FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


Santo Tomás de Aquino

F.J.Thonnard

El Caballero de Dios

Santo Tomás de Aquino nació a principios de 1225 (es la fecha más probable, según el P. Mandonnet, otros indican el fin del año 1226 o hasta el 1227) en el castillo de Roccasecca, cerca de Nápoles. Su madre, Teodora de Theate, descendía de los jefes normandos, guerreros intrépidos y ambiciosos que fundaron el reino de las Dos Sicilias, del cual dependía el feudo de Aquino. Su Padre, Landulfo, conde de Aquino, era uno de los más poderosos señores feudales de Italia Meridional. Sobrino del emperador de Alemania, Federico Barbarroja, se había puesto al servicio de su sucesor, Federico II (1215-1250), quien, en su calidad de rey de las Dos Sicilias, era un soberano legítimo.

 

En la numerosa familia del conde Aquino, Tomás era el benjamín: seis hermanos y cinco hermanas lo había precedido. La más joven de sus hermanas había muerto fulminada en su cuna, mientras dormía al lado de él; pero la divina Providencia velaba sobre el niño predestinado: no padeció daño alguno en el terrible accidente.

 

De sus seis hermanos, cuatro: Santiago, Reinaldo, Felipe y Aimón, ya servían con su padre en los ejércitos del emperador; y los otros dos, Landulfo y Adenolfo no aspiraban más que a seguirlos en la carrera de las armas.

 

Fue, pues, en una familia de guerreros donde Dios hizo brotar el genio pacífico de Santo Tomás de Aquino. Pero la fe y el amor a la Iglesia no ocupaban menos lugar que el honor y la abnegación por el emperador. El deseo de los dos nobles esposos era ver que uno de sus hijos abrazara la carrera eclesiástica; y ya, siguiendo su consejo, dos hermanos de Tomás, Felipe y Reinaldo, lo habían intentado. Finalmente, ninguno había perseverado, y ambos habían buscado, en el ideal del caballero cristiano, su verdadera vocación.

 

Su hermano menor, al contrario, estaba destinado a realizar los santos deseos de sus padres, aún más allá de sus esperanzas. Dulce y piadoso, el niño parecía haber dejado a sus hermanos el humor batallador y ruidoso para no conservar más que la calma y el silencio. Sin embargo, esta dulzura no era debilidad, y a veces daba prueba de extraordinaria voluntad.

 

Un día de verano, mientras se iban al baño, su nodriza vió en su mano derecha una hoja de papel, y quiso sacársela. Entonces este niño de tres años se negó rotundamente, protestando con gritos y lloros, y apretando tan enérgicamente el precioso papel hubo de dejárselo. De regreso a casa, su madre, abriendo por la fuerza de los dedos siempre obstinadamente cerrados, leyó con admiración en la hoja misteriosa la salutación angélica: Ave María…

 

¿No es este rasgo ingenuo el presagio de un carácter decidido y personal? Sobre todo, nos revela esta pequeña alma de niño vuelta hacia los grandes misterios de la religión, espontáneamente, como flor hacia la luz.

 

El conde de Aquino constataba con alegría estas disposiciones tan favorables a sus proyectos futuros. Pronto, las circunstancias le permitieron dar principio a su ejecución, conduciendo a su benjamín al monasterio del Monte Casino.

 

El Monte Casino, fundado por San Benito en el año 529, era la cuna de la grande Orden benedictina que cubría con sus innumerables ramas al Occidente cristiano por entero. Pero con la organización del feudalismo, la santa montaña se había vuelto una potencia política al mismo tiempo que un asilo de oraciones.

 

En aquellos tiempos de fe, todos comprendían que la Iglesia católica, sin tener por misión establecer la prosperidad terrenal, tiene el derecho y a menudo el deber de intervenir para hacer respetar la moral, moderar las ambiciones y subordinar los intereses temporales al bien entero de las almas. Así se explica la conducta de los Papas de la Edad Media, llegando hasta desligar a los súbditos de su juramento de obediencia a su príncipe (Los Papas Inocencio III [1198-1216] y Honorio III [1216-1227], al reconocer y coronar al nuevo emperador de Alemania, Federico II, habían exigido de él el juramento de favorecer los derechos de la Iglesia y conducir una nueva cruzada contra los mahometanos).

 

En un dominio más restringido, el Abad del Monte Casino cumplía la misma misión. Unía a la dirección espiritual de los monjes el gobierno de toda la comarca circunvecina, y su pacífico monasterio de volvía a veces, una terrible fortaleza. Situado en los confines de los Estados pontificios y del reino de las Dos Sicilias, sólidamente asentado sobre su escarpada roca, y capaz de sostener un largo asedio, el Monte Casino era la avanzada que se erguía como un baluarte ante los Estados de la Iglesia.

 

Una vez más, en estos principios del siglo XIII, la poderosa abadía acababa de oponerse, en nombre del Papa, a la ambición de Federico II. El ejército imperial, en que guerreaba siempre el conde de Aquino y sus hijos, la sitió (en 1229) apoyándose en la fortaleza vecina de Roccasecca, y se apoderó de ella en enero de 1230.

 

Sin embargo, temeroso el emperador de provocar la hostilidad de las naciones cristianas con una guerra abierta contra el Papa, prefirió negociar, y reconociendo de nuevo la independencia de la Iglesia firmó con Gregorio IX el tratado de San Germán ( 23 de julio de 1230).

 

Fue entonces cuando Landulfo de Aquino, queriendo contribuir por su parte a la reconciliación entre el Sacerdocio y el Imperio, condujo a su pequeño Tomás, que contaba apenas 5 años, al monasterio del Monte Casino, para consagrarlo a Dios como oblato: era, parece, en el mes de mayo de 1230, poco antes de la firma definitiva del tratado.

 

Según costumbre antigua, la ceremonia de oblación se desarrolló durante la misa solemne. Durante el Ofertorio, el niño se aproximó al altar, llevando el pan y el vino, símbolo de su propia oblación. Por su parte, Landulfo de Aquino presentó el pergamino donde había escrito, en debida forma, el acto de su donación;  y después de haberlo firmado, lo puso entre las manos de su hijo que él presentó así al celebrante, el abad Sinibaldi. Este, sin más tardar, confirió al niño la gran tonsura monástica, y lo revistió con el hábito y el escapulario negro de los Benedictinos. Al retirarse, el conde hizo al monasterio un donativo principesco de veinte onzas de oro.

 

Al realizar sus santos deseos de dar a Dios uno de sus hijos, el conde no excluía cálculos más humanos: el joven Tomás, sin ninguna duda, sucedería un día al abad Sinibaldi; un gran papel le estaba reservado para, mantener la paz entre los dos feudos rivales, y hasta entre el imperio y los Estados pontificios; y era, desde ahora, después de la reciente guerra, una prenda de plena y durable reconciliación entre Roccasecca y el Monte Casino.

 

Pero el joven oblato de seis años no podía aun comprender estas profundas razones, y su inteligencia límpida, que miraba rectamente ante sí con la sencillez de la paloma, nunca fué apta para sospechar estas complicaciones de la política. La paz benedictina respondía a sus gustos, mucho mejor que el tumulto de los castillos: se adaptó sin dificultad a la existencia regulada de los monjes.

 

Según costumbres en vigor desde Carlomagno, a cada monasterio, como también a cada obispado estaba anexada una escuela. La del Monte Casino reunía los hijos de toda la nobleza circunvecina: entre estos niños, Tomás se distinguió muy pronto como un apasionado de la lectura y de la reflexión.

 

 

Mientras sus condiscípulos, felices con olvidar lecciones y deberes, se entregaban por entero a los juegos, Tomás no compartía sino con pesar sus pasatiempos; a menudo, abandonaba furtivamente el bullicioso recreo para refugiarse en alguna alameda silenciosa donde, con sus queridos libros, descansaba en un apacible y estudioso paseo. Más de una vez, sus prudentes maestros debieron moderar este gusto por la soledad y hacer volver al lector a sus juegos ( Más tarde, el mismo santo Doctor corregirá con su doctrina lo que su conducta podía tener de excesivo: la Suma Teológica enseña que el recreo moderado es no sólo un placer permitido, sino, para el hombre de estudio, un ejercicio positivo de la virtud que el llama con el hermoso nombre de "eutrapelia", es decir "buena conversación").

 

Lo que atraía tan fuertemente el alma meditabunda del niño, era ya la insondable belleza del misterio de Dios. Su primera educación bajo una madre profundamente cristiana lo había orientado resueltamente hacia Dios; y, cada vez más, en el gran monasterio, todo le hablaba de Dios: la liturgia cantaba sus alabanzas; la enseñanza le revelaba su doctrina y sus beneficios; la naturaleza, en su esplendor, reflejaba su gloria infinita. Pero el niño no estaba satisfecho; su espíritu ya era ávido de pruebas, de luz y de explicación. Cuando encontraba a uno de sus maestros, lo interrogaba a menudo:

 

-¿Qué es Dios? ... decía fijando en él su clara mirada.

 

Con tales disposiciones, el joven escolar hizo rápidos progresos. "A los diez años, dice el P. Petitot, sabía leer, escribir, estudiaba los primeros elementos de la lengua latina, de la aritmética, de la gramática. A los trece años, sabía de memoria una gran parte del salterio, de los Evangelios, de las Epístolas de San Pablo. Su preceptor le hacía traducir los escritos de los Padres, las morales de San Gregorio, cartas de San Jerónimo, fragmentos de San Agustín, y se iniciaba en el canto eclesiástico.

 

Tomás vivía así desde hacía cerca de nueve años en la calma del monasterio, cuando nuevos disturbios políticos vinieron a trastornar su existencia. Federico II no había firmado más que a regañadientes la paz de San Germán. Incansablemente, sin importarle el perjurio, maniobraba para extender su dominación sobre los Estados de la Iglesia y avasallar ambiciosamente a los obispos de Italia. Por lo cual el Papa Gregorio IX, siempre enérgico e infatigable a pesar de sus ochenta años, condenó solemnemente estas mañas y denunció tanta trapacería en una carta dirigida a todos los príncipes cristianos (20 de junio de 1239). Furioso, el emperador replicó con la guerra abierta. Invadió los Estados pontificios, y, encontrando ante él la fortaleza del Monte Casino, dispersó a todos los monjes.

 

El joven Tomás abandonó, pues, su hábito benedictino y regresó al castillo de Roccasecca. Allí siempre piadoso y caritativo, acompañaba a su madre en la visita a los enfermos, multiplicando con gusto las larguezas a los míseros. Su amor al estudio se afirmaba, y no abandonaba completamente sus queridos libros. Pero sus vacaciones fueron cortas: al principio del año escolar de 1239, fué enviado a la Universidad de Nápoles; tenía entonces catorce años.

 

Esta decisión era audaz: pues la familia de Aquino de ningún modo había renunciado a ver un día a su benjamín al frente del Monte Casino, y la opinión común exigía entonces, para un hombre de Iglesia, una educación puramente religiosa, dejando a los laicos las doctrinas profanas de los filósofos y poetas.

 

Pero se asistía a la evolución de la sociedad hacia una civilización más amiga de las ciencias. Desde que Felipe Augusto, en 1200, había organizado en París la primera Universidad, brotaban otras por todas partes en las principales ciudades de la cristiandad. En adelante, para tener una real influencia sobre su tiempo, no bastaría más ser gran señor, se necesitaría también ser gran sabio. El abad Sinibaldi era del mismo parecer: la conquista del doctorado en la Universidad de Nápoles sería una excelente preparación para la abadía del Monte Casino.

 

Tomás volvió pues a tomar con gran alegría el camino de las escuelas. Antes de abordar la teología, debía terminar el estudio de las tres principales ramas que se enseñaban entonces: la gramática, la dialéctica y la retórica (es lo que se llama el trivium. Para completar la formación, se recomendaba también el estudio más profundizado de cuatro tratados, llamados el quadrivium, la aritmética, la música, la geometría y la astronomía). La clase principal se daba de tarde (la clase de la mañana estaba siempre consagrada a la corrección de los deberes y a la recitación de las lecciones). El maestro leía y comentaba un libro de la lógica de Aristóteles, o una obra de los grandes poetas y oradores: Virgilio, Ovidio, Cicerón, etc. Sentado en medio de sus compañeros, Tomás escuchaba, tomaba nota en sus pergaminos y fijaba la doctrina en su memoria. A la lección seguía de ordinario una conferencia o discusión entre alumnos, bajo la dirección del maestro. Fué allí, donde, muy pronto, el nuevo dialéctico mostró su precocidad y se impuso a la admiración de los estudiantes: varios lo eligieron para repetidor, y, dice el cronista, "reproducía las lecciones con más profundidad y claridad que sus mismos maestros"

 

Sin embargo, la Divina Providencia tenía otras miras que el conde de Aquino, sobre el joven estudiante: el acontecimiento decisivo de su estancia en Nápoles fué su encuentro con la Orden dominicana.

 

En la época en que estamos, las dos grandes Ordenes de los Hermanos Predicadores y de los Hermanos Menores, apenas acababan de nacer (los dos santos fundadores habían muerto, Santo Domingo en 1221 y San Francisco de Asís en 1226) pero respondían tan bien a las necesidades del tiempo que se habían difundido con la rapidez de una invasión.

 

Mientras los Franciscanos, persiguiendo un fin más popular, no se habían entregado al estudio sino con resignación y para obedecer al Papa, los Dominicos habían entrado de in- mediato y deliberadamente en esta vía. Con poderoso espíritu de decisión y sabia organización, Santo Domingo había dirigido a sus religiosos hacia los principales centros intelectuales: París en el convento de Saint-Jacques, Roma en Santa Sabina, Montpellier, Colonia, Nápoles, todas las ciudades universitarias habían visto instalarse, al lado del colegio de los maestros seglares, un convento de Hermanos Predicadores.

 

Era en aquel tiempo una Orden muy moderna, y todo en ella contrastaba con la organización de las grandes abadías benedictinas. Los Dominicos habían abandonado el voto de estabilidad: en lugar de permanecer en la soledad, acudían, a la voz de los superiores, a cualquier parte de la Iglesia donde su presencia fuera útil. Pero jamás avanzaban con numeroso séquito, como los Abades grandes señores: todos, hasta el Superior general, viajaban a pie; un artículo de la regla les prohibía subir a caballo. No más abadía fortaleza, como el Monte Casino, donde los monjes vivían de sus réditos: los Hermanos Predicadores mendigaban su pan cotidiano y se instalaban en el seno de las grandes ciudades, en contacto íntimo con el pueblo cristiano que querían evangelizar.

 

Y sin embargo, unían a este extraño aspecto moderno toda la intensidad de vida religiosa de las antiguas Ordenes en el impulso de su primer fervor. Su capilla los oía salmodiar cada día el oficio mayor, celebrar solemnemente las fiestas litúrgicas; y siempre se adaptaban a la vida de los estudiantes: predicabas especialmente para ellos, organizaban los oficios según el horario de las clases, se constituían capellanes de las escuelas. No es de extrañar, pues, que, respondiendo tan bien a las inspiraciones de los mejores, se hayan reclutado en masa entre el pueblo universitario (En París, por ejemplo, sólo durante el invierno del año 1234, Jordán de Sajonia, entonces maestro general, recibió en el noviciado a 72 maestros y alumnos de la Universidad).

 

El joven Tomás de Aquino sintió a su vez el encanto de la nueva Orden. Había traído a Nápoles la misma alma cándida y sencilla que en el día de su oblación. En la paz del claustro, se había elevado hacia el cielo; pero a su audaz pregunta: "¿Qué es Dios?" había comprendido que no era tiempo de contestar. Ahora, era una pregunta más modesta la que a menudo repetía en la oración.

 

- Señor, decía, ¿qué queréis de mí?

Un día, en el fondo de su corazón dócil y generoso, la respuesta resonó muy clara y muy imperiosa.

 

-¡Quiero que seas Hermano Predicador!

Como la mayor parte de sus compañeros, Tomás frecuentaba la capilla de los Dominicos donde volvía a hallar, con la belleza litúrgica de Monte Casino, el ejemplo de la vida estudiosa y apostólica que soñaba. Había elegido, para gula de su conciencia, a un venerable religioso llamado Hº Juan de San Julián. Este le explicó las tres palabras con las cuales se resumía entonces la vida dominicana: "estudiar, enseñar, predicar". Le explicó el lema de la Orden: "Contemplata aliis tradere" (Entregar a los demás lo que se ha contemplado). Primero contemplar la verdad divina en la oración y el estudio, para divulgarla luego por medio de la predicación, la enseñanza, el apostolado. Y Tomás comprendía por fin la manera de armonizar en su vida sus dos grandes atractivos: el atractivo por la caridad que beneficia al prójimo, el atractivo por el estudio contemplativo de Dios.

 

- Pero objetaba, ¿no me obliga la promesa de mi padre respecto de la Orden benedictina?

 

- No, respondía el director: hacía poco el Papa Inocencio III había declarado que la oblación dejaba plena libertad para elegir la vocación.

 

El mismo Papa había exigido 16 años por lo menos para la validez de la profesión religiosa. Tomás tenía la edad requerida, pero no queriendo emprender nada sin el consentimiento paterno, se resignaba a esperar la ocasión favorable.

 

El 24 de diciembre de 1243, Dios llamaba a sí al conde Landulfo de Aquino. El joven vió, en este acontecimiento que despedazaba su corazón tan tiernamente afectuoso, la indicación de la voluntad divina: la Providencia misma ¿no lo desprendía de la tierra, de su familia y de sus ambiciones? Sin más tardar, pidió el hábito blanco de los Predicadores.

 

Nada grande se hace sin lucha y sin sufrimiento: el heroico renunciamiento de este joven noble, entrando en la humilde compañía de los Hermanos mendicantes, chocaba demasiado violentamente el orgullo feudal para no suscitar oposición. El Maestro general, Juan el Teutónico, estaba entonces de paso en Nápoles. Después de haber dado el hábito al postulante, resolvió sustraerlo a las dificultades familiares, llevándolo con él a Roma y luego a París.

 

En efecto, ni bien los dos religiosos hubieron salido, la noble Teodora de Theate, informada sobre lo que pasaba, venía a reclamar a su hijo. Decepcionada una primera vez, lo persiguió hasta Roma; pero cuando se enteró de su partida definitiva hacia Francia, se juzgó despreciada en sus derechos más legítimos. ¿No era deber suyo guardar a su hijo para la gran Orden benedictina, donde seria mucho más útil para la causa de Dios que entre estos Hermanos mendicantes, apenas nacidos en la Iglesia? Así la pasión le presentaba como un acto de sabiduría las exigencias secretas de su ambición y de su orgullo de raza.

 

Para arrancar al fugitivo a los Dominicos y hacerlo volver al Monte Casino, echó mano de los medios más violentos. Otros dos hijos suyos, Rainaldo y Landulfo, servían en los ejércitos del emperador, y acampaban precisamente en los alrededores de Roma. En seguida les mandó sus órdenes:

 

-¡Con toda prisa detened a vuestro hermano que huye hacia Francia. Traédmelo bajo buena custodia!

 

El Hº Tomás, en efecto, bajo la protección de su superior, avanzaba con algunos compañeros, a pie según la regla, por el camino principal de Roma a Bolonia. Un poco antes de llegar a Aquapendente, la pequeña tropa hizo alto al borde de una fuente, para una frugal comida. De repente, es asaltada por soldados armados.

 

-i Son mis hermanos!, exclama el Hº Tomás que había reconocido a los dos jefes, Rainaldo y Landulfo.

 

Y en seguida, se cubre con su gran capa, negándose absolutamente a dejar que lo despojaran de ella.

 

Sin embargo, se le iza por la fuerza en un caballo; y a pesar de las lágrimas de sus hermanos y de las Protestas indignadas de Juan el Teutónico, se le lleva al galope, primero al fuerte San Juan, y poco después a la fortaleza de Roccasecca.

 

Grande fué la alegría de Teodora de Theate al volver a ver a su hijo. Pero para conseguir su propósito, abandonó pronto las caricias: las costumbres de la Edad Media eran más rudas. Ordenó que se secuestrara al joven en una torre del castillo, prohibiendo toda comunicación con el exterior. Unicamente sus dos hermanas, Marotta y Teodora, fueron autorizadas para visitarlo con misión de obtener la única cosa que reclamaba la familia: el abandono del hábito de los Predicadores, y la promesa de regresar al Monte Casino.

 

A Tomás poco le incomodaban los argumentos de sus hermanas: eran menos terribles que las objeciones de sus condiscípulos, de las cuales triunfaba tan brillantemente en las disputas de escuela. Pero, para defenderse, tenía algo mejor que la dialéctica: el amor de Dios lo inspiraba; su entusiasmo por su vocación, su ardiente fidelidad al camino de perfección, animaban sus respuestas con irresistible elocuencia.

 

Y pronto cambiaron los papeles: fueron las dos hermanas quienes se dejaron convencer sobre las vanidades de la gloria mundana y de las ambiciones terrenales. Su vida, hasta entonces frívola, se volvió más modesta, más piadosa, más caritativa; algún tiempo después, Marotta, la más ferviente, tomó a su vez camino del monasterio de las Benedictinas de Capua.

 

Por lo cual la severidad de los primeros días  aflojó poco a poco. Sin duda con la complicidad de sus hermanas, Tomás pudo reanudar sus relaciones con los Dominicos de Nápoles. El Hº Juan de San Julián, su director ¿le envió? unos libros, el breviario, la Sagrada Biblia, obras de los Padres; y la prisión se le hizo muy leve: decidió llevar ahí la vida del novicio.

 

Desde su llegada, habla permanecido fiel, no sólo a su hábito, sino también al régimen del convento, que mandaba perpetua abstinencia de carne. En adelante, menos vigilado, ¿no tenía completa facilidad para recogerse y rezar en la soledad? Dividió su tiempo conforme a la regla dominicana, salmodiando el oficio en las horas señaladas. En los intervalos, estudiaba con pasión, sobre todo la Sagrada Biblia; fué entonces cuando adquirió este conocimiento extraordinario del cual sus obras dan testimonio: la aprendió de memoria casi toda entera. Hacia fines del año 1244, mientras el nuevo Papa lnocencio IV mantenía aun buenas relaciones con Federico II, los hermanos de Tomás, ocupados en los ejércitos, volvieron a Roccaseca; y la guardia se hizo más estrecha alrededor del prisionero. Estos rudos soldados se exasperaban ante una resistencia a sus ojos insensata. Le hicieron confeccionar un hermoso vestido benedictino, y por la fuerza quisieron despojarlo de su hábito de Predicador. Desgarraron el santo hábito; pero Tomás prefirió cubrirse con estos harapos, signos de su fidelidad, hasta el día en que el abnegado Hº Juan de San Julián le trajo otro.

 

Los oficiales del emperador resolvieron entonces dar un gran golpe. Para quebrar la obstinación de su hermano, era preciso, dijeron entre sí, destruír su virtud. La vida en los campamentos no es una escuela de pureza. Reinaldo llamó al castillo una cortesana de la cual conocía el poder de seducción, y, una noche, la introdujo en el cuarto donde leía apaciblemente, solo, el joven Tomás de Aquino.

 

El casto joven comprendió pronto lo que se le pedía. Más de una vez había luchado contra la tentación de la carne y había vencido, con la oración, la mortificación, la humildad. Pero convocado esta vez, ante la imprudencia del ataque, se irguió orgullosamente. Con magnífico ímpetu, agarró en el fogón un tizón encendido, y se precipitó sobre la desgraciada que huyó en seguida. Luego, con el tizón, trazó una gran cruz sobre la pared de su celda y, prosternándose, rezó largo tiempo.

 

Aquella noche, un ángel se aproximó respetuosamente:

 

- Recibe, decía, en nombre de Dios, el ceñidor de castidad que ninguna tentación jamás prisionero desatará.

 

Y le ciño el cuerpo con un cordón encendido- Tomás se despertó gritando de dolor. Acudieron; pero él se negó a dar explicaciones sobre ceder sin lo ocurrido. Sólo las dio mucho más tarde, a su confesor y amigo, el Hº Reginaldo de Piperno.

 

-A partir de esta noche, agregaba, Dios me ha hecho la gracia de no consentir nunca el menor pensamiento contrario a la santa castidad.

 

Con esta gran victoria, el que llamamos Doctor Angélico, llegaba a ser verdaderamente el hermano de los ángeles.

 

Mientras tanto, el primer Concilio de Lyon convocado por Inocencio IV (junio de 1245) acababa de deponer a Federico II, quien, a pesar de sus reiterados juramentos, proseguía por todos los medios su política impía. Esta vez se despertó la fe en los hermanos de Tomás; entre el emperador y el Papa, eligieron, sin vacilar, al Papa. Aprovechando estas circunstancias, el Maestro general de los Predicadores se quejó ante el Soberano Pontífice, respecto del Hº Tomás, retenido injustamente prisionero en Roccasecca.

 

Por otra parte, en la familia de Aquino, la madre, las hermanas, los hermanos, todos se sintieron vencidos por la inconmovible fidelidad del joven. Se buscaba, parece, un medio de ceder sin humillarse demasiado. El Hº Juan de San Julián no tardó en discernir estas nuevas disposiciones; sus visitas se hicieron más audaces, más frecuentes. Fue él quien halló la solución secretamente deseada por todos: cuando comprendió que no se le perseguía, organizó la evasión del prisionero.

 

Una noche, el Hº Tomás se dejó deslizar a lo largo de una cuerda, por la ventana de su prisión. Su abnegado director con algunos cofrades lo esperaban. Juntos, reanudaron el viaje interrumpido desde hacía un año y algunos meses. Esta vez, nadie los persiguió, y llegaron sin estorbo a París a principios del año escolar 1245.

 

En la paz de su triunfo sobre el mundo, el Hº Tomás pasó con gran fervor el año de su noviciado. Entonces, sin más tardar, fue admitido a la profesión religiosa. Como sus hermanos, sería, pues, caballero y consumiría su vida en batallas; pero sería "caballero de Dios" , manejando la espada de dos filos de la ciencia y santidad, para defensa y expansión de la Santa Iglesia católica.


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