto y del corazón, y que haya tenido un predominio largo o extenso. Por la naturaleza de la mente humana, es necesario el tiempo para comprender plenamente y llevar a la perfección las grandes ideas. Las verdades más sublimes y extraordinarias, aunque hayan sido comunicadas al mundo de una vez por todas por maestros inspirados, no pueden comprenderse por sus destinatarios de una sola vez, sino que, al haber sido recibidas y transmitidas por mentes no inspiradas y a través de medios humanos, requieren más tiempo y una meditación más profunda para su completa dilucidación. Esto se puede llamar la teoría del desarrollo de la doctrina." (Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, Introducción).
La teoría de Newman sobre el desarrollo del dogma fue generalmente aceptada por la teología católica del siglo XX. El propio Concilio Vaticano II es un excelente ejemplo de la validez de esa teoría. Por una parte los Padres conciliares asumieron explícitamente las enseñanzas de los concilios anteriores, particularmente las del Concilio de Trento y del Vaticano I (cf. DV 1); por otra parte llevaron a cabo conscientemente un auténtico desarrollo doctrinal, lo cual puede apreciarse sobre todo en las enseñanzas del Vaticano II relativas a la Divina Revelación, la Iglesia, la relación Iglesia-Mundo, el ecumenismo y la libertad religiosa (cf. DH 1).
La eclesiología tuvo un desarrollo relativamente pequeño en el período de la alta escolástica. En la eclesiología del siglo XIX predominaban los conceptos jurídicos (la Iglesia como sociedad perfecta y jerárquica) sobre los conceptos más propiamente teológicos (la Iglesia como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo). También en este tema Newman efectuó un retorno a las doctrinas de la época patrística.
Una de las ideas religiosas básicas de Newman era lo que él denominaba el "sistema sacramental". Los sacramentos son signos e instrumentos visibles de la gracia invisible. La Iglesia es una institución visible que hace presente en el mundo a Dios invisible. Por lo tanto la Iglesia tiene un carácter sacramental, es decir mistérico. Newman tuvo una gran devoción a la santa Iglesia y siempre procuró que sus miembros tomaran conciencia de que estaban llamados por Dios a ser santos ellos mismos.
El tema principal del Concilio Vaticano II fue la Iglesia. Casi todos sus documentos están referidos directamente a ese tema. El documento principal del Vaticano II es la constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium). La doctrina de la Lumen Gentium está centrada en el misterio de la Iglesia (cf. LG Capítulo 1). Los dos puntos principales de su enseñanza son la presentación de la Iglesia como "sacramento universal de salvación" (LG 48; cf. LG 1.8) y el énfasis puesto en la vocación universal a la santidad (cf. LG Capítulo 5).
En el siglo XIX las relaciones institucionales entre la Iglesia Católica y las demás Iglesias cristianas eran virtualmente inexistentes. A nivel popular las relaciones entre las diversas confesiones cristianas estaban marcadas por un alto grado de agresividad. El diálogo teológico se reducía por lo común a una fuerte controversia.
Desde joven Newman anheló la restauración de la unidad de la Iglesia y oró fervorosamente por ella. Mientras fue anglicano, fue superando gradualmente sus iniciales prejuicios antirromanos y llegó a apreciar vivamente a la Iglesia Católica. Sin embargo, no cayó en el indiferentismo y cuando se convirtió al catolicismo sintió que estaba en juego su salvación eterna. Como católico, Newman nunca despreció ni atacó a la Iglesia anglicana, puesto que la consideraba como una barrera que impedía en parte el progreso de la irreligión. Pensaba que la superabundancia de la gracia divina hacía que ésta pudiera actuar de algún modo fuera de los límites de la Iglesia visible.
Uno de los propósitos principales del Concilio Vaticano II fue el de promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos (cf. UR 1). La constitución Lumen Gentium enseña que los cristianos no católicos están en un estado de comunión incompleta con la Iglesia Católica (cf. LG 15), en la cual subsiste la Iglesia de Cristo (cf. LG 8). La declaración sobre la libertad religiosa (Dignitatis Humanae) enseña que la "única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica" (DH 1). El ejercicio de la religión debe ser libre, pero el hombre debe buscar la verdad en materia religiosa y una vez conocida ésta debe adherirse a ella con un asentimiento personal (cf. DH 3).
Newman fue un gran defensor de los derechos de la conciencia, en una época en que la Iglesia Católica todavía miraba con desconfianza la "libertad de conciencia". Newman consideraba a la conciencia como el principio esencial y la confirmación de la religión en nuestro espíritu. La conciencia es la base de la religión natural y conduce hasta la idea de un Dios personal y la fe cristiana. En el caso de la religión revelada, la conciencia puede extraer de la convicción moral una certeza más fuerte que la que proviene de los puros razonamientos lógicos. La siguiente cita sintetiza el pensamiento de Newman sobre la conciencia como camino para el conocimiento de Dios:
"Nuestro gran maestro interior de religión es nuestra conciencia. La conciencia es una guía personal, y la uso porque tengo que usarme a mí mismo. Soy tan incapaz de pensar con una mente que no sea la mía como de respirar con los pulmones de otro. La conciencia está más cerca de mí que cualquier otro medio de conocimiento. Y del mismo modo que se me ha dado a mí, también se le ha dado a otros; y puesto que es llevada consigo por cada individuo en su propio corazón y no requiere nada además de ella misma, está por consiguiente adaptada para comunicar a cada uno separadamente ese conocimiento que es lo más decisivo para el individuo... La conciencia, por otra parte, nos enseña no sólo que Dios es, sino qué es; proporciona al espíritu Su imagen real, como medio para su adoración; nos da la regla dictada por Él de lo correcto y lo incorrecto, y un código de deberes morales. Además, está constituida de tal manera que, si se la obedece, se hace más clara en sus mandatos, y su campo se amplía, y corrige y completa la fragilidad accidental de sus enseñanzas iniciales." (Gramática del asentimiento, 10).
La teología contemporánea ha continuado la tendencia de revalorización de la conciencia, aunque algunos autores (sobre todo moralistas) han corrido el riesgo de caer en el subjetivismo o el relativismo. El Concilio Vaticano II subrayó la dignidad de la conciencia moral, presentándola como el santuario inviolable en el que se produce el encuentro y el diálogo entre Dios y el hombre (cf. GS 16). No es lícito impedir al hombre que obre según su conciencia ni forzarlo a obrar en contra de ella, principalmente en materia religiosa (cf. DH 3.10).
La teología escolástica postridentina había descuidado el contacto directo con la teología patrística. La teología de Newman, en cambio, estaba basada en una alta proporción en su conocimiento de los escritos de los Padres de la Iglesia, que ocupaban una gran parte de su biblioteca. En realidad algunos de los aportes de Newman a la teología no se debieron en última instancia a la originalidad de su pensamiento, sino a su familiaridad con la teología patrística. Esto se aplica por ejemplo a sus doctrinas sobre la inhabitación divina, el misterio pascual y el misterio de la Iglesia.
Siguiendo el ejemplo de Newman, la teología del siglo XX efectuó un retorno a los Padres de la Iglesia, considerados no sólo como teólogos sino también como testigos privilegiados de la Tradición eclesial. El Concilio Vaticano II se benefició de este retorno a los Padres y a su vez lo reforzó. La fuerte influencia de la teología patrística en el Vaticano II se manifiesta cuantitativamente en las numerosas citas de los Padres y cualitativamente en muchas de las doctrinas expuestas por dicho Concilio.
Desde el siglo XVII el avance de las ciencias y el surgimiento del estudio crítico de la Biblia llevaron a un número creciente de intelectuales a cuestionar el dogma de la inerrancia bíblica. En la segunda mitad del siglo XIX la "cuestión bíblica" pasaba por su fase más candente, sobre todo a partir de la divulgación de la teoría evolucionista de Charles Darwin. Si bien, después de su conversión al catolicismo, Newman no se sentía llamado a remediar las deficiencias de la teología católica, en definitiva no se abstuvo de hacer un aporte importante en torno a la cuestión referida. Aunque su edad era ya muy avanzada, Newman publicó en febrero de 1884 un artículo sobre la inspiración bíblica, en el cual opinó que la inerrancia de la Sagrada Escritura no incluía necesariamente los obiter dicta ("cosas dichas de paso") científicos e históricos, aunque sí incluía los asuntos de fe y moral y la historia vinculada a ellos. Aunque Newman ya era cardenal, su artículo le valió algunas duras críticas y su tesis fue mayoritariamente rechazada en aquel entonces. Sin embargo (y a pesar de su formulación defectuosa), Newman se había aproximado notablemente a la solución de la cuestión bíblica: la Biblia trasmite sin error una verdad religiosa salvífica, por medio de diversos géneros literarios que deben ser tenidos en cuenta para su correcta interpretación. Este enfoque fue asumido finalmente por el Concilio Vaticano II, tras prolongadas y ardorosas discusiones, en el Capítulo 3 de la constitución dogmática Dei Verbum.
Desde la Edad Media la Iglesia experimentó un fuerte proceso de clericalización, que se vio acentuado a partir del siglo XVIII por el proceso de secularización de la sociedad civil. La Iglesia tuvo grandes dificultades para adaptarse a la nueva situación y en muchos casos intervenino en cuestiones temporales de un modo que era comprensible en la era de la Cristiandad pero que resultaba cuestionable desde la época del Renacimiento y la Ilustración. Basta pensar en el tema del poder temporal del Papado, que sobrevivió hasta el tiempo del Concilio Vaticano I (año 1870).
Newman reflexionó mucho sobre el aspecto cultural de la secularización. Entendió que, si bien la razón no debe ser disociada de la fe, la razón tiene una cierta autonomía, por lo cual la Iglesia no puede pretender gobernar el progreso de la ciencia en cuanto tal (aunque sí debe ocuparse de los problemas religiosos y morales conexos). La postura de Newman, muy liberal para la época del Index y del Syllabus, está expuesta en la siguiente cita:
"Éste, pues, imagino que es el objetivo de la Santa Sede y de la Iglesia Católica al fundar universidades: volver a unir cosas que en el principio estaban unidas por Dios, y que han sido separadas por el hombre. Algunas personas dirán que estoy pensando en limitar, deformar y atrofiar el desarrollo del intelecto por medio de la supervisión eclesiástica. No tengo esa intención. Ni tengo ninguna intención de transigencia, como si la religión debiera renunciar a algo y la ciencia también. Deseo que el intelecto se expanda con la mayor libertad, y que la religión disfrute de igual libertad, pero lo que pongo como condición es que deben encontrarse en uno y el mismo sitio, y ejemplificado en las mismas personas... No me satisfará lo que satisface a tantos, tener dos sistemas independientes, intelectual y religioso, caminando uno al lado del otro al mismo tiempo, por una especie de división del trabajo, y sólo reunidos accidentalmente. No me satisfará si... los jóvenes conversan con la ciencia todo el día y se presentan ante la religión por la noche... La devoción no es una especie de final ofrecido a las ciencias, ni la ciencia es... un ornamento y una bagatela de la devoción. Quiero que los seglares intelectuales sean religiosos, y los eclesiásticos devotos sean intelectuales." (Discurso en la iglesia de la Universidad Católica de Irlanda).
El Concilio Vaticano II realizó un muy esperado aggiornamento de la Iglesia en sus relaciones con el mundo. La constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes (en sí misma toda una novedad) reconoce una determinada autonomía de las realidades terrenas (y especialmente de la ciencia) respecto de la Iglesia (cf. GS 36.59). La declaración sobre la libertad religiosa establece que la libertad de la Iglesia es un principio fundamental en las relaciones entre la Iglesia y el orden civil. Esa libertad es necesaria para que la Iglesia pueda cumplir plenamente su misión salvífica (cf. DH 13).
En el siglo XIX los fieles laicos eran habitualmente considerados en la práctica como cristianos de segunda categoría, menos perfectos que los sacerdotes y religiosos. La espiritualidad cristiana no tomaba suficientemente en consideración la importancia de las actividades mundanas (trabajo, estudio, etc.) como medios de santificación.
Newman, con la mirada puesta en la Iglesia primitiva, comprendió bien que también los seglares estaban llamados a la santidad y que su función en la Iglesia era de extrema importancia. Por ello dedicó gran parte de su trabajo apostólico a la promoción del laicado, sobre todo a través de una mejora de su formación. En la siguiente cita Newman muestra que el apostolado de los laicos no se restringe al campo de las relaciones interpersonales, sino que abarca también el ancho campo de las relaciones sociales:
"Los cristianos se apartan de su deber, ... no cuando actúan como miembros de una comunidad, sino cuando lo hacen por fines temporales o de manera ilegal; no cuando adoptan la actitud de un partido, sino cuando se disgregan en muchos. Si los creyentes de la Iglesia primitiva no interfirieron en los actos del gobierno civil, fue simplemente porque no disponían de derechos civiles que les permitiesen legalmente hacerlo. Pero donde tienen derechos la situación es distinta, y la existencia de un espíritu mundano debe descubrirse no en que se usen estos derechos, sino en que se usen para fines distintos de los fines para los que fueron concedidos. Sin duda pueden existir justamente diferencias de opinión al juzgar el modo de ejercerlos en un caso particular, pero el principio mismo, el deber de usar sus derechos civiles en servicio de la religión, es evidente. Y puesto que hay una idea popular falsa, según la cual a los cristianos, en cuanto tales, y especialmente al clero, no les conciernen los asuntos temporales, es conveniente aprovechar cualquier oportunidad para desmentir formalmente esa posición, y para reclamar su demostración. En realidad, la Iglesia fue instituida con el propósito expreso de intervenir o (como diría un hombre irreligioso) entrometerse en el mundo. Es un deber evidente de sus miembros no sólo asociarse internamente, sino también desarrollar esa unión interna en una guerra externa contra el espíritu del mal, ya sea en las cortes de los reyes o entre la multitud mezclada. Y, si no pueden hacer otra cosa, al menos pueden padecer por la verdad, y recordárselo a los hombres, infligiéndoles la tarea de perseguirlos." (Los arrianos del siglo IV).
El Concilio Vaticano II, recogiendo los frutos de iniciativas anteriores como la Acción Católica, reconoció la gran trascendencia y amplitud del apostolado de los laicos (cf. LG 33; AA 1). Esta enseñanza ha sido desarrollada por el Magisterio pontificio posterior, especialmente en la exhortación apostólica Christifideles Laici del Papa Juan Pablo II. En este siglo, sobre todo después del Concilio, han surgido por obra del Espíritu Santo numerosos movimientos eclesiales con un fuerte componente laical. Ellos son considerados por el Papa Juan Pablo II como uno de los signos más esperanzadores en la actual situación de la Iglesia.