Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 14 – Mayo de 2007

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Cr. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Diác. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Mayo, mes de la alegría

Equipo de Dirección

Tema central

El Magisterio mariano de Juan Pablo II

Pbro. Dr. Jaime Fuentes

Tema central

El Santuario mariano uruguayo-argentino en Tierra Santa

Dr. Pedro Gaudiano

Documentos

Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 

Congregación para la Doctrina de la Fe

Iglesia

Desafío latinoamericano: frente a chamanes y hechiceros, custodiar la "gran tradición católica"

Zenit – Forum Libertas

Familia y Vida

Declaración sobre el proyecto de ley de regulación de la unión concubinaria

Conferencia Episcopal del Uruguay

Familia y Vida

Razones para votar en contra del proyecto de legalización de las uniones concubinarias

Instituto Pastoral de Bioética Juan Pablo II

Doctrina Social

Carta Pastoral del Obispo de Querétaro

Mons. Mario De Gasperín

Oración

Regina Caeli

Catecismo de la Iglesia Católica - Compendio

 

 

Mayo, mes de la alegría

 

Equipo de Dirección

 

1.      El mes de María.

“¿Por qué ha sido escogido el mes de mayo como el mes durante el cual ponemos más especialmente a lo vivo nuestra devoción a la Santísima Virgen?

Seguramente es porque en el mes de mayo [en el hemisferio norte] es cuando la tierra se adorna con hierba nueva llena de frescura; ya han pasado los fríos desapacibles, el ambiente desabrido del invierno; incluso las molestias del viento fuerte y de las lluvias del comienzo de la primavera han quedado atrás. Es porque árboles, plantas, jardines enteros se llenan de flores. Es porque los días son más largos, el sol despierta antes y se acuesta más tarde. Esta explosión de alegría que se exterioriza en la naturaleza se hace compañera espontánea de nuestra devoción a Aquella que es llamada Rosa mística y Casa de Oro.

Incluso en latitudes en las cuales el mes de mayo arrastra aún inclemencias del tiempo, sigue siendo el mes de las promesas y de la esperanza: nos anuncia, como un buen presagio, la luz y el sol. El buen tiempo llegará. “La explosión de la hermosura –dice el profeta- aparecerá y no nos engañará; si tarda, aguardadla, porque con seguridad vendrá, y no faltará”.

Así pues, mayo es el tiempo, si no de la realización, al menos sí de las promesas: ¿y no es éste el aspecto bajo el que podemos, con razón, considerar a la bienaventurada Virgen María, a quien se lo dedicamos?

También dijo el profeta: “brotará un tallo de la raíz de Jesé, y una flor surgirá de la raíz”. ¿Quién es la flor, sino nuestro Señor? ¿Cuál es el tallo, la hermosa planta donde se abre la flor, sino María, Madre de nuestro Señor; María, Madre de Dios?

Está predicho que Dios vendría a la tierra. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, ¿de qué manera se anunció su venida? Por medio del ángel que vino a saludar a María. “Salve, llena de gracia –dijo Gabriel-, el Señor es contigo”. “Bendita tú eres entre todas las mujeres”. Era, pues, Ella misma la promesa segura de que el Señor venía.

Por todo esto, el mes de mayo ha de ser, con un título especial, el mes de María”.

(Cardenal John Henry Newman, Rosa Mística, Ediciones Palabra, Madrid, 1982, pp. 31-32).

 

En este número de “Fe y Razón”, dedicado a la Virgen María, nuestra sección central tiene sólo dos artículos; pocos, pero muy buenos:

  • El Pbro. Jaime Fuentes nos muestra cómo el Magisterio mariano del Papa Juan Pablo II ilumina la doctrina católica sobre la cooperación de María en la obra redentora de Cristo y lo relaciona con la solemne proclamación de María como Madre de la Iglesia que el Papa Pablo VI realizó durante el Concilio Vaticano II.
  • El Dr. Pedro Gaudiano nos recuerda la historia de un impresionante testimonio de la devoción mariana de los católicos uruguayos y argentinos de fines del siglo XIX: la construcción de un santuario mariano en Tierra Santa, en el “Huerto Cerrado” del Cantar de los Cantares, impulsada por Mons. Mariano Soler, primer Arzobispo de Montevideo.

 

2.      Una grave amenaza contra la familia en el Uruguay.

Según los informes de la prensa uruguaya, sería inminente la aprobación del proyecto de ley de unión concubinaria por parte de la Cámara de Representantes. Dicho proyecto de ley, que cuenta con media sanción en el Senado desde el año pasado, daría reconocimiento legal a las uniones concubinarias heterosexuales u homosexuales y les concedería derechos análogos a los del matrimonio. Además suprimiría el deber de fidelidad conyugal cuando los esposos no viven de consuno.

Por esta razón, publicamos la Declaración de la Conferencia Episcopal del Uruguay en contra de referido proyecto de ley y un informe del Instituto Pastoral de Bioética “Juan Pablo II” (de la Arquidiócesis de Montevideo), que presenta detalladamente numerosas y graves razones para votar en contra del mismo proyecto.

Además, en la sección “Documentos” publicamos la “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política” emitida en 2002 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el Cardenal Joseph Ratzinger (actual Papa Benedicto XVI). Destacamos aquí el siguiente pasaje del n. 4 de esa Nota doctrinal:

“Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. […]

Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuanto tales, reconocimiento legal.”

Según la doctrina de la Iglesia, entonces, el rechazo del proyecto de ley de unión concubinaria es una exigencia ética fundamental e irrenunciable.

 

A quienes quieran movilizarse contra este proyecto, les recomendamos visitar el sitio web “Cultura de la vida”, en: http://es.geocities.com/yazgur1/index.htm . Desde allí se puede enviar mails a los legisladores uruguayos.

 

3.      Dos buenas noticias del Equipo de “Fe y Razón”.

Tenemos el agrado de comunicarles dos buenas noticias relativas al Equipo de “Fe y Razón”:

·        El domingo 29 de abril nuestro colaborador Miguel Pastorino fue ordenado Diácono del clero secular de la Arquidiócesis de Montevideo. Felicitamos a Miguel y rogamos al Señor que bendiga copiosamente su persona y su ministerio diaconal.

·        Se ha incorporado como colaborador de “Fe y Razón” el Pbro. Antonio Bonzani, sacerdote misionero italiano del clero secular, residente en Montevideo desde hace 35 años. El Pbro. Bonzani es Doctor en Teología, Vice Gran Canciller de la Facultad de Teología del Uruguay, Director del Centro de Formación Pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo (que agrupa catorce Institutos Pastorales diferentes) y Párroco de Nuestra Señora de Lourdes, en el barrio de Malvín. Damos una cálida bienvenida al Padre Antonio y agradecemos su generosa disponibilidad para contribuir con “Fe y Razón”.

 

Como conclusión, rogamos a la Virgen María, Auxiliadora de los cristianos, que guíe a los Obispos reunidos en Aparecida, para que la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que está por comenzar, encuentre y señale los caminos más adecuados para desplegar en nuestra región una evangelización nueva.

 

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El Magisterio mariano de Juan Pablo II

 

Jaime Fuentes

 

Si analizamos el arco completo del magisterio mariano de Juan Pablo II (1), salta a la vista un hecho que reclama explicación: todo el magisterio de Juan Pablo II está empapado en la mediación materna de la Virgen. Por esto debemos preguntarnos: ¿cuál es el motivo por el que el Santo Padre ha desarrollado de una forma tan extensa -sin parangón con otro pontificado-, tan profunda, tan clara y perseverante esta enseñanza?

 

La corona de la Iglesia

 

Es imprescindible, a mi juicio, mirar atrás y revivir lo que ocurrió en Roma hace más de cuarenta años, exactamente el 21 de noviembre de 1964. Acababa de terminar la tercera sesión del Concilio Vaticano II, en la que había sido aprobada por los obispos y promulgada por el Papa Pablo VI la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, el documento más importante de todo el magisterio conciliar, que en su capítulo octavo y último trata de La Santísima Virgen en el misterio de Cristo y de la Iglesia”.

Reunidos los obispos en la Basílica de Santa María la Mayor, Pablo VI pronuncia un discurso que pasará a la historia, porque en él proclamó solemnemente a la Virgen “Madre de la Iglesia”. Antes de hacerlo, y esto tiene especial importancia, explica que todo el capítulo octavo de la Lumen gentium es “el vértice y la corona” (2) de la Constitución sobre la Iglesia, lo cual quiere decir que, para comprender el misterio de la Iglesia, hay que comprender el misterio de la Virgen: porque, agregó el Papa, “el conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María será siempre la llave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia”. (3)

Cuando Juan Pablo II comienza su misión de Sucesor de Pedro, el propósito que lo guía –así lo explica desde su primera encíclica hasta la Novo millenio ineunte- es que se haga vida en la Iglesia el magisterio del Concilio. Teniendo esto presente, se ve la trascendencia de la declaración que hizo en Polonia apenas cinco meses después de comenzar su pontificado: interpretando auténticamente (es decir, con su autoridad de Pastor supremo de la Iglesia) el capítulo octavo de la Lumen gentium, lo sintetizó en esta íntegra expresión: “¡Todo por medio de María!”

Considerando esta totalidad, ¿cómo sorprenderse de que en el magisterio del Papa siempre esté presente la mediación materna de la Santísima Virgen, si de Ella recibe la comprensión de su ser y de su obrar?

La totalidad abarca las realidades grandes y menudas que componen la vida física y la vida espiritual de cada uno de los hombres. María es para la mujer su modelo y quien le enseña el divino misterio de la maternidad; la Madre explica a sus hijos el sentido del dolor y los consuela, precediéndoles, cuando lo sufren; Ella intercede por quienes no tienen libertad; María es la que enseña a contemplar a su Hijo en la Eucaristía, para continuar en el mundo la obra redentora de la Iglesia, nacida del misterio de la Cruz con su cooperación: ¡Ella es la Madre de la Iglesia!...

A lo largo de su pontificado, de la fuente de la Sagrada Escritura, de la Tradición, e inspirándose en la enseñanza del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II ha formado un tesoro de doctrina y de piedad sobre la mediación materna de la Virgen, de incalculable riqueza. Con este patrimonio, la Iglesia del tercer milenio tiene los recursos que necesita para responder a los desafíos del tercer milenio.

Con dolores de parto

 

La idea clave del Papa es que la mediación de la Virgen es una mediación materna. Se justifica repetirlo una vez más, porque es aquí –en el hecho de la mediación y en su carácter materno- donde el magisterio pontificio ha marcado el énfasis.

El cardenal Ratzinger, comentando la encíclica Redemptoris Mater, hizo notar que en ella el título “mediadora” se encuentra muy raramente, “más bien de pasada y en citas. Por el contrario, todo el peso estriba en la palabra ‘mediación’”. Esto quiere decir que “el acento se pone en la acción, en la misión histórica; el ser sólo resulta visible a través de la misión, a través de la actividad histórica”. (4) (En efecto, sólo cinco veces, dos de ellas en notas, aparece en la encíclica la palabra “mediadora”; “mediación”, en cambio, se encuentra en el texto 36 veces).

La misión de María, como repetidamente lo ha enseñado Juan Pablo II, ha sido traer al mundo a Jesucristo y, poniéndose al servicio de su obra redentora y cooperando activamente con ella, ayudar a que Cristo viva en los hombres. Su mediación materna está “ordenada al nacimiento continuo de Cristo en el mundo”. Hay que percibir, en consecuencia, que “la vida surge, no por el hacer, sino dando a luz, y exige, por tanto, dolores de parto”. (5)

La comprensión del quehacer de María, paradigma del obrar de la Iglesia, debe necesariamente reflejarse en nuestro tiempo: la “nueva evangelización” predicada incansablemente por el Papa se concretará, en definitiva, en la medida en que Cristo viva en los hombres e informe su existencia y su cultura. Este es un verdadero “trabajo de parto”, que necesariamente lleva consigo el dolor.

La humanidad, a pesar de las apariencias, sigue esperando la revelación de los hijos de Dios y vive de esta esperanza, como se sufren los dolores del parto, según la imagen utilizada con tanta fuerza por San Pablo en la carta a los Romanos (cf. 8, 19-22) (6) y a la que el Apóstol recurre también en la carta a los Gálatas:Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros” (4, 19). En esta imagen descubre el Papa “la conciencia materna de la Iglesia primitiva (que) permitía y permite constantemente a la Iglesia ver el misterio de su vida y de su misión a ejemplo de la misma Madre del Hijo”. (7)

Captar el misterio de la Iglesia reclama, previamente, considerar que “Iglesia es más que “pueblo”, más que estructura y acción: en ella vive el misterio de la maternidad y del amor nupcial, que hace posible la maternidad” (8), y este misterio sólo puede tratarse con el amor de una madre.

Bajo esta luz adquiere un precioso relieve la exhortación del Concilio a mirar a la Virgen como “ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres”. (9) Nos encontramos, pues, ante un hecho de indescriptible grandeza: si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con Él por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual”. (10)

 

¿Vox populi vox Dei?

 

Como se ve después de estudiar el magisterio mariano pontificio, la “manifiesta mente y voluntad” del Papa es que la mediación materna de la Santísima Virgen, se haga universalmente eficaz arraigándose en la época presente y en la futura. (11) Si todos en la Iglesia debemos “una religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento” (Lumen gentium, n. 25) al Romano Pontífice, no es extraño que en la Iglesia se oigan no pocas voces que instan la definición dogmática de la mediación de María.

No se trata de una propuesta novedosa. Ya en 1922 el Papa Pío XI había nombrado tres comisiones de teólogos, en Roma, Bélgica y España para que estudiasen la posibilidad de definir la mediación de la Virgen, según lo pedía un movimiento encabezado por el cardenal belga Mercier, arzobispo de Malinas. Las comisiones belga y española dieron su parecer afirmativo a la definición; de la comisión romana, hasta hoy no se han conocido quiénes la componían, así como tampoco su dictamen. (12) En todo caso, la petición del cardenal Mercier, así como la que llegó al Concilio Vaticano II, (13) no prosperó.

A comienzos de la década de los noventa, el profesor de Teología y Mariología, Dr. Mark I. Miravalle, de la Universidad de Steubenville (USA) comenzó el movimiento Vox Populi Mariae Medriatrici, con el objeto de solicitar al Papa la definición dogmática de los títulos marianos “Corredentora, Mediadora y Abogada”. En un libro suyo (14), se puede leer el texto de la PETICIÓN dirigida al Santo Padre:

“Su Santidad: con amor filial, los fieles deseamos pedir humildemente que usted, como Vicario de Cristo, solemnemente defina como dogma cristiano la constante enseñanza de la Iglesia sobre el oficio corredentor de María con Cristo, el Redentor de la humanidad. Creemos que tal definición traerá a la luz toda la verdad sobre María, Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu y Madre de la Iglesia. Por tanto, rogamos que el Espíritu Santo le guíe, Santo Padre, a definir y proclamar a la Santísima Virgen como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada del Pueblo de Dios”.

La iniciativa de Vox Populi Mariae Mediatrici tuvo un eco favorable, pues en poco tiempo consiguió reunir más de 5 millones de firmas de más de 150 países, entre ellas las de más de 500 obispos y 42 cardenales. (15) Esto llevó a que en agosto de 1996, con ocasión del XII Congreso Mariológico Internacional que se iba a celebrar en Czestochowa, la Santa Sede pidiera a la Pontificia Academia Mariana Internacional que diera su parecer sobre “la posibilidad y la oportunidad de la definición de los títulos marianos” propuestos. Al Congreso le “pareció oportuno constituir una Comisión, escogiendo quince teólogos específicamente preparados en la materia, que pudieran conjuntamente discutir y analizar la cuestión propuesta con una reflexión madura. (…) Se trató, además, de enriquecer este grupo de estudio, añadiéndole, como miembros externos, algunos teólogos no católicos presentes en el Congreso”. (16)

Como fruto de su trabajo, la Comisión emitió una breve Declaración, publicada en L’Osservatore Romano casi un año más tarde, que en síntesis afirma:

1) “Los títulos, tal como son propuestos, resultan ambiguos, ya que pueden entenderse de maneras muy distintas”.

2) “Por lo que atañe al título de Mediadora”, recuerda que la Santa Sede, a principios del siglo XX, dejó de lado la propuesta del cardenal Mercier.

3) Los títulos y la doctrina contenida en ellos “necesitan aún una mayor profundización en una renovada perspectiva trinitaria, eclesiológica y antropológica”.

4) “Los teólogos, y de modo especial los no católicos, se manifestaron sensibles a las dificultades ecuménicas que implicaría una definición de dichos títulos”.

 

Como se ve, la PAMI respondió con exactitud a lo que se le había solicitado: se opone a la definición dogmática de los tres títulos, tal como eran propuestos (17). Importa especialmente esta precisión, desde el momento en que teólogos de prestigio afirman con autoridad que el título de “Corredentora” y el término “corredención”, aunque han sido evitados en los documentos del magisterio desde Pío XII (Juan Pablo II prácticamente tampoco los ha utilizado) “son los que mejor expresan la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la naturaleza de la cooperación de la Virgen a la obra de la salvación” (18): el cardenal Georges Cottier, teólogo de la Casa Pontificia, por ejemplo, el 29 de mayo de 2002 intervino en una teleconferencia organizada por la Congregación para el Clero, con una ponencia sobre “La Corredención”. (19)

No obstante estas divergencias de enfoques teológicos, se impone el hecho indudable de que un movimiento como Vox Populi Mariae Mediatrici, adquirió en pocos años una adhesión muy significativa: 5 millones de fieles de todo el mundo, 500 obispos y 40 cardenales firmaron la carta al Papa. Esto expresa un sentimiento de fe cuya importancia debemos valorar ahora en su justo relieve.

 

Las razones del corazón

 

El 30 de diciembre de 1991, la revista norteamericana TIME, siguiendo su praxis habitual, publicó en el último número del año las fotografías de los acontecimientos de mayor relieve internacional: la guerra del Golfo, el exterminio de los kurdos, el intento de golpe de Estado en Rusia, la guerra en Yugoslavia, la revolución de Etiopía, el éxodo de cien mil albaneses en busca de la libertad… En la tapa de la revista, una reproducción de la Madonna del Granduca, de Rafael, contrastaba la paz de su rostro con la crueldad de la vida de los hombres.

El título de la ilustración era sorprendente: The search for Mary, la búsqueda de María. En el artículo de fondo de la revista se encuentran afirmaciones como éstas: “Aunque la presencia de la Virgen ha empapado a Occidente durante centenares de años, todavía queda sitio para admirarla, ahora tal vez más que nunca (…) Un renacimiento popular de la fe en la Virgen se está dando a lo largo de todo el mundo. Millones de devotos llenan sus santuarios, muchos de ellos gente joven” (p. 48).

Para probar su afirmación, TIME se fija en cinco ejemplos, cuatro de ellos europeos y uno de Estados Unidos:

“En Lourdes, el mayor de los 937 santuarios de peregrinación de Francia, la asistencia anual en los últimos dos años ha aumentado en un 10%, alcanzando los 5 millones y medio de fieles. Muchos nuevos visitantes proceden de Europa Oriental, ahora que tienen libertad de expresar su fe y de viajar. A pesar de la irresistible atracción que tiene Lourdes para los enfermos y los ancianos, un 10% de los fieles, en estos días, son de 25 años o menores.

En Knock, Irlanda, las colas de fieles se alargaron notablemente después de la visita que hizo el Papa Juan Pablo II al santuario en 1979. Desde entonces, la asistencia se ha duplicado, alcanzando un millón y medio de personas por año.

Fátima, en Portugal, atrae a una constante multitud de 4 millones de peregrinos cada año, de una variedad de países cada vez más amplia”.

En Czestokowa, Polonia, la asistencia al santuario de la Virgen Negra ha llegado a los 5 millones anuales, compitiendo con Fátima y Lourdes, desde que Juan Pablo II lo visitó en 1979”.

En Emmitsburg, Maryland, la asistencia se ha duplicado el año pasado, alcanzando los 500.000 fieles en uno de los más antiguos de los 43 principales santuarios marianos de Estados Unidos: el Santuario Nacional de Nuestra Señora de Lourdes” (p. 48).

La información de TIME tiene interés, tratándose de un medio de prensa de los más influyentes del mundo, que “en los temas doctrinales y éticos, en la información sobre la Iglesia Católica, etc., bajo una apariencia de objetividad puede calificarse de materialista sin estridencias, con un cierto fondo de indiferentismo religioso, a veces irónico”. (20) No obstante su orientación, la revista terminaba así el artículo:

“Parece claro que el mundo está implorando muchas cosas a María y que de alguna manera las está recibiendo. (…) Cualquiera que sea el aspecto de María que la gente prefiera destacar y abrazar, es seguro que todos los que la buscan encuentran en ella algo que sólo una madre santa puede dar (p. 52).

Decíamos que la adhesión recogida por el movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici era reflejo de un sentimiento de fe digno de destacarse. El descubrimiento de la revista norteamericana -ajena en sus enfoques al mundo católico-, de la búsqueda de María en todo el mundo, es también una expresión que va en la misma línea. (En Uruguay, país “laico”, la Virgen de los Treinta y Tres, a quien el Papa visitó en Florida en 1988; la Virgen del Verdún, en Minas; los santuarios de Nuestra Señora de Lourdes y de la Medalla Milagrosa, en Montevideo, cada año registran asimismo asistencias de centenares de miles de fieles).

Este recurso extraordinario a la Madre de Dios debe, a nuestro juicio, valorarse teológicamente como la expresión no sólo del sentido sobrenatural de la fe (sensus fidei) que siempre han vivido las generaciones de cristianos en la intercesión maternal de María, sino, más aún, de un sentimiento común de todo el pueblo cristiano que, en las horas inciertas del fin de siglo y del comienzo del nuevo milenio, busca como por instinto su refugio en la mediación de la Madre.

Dicho de otra manera, se está verificando por la vía afectiva (21) que el sensus fidei sobre la mediación materna de la Virgen ha llegado a ser un consensus fidelium, un verdadero consentimiento unánime de los fieles. ¿Cuál es la valoración de este hecho? La respuesta se encuentra en la Lumen gentium:

“La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. I Io 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando ‘desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos’ (S. Agustín, De Praed. Sanct. 14, 27) presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres” (n. 12).

 

Una tomografía de nuestro tiempo

 

1991 fue el año en que Juan Pablo II viajó por segunda vez a Fátima, con el doble propósito de agradecerle a la Virgen su mediación materna en la caída del comunismo y para rogarle por este incierto tiempo nuestro… ¿Cómo han evolucionado las cosas desde entonces hasta hoy?

En la Audiencia general del 24 de marzo de 2004 víspera de la fiesta de la Anunciación del Señor, Juan Pablo II iba con su pensamiento a algunos momentos significativos del inicio de su pontificado: “al 8 de diciembre de 1978, cuando en Santa María la Mayor, consagré la Iglesia y el mundo a la Virgen; al 4 de junio del año siguiente, cuando renové esa consagración en el santuario de Jasna Gora. En particular, pienso en el 25 de marzo de 1984, Año santo de la Redención. Han transcurrido veinte años desde ese día, cuando en la plaza de San Pedro, en unión con todos los obispos del mundo, “convocados” con anterioridad, quise consagrar la humanidad entera al Corazón Inmaculado de María, respondiendo a lo que Nuestra Señora había pedido en Fátima.

La humanidad vivía entonces momentos difíciles, de gran preocupación e incertidumbre. A veinte años de distancia, el mundo sigue aún terriblemente marcado por el odio, la violencia, el terrorismo y la guerra. Entre las numerosas víctimas que registra la crónica de cada día, se encuentran muchas personas inermes, heridas mientras cumplen su deber.

(…) Mucha sangre se sigue derramando hoy en numerosas regiones del mundo. Sigue habiendo urgente necesidad de que los hombres abran su corazón a un esfuerzo valiente de comprensión recíproca. Cada vez resulta más grande el anhelo de justicia y paz en todas las partes de la tierra.” (22)

El panorama del mundo, sin exageración y en dos palabras, puede describirse como una densa noche.

En junio de 2003, recogiendo las opiniones de los obispos europeos, Juan Pablo II publicó la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, en la que expone cuál es la situación religiosa y cultural del continente. Más que una radiografía, se trata de una verdadera “tomografía” que, globalización mediante, cada día tiene mayor validez también en nuestros países de América. Aunque la cita es extensa, su contenido la justifica:

La época que estamos viviendo, con sus propios retos, resulta en cierto modo desconcertante. Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. (…)

Entre los muchos aspectos indicados con ocasión del Sínodo, quisiera recordar la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia.

(...) En el Continente europeo no faltan ciertamente símbolos prestigiosos de la presencia cristiana, pero éstos, con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada.

Esta pérdida de la memoria cristiana va unida a un cierto miedo en afrontar el futuro. La imagen del porvenir que se propone resulta a menudo vaga e incierta. Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos de esta angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio.

Se está dando una difusa fragmentación de la existencia; prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes de conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes racistas, las mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios. Para muchos, la globalización que se está produciendo, en vez de llevar a una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra. (…)

En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre, por lo que no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria. La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera.

(…) De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno. Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una "cultura de muerte". (23)

 

Conocido el diagnóstico, ¿existe algún remedio para enfrentar con éxito esta grave enfermedad que ya es epidemia? En la Audiencia del 24 de marzo de 2004 Juan Pablo II respondía:

“Recurriendo a Cristo, por medio de María. A la Virgen Santísima repito también hoy la súplica que le dirigí entonces:

Madre de Cristo, aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal. Que transforme las conciencias. Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz de la esperanza”. (24)

“Recurrir a Cristo por medio de María” pide el Papa con razón. Porque, ¿cómo dudar de la eficacia de su mediación materna después de “la caída del muro”, gracias a la cual millones de hombres y mujeres hoy disfrutan de libertad? A su vez, ¿cómo no recordar que Juan Pablo II, además de la oración, puso todos los medios a su alcance para alcanzarla?

El llamamiento del Papa a llevar a cabo la “nueva evangelización” del mundo (trabajo que costará gozosos “dolores de parto”), y la necesidad de que todos en la Iglesia nos lancemos “mar adentro”, a un apostolado incisivo, es la respuesta a la enfermedad. En estas circunstancias, la Iglesia necesita, sobre todo, luz para caminar con seguridad en la noche. ¿Dónde encontrarla? El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro”. (25)

Hace ocho años la PAMI dio su parecer negativo a la propuesta de definición dogmática de tres títulos marianos, recomendando una mayor profundización. Desde entonces hasta hoy se puede verificar que:

PRIMERO: la Iglesia goza de la clarificación doctrinal, hecha por Juan Pablo II, de todos los aspectos teológicos discutidos acerca de la mediación materna de la Santísima Virgen. (26)

SEGUNDO: el diagnóstico de los obispos europeos, asumido por el Papa en Ecclesia in Europa, afecta a todo el mundo (con excepción de África, esperanza ignorada de Occidente).

TERCERO: cada día aparece con mayor evidencia (corrupción a todos los niveles, mentiras, odios, violencias inauditas…) que debemos luchar “contra las dominaciones de este mundo de tinieblas” (Ef 6, 12).

CUARTO: movidos por el magisterio pontificio (“palabras” y “hechos”), se verifica un verdadero consenso de los fieles en el recurso a la mediación maternal de la Virgen.

En este contexto, pues, hay que subrayar que “ese sentimiento común del pueblo fiel es por sí solo criterio suficiente, aun sin el raciocinio teológico, para que el pontífice o el concilio, bajo la asistencia infalible del Espíritu Santo, puedan definir tal verdad como dogma de fe, como legítimo desarrollo dogmático. (…) Cualquier medio humano que le certifique (a la Iglesia) de la existencia explícita o implícita de una verdad en el depósito revelado es medio suficiente para que, asistida por el Espíritu Santo, pueda definir esa verdad. Entre esos medios figura el sentir del pueblo fiel tanto o más que el raciocinio teológico”. (27)

Conviene recordar, no obstante, como afirmaba la Declaración de Chestochowa que “los teólogos, y de modo especial los no católicos, se manifestaron sensibles a las dificultades ecuménicas que implicaría una definición dogmática”. Es una advertencia prudente, ya que los logros ecuménicos alcanzados durante el actual pontificado podrían frustrarse con un paso en falso.

Pero, al mismo tiempo, no se puede olvidar que ha sido precisamente Juan Pablo II, universalmente reconocido por los históricos avances conseguidos a favor de la unidad de los cristianos, quien en el documento más audaz que se haya escrito sobre el ecumenismo reafirmó la infalibilidad papal –no podía no hacerlo- como un servicio a la unidad de los cristianos:

Corresponde al Sucesor de Pedro recordar las exigencias del bien común de la Iglesia, si alguien estuviera tentado de olvidarlo en función de sus propios intereses. Tiene el deber de advertir, poner en guardia, declarar a veces inconciliable con la unidad de fe esta o aquella opinión que se difunde. Cuando las circunstancias lo exigen, habla en nombre de todos los Pastores en comunión con él. Puede incluso -en condiciones bien precisas, señaladas por el Concilio Vaticano I- declarar ex cathedra que una doctrina pertenece al depósito de la fe. Testimoniando así la verdad, sirve a la unidad.” (28)

Por lo demás, el mismo autor antes citado, explicando cómo se verifica en la Iglesia el desarrollo de los dogmas, añade una ulterior consideración:

“Parece como si los dogmas todos referentes a María hubiesen sido confiados a la custodia y explicación del corazón amante del sencillo y fiel pueblo cristiano, tanto o más que al raciocinio de la teología especulativa. Es que (…) los dogmas todos referentes a la Virgen tienen por fuente su digna maternidad divina, y los requisitos o postulados de la “digna maternidad” se perciben mejor con el amante y vivo corazón del hijo que con la fría y seca lógica del sabio”. (29)

 

Un asunto de familia

 

Es posible que, nada más mencionar la posibilidad de definir el dogma de la mediación materna de la Virgen, renueve reacciones como esta que André Frossard –“mi querido amigo, ya desaparecido”, lo recordaba el Papa (30)- retrataba con su agudo buen humor:

“Hace unos veinte años, cuando se trató de promulgar el dogma de “María Mediadora”, en todos los periódicos (de Francia) resonaron las protestas, lo cual me llenó de estupor. Porque, a fin de cuentas, la mediación es natural en la mujer. Ellas son las que median entre el padre y los hijos, entre los hermanos, entre el marido y el vecino, entre la nada y la vida, puesto que ellas son las que paren, entre la familia y el infortunio, ya que los hombres suelen delegar en ellas su representación en los duelos e, incluso, entre nosotros y Dios, ya que ellas van más a menudo a la iglesia. Apurando la lógica de los objetores, sacaríamos la sorprendente conclusión de que todas las mujeres pueden ser mediadoras menos la Virgen María. (31)

En todo caso, es verdad que una definición dogmática requiere considerar otros factores. Por una parte, como señala Schmaus, “la historia de la Iglesia enseña que, pese a ciertas apariencias en contrario, ha sido siempre una situación de amenaza para la Iglesia la que ha conducido a la formulación de dogmas” (32). En este sentido, ¿es necesario abundar en la gravedad del diagnóstico de los obispos europeos, recogido en Ecclesia in Europa?

Por otro lado, como dice el mismo autor, “de la infalibilidad de una decisión eclesiástica hay que distinguir su oportunidad. La infalibilidad no garantiza en todos los casos su oportunidad”. (33) En otras palabras, ¿sería oportuna la definición dogmática de la mediación materna de la Santísima Virgen? Exponemos algunas reflexiones.

Tratándose de la Madre no se puede, a mi juicio, pasar por alto un hecho de orden afectivo, una demostración de amor filial que la Iglesia debe a la Virgen desde hace cuarenta años. ¿Cómo olvidar que el Concilio no hizo suyo el deseo de Pablo VI de que María fuera proclamada “Madre de la Iglesia”? Es verdad que los obispos aplaudieron entusiasmados cuando el Papa tomó la decisión de hacerlo por su propia iniciativa, al terminar la tercera sesión; pero no lo hizo el Concilio. (34)

La Madre olvida los desaires de sus hijos… Pero, así como la Iglesia ha pedido perdón por los errores cometidos por sus hijos a lo largo de la historia, y teniendo a la vista los cuidados maternales de María, especialmente con nuestra generación “posconciliar”, ¿no debería reconocerlo y proclamar solemnemente su mediación materna?

 El cardenal Ratzinger ilumina otro aspecto del problema:

“Una eclesiología puramente estructural hará degenerar a la Iglesia en un programa de actuación. Sólo mediante lo mariano se concreta también plenamente el ámbito afectivo en la fe, y con ello se alcanza la correspondencia humana a la realidad del Logos encarnado. En este punto veo yo la verdad de la expresión “María, vencedora de todas las herejías”: donde se da ese enraizamiento afectivo, existe la vinculación “ex toto corde” –desde el fondo del corazón- con el Dios personal y su Cristo, y resulta imposible la refundición de la cristología en un “programa” de Jesús, que puede ser ateo y puramente material: la experiencia de estos últimos años corrobora hoy de manera asombrosa lo acertado de estas viejas palabras.” (35)

La experiencia de estas últimas décadas, en las que la Iglesia ha sufrido y sufre el avance imparable de las sectas, el desafecto y la apostasía, han llevado a reaccionar planificando estrategias, multiplicando estructuras eclesiásticas… ¿No habrá llegado el tiempo de que recupere su conciencia materna, según el modelo de María, disfrutando de la certeza revelada de su mediación?

Por otra parte, si la Iglesia del siglo XXI necesita, sobre todo, mujeres formadas a semejanza de su Madre (generosas hasta el heroísmo, abnegadas hasta amar la Cruz, audaces y perseverantes, amantes de la familia y expertas en humanidad) que las precede, intercede por ellas y las anima: ¿no sería un motivo de luminosa esperanza gozar de la seguridad infalible de la mediación materna de Aquella a quien invocamos en Uruguay como “Capitana y Guía?”

Vivimos en una época de “pensamiento débil”, de un subjetivismo que todo lo relativiza y, simultáneamente, la nuestra es una época de credulidad, en la que encuentran su lugar “de fe” las fantasías más asombrosas. ¿No es razonable pensar que muchas personas sedientas de certezas se acercarían a la Iglesia, atraídas por la seguridad divina de la mediación materna de la Virgen?

Por otra parte, frente a los fanatismos que promueven el odio y la violencia, y frente a la realidad de un pluralismo religioso cada día mayor, ¿no supondría una maternal invitación a la convivencia fraterna proclamar y celebrar que la Madre que intercede ante Dios es Madre de cada mujer y de cada hombre de nuestro planeta?

Se podría objetar: si el Papa no intervino con un acto de magisterio extraordinario en temas de tanta relevancia como el aborto y la eutanasia, ¿por qué habría de hacerlo definiendo la mediación materna de la María, que es pacíficamente aceptada y vivida en la Iglesia?

Habría que considerar que, en los temas mencionados, la enseñanza del Papa, fundamentada en la Revelación y en la razón, se dirige a todos los hombres; en el caso que nos ocupa, se trata de un serio y amable “asunto de familia”…

 

Es tiempo de desafíos

 

¿Qué podemos esperar? Sólo el Espíritu Santo lo sabe… (A la vuelta de 40 años de la clausura del Concilio Vaticano II, en el que participaron cono observadores miembros de las Iglesias hermanas y de distintas Confesiones cristianas, de a ratos pienso en un encuentro ecuménico mariano, unidos todos en la alabanza a la Virgen Santísima: es de bien nacidos ser agradecidos...). En todo caso, ayudará no poco a completar nuestro cuadro la opinión de uno de los grandes teólogos del siglo XX, el cardenal Charles Journet (36). Importan especialmente sus conceptos sobre la relación entre María y la Iglesia, para dar mayor luz a lo que hemos expuesto.

Al terminar su profundo “Ensayo sobre el desarrollo del dogma mariano” escribió:

“Antes de llegar a tomar plena conciencia de los efectos de la Redención, y de poder formularlos explícitamente (en las definiciones dogmáticas) la Iglesia debe comenzar por probarlos en su propia carne. Es después de haberlos comprobado, después de haber tomado conciencia, de habérselos explicitado a sí misma, que ella puede comprender, por el mismo movimiento, en virtud de un conocimiento por connaturalidad, y como por intuición, lo que esos efectos de la Redención han podido ser en María, la primera de los redimidos y destinada a dar a luz no sólo cristianos, sino a Cristo”.

 

No se pueden leer estas palabras sin recordar lo que Juan Pablo II escribió en su primera encíclica –la Iglesia siempre y en especial en nuestros tiempos tiene necesidad de una Madre (37) y la conciencia de maternidad que ella debe cultivar para llevar a cabo su misión.

Por otra parte, “para la Iglesia el tiempo es necesario, las pruebas le son necesarias y los “desafíos” que tiene que enfrentar, no sólo de parte de sus adversarios, sino también de la ignorancia, de la torpeza, de la mediocridad, de los pecados de sus hijos. Incluso, todo el devenir de la historia, sus progresos, sus catástrofes, le son necesarios a la Iglesia, para obligarla a tomar conciencia, en forma progresiva, cada vez más amplia y más explícita de su propio misterio”.

 

¿Cómo no recordar el tiempo inmediato posterior al Concilio, del que Pablo VI se lamentaba con tristeza, llorando porque la Iglesia estaba “destruyéndose a sí misma”? Negaciones de las verdades de la fe, innovaciones litúrgicas arbitrarias, defecciones sacerdotales y religiosas, desobediencias… Después de un cuarto de siglo las aguas se han serenado, y Juan Pablo II ha señalado a la Iglesia que el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza es hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: (38) un verdadero hogar en el que conviven los hermanos, hijos de una misma Madre, unidos en un idéntico propósito corredentor. Si faltara este espíritu nos encontraríamos indefensos frente a las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. (39)

“En la misma medida, continúa Journet, el tiempo, las pruebas, los “desafíos”, el devenir de la historia, sus progresos y sus catástrofes, le son necesarios a la Iglesia para que ella pueda conocer, de alguna manera por vía de inclinación, de conocimiento experimental y afectivo, lo que era cuando, frente a Cristo, se encontraba enteramente recapitulada en María; y también para que ella (la Iglesia) pueda conocer todo lo que es ahora por María. En efecto, ha sido necesario, en un momento, que la Iglesia fuese lo que era por medio de María, para que sea lo que es hoy por sí misma. En el orden de la santidad, que es la mayor de las dignidades, María es, alrededor de Cristo, como la primera ola de la Iglesia, generadora de todas las otras, hasta el fin de los tiempos”.

 

De la situación interior de la Iglesia se ha pasado a su relación con el mundo. Estamos ya en el tercer milenio y somos testigos de cambios que nadie pudo predecir: mientras naciones enteras, que estuvieron cerradas durante décadas a la predicación del Evangelio, de la noche a la mañana abrieron sus puertas a Cristo, otros países, de raíces profundamente católicas, parecen aborrecer la fe recibida en herencia. En ellos parece dominar, en el mejor de los casos, la moda del “believing without belonging”: “creo en Dios pero no en la Iglesia”; “creo en un Ser Superior”; “soy creyente a mi manera”…

Así, recapitulada en María, se encontraba la Iglesia cuando Cristo entregó su vida para redimir a todos los hombres: sola ante el rechazo de Jesús por parte de los hombres, María es, sin embargo, la que sostendrá la fe y la esperanza de sus discípulos (hijos suyos son), y mantendrá encendido el fuego apostólico de los primeros cristianos.

Journet se ha referido a los “terribles desafíos” que el mundo le lanza a la Iglesia. Para ganar esta batalla (supongo que nadie duda de que se trata de una verdadera guerra) el Papa ha puesto en campaña a toda la Iglesia convocándola a la “nueva evangelización”.

“Cada vez la causa de María será la causa de la Iglesia y del pueblo cristiano; y cada vez la causa del pueblo cristiano será la causa de María; y estas dos causas, la de María y la del pueblo cristiano, serán siempre, ante todo, la causa del mismo Cristo”.

 

La “causa de Cristo” son sus ansias de nacer y vivir en los corazones de los hombres y mujeres de este tiempo nuestro: hay que darlo a luz, con dolores de parto, y es por completo necesaria, con “necesidad de medio”, (40) la cooperación materna de María.

Journet ilustraba con ejemplos de la historia cómo las definiciones del dogma mariano

“se corresponden secretamente con los grandes acontecimientos de la Iglesia. (…) En Éfeso, donde se definió la divinidad de Cristo y la Maternidad divina de María, lo que estaba inmediatamente en juego era la naturaleza de Cristo, cabeza de la Iglesia, y las dos realizaciones de su Cuerpo místico, una personal en María, otra colectiva en la Iglesia.

Más tarde, después de la catástrofe de la cristiandad medieval, es la necesidad de la redención de Cristo por todos los hombres, la santidad de esta redención, la firmeza de sus efectos en la Iglesia y en María; en resumen, toda la realización del Reino que no es de este mundo, lo que el dogma de la Inmaculada Concepción predicará a una civilización que niega el pecado, que ha perdido el sentido de su dependencia de la Cruz de Cristo, y que habla de poner su esperanza en los recursos de la aventura humana”.

 

En su ensayo, escrito apenas cuatro años después de la definición dogmática de la Asunción corporal de María a los cielos, Journet se adelantaba a nuestro tiempo:

“La doctrina de la mediación corredentora de la Virgen, que quizás será definida el día de mañana, recordará a los cristianos que, a imagen de María, unida al sacrificio redentor que su Hijo ofrecía en el Calvario por toda la humanidad, ellos son invitados, en un universo cada vez más solidario económicamente pero cada vez más dividido espiritualmente, a ser en Cristo y por Cristo con toda la Iglesia, no solamente miembros “salvados”, sino miembros “salvadores” de este mundo contemporáneo que les es hostil, y de los millones de almas que encierra”. (41)

 

Una conclusión abierta

 

El último libro de Juan Pablo II, “¡Levantaos! ¡Vamos!”, tuvo como directos destinatarios a los obispos de la Iglesia Católica. Cuando llega al final de sus recuerdos y experiencias de las dos décadas en que sirvió como obispo a la Iglesia en Polonia (1958-1978) y, desde entonces hasta hoy como obispo de Roma, el Papa reflexiona particularmente sobre el misterio de nuestra vocación en la fe y, especialmente, sobre el misterio de nuestra responsabilidad y el valor que necesitamos para corresponder a la vocación. (42)

Esta meditación se puede entender, a mi juicio, como la síntesis del papel que la Providencia quiso reservarle en esta etapa de la historia de la Iglesia y, además de encerrar una riquísima enseñanza para cuantos la lean, cabe comprenderla en el ámbito de su magisterio sobre la Santísima Virgen.

Por una parte, hace ver que la fe, la responsabilidad y la valentía de cada uno de nosotros se inserta en el misterio de la plenitud del designio divino, lo cual es válido para todos: obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Y, además, advierte a los obispos que se necesita nuestra fe, nuestra responsabilidad y firmeza para que el don de Cristo al mundo pueda manifestarse en toda su riqueza.

La fe puede expresarse de innumerables maneras... El Papa se refiere a una fe que no sólo conserve intacto en la memoria el tesoro de los misterios de Dios, sino que también tenga la audacia de abrir y manifestar de modo siempre nuevo este tesoro a los hombres. (43)

Así es como ha actuado Juan Pablo II en su enseñanza sobre la Virgen. Que la Madre de Dios es Madre nuestra, y que ejerce en favor de sus hijos su mediación materna no es ningún descubrimiento doctrinal, pero lo que ha hecho el Papa es abrir el tesoro de este misterio de Dios y desplegarlo de un modo verdaderamente nuevo, con la originalidad del amor vivido, para que sea admirado y valorado en su divina dimensión.

Pienso en Juan Pablo II y veo al montañero de Wadowice… Con blanco y rojo marcan en los montes de Europa las “grandes rutas” de montaña; con blanco y amarillo las ascensiones a los picos. Así, al golpe de sus pisadas y con sangre, el Papa ha señalado el camino que lleva a la cumbre de la Iglesia -la Cruz y la Virgen- para que nadie se pierda en su ascenso.

Pienso en Juan Pablo II y contemplo, en un silencio asombrado, la relación de un hijo muy querido con su Madre. Durante veinticinco años largos este hijo formó a la Iglesia en un amor filial a la Santísima Virgen, pero nadie ignora que, primero, el hijo fue formado por la Madre: la mejor prueba de que Ella es la Madre de la Iglesia ha sido darle un Papa a quien, desde niño, dedicó sus mejores atenciones maternales: en Wadowice, en Kalwaria, en Jasna Gora… ¡en Fátima!

Seguramente han habido, entre la Madre y el hijo, confidencias íntimas que nunca conoceremos. Pero las que el hijo comunicó a la Iglesia están afirmadas con tal sello de autenticidad, que su calificación teológica -¿“magisterio ordinario”, “magisterio informal”?- termina por parecer un tecnicismo superfluo.

El modo en que María participa en la victoria de Cristo yo lo he conocido sobre todo por la experiencia de mi nación”, escribió Juan Pablo II recordando lo que en una ocasión había dicho el cardenal August Hlond, antecesor del cardenal Wyczsinki: La victoria, si llega, llegará por medio de María”.

En efecto, durante los años que estuvo trabajando por la Iglesia en Polonia, el obispo Karol Wojtyla fue testigo del modo en que aquellas palabras se iban realizando. “Después del 16 de octubre de 1978, mientras entraba en los problemas de la Iglesia universal, al ser elegido Papa, llevaba en mí una convicción semejante: que también en esta dimensión universal la victoria, si llega, será alcanzada por María.”

No termina aquí la confidencia-profecía. Destacada en cursiva en el libro asegura que Cristo vencerá por medio de Ella, porque Él quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el mundo del futuro estén unidas a Ella.” (44)

 

 

1) Lo hemos hecho en J. FUENTES, Todo por medio de María. La confianza de Juan Pablo II en la Santísima Virgen, LEA, Montevideo 2004.

2) PABLO VI, María, Madre de la Iglesia, Discurso del 21-XI-1964, n. 20, en CONCILIO VATICANO II, Constituciones. Decretos, Declaraciones. Legislación posconciliar, Madrid 7ª, 1970, p. 1077.

3) Ibid.

4) J. RATZINGER-H.U. VON BALTASAR, María, Iglesia naciente, Madrid 1999, p. 33.

5) Ibid., p. 41.

6) Carta ap. Tertio millenio ineunte, n. 23.

7) Enc. Redemptoris Mater, n. 43.

8) J. RATZINGER, o.c., p. 18.

9) Const. Lumen gentium, n. 65. El subrayado es nuestro.

10) SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Madre de Dios, Madre nuestra, en Amigos de Dios, Madrid 1977, 23ª, n. 281.

11) Homilía de Juan Pablo II en Polonia, 4-VI-1979, en L’Osservatore Romano, 10-VI-1979, p. 12.

12) Cfr. J.L. BASTERO DE ELEIZALDE, Virgen singular. La reflexión teológica mariana en el siglo XX, Madrid 2001, p. 236s.

13) "Es (...) llamativo el elevado número de peticiones ‑algunos centenares‑ que se encuentran en las propuestas que durante la fase antepreparatoria del Concilio Vaticano II hicieron numerosos obispos, superiores religiosos y ateneos teológicos, en favor de una definición dogmática de la mediación de la Virgen. Como es sabido, el Concilio no acogió esta petición, si bien expuso de modo claro la doctrina católica sobre la mediación, que fue uno de los puntos más trabajados del capítulo VIII de Lumen gentium. En la elaboración de esta temática el Concilio no quiso tampoco dirimir problemas que eran aún objeto de discusión entre los teólogos y prefirió detenerse en los elementos esenciales de la fe de la Iglesia sobre este punto. Al mismo tiempo, por motivos de tipo ecuménico, prefirió no usar una terminología que para los protestantes podía resultar difíci1 de aceptar; y así, en vez de referirse a la mediación o a la corredención de la Virgen, utilizó otras expresiones similares para referirse a la cooperación de María en la obra de la salvación”. (J.A. RIESTRA, María en la vida de la Iglesia y de los cristianos (Redemptoris Mater nn. 25‑49), en "Scripta Theologica” (1987), XIX‑3, p. 672).

14) M.I. MIRAVALLE, S.T.D., María, Corredentora, Mediadora, Abogada, Santa Barbara 1993, 80 págs.

15) J.L. BASTERO DE ELEIZALDE, o.c., p. 232. Sobre la relación del movimiento con las supuestas revelaciones de la vidente holandesa Ida Peerdeman, vid. G. SERNANI, Los dogmas de María. Las piedras más preciosas de su su corona, Buenos Aires 2003, pp. 199ss y R. LAURENTIN, Pétitions internationales pour une définition dogmatique de la médiation et la corédemption, en “Marianum” 48 (1996), pp. 446ss.

16) Declaración de la Comisión teológica del Congreso mariológico de Czestochowa, en L’Osservatore Romano, ed. en castellano, 13-VI-1997, p. 12. La Comisión, (se echa de menos en ella la presencia femenina), estaba formada por: P. Paolo Melada y P. Stefanno Cecchin, o.f.m., presidente y secretario de la PAMI; P. Cándido Pozo, s.j. (España); P. Ignazio Calabuig, o.s.m. (Marianum, Roma); P. Jesús Castellano Cervera, o.c.d. (Teresianum, Roma); P. Franz Courth, s.a.c. (Alemania); P. Stefano De Fiores, s.m.m. (Italia); P. Miguel Angel Delgado, o.s.m. (México); Pbro. Manuel Felicio da Rocha (Portugal); P. George Gharib, melquita (Siria); P. René Laurentin (Francia); P. Jan Pach, o.s.p.p.e. (Polonia); Pbro. Adalbert Rebic (Croacia); Pbro. Jean Rivain (Francia); P. Johannes Roten, s.m. (Estados Unidos); P. Ermanno Toniolo, o.s.m. (Italia); mons. Teofil Siudy (Polonia); Pbro. Anton Ziegenaus (Alemania); canónigo Roger Greenacre, anglicano (Inglaterra); Dr. Hans Ch. Schmidt-Lauber, luterano (Austria); P. Gennadios Limouris, ortodoxo (Constantinopla); P. Jean Kawak, ortodoxo (Siria); prof. Constantin Charalampidis, ortodoxo (Grecia).

17) “El prof. Miravalle contestó a esta Declaración de una forma correcta, pero tajante en el fondo, en la que se ratifica en sus propias posiciones y reafirma la voluntad de proseguir en el empeño por lograr la definición dogmática” (J. BASTERO DE ELEIZALDE, o.c., p. 235). Vid. M. MIRAVALLE, In Continued Dialogue with the Czestochowa Commision, 24-VIII-2002, en International Symposium on Marian coredemption entitled “Maria Mater Unitatis”, Downside Abbey, Stratton-on-the-Fosse (www.christendom-awake.org)

18) I. CALABUIG, O.S.M., Un dossier inedito: gli studi di due Commisioni Pontificie sulla definibiltà della mediazione universale di Maria, en “Marianum” 133 (1985) I-II, p. 10s).

19) Se puede consultar en www.clerus.org El artículo fue publicado en la edición italiana de L’Osservatore Romano, 4-VI-2002. Vid. también la obra de JEAN GALOT, Maria, la donna nell’opera della salvezza, Roma, 1991, pp. 239-292 y PIETRO PARENTE, María con Cristo en el designio de Dios, Madrid 1986, pp. 115-129.

20) P.J. DE IRAZAZABAL, voz TIME en GER, vol. XXII, p. 469.

21) Se debe sobre todo al gran teólogo Francisco Marín-Sola, O.P. el desarrollo de la “vía afectiva” como camino para un progreso homogéneo del dogma católico. Vid. C. GARCIA EXTREMEÑO, O.P., El “sentido de la fe” en la teología del progreso dogmático de F. Marín-Sola (1873-1932), en “Studium” (1991), vol. XXXI, fasc. 2, págs. 199-243.

22) Audiencia general, 24-III-2004, en L’Osservatore Romano, 26-III-2004, p. 12. Subrayado nuestro.

23) Exhort. Ap. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, ns. 7-9. Los subrayados son nuestros.

24) Ibid.

25) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 89.

26) Junto con la Declaración de Czestochowa, en la misma página de L’Osservatore Romano fue publicado un comentario de la Declaración, sin firma, que sorprende por su tono casi “dogmático” afirmando, por ejemplo, que “en el caso de la mediación de María, en muchos de sus aspectos se está ante una verdadera ‘cuestión disputada’”. Después de veinticinco años de magisterio pontificio sobre este particular, pienso, por el contrario, haber mostrado en mi libro que es una cuestión resuelta.

27) F. MARIN-SOLA, O.P., o.c., p. 399.

28) Enc. Ut unum sint, 25-V-1995, n. 94. Subrayado nuestro.

29) Ibid., p. 405.

30) JUAN PABLO II, ¡Levantaos!, ¡Vamos!, o.c., p. 131

31) JUAN PABLO II, No tengáis miedo, o.c., p. 36.

32) M. SCHMAUS, La Verdad, encuentro con Dios, Madrid 1966, p. 135.

33) M. SCHMAUS, Teología Dogmática, IV, La Iglesia, Madrid 1960, p. 765.

34) Vid. C. POZO, María en la obra de la salvación, Madrid 1990, 2ª, págs. 56-64.

35) J. RATZINGER, María, Iglesia naciente, o.c., p. 19.

36) CHARLES JOURNET (Ginebra, 1891-Friburgo, 1975), sacerdote desde 1917, estuvo estrechamente relacionado con el movimiento de renovación tomista, y particularmente con Maritain. La obra a la que debe mayor fama mundial como teólogo es L'Église du Verbe Incarné (3 vols). Fue perito conciliar del Vaticano II. Pablo VI lo creó cardenal en 1965. Vid. J.L. ILLANES-J.I. SARANYANA, Historia de la Teología, Madrid 1995, y J. POLO CARRASCO, voz Journet en GER, XXV, 1085-1090.

37) Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, n. 22.

38) Carta Ap. Novo Millennio Ineunte, n. 43.

39) Ibid. J. RATZINGER, en María, Iglesia naciente, o.c., p. 18, escribe: “Iglesia es más que “pueblo”, más que estructura y acción: en ella vive el misterio de la maternidad y del amor nupcial, que hace posible la maternidad. La piedad eclesial, el amor a la Iglesia, sólo es posible, en realidad, si se da esto. Donde la Iglesia se considera sólo de forma masculina, estructural, de teoría de las instituciones, no se tiene en cuenta lo propio de la Ecclesia –eso central de lo que tratan siempre la Biblia y los Padres cuando hablan de la Iglesia”.

40) María “estuvo asociada a Cristo porque una obra de amor como la Redención del mundo no podía realizarse sin el corazón de una mujer. No es que Cristo sea insuficiente, pero es verdad que el Verbo encarnado no se concibe sin María” (P. PARENTE, o.c., p. 127).

41) CH. JOURNET, Esquisse du dévelopment du dogme marial, Paris 1954, pp. 144-146.

42) JUAN PABLO II, ¡LevantaosVamos!, Buenos Aires, 2004, p. 178.

43) Ibid., p. 179.

44) JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona 1994, p. 215.

 

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El Santuario mariano uruguayo-argentino en Tierra Santa

 

Pedro Gaudiano

p_gaudiano@yahoo.es

 

Parece una “locura”, especialmente en estos tiempos, pero es una realidad. Muy cerca de Belén, en Tierra Santa, y fuera de los circuitos turísticos habituales que se organizan desde los países del Río de la Plata, existe un santuario mariano dedicado a Nuestra Señora del Huerto que fue construido gracias al aporte económico de los católicos uruguayos y argentinos (ver Fig. 1 - Vista general del Santuario Hortus Conclusus construído por Monseñor Mariano Soler en Tierra Santa). El “Hortus Conclusus” (“Huerto Cerrado”, en latín) se levanta majestuoso en los mismos jardines en los cuales, según una piadosa tradición multisecular, el rey Salomón habría compuesto el Cantar de los Cantares. Juan Zorrilla de San Martín, el máximo poeta uruguayo, afirma que se trata de “la más hermosa y definitiva consagración de dos naciones hispanoamericanas ante el mundo civilizado por el cristianismo”. El fundador y alma máter de aquel santuario fue el primer arzobispo de Montevideo, monseñor Mariano Soler.

 

“Una gracia singular de la Madre de Dios”

En la partida de bautismo de Soler, que se guarda en el Archivo de la Parroquia de San Carlos (Libro VII de Bautismos, fol. 42), consta que su nombre completo era Mariano Salmiro Encarnación. Sin embargo, Soler nunca utilizó sus dos últimos nombres de pila en sus documentos civiles y pastorales ni en las obras que publicó. En la misma partida consta que nació en San Carlos el 25 de marzo de 1846, es decir, en la solemnidad de la Anunciación a la Santísima Virgen María. La fecha de nacimiento y el nombre de aquel niño revelaban proféticamente la misión que estaría llamado a desempeñar: anunciar y encarnar el mensaje de Jesucristo en medio de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo.

Una experiencia muy particular marcaría la infancia del futuro arzobispo de Montevideo: en 1854 se salvó milagrosamente de morir ahogado. Él mismo consignó aquel hecho de su puño y letra en el siguiente texto firmado por él, que consta en el primer libro de visitas de la Basílica de Luján, datado el 23 de julio de 1882:

Siendo de la edad de ocho años, caído en un pozo del arroyo de San Carlos (R.O.) donde me estaba bañando, después de inútiles esfuerzos por salir del peligro, y casi sin sentido por el agua que había tragado, al terminar una Salve a la Santísima Virgen, me vi puesto en salvo de una manera tan extraordinaria que siempre lo he atribuido a una gracia singular de la Madre de Dios...”.

 

Mariano, porque nació el día de María; y más mariano aún porque María le salvó la vida.

 

El “Huerto Cerrado” y la “Fuente Sellada

Huerto cerrado eres, María, Huerto cerrado, Fuente sellada; y tus perfumes, aromas de Paraíso”. Con estas palabras del libro bíblico del Cantar de los Cantares (4,12-13), Mariano Soler comienza a desarrollar el tema “María del Huerto en Tierra Santa”, apéndice de su obra Hiperdulía: Motivos eficaces para amar y honrar a María Madre de Dios, publicada en Montevideo en 1890. Explica Soler:

 

“Muchos creen que el Huerto Cerrado y la Fuente Sellada, figuras de María, ya no existen en el lugar originario, conservándose solamente en la memoria de las tradiciones. Pero no es así: ese Huerto y esa Fuente existen, para perpetuo honor de la fecundidad virginal de María.

ETHAM.

A diez kilómetros de Jerusalén, y a corta distancia de Belén, existe un pequeño oasis rodeado por un árido desierto, en el lugar denominado por los árabes Urthas, que es el antiguo Etham de la Biblia; y es el sitio más ameno y fértil de toda la Judea, que, como todos lo saben, semeja un desolado páramo.

En mis viajes a Tierra Santa tuve la satisfacción de visitar ese lugar, que además de ameno es clásico en las Sagradas Escrituras; y la impresión que experimenté no se me borrará jamás. ¡Un jardín en medio del desierto, un vergel florido cercado de áridas montañas! Es la imagen de María, bella, hermosa e inmaculada, en el desierto árido de este mundo.

Encuéntranse en este lugar tres grandes recuerdos clásicos del reinado de Salomón: los estanques, la fuente sellada y el huerto cerrado, con la particularidad de que el Huerto Cerrado y la Fuente Sellada, que existen en las inmediaciones de Etham, son figuras bíblicas de María; pues afirman los Santos Padres, al glosar estos parajes de la Biblia, que María es Huerto y Fuente por su fecundidad, por habernos dado el Salvador del mundo; pero Huerto cerrado y Fuente sellada por su virginidad”.

 

A continuación Soler describe los tres estanques de Salomón, que contenían “en total cuarenta y dos millones doscientos treinta mil litros de agua”; la Fuente Sellada, llamada así porque “cuando se ve correr el agua, ya está fuera de su nacimiento”, signo de la fecundidad perpetua de María a través de los siglos; el Huerto Cerrado, “cerrado materialmente por las montañas altísimas que lo circundan”, y con una espléndida y exuberante vegetación gracias a las aguas de la Fuente Sellada que serpentean por el valle y no se secan jamás.

Aquel lugar aún hoy es conocido por los árabes como Bestan Suleiman, Jardines de Salomón, y se halla en el fondo de un valle rodeado por montañas. En una de las laderas occidentales se levanta la aldea de Urthas u Ortás, que hacia 1897 contaba con unos seiscientos habitantes. Aquellos jardines producen verdadera admiración a los peregrinos de todo el mundo que frecuentemente acuden a visitarlo. Soler los describía como un oasis encantador en medio del desierto, en el cual se ven “al lado de gayas flores, naranjos y limoneros de Oriente, granados y almendros frondosos, junto con higueras y perales soberbios con la vegetación tropical, y en donde se recogen cuatro cosechas al año. ¡Cosa rarísima en Judea!”

 

La inspiración

Mariano Soler fue el blanco predilecto de una de las más violentas persecuciones anticlericales que se vivió en el Uruguay, ocurrida durante el gobierno del general Máximo Santos (1882-1886). El obispo de Montevideo, Monseñor Inocencio María Yéregui, llegó a tomar una medida sin precedentes: en la Semana Santa de 1885 (29 de marzo al 5 de abril) ordenó suprimir las predicaciones en todos los templos de la República. Fue la primera y única vez en la historia de la Iglesia en el Uruguay que sucedió algo así.

Por esas fechas se le llegó a notificar anónimamente a Soler que su misma vida corría peligro. Fue por eso que Monseñor Yéregui, prudentemente, decidió enviar a su vicario general fuera del país durante algún tiempo.

Soler partió a su exilio el 9 de mayo de 1885. Fue a Roma, y desde allí emprendió su primera peregrinación a Tierra Santa. Un fraile llamado Lavinio lo llevó a visitar los Jardines de Salomón. Al señalar aquel rincón fecundo y hermoso, el guía árabe de la excursión mencionó las palabras inspiradoras: “¡Huerto cerrado...!”, “¡Fuente sellada...!” Entonces Soler vivió lo que él mismo llamó un “momento solemne”, una experiencia religiosa inefable que lo acompañaría el resto de su vida:

 

“Al oír esas palabras, así... de improviso, en aquel lugar... en presencia de aquel mismo Huerto y de aquella Fuente, que constituyeron el encanto y las delicias del gran Rey que hacía tres mil años, las había celebrado como imágenes y figuras de María en lo que constituyen de la Virgen Madre toda su divinal grandeza, ah!... entonces mi espíritu se estremeció conmovido en el paroxismo de un gozo soberanamente celestial. Sí; se exaltó mi espíritu!

“Palabras que son intraducibles, porque jamás podré describir la impresión sublime que en aquel momento dichoso se apoderó de todo mi ser. Parecíame oír en notas angélicas el cantar divino: Hortus conclusus, ¡Oh! María, Hortus conclusus, Fons signatus; emissiones tuae paradisus! Mientras que como en vaporosa y perfumada nube se presentaba envuelta la imagen de María del Huerto, embalsamando el ambiente de aquel Edén terrenal, en cuyas flores la Virgen dejará al pasar, estampada su bella y celestial figura”.

 

En efecto, como parte de esa fuerte conmoción religiosa, el sacerdote relata que le pareció “que veía flotar sobre las flores de aquel edén la imagen de María del Huerto, que reclamaba la erección de un Santuario de parte del Instituto Religioso, único que en el cristianismo lleva la gloria de su nombre: Las Hijas de María del Huerto”.

Las Hijas de Nuestra Señora del Huerto y las monjas Visitandinas o Salesas, fueron las dos primeras congregaciones femeninas que se establecieron en el territorio uruguayo. Arribaron al puerto de Montevideo en el mismo barco el 18 de noviembre de 1856. En el 2006, pues, se cumplieron 150 años del inicio de la vida consagrada femenina en el Uruguay.

La imagen de Nuestra Señora del Huerto fue pintada en el año 1500 en el muro de un huerto de Chiavari, pequeña ciudad de las afueras de Génova, y en 1829 dio el nombre a la nueva congregación religiosa que fundaba el sacerdote Antonio María Gianelli.

Hacia 1890, las Hijas de María del Huerto se encargaban en Montevideo del Hospital de Caridad (conocido como Hospital Maciel), el Manicomio, el Asilo de Huérfanos, los Asilos maternales y otras múltiples instituciones de enseñanza y caridad en toda la República. Esas obras daban testimonio de los servicios y beneficios que la sociedad uruguaya recibía de aquella congregación religiosa.

 

León XIII y el Santuario en Tierra Santa

Siendo aún obispo de Montevideo, Monseñor Soler, en una audiencia, dio cuenta al Papa León XIII del proyectado santuario. Y lo hizo de la siguiente manera:

“Padre Santo: al viajar por Palestina, me encontré con el delicioso Edén de Salomón, denominado Hortus Conclusus, mencionado en el Cantar de los Cantares que, como Vuestra Santidad sabe, es figura de la Santísima Virgen. Al observar que allí no existía monumento alguno dedicado a María, concebí el proyecto de erigirlo. Mas, como entre todos los Institutos consagrados a María, el único que con su advocación recuerda esa figura del Hortus Conclusus, es el de las Religiosas de Nuestra Señora del Huerto, creí que aquel lugar estaba destinado para un Santuario a la gloria de su Titular”.

 

Al mismo tiempo, Soler hizo notar al Papa que “Santo Toribio, Arzobispo de Lima, había sido el primero que, en unas letanías de María, compuestas por él y aprobadas por Paulo V, había introducido y recordado esta invocación: Hortus Conclusus, ora pro nobis”. Entonces el Papa León XIII no sólo bendijo y aplaudió el proyecto, sino que aprobó la elección del lugar:

“Pues bien, nos contestó León XIII, si Santo Toribio ha sido el primero en honrar a María en las letanías con la invocación simbólica de Hortus Conclusus, usted tendrá el honor de ser el primero en procurar se le erija un Santuario en el mismo lugar simbólico de su maternidad virginal, en Hortus Conclusus, y en ningún lugar se encontrará mejor María del Huerto”.

 

La autorización del Sultán de Turquía

Al principio los musulmanes se opusieron fuertemente al proyecto de construir un santuario en aquellas tierras. El principal opositor era el jeque beduino de Orthas, la pequeña población musulmana ubicada en la colina pedregosa a orillas del huerto profético. Se invocaba la preferencia que la ley acordaba a los turcos para la adquisición de tierras en Palestina. Para emprender la obra del santuario, pues, era necesario obtener el “firmán” imperial, es decir, el permiso del Sultán de Turquía, Abdul-Hammid II.

Después de tocar todos los resortes que él sabía eficaces para obtener aquel permiso imperial, Soler se unió a una caravana y durante 38 días recorrió el desierto de Arabia, siguiendo las huellas de Moisés durante el éxodo del pueblo hebreo, desde Egipto hasta la Tierra de Promisión. Cuando regresó a Jerusalén por el Mar Muerto, todos los obstáculos habían desaparecido: el jeque de Orthas se había adherido al proyecto, el terreno del futuro santuario ya estaba libre y desmontado, y se había obtenido la autorización del Sultán, que decía:

 

“A vos, Ibrahim Bajá, Gobernador de Jerusalén, condecorado con la dignidad de Beilerbey de Rumelia y del segundo grado del Orden Imperial de Osmanié y de Mejidié, llegará este nuestro Firmán Imperial:

Sabed, por tanto, que el patriarca Armeno-Católico, Saidna Azarián, ha solicitado nuestra autorización imperial, como corresponde, para la construcción de un Santuario en el lugar denominado Hortus Conclusus en los Sebasten Suleymán, Jardines de Salomón, en las inmediaciones de la población de Orthas, a tres cuartos de distancia de Belén; y así como en respuesta a la información oficial, el Consejo administrativo del Mutasarefato envió la relación correspondiente; y habiendo éste sido sometido al Consejo de Estado; y, conforme al proceso verbal del mismo, constató que el mencionado terreno no está sujeto a ningún destino del Islam, y que nada obsta a la construcción del edificio allí proyectado para uso nazareno, aconsejándonos que es el caso de conceder mi imperial Firmán de autorización, necesario en todo el Imperio de la Sublime Puerta para casos análogos, sin perjuicio de los derechos del Islam; por esto fue sometido el asunto con su expediente a mi suprema, sublime e imperial sanción. En este estado las cosas, expedí mi imperial Iradé; y, en consecuencia, mi Imperial Cancillería expidió a su vez el presente sublime Firmán, en favor del Santuario de Hortus Conclusus, Sebasten Suleymán, que se pretende construir en nuestros imperiales dominios para uso de los nazarenos, el cual será respetado por todos nuestros súbditos musulmanes y nazarenos.

Por tanto, tú, que eres el mencionado Mutesarif, debes procurar que, en nuestro nombre, y por nuestra autoridad sublime, no se ponga dificultad alguna por ninguno de nuestros súbditos a la construcción de dicho Santuario, con tal que no se excedan las medidas métricas del plano presentado. Y no permitas que se haga cosa alguna contra mi sublime autoridad e imperial voluntad.

(Timbre de la Cancillería Imperial)

El 13 Scewal 1314 (17 de Marzo de 1897).

El Sultán

ABDUL-HAMMID II”.

 

La piedra angular

Apenas llegado a Jerusalén, Soler recibió la autorización imperial y enseguida se dirigió solemnemente con una comitiva al Hortus Conclusus. El jeque de Orthas salió a su encuentro con el vecindario, y puso su firma en el acta de la piedra fundamental. Soler arrojó la piedra angular del Santuario mariano en Tierra Santa, que contenía un pergamino con el siguiente texto:

 

“PARA PERPE+TUA MEMORIA.

Huerto Cerrado y Fuente Sellada eres, María” (Antíf. de los Cánticos de Salomón).

Para mayor gloria de Dios, y en honor de la Santísima Virgen María, de quien es figura este Paraíso, el día diecisiete de Marzo del año del Señor mil ochocientos noventa y siete, reinando el Sumo Pontífice León XIII, y bajo el gobierno del Patriarca Jerosolimitano, Mons. Luis Piavi, quienes han aplaudido y bendecido la erección del Santuario, fue colocada por el Arzobispo de Montevideo, en la República O. del Uruguay, Mons. Mariano Soler, la piedra angular del Monumento que los fieles de las Repúblicas Argentina y Uruguaya, de la América del Sud, dedican a María del Huerto en este lugar, denominado por Salomón en sus cánticos Hortus Conclusus, en árabe Orthas, a diez kilómetros de la ciudad de Jerusalén, y en las inmediaciones de Belén.

El templo y el edificio que aquí se construyen, se deben a la generosidad piadosa de argentinos y uruguayos, que erigen este Santuario, así en testimonio de su devoción a la Virgen Sma. del Huerto, como de gratitud por los beneficios recibidos de su santo instituto, y para honor y propiciación de ambas Repúblicas Argentina y Uruguaya, en esta Tierra Santa, cuna de la redención del mundo, y origen de la civilización”.

 

La construcción

La inspiración inicial que tuvo Mariano Soler habría sido honrar solamente al Uruguay con la construcción del Santuario mariano en Tierra Santa. Pero por las necesidades económicas de la época –y también por la magnitud de la obra–, Soler tuvo que acudir a la generosidad de los católicos argentinos. Y fue así que en ambas márgenes del Río de la Plata se crearon comisiones con el objeto de recaudar fondos para la construcción del Santuario.

El 19 de abril de 1897 Mariano Soler recibió en Roma el palio arzobispal. Llegó a Montevideo como primer arzobispo el 28 de junio de 1897, trayendo la cuchara de plata y marfil que utilizó para sellar con cemento romano la piedra angular del Santuario. El 31 de julio siguiente fechó una carta circular pidiendo ayuda económica para la construcción del santuario Hortus Conclusus. Todos los obispos argentinos manifestaron su adhesión a dicha circular y recomendaron aquella obra.

Soler, en diversas oportunidades, reiteró los antecedentes de su proyecto con el fin de impulsar la generosidad de los católicos argentinos y uruguayos. El estado de la obra avanzaba según los recursos que se enviaban a Palestina. En setiembre de 1898, Soler detallaba los importantes trabajos preparatorios que ya se habían realizado. Se había tallado la montaña en una extensión de setenta metros de largo por 36 de ancho y diecisiete de alto para asentar el edificio. En este trabajo se empleó un año y 2.000 kilos de pólvora. Alrededor de todo el terreno comprado se había construido con piedra de sillería un gran muro de setenta metros de largo por trece de alto, para separar el edificio del jardín y formar la plataforma del santuario. Se había construido un puente de ochenta metros de largo por siete de alto y tres metros y medio de ancho, sobre dieciséis arcos. El puente atravesaba todo el jardín y servía para la comunicación del santuario con la villa inmediata de Ortás. Además se construyó un gran muro central que cubría el frente de la montaña en la parte que serviría de terrazo del edificio y un gran canal para desagüe de las lluvias torrenciales del invierno, que atravesaba el valle, a fin de no invadir el Huerto propiamente dicho. Se habían preparado y acumulado los materiales para continuar la obra –gran cantidad de cal y piedras labradas– en los galpones correspondientes.

La monumental obra quedó terminada en cinco años. El santuario propiamente dicho (ver Fig. 2 - Edificio del Santuario, cuya piedra fundamental fue colocada por Monseñor Soler en 1897) quedó entre dos cuerpos de edificio, uno para las religiosas del Huerto, y otro que serviría de asilo u hospicio. El capellán tenía su casa aparte con hospedería, separada del santuario con el jardín por medio.

 

La inauguración

Las Hijas de María del Huerto tomaron posesión del Hortus Conclusus el 12 de noviembre de 1901 (Ver Fig. 3 - Junto al portal del Santuario, del lado izquierdo, esta piedra de mármol de cuatro metros de longitud recuerda la inauguración del Santuario realizada en 1901). El establecimiento se inauguró solemnemente el 2 de julio de 1902, ocasión en la cual el cardenal Mariano Rampolla envió un telegrama a la superiora, en nombre del Papa León XIII, que decía: “El Padre Santo envía la bendición a las Religiosas y asistentes a la fiesta inaugural del Santuario Hortus Conclusus, consagrando así el título de santuario mariano.

El 25 de marzo de 1903 fue inaugurado el Asilo de Huérfanas, con cinco niñas armenias de Belén. Se eligió esa fecha porque era el cumpleaños del arzobispo Soler, fundador del santuario. El número de niñas fue creciendo rápidamente. Al año siguiente ya eran veintiséis; las religiosas se vieron en la necesidad de rechazar a varias por falta de local. Además del asilo, atendían a muchos enfermos de Ortás en el dispensario. El sostén económico, en aquellos años iniciales, provenía de los bienhechores americanos.

 

El santuario Hortus Conclusus fue la primera obra de Mariano Soler como primer arzobispo metropolitano del Uruguay. Un gran monumento, que es el reflejo y el símbolo de piedra de un gran espíritu. Dirá Zorrilla de San Martín: “La erección del arzobispado de Montevideo, y la del Santuario uruguayo-argentino en Tierra Santa se identifican, como el cuerpo y su sombra, por designio de Dios”.

Muchos que han tenido y tienen la oportunidad de viajar a Tierra Santa, desconocen totalmente este santuario, fruto de la “locura” uruguayo-argentina y de la “marianidad” de Mariano Soler.

 

Nota:

 

1) Sobre Mariano Soler (1846-1908), vid. Pedro Gaudiano, Presidentes, relatores y miembros del Concilio Plenario de América Latina, en: Pontificia Commissio pro America Latina, Los Últimos Cien Años de la Evangelización en América Latina, Centenario del Concilio Plenario de América Latina. Simposio Histórico, Ciudad del Vaticano, 21-25 de junio de 1999. Actas, Ciudad del Vaticano, Librería Editrice Vaticana 2000, pp. 733-784, 776-778. Esta semblanza también ha sido publicada en: Pedro Gaudiano, Monseñor Mariano Soler, fundador del santuario uruguayo-argentino en Tierra Santa, en: «Anuario del Instituto Habilitado Hermanas Capuchinas de Maldonado» [Maldonado] nº 1 (2006) 25-32.

 

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Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas

al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política

Congregación para la Doctrina de la Fe

La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presente Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.
 

I. Una enseñanza constante

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, «cumplen todos sus deberes de ciudadanos»(1). La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia»(2). Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar «la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones» que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que «el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral»(3)

Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente(4) todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común(5). La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades»(6).

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana»(7), en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía(8), y cooperando con los demás ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad(9). Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»(10), que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc. 

La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas(11). Y ello porque, en estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.

 

II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y político

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones. 

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia(12). Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias(13), como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos –incluidos los católicos– que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado. 

3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas –y menos todavía soluciones únicas– para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral(14). Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»(15), también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”. 

En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar –particularmente por la representación parlamentaria– su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País(16). Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales. 

La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona(17). Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública»(18).

4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio, a tentativas legislativas que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto(19). Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública»(20). 

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada. 

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuanto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio»(21). Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»(22); exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.

 

III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo 

5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada que ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica –nunca de la esfera moral–, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado(23). Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables»(24). Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos ni para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos. 

Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia. 

Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”»(25). Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana. 

En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización(26). 

 

IV. Consideraciones sobre aspectos particulares

7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios básicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los católicos en política y sin tener en consideración los principios a los que se ha hecho referencia.

La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo «camino, verdad y vida» (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso político que los católicos han sabido desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles. 

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido, consciente de que la dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana hacia la vida eterna. 

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II(27). En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad. 

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: el derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales(28). En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que «el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella»(29). La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica(30), sino que le es plenamente coherente.

 

V. Conclusión 

9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno». Alégrense los fieles cristianos «de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios»(31).

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea publicada.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús Cristo, Rey del universo. 

XJOSEPH CARD. RATZINGER - Prefecto 

XTARCISIO BERTONE, S.D.B. - Arzobispo emérito de Vercelli - Secretario


Notas

1) CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240. 

2) JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80. 

3) JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4. 

4) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915. 

5) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

6) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social; «sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31-I-1994, n. 33. 

7) CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

8) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 36. 

9) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, 7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43. 

10) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42. 

11) En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ss; Carta Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima adveniens, AAS 63 (1971) 401-441. 

12) Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.

13) Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522. 

14) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

15) CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

16) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75. 

17) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25. 

18) CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73. 

19) Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

20) JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

21) CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

22) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304.

23) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

24) JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421. 

25) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4 

26) Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002. 

27) JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91 (1999) 5-88. 

28) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae, n. 1: «En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica». Eso no quita que la Iglesia considere con sincero respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce «todo lo bueno y verdadero» presentes en ellas. Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto Ad gentes, n. 11; Declaración Nostra ætate, n. 2; JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991) 249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.

29) PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana, en «Insegnamenti di Paolo VI» 14 (1976), 1088-1089). 

30) Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162; LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171; PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22. 

31) CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59.

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Desafío latinoamericano: frente a chamanes y hechiceros, custodiar la "gran tradición católica"

 

El laico de "mayor rango" en el Vaticano, el uruguayo Guzmán Carriquiry, recuerda la babel anterior al cristianismo en América Latina.

 

El desafío crucial que interpela a los obispos que se reunirán en la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe (CELAM) es lograr custodiar «la gran tradición católica» de este subcontinente.


Lo afirma en una entrevista publicada en el último número de la revista italiana «Il Consulente Re» el profesor Guzmán M. Carriquiry Lecour, subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos y primer laico que accede a tal cargo en un dicasterio vaticano.


Nombrado por Benedicto XVI perito para la Conferencia que el mismo Papa inaugurará el 13 de mayo, el profesor de 63 años de origen uruguayo ha podido seguir de cerca los preparativos del evento, que reunirá a 300 participantes entre obispos delegados y enviados especiales, y cuyas conclusiones servirán para orientar las acciones pastorales de la Iglesia en la región en los próximos años.


La V Conferencia General del CELAM tendrá lugar del 13 al 31 de mayo en el santuario mariano de Aparecida, a 170 kilómetros de Sao Paulo, Brasil, sobre el tema “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn, 14, 6)”.

 

La unidad latinoamericana no está en los símbolos indígenas


En la entrevista, al comentar los intentos actuales en el continente de revitalizar antiguas prácticas de las civilizaciones precolombinas, el profesor Carriquiry afirma que «los grandes símbolos de la unidad latinoamericana no son los indígenas, dado que antes de la llegada de españoles y portugueses el continente estaba totalmente fragmentado»: «una “babel” sin la más mínima autoconciencia».


«Símbolos verdaderos son Nuestra Señora de Guadalupe, el Cristo de los Andes: la Iglesia como sacramento de unidad de nuestros pueblos en la catolicidad. El Evangelio encarnado en los pueblos es el contenido más profundo de la originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina», añade.

 

El fenómeno al que se asiste en el subcontinente -prosigue- es el de «un gran movimiento de inclusión en la escena pública de sectores indígenas, de campesinos empobrecidos y migrantes hacia las megalópolis desequilibradas, sectores durante demasiado tiempo humillados, explotados, marginados».


«Los indígenas exigen respeto, dignidad, poder gozar de todos los beneficios de la educación, del trabajo, del progreso cultural, de una auténtica promoción humana, de solidaridad y de justicia hacia los más necesitados, de ser verdaderamente integrados en las sociedades nacionales y de participar como ciudadanos de pleno derecho en la construcción de las naciones», subraya.

 

Un arcaísmo arbitrario: pretender hacer resurgir chamanes y hechiceros


«Algo profundamente distinto es en cambio pretender hacer resurgir hechiceros, chamanes, las viejas cosmogonías indígenas: intento de un arcaísmo arbitrario, fruto más de manipulación ideológica que de verdadera respuesta a las necesidades y las demandas de las comunidades indígenas», observa.


Sobre el hecho de que por primera vez los representantes de los episcopados de los Estados Unidos, Canadá, España y Portugal, invitados a la V Conferencia General de Aparecida, tendrán derecho a voz y voto, el profesor Carriquiry comenta que se trata de «un gesto muy positivo».


«Aparecida será evento católico. En realidad, la impronta católica se da sobre todo por el hecho de que ha sido el Papa quien ha convocado la Conferencia, ha elegido el tema y ha querido inaugurar personalmente las jornadas de Aparecida, que será “conferencia del Episcopado”, de impulso colegial, en comunión con el sucesor de Pedro», indica.


«La cuestión crucial para los obispos de América Latina es custodiar y reproducir la gran tradición católica de nuestros pueblos -apunta-. Tal tradición, el mayor don para América Latina, la mayor riqueza de sus pueblos, está asediada y a veces erosionada por los rasgos culturales dominantes, transmitidos por los poderes mediáticos transnacionales, cada vez más hostiles al catolicismo»


Sobre la proliferación de grupos evangélicos y pentecostales, el profesor Carriquiry comenta que, en su opinión, no se trata del «desafío principal». «Es fundamental volver a las fuentes de nuestra fe, realizar aquella “esencialización” de la que escribía el cardenal Ratzinger, para no dejarse prender por las cuestiones secundarias», advierte.


En este sentido –añade- «lo primero que hay que hacer es mirar dentro de nosotros, en nuestra casa, para ver si y cómo el acontecimiento de la presencia de Cristo es hecho sorprendente y decisivo en la vida de las personas, de las familias, de las comunidades y de las naciones».

 

Signos de muerte en América Latina


Entre los «signos de muerte» presentes en América Latina, el subsecretario del dicasterio vaticano señala el hambre, las enfermedades, la miseria, el narcotráfico, «la violencia política sin reglas, de las guerrillas e incluso de los métodos terroristas».


«El continente crece económicamente, tal vez con grandes “puestas en escena”, pero la lucha contra la pobreza y el escándalo de las enormes desigualdades no son afrontados adecuadamente», reflexiona.


«En las grandes ciudades, la inseguridad y la delincuencia son cotidianas -lamenta-. Se difunde también una “cultura global” y se ejercen potentes presiones que se orientan a dejar pasar y banalizar incluso los crímenes abominables de la práctica abortiva de masas, la propuesta de la eutanasia y las manipulaciones genéticas».


«Nuestras democracias gracias a Dios resisten -constata-, pero surgen cada vez más desviaciones autocráticas, con el riesgo de sofocar gradualmente aquellas libertades democráticas reconquistadas en los años ‘80 con tantos sufrimientos y sacrificio, incluso de vidas humanas».


Entre los problemas que se afrontarán en Aparecida, el subsecretario de Consejo Pontificio para los Laicos indica que «una idea lanzada por el CELAM es la de una gran misión evangelizadora continental “post-Aparecida”».


«Por el momento los perfiles no está todavía definidos. Es importante que la Conferencia logre llegar verdaderamente al corazón de los latinoamericanos, suscitando una gran movilización espiritual y misionera», concluye.


Las Conferencias Generales del CELAM han desempeñado un papel decisivo en la historia de la Iglesia en América Latina en la segunda mitad del siglo XX. Se han celebrado en Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). 

 

Fuentes: Zenit – Forum Libertas.

 

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Declaración sobre el proyecto de ley

de regulación de la unión concubinaria

 

Conferencia Episcopal del Uruguay

 

La promoción y la defensa de la institución familiar ha sido siempre preocupación de la Iglesia por su incidencia en el bien y en la felicidad de la persona humana y de la sociedad.

 

1.      La Constitución uruguaya considera a la familia como base de la sociedad. Por ello apoyamos todo lo que en la legislación favorezca la naturaleza propia de la familia, su identidad, su estabilidad, su bienestar y lo que ampare los derechos de todos sus integrantes.

 

En consecuencia, el proyecto de ley que regula la unión concubinaria nos merece serios reparos. Si bien procuraría proteger algunos derechos de los compatriotas que viven en esta situación o son afectados por ella, no puede aceptarse la equiparación de la unión de hecho con el matrimonio que comporta un conjunto de previsiones que protegen su finalidad, su armonía y su estabilidad, a través de la mutua fidelidad.

 

2.      Otra valoración merece la inclusión de las parejas homosexuales en la categoría de uniones concubinarias. De ninguna manera puede aceptarse que la convivencia homosexual, que no reúne las condiciones básicas que definen el matrimonio, se equipare con él.

 

Pensamos que el bien que se pretende a favor de las situaciones que existen desde hace tiempo en nuestro medio no debe afectar negativamente a la institución familiar  reconocida por nuestra Constitución y necesitada hoy de todo el cuidado y el estímulo que le debe ofrecer la sociedad en su conjunto.

 

3.      No es positivo ni aceptable desdibujar o debilitar la imagen del matrimonio como base de la familia. Siendo por naturaleza cimiento sólido para una humanidad sana y feliz, complementa espiritual, afectiva y sexualmente a sus integrantes.

 

Reconocemos en cambio los variados esfuerzos que desde distintos ámbitos procuran fortalecer a la familia.

 

Florida, 27 de abril de 2007.

 

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Razones para votar en contra del proyecto de legalización

de las uniones concubinarias

 

Instituto Pastoral de Bioética Juan Pablo II

 

El Parlamento está discutiendo en estos días, el proyecto de legalización de las uniones concubinarias. A continuación exponemos algunas de las razones por las cuales no se debería aprobar esta ley.

Ante todo hay que recordar que "Con el reconocimiento público de las uniones de hecho, se establece un marco jurídico asimétrico: mientras la sociedad asume obligaciones respecto a los convivientes de las uniones de hecho, éstos no asumen para con la misma las obligaciones esenciales propias del matrimonio. La equiparación agrava esta situación puesto que privilegia a las uniones de hecho respecto de los matrimonios, al eximir a las primeras de deberes esenciales para con la sociedad. Se acepta de este modo una paradójica disociación que resulta en perjuicio de la institución familiar. Respecto a los recientes intentos legislativos de equiparar familia y uniones de hecho, incluso homosexuales ( conviene tener presente que su reconocimiento jurídico es el primer paso hacia la equiparación), es preciso recordar a los parlamentarios su grave responsabilidad de oponerse a ellos, puesto que "los legisladores, y en modo particular los parlamentarios católicos, no podrían cooperar con su voto a esta clase de legislación, que, por ir contra el bien común y la verdad del hombre, sería propiamente inicua"(1).

"A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuanto tales, reconocimiento legal."(2)

 

Una ley absurda

Surge del proyectado "Artículo 1º. (Ámbito de aplicación)” que:

“La convivencia interrumpida de al menos cinco años en unión concubinaria more uxorio genera los derechos y obligaciones que se establecen en la presente ley (artículos 2º al 13); sin perjuicio de la aplicación de las normas sustantivas pertinentes a las uniones de hecho no reguladas por la presente norma."

Debemos preguntarnos por que razón quien toda su vida quiso vivir en la informalidad y evadir responsabilidad bajo el lema "hay cosas más importantes que la libreta de matrimonio", ahora va a optar por registrarse como concubino para obtener ciertos derechos. Quien resuelva cambiar de punto de vista y regularizar su situación mejor es que se case y no que formalice el concubinato.

Parece absurdo querer formalizar lo que por voluntad de los propios involucrados es informal. No parece razonable legalizar una unión de hecho por vía de esta ley, cuando ya existe una ley que permite formalizar las uniones concubinarias -una vez disuelto el eventual vínculo anterior-, que se llama matrimonio.

Para calibrar el alcance de esta ley, basta evaluar qué pasaría, una vez aprobada esta ley, con las uniones libres no registradas oficialmente. En otras palabras, no queda claro donde está el límite entre la relación formal y la informal, una vez borrada la línea que separa el matrimonio civil (unión formal) del concubinato (unión informal).

 

Legalización de la poligamia

En el Artículo 2º del proyecto se establece: 

"(Caracteres). A los efectos de esta ley se considera unión concubinaria "more uxorio" a la situación de hecho derivada de la comunidad de vida de dos personas -cualquiera sea su sexo, identidad, orientación u opción sexual- que mantienen una relación afectiva de índole sexual, de carácter exclusiva, singular, estable y permanente, sin estar unidas por matrimonio entre sí y que no resulta alcanzada por los impedimentos dirimentes establecidos en los numerales 1º, 2º, 4º y 5º del artículo 91 del Código Civil." 

En forma sutil se ha salteado el inciso 3 que dice: "el vínculo no disuelto de un matrimonio anterior". O sea que no opera como impedimento de la formalización del nuevo vínculo heterosexual u homosexual el estar previamente unido en matrimonio.

Esto trae como lógica consecuencia que se puede formalizar una relación concubinaria o más sin haber disuelto el vínculo matrimonial anterior acumulando formalmente dos o mas vínculos dentro de la ley. Lo cual constituye poligamia.

No parece necesario aquí explicar los inconvenientes de una sociedad en la que reine la poligamia. Simplemente diremos que ello configura un claro e irresponsable atentado contra la misma naturaleza humana.

 

Patente para la infidelidad

En el proyectado artículo 15º se establece:

"Agrégase al artículo 127 del Código Civil, el siguiente inciso: La obligación de fidelidad mutua cesa, si los cónyuges no viven de consuno."

Se desprecia aquí el deber esencial del vínculo matrimonial y familiar que es el de la fidelidad entre esposos y se pretende legalizar la omisión de este deber sin dar ningún tipo de explicación ni fundamento. La pregunta que nos queda por hacer es: ¿para qué contraer matrimonio si no va a regir el deber de fidelidad?

Todo lo expuesto es el más claro y grave atentado que se ha cometido en proyectos de ley contra la familia uruguaya desde que existe el Parlamento uruguayo, tratando de destruir sus mismos fundamentos.

Adviértase que concebir el matrimonio como una relación heterosexual y manifestar que la fidelidad es el sustento del vinculo matrimonial no es patrimonio exclusivo de los cristianos, sino que estos criterios son propios de la misma naturaleza humana y deben defenderse más allá de los credos y las religiones por todos quienes realmente se preocupen por el futuro de su familia y del país.

No sólo se intenta legalizar la poligamia (art. 2), sino que al cesar la obligación de fidelidad mutua se legaliza el adulterio. Pensemos en el panorama que eso abre para los hijos que eventualmente nacerán de estas uniones. Nacer dentro de una familia integrada por un padre y una madre claramente identificables, será algo extraño. ¿Acaso el objetivo que se busca es que las mujeres "produzcan hijos" al margen de una familia para que los eduque el Estado?

 

Uniones homosexuales

La persona homosexual merece el máximo respeto. Pero una cosa es la persona y otra los actos que se pretenden legalizar con esta ley que son claramente atentatorios contra la ley moral natural.

El proyecto apunta a legalizar las uniones homosexuales. Lo paradójico del caso es que uno de los firmantes del proyecto original (octubre de 2003), con anterioridad a esa fecha afirmó que el concepto de concubinato en la legislación uruguaya, es derivado del concepto de matrimonio y que, por tanto, sólo puede aplicarse a la unión entre un hombre y una mujer(3). Así, ni siquiera se podría denominar a la ley "de unión concubinaria", porque este término lo reserva el Derecho uruguayo exclusivamente para las uniones de hecho heterosexuales.

Aclaramos por otra parte, que el ordenamiento jurídico vigente permite a los homosexuales proteger sus derechos civiles. Pueden establecer sociedades civiles en las que las partes convengan a qué derechos y deberes se obligan, pudiendo variar la forma del contrato en cada caso. La libertad y variedad de sociedades es muy amplia. Igualmente, las parejas homosexuales tienen la posibilidad de hacer testamentos recíprocos que beneficien mutuamente a ambos interesados.

A nuestro juicio, la única justificación para no aprovechar las leyes civiles vigentes y promover una ley que empiece a equiparar los deberes y derechos del matrimonio con los de las parejas homosexuales, es la importancia que estas parejas dan a la adopción de niños. No abundaremos en detalles sobre la inconveniencia de esta práctica. Sólo diremos que está más que comprobada la importancia que tiene para los niños la presencia simultánea de las figuras paterna y materna en el hogar.

 

Se trata de un proyecto de ley claramente inconstitucional

En la Exposición de Motivos del proyecto original, se afirma lo siguiente:

"El artículo 40 de la Constitución establece que: "La familia es la base de nuestra sociedad" e impone al Estado la obligación de velar "por su estabilidad moral y material". Dicho precepto constitucional no hace referencia a un modelo de familia determinado ni predominante, lo que hace necesaria una interpretación amplia de lo que debe entenderse como tal, consecuente con la realidad social actual."

En realidad, lo que dice el Art. 40 de la Constitución, es lo siguiente:

"La familia es la base de nuestra sociedad. El Estado velará por su estabilidad moral y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad." ¿Por qué se amputó intencionalmente esta parte del articulo? La intención es obvia: querer presentar a la familia desvinculada de los hijos, lo que no sólo es antinatural sino inconstitucional. 

La Carta Magna concibe a la familia como la relación de un hombre y una mujer con posibilidades de procreación lo que por cierto no puede ocurrir con las relaciones homosexuales.

Con sólo consultar los antecedentes de esta norma (Acta 39 de la Comisión Constituyente de 1934) y tener presente lo sostenido por Stewart Vargas, Secco Illa, Etchegoyen, concluimos que esta norma alude a la familia legítima sustentada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Gross Espiell (Revista uruguaya de derecho de Familia, n. 5, pag 67) realiza un interesante estudio del tema y concluye en el criterio aquí expuesto.

Por si alguna duda quedare, la sistemática con el art. 41 del mismo cuerpo normativo confirma este criterio al sobrentender a la familia como una relación humana de la que puedan nacer hijos. Por esta razón la norma referida señala que el cuidado y educación de los hijos es un deber y un derecho de los padres. Es obvio entonces que lo que la Constitución entiende por familia es una institución basada en el matrimonio e integrada por un padre, una madre y sus hijos (naturales o legales).

La conclusión obvia es que si un proyecto de ley pretende asimilar en derechos a las relaciones homosexuales y las heterosexuales es inconstitucional, pues la Carta Magna sólo protege a éstas y no a las otras.

 

Discriminar es tratar igual a los desiguales

Los partidarios del proyecto han manifestado que a lo que se aspira es a eliminar discriminaciones injustas, pues deben protegerse los sentimientos de las parejas homosexuales de la misma forma que se protegen los sentimientos en las relaciones heterosexuales. En realidad, con la familia heterosexual no se protegen sentimientos sino la base de la misma sociedad como ámbito en el que se pueden y deben formar los hijos. Pero lo que es realmente discriminatorio es pretender un trato igual para relaciones sustancialmente diferentes.

 

El matrimonio como vínculo de un hombre y una mujer es la familia que hoy y siempre será la base de la sociedad 

Para terminar, hay que decir que las parejas unidas en matrimonio, contribuyen a “garantizar el orden de la procreación”. “El derecho civil les confiere un reconocimiento institucional” porque son “de eminente interés público". Por eso "constituye una grave injusticia sacrificar el bien común y el derecho de la familia con el fin de obtener bienes que pueden y deben ser garantizados por vías que no dañen a la generalidad del cuerpo social."

Por lo expuesto, ante un proyecto de ley que promueva la legalización de las uniones homosexuales, "el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley. Conceder el sufragio del propio voto a un texto legislativo tan nocivo del bien común de la sociedad es un acto gravemente inmoral"(4).

 

Conclusión

Este proyecto de ley es un síntoma del estado actual de nuestra cultura. No hemos superado el hambre y la pobreza, pero nos damos el lujo de perder tiempo y energía discutiendo leyes que, como ésta, no contribuyen en lo más mínimo al bien común de la sociedad. Leyes que, junto con las de aborto, eutanasia y esterilización, contribuyen -cada una a su manera-, a establecer conductas antiprocreativas y destructivas de la población. En un país con demografía de país desarrollado y economía de país subdesarrollado, esto es casi como promover un suicidio colectivo. ¿Es esto lo que nuestros legisladores quieren para nuestra sociedad?

Notas:

 

1) Pontificio Consejo para la Familia, Familia, Matrimonio y Uniones de Hecho, 26 de julio de 2000, n. 16.

 

2) Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre de 2002, n. 4.

 

3) Jorge Orrico, versión taquigráfica de la reunión realizada el día 27 de junio de 2001 con motivo de la aprobación del Código de la Niñez y Adolescencia: Concubinato es una relación entre hombre y mujer porque el concepto de concubino deriva del concepto de matrimonio, que en la legislación uruguaya es heterosexual. (…) En realidad, no existe ninguna disposición específica del Código Civil que establezca que el matrimonio significa una unión entre personas de distinto sexo. Pero eso deriva de la economía del Código, porque algunas disposiciones no serían entendibles si no estuviéramos hablando de la unión heterosexual. La que más recuerdo ahora -hay otras- es la que establece que, decretado el divorcio, la mujer no podrá seguir utilizando el apellido de su marido. Ésta y otras disposiciones dan la pauta de que en el sistema del Código Civil cuando se habla de matrimonio se hace referencia a la unión entre un hombre y una mujer. Esto es independiente del concepto que existía en la época de la sanción del Código en que a nadie se le iba a ocurrir pensar en matrimonios de personas del mismo sexo. Esto aparece claro. Como el concubinato de algún modo es una institución que surge del matrimonio y a la cual se le aplican muchos de sus elementos -por ejemplo toda la parte de bienes y demás-, entonces, se entiende que el término refiere a una relación heterosexual, pero en ningún artículo de ningún lado va a decir que eso es así.”

 

4) Congregación para la Doctrina de la Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, 3 de junio de 2003, nn. 9 y 10.

 

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Carta Pastoral del Obispo de Querétaro (Mons. Mario De Gasperín)

 

Carta Pastoral para reafirmar y aclarar algunos conceptos que utiliza el Magisterio eclesiástico en el campo de lo social y estimular a los fieles laicos a asumir más plenamente sus responsabilidades en la vida pública.

 

[Para acceder al texto completo, haga click sobre el título].

 

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Regina Caeli

 

 

Reina del cielo alégrate,

 aleluya.
Porque el Señor a quien has merecido llevar,
aleluya.
Ha resucitado según su palabra,
aleluya.
Ruega al Señor por nosotros,
aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María,
aleluya.
Porque verdaderamente ha resucitado el Señor,
aleluya.

 

Oremos

 

Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo,

nuestro Señor Jesucristo,
has llenado el mundo de alegría,
concédenos, por intercesión de su Madre,
la Virgen María,
llegar a alcanzar los gozos eternos.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

 

 

Regina caeli laetáre,

allelúia.
Quia quem meruísti portáre,
allelúia.
Resurréxit, sicut dixit,
allelúia.
Ora pro nobis Deum,
allelúia.
Gaude et laetáre, Virgo María,
allelúia.
Quia surréxit Dóminus vere,
allelúia.

 

Orémus

 

Deus, qui per resurrectiónem Fílii tui
Dómini nostri Iesu Christi
mundum laetificáre dignátus es,
praesta, quaesumus, ut per eius Genetrícem Vírgínem Maríam perpétuae
capiámus gáudia vitae.
Per Christum Dóminum nostrum.
Amen.

 

 

Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio, Apéndice, A) Oraciones comunes.

 

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