Carta Pastoral del Obispo de
Querétaro
†
Mario De Gasperín Gasperín
Obispo
de Querétaro,
México
Carta Pastoral para reafirmar y aclarar algunos conceptos que utiliza
el Magisterio eclesiástico en el campo de lo social y estimular a los fieles
laicos a asumir más plenamente sus responsabilidades en la vida pública
Hermanos
y hermanas en la santa fe católica:
1. Después de haber celebrado el Año de
En efecto, este ramo de la pastoral suele
ser el más descuidado no sólo por las exigencias que lleva consigo, sino por la
atmósfera enrarecida en que ha vivido la comunidad católica en el último siglo
y por la falta de claridad en los conceptos y en los contenidos de la doctrina
social cristiana. Vivimos, tanto al interior como sobre todo al exterior de la
Iglesia, una especie de “comedia de equivocaciones”, en razón del significado
distinto y hasta contrario que se suele dar a términos y expresiones como bien
común, laico, laicidad, laicismo, política, política partidista, a la noción
misma de Estado laico y de democracia. Una situación así no facilita el diálogo
ni el mutuo entendimiento.
Raíz de la crisis actual
2. Esta confusión se ha generado durante
más de un siglo de indoctrinamiento de corte liberal, alimentado por diversas
corrientes filosóficas que han imperado entre nosotros y que tienen como base
el positivismo científico que invadió también el campo del derecho y de la
moral y cuyo fruto obligado es la dictadura del relativismo y la vuelta al
paganismo. La Iglesia, por su parte, ha clarificado su doctrina y, sobre todo,
ha ofrecido respuestas actualizadas a los retos que presentan las nuevas
realidades en el campo de las ciencias humanas y de lo social. Por esta razón,
y estimulado por el planteamiento del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Dios es Amor”, he procurado descubrir en
la primera parte de esta Carta Pastoral las mismas raíces del sistema
positivista y liberal que nos rige en lo político, en lo económico y en lo
social, sobre todo en su expresión más radical del liberalismo intransigente,
como le llama la Nota doctrinal sobre
algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la
vida pública (Nº 6), de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 22 de
Noviembre de 2002.
En efecto, el planteamiento originalísimo
del Santo Padre en su primera encíclica, nos viene a desvelar las causas de la
actual crisis religiosa y cultural, donde lo cristiano es visto por el hombre
contemporáneo no sólo con recelo sino como su enemigo, con la trágica
consecuencia de la vuelta al más puro paganismo.
La enseñanza social de la Iglesia
3. En la segunda parte de la Carta
presento una reflexión sobre la relación que guarda
La lucha entre el bien y el mal
4. Ofrezco también, al final, una
reflexión breve sobre la raíz teológica de esta lamentable situación, tal y
como se nos revela en la Historia de la Salvación desde sus inicios, de modo
que percibamos que lo que ahora vivimos debe enmarcarse como un episodio más de
la vieja batalla entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la bendición y la
maldición; entre la Babel terrena y la Jerusalén celestial, donde el Cordero
inmolado y victorioso nos espera y alienta nuestra esperanza. Somos los católicos
Testigos de esta Esperanza en el mundo.
Constructores de la ciudad terrena
5. El fiel católico sabe que la fe no es
una mera abstracción, sino un itinerario que inicia con el Bautismo y desemboca
en la eternidad; es consciente de que su paso por este mundo implica un
compromiso real y concreto con todas las realidades que va encontrando en su
camino y que lo orientan hacia su destino final, feliz o desventurado. Sabemos
los católicos con toda claridad que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que
debemos fijar nuestra mirada en la futura, en la Jerusalén de arriba, en la que
habitará por siempre la justicia que en esta tierra no encontramos en plenitud,
pero que debemos esforzarnos por construir con tesón y con esperanza. Esta
mirada a lo alto no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de
responsabilidad respecto a la tierra presente (Vat. II. GSp, 39) para
implantar, ya desde ahora y en el lugar en que nos ha tocado vivir, el Reino de
Dios.
I. Las raíces del laicismo
“Dos
amores edificaron dos ciudades: El amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo
y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios” (S. Agustín).
Ubicación histórica
6. El siglo que acaba de concluir ha sido
de grandes transformaciones sociales en nuestra patria y de dolorosas pruebas
para la fe de los católicos mexicanos. El bienestar social prometido a los
ciudadanos sólo es objeto de disfrute por parte de unos cuantos audaces y
afortunados, mientras que las mayorías siguen aguardando la hora de su
cumplimiento; en cambio, las semillas de animadversión sembradas por doquier
contra los miembros de la Iglesia de Cristo, han generado un laicismo
intransigente y discriminador, que todos los católicos -pastores y fieles-
hemos sufrido con ancestral paciencia. Los grandes Pastores que han regido a la
Iglesia de Dios en México -ejemplo eximio es San Rafael Guízar Valencia,
recientemente canonizado- nos han enseñado a interpretar estas penalidades como
participación en la Cruz de Cristo, que ha florecido en numerosos mártires y
santos elevados a los altares en los años recientes.
En la Basílica de San Pedro en Roma han
ondeado, ante el mundo entero, los pendones con las imágenes de numerosos hijos
de la Iglesia aclimatada en nuestras tierras. La fe de la Iglesia en México es
una fe probada y autentificada por el martirio y esto es don y gracia de Dios
que agradecemos. Pero las amenazas persisten, ya no en forma de persecución
violenta y cruenta, sino de manera más sutil en la ideología vigente, llámese
ésta laicismo, relativismo o desacralización, fenómenos que ahora se engloban
con el nombre genérico de postmodernidad.
A. La vuelta al Paganismo
La postmodernidad
7. El Papa Benedicto XVI en su carta
encíclica “Dios es amor” plantea con
suma claridad y crudeza el núcleo focal de donde se originan el día de hoy las
acusaciones de mayor envergadura contra la fe cristiana y, en particular,
contra la Iglesia católica. Dice el Papa: En la crítica al cristianismo que se
ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta
novedad (el eros-ágape como novedad
del cristianismo) ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El
cristianismo, según Friedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le
llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio (Más allá del bien y del mal, IV, 168).
El filósofo alemán expresó de este modo
una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones,
¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizá
carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en
nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo
de lo divino? (Nº 3). Aquí tenemos descrito, de manera realista y clara, el
punto doliente que afecta la vida del cristiano y que lo hace al menos dudar
que su pertenencia a la Iglesia sea para él un bien y que la observancia de los
mandamientos le pueda proporcionar felicidad. Esto se refleja en la vida
apática de numerosos bautizados.
Objeciones en contra de la Iglesia
8. Las objeciones contra el cristianismo
en general y contra la Iglesia católica en particular hoy en día, no suelen ser
de tipo intelectual o doctrinal; nadie acusa ahora a la Iglesia de propagar una
doctrina absurda o increíble, como lo hacían los paganos y los herejes de los
primeros siglos; ni la tacha de irracional o perversa por creer en el dogma de
Las objeciones de tipo histórico se curan
con la investigación objetiva de los hechos para quien quiere ver la verdad, y
con el perdón ofrecido y recibido por los posibles agravios cometidos.
El laicismo
9. Pero, en la actualidad, como lo señala
el Papa Benedicto XVI, se acusa al cristianismo en general y a la Iglesia
católica en particular, por motivos psicológicos o sociológicos: por causar
daño y hasta enfermar a la sociedad y al individuo, de impedirle ser feliz y
disfrutar de los bienes de la creación, comenzando por su propio cuerpo y su
sexualidad.
El cristianismo sería una especie de
enfermedad que debilita lo que está vigoroso y sano, una patología peligrosa
que habría que erradicar y cuyo remedio habría que buscar, no corrigiéndolo,
porque se tiene por incorregible, sino suprimiéndolo o, al menos, excluyéndolo
de la vida pública y social. Este pretendido remedio recibe ahora un nombre muy
conocido: laicismo. Todo lo religioso-cristiano debe ser eliminado de la vida
pública y social, comenzando por la educación de la niñez y de la juventud,
llegando hasta la destrucción del matrimonio y del núcleo familiar; por eso, la
educación laica en su interpretación laicista, se ha convertido en un dogma de
fe nacional.
Ídolo nuevo con malicia vieja: el
paganismo
10. El lector medianamente informado
sobre el origen de la cultura moderna y de esta crítica al cristianismo, sabe
que aquí, como bien señala el Papa, está la mano del filósofo Friedrich
Nietzsche, para quien la esencia del cristianismo consiste, parafraseando
groseramente el cántico del Magnificat,
en exaltar a los humildes y humillar a los poderosos, es decir, exaltar lo
inútil y rechazar todo lo que realmente vale y cuenta, es decir, el poder. Lo
decimos con las mismas palabras del filósofo nihilista: El cristianismo
necesita de la enfermedad, del mismo modo que los griegos necesitaban de
Propuesta satánica
11. En el campo de concentración de
Auschwitz (28 de mayo, 2006), el Papa Benedicto XVI explicó las consecuencias
de esta propuesta satánica del filósofo alemán, haciendo ver cómo el nazismo
pretendió exterminar al pueblo hebreo y así quiso asesinar al Dios que llamó a
Abraham y que entregó a Moisés el Decálogo, que contiene la voluntad de Dios
para que el hombre viva en paz sobre la tierra; al querer eliminar a Dios y a
su pueblo, explicaba el Romano Pontífice, eliminaba también a su Ley y así
pretendía erigirse como amo soberano del hombre y dominador del mundo. Una vez
arrancada la raíz de la fe hebrea, debía de ser eliminado también el cristianismo,
substituyéndolo por la fe en el hombre autosuficiente y soberbio que dicta e
impone a placer sus propias leyes. El nacionalsocialismo fue el fruto amargo de
esta siembra perversa del filósofo nihilista alemán.
Entre nosotros, la hostilidad contra la
Iglesia y la subsiguiente persecución religiosa se inspiró más bien en el
positivismo y en el liberalismo anticlerical salpicado de socialismo, pero con
idéntica intención de erradicar el catolicismo del país; ideología que se sigue
difundiendo a granel entre los estudiantes en numerosas cátedras y entre los
lectores de las obras del malogrado filósofo alemán.
Más allá de toda ley
12. Por tanto, el laicismo arremete
contra el cristianismo y en particular contra la Iglesia católica, no porque
tenga argumentos racionales válidos sino porque está persuadido de que la fe
cristiana se opone y contradice a todo lo humano y hace infeliz al hombre; por
eso describe a la Iglesia y a la moral cristiana como antinatural, restrictiva
y opresora. El cristianismo ofrecería, en el mejor de los casos, un ser humano
disminuido; debe, por tanto, ser excluido de la vida pública y social. ¡El
cristianismo, esa negación de vida convertida en religión!, exclama Nietzsche (El caso Wagner, 2) y llega al extremo de
repudiar todo lo que huela a moral y a autodefinirse como el primer inmoralista
del mundo (Por qué soy un destino,
2). Rechaza no sólo la moral cristiana, sino también la ética natural,
cimentada en principios comunes y universales como es el Decálogo, dando pie a
la degradación del ser humano y a la desintegración social.
B. Destrucción del orden moral
Palabras prohibidas
13. Para el “intelectual” laicista y
desacralizado, términos como Dios, mandamientos, ética, moral, amor, valor,
alma, conciencia, virtud, deber, fidelidad, etcétera, deben ser excluidos del
vocabulario oficial; son palabras prohibidas en el diccionario laicista. Se ha
introducido además en la vida pública la moda de inventar vocablos o giros
lingüísticos para desvirtuar el peso moral de los contenidos de las acciones
implicadas, por ejemplo, a la anticoncepción se le llama “salud reproductiva”,
al aborto “interrupción del embarazo”, al embrión humano simple “producto” o se
habla erróneamente de “pre-embrión”; con el pretexto de luchar contra el machismo
y la discriminación de la mujer (que buena falta nos hace), negando el hecho
biológico y privilegiando el cultural, se reinventa la noción de género
(ideología de género, equidad de género, etcétera) los cuales no serían sólo
dos como los sexos (o tres con el neutro gramatical), sino toda una
constelación: masculino, femenino, homosexual, lesbiano, bisexual, transexual,
etcétera, dando carta de ciudadanía a la promiscuidad y a la degradación
sexual, como en el más puro paganismo que describe San Pablo en su carta a los
Romanos (Cf. Rm 1, 24-32). La equivocidad y la confusión en el lenguaje acompaña siempre a la demagogia y a la manipulación social.
Ataque a las instituciones
14. Con particular encono se atacan las
instituciones básicas y fundantes de la sociedad como son el matrimonio y la
familia, las cuales, siendo patrimonio común de la humanidad, la Iglesia
protege y enriquece con los valores propios del Evangelio, sin quitarles su
bien propio y natural. Pero el laicismo aborrece no sólo la moral cristiana
sino la misma ley natural y, en nombre del pluralismo y de la tolerancia,
aplaude todo género de uniones y formas aberrantes de convivencia, a las que
pretende dar en las leyes el mismo rango jurídico y social que al matrimonio
natural y a
Los laicos y el laicismo
15. Pero, si miramos al interior de la
comunidad creyente, podemos observar que no está exenta de este prejuicio y de
este error, sino que el laicismo, en buena parte al menos, está incrustado en
la entraña misma del catolicismo nacional. La separación entre la fe y la vida,
entre lo que se cree y lo que se practica, es una de las llagas más dolorosas
que tiene que soportar
C. El Cristianismo: un gran sí al amor y
a la vida
Jesucristo, el “amén” del Padre
16. El Papa Benedicto XVI corrige esta
apreciación tan lastimosa y va a la raíz misma del laicismo contemporáneo. En
su carta encíclica no menciona la palabra pecado; y no es porque no le interese
la ley moral, o no deban enderezarse los comportamientos humanos equivocados,
sino porque el Papa quiere subrayar que el cristianismo no arranca de una
doctrina o de un sistema intelectual o moral, por más sublime que sea, sino del
encuentro gozoso con una Persona viviente y real, Jesucristo. No se comienza a
ser cristiano –dice en su encíclica- por una decisión ética o una gran idea,
sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (Nº 1); y les
aclaraba recientemente a los fieles de Roma: La fe y la ética cristiana no
quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte y libre el amor. Éste es el sentido
de los diez mandamientos, que no son una serie de “noes” sino un gran “sí” al
amor y a
Lo que queremos anunciar
17. Vemos, pues, que el amor cristiano no
nace de una obligación, de un deber, sino de un encuentro gracioso, de una
gratitud. El no que llevan consigo los mandamientos se desprende de un sí
gozoso a la voluntad de Dios y del encuentro amoroso con su Hijo Jesucristo. Al
aceptar el hombre a Jesucristo necesariamente se sigue el rechazo de otros
maestros y doctrinas, como el hallazgo de la perla preciosa conlleva la venta
de los cachivaches. Lo acaba de reiterar el Papa Benedicto XVI: Despertar el
valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las
únicas que permiten crecer, caminar hacia delante y alcanzar cualquier objetivo
importante en la vida; las únicas que no destruyen la libertad, sino que
ofrecen la justa dirección en el espacio. Arriesgar esto, este salto -por así
decir- en definitivo, y con ello acoger plenamente la vida, esto es algo que
quisiera poder comunicar (Radio Vaticana, entrevista el día 5 y 13 de agosto,
2006). Esto es lo que nosotros quisiéramos también poder trasmitir y comunicar.
El corazón de la fe cristiana
18. La frase de San Juan Dios es amor (1 Jo 4, 16) expresa, según
el Romano Pontífice, con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana; por
eso -añade- deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma y que nosotros
debemos comunicar a los demás (Nº 1). Se trata, pues, del ser o del no ser
cristiano, según se acepte esta enseñanza y se viva esta experiencia, o no.
Para evitar cualquier confusión, el Papa comienza esclareciendo la tan sublime
y a la vez tan tristemente manoseada palabra amor. Los griegos lo llamaban eros y lo entendían como la atracción
motivada por la pasión de los sentidos hasta la embriaguez pseudomística; sus
manifestaciones eran desde las orgías públicas en los cultos al dios Dioniso,
hasta la prostitución sagrada en los templos y los rituales esotéricos de los
círculos de iniciados. Así se experimentaba y vivía el amor-eros antes de Cristo, en el paganismo.
Según Nietzsche, el cristianismo vino a envenenar este amor y a destruir la
felicidad del hombre (Cf. Más allá de
bien y del mal, IV, 168). El Papa responde que no es así. El cristianismo
no vino a suprimir el eros, ni a
envenenarlo, sino a elevarlo y orientarlo hacia su plenitud; lo convirtió en ágape, en amor oblativo y donación plena
que comienza por los sentidos –eros-,
pero que se purifica y transforma en ágape
por la gracia de Cristo.
El rostro humano de Dios
19. Cristo no quita nada, sino que lo da
todo, dijo el Papa Benedicto XVI a los jóvenes durante su visita a Colonia. ¿Cómo
es esto posible? Responde el Romano Pontífice: Por el misterio de la
Encarnación del Hijo de Dios. Cuando el Hijo eterno de Dios asume la naturaleza
humana en el seno de
La imagen humana más perfecta del amor
divino se da en la unión conyugal; por eso se habla del desposorio del Hijo de
Dios con la humanidad en el misterio de la Encarnación y, en Cristo, el amor
humano se transforma en divino. El encuentro definitivo de los redimidos con
Cristo se describe en el libro del Apocalipsis como la fiesta de bodas del
Cordero (Cf. Ap 21, 9s). Como los esposos son una sola carne sin perder su
propia identidad, así, en Cristo y por Cristo, se unen los opuestos sin
desaparecer: lo humano con lo divino, el cielo con la tierra, el espíritu con
la materia, el hombre con la mujer, el eros
en el ágape. En Él (Cristo) tienen su
consistencia todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, enseña San
Pablo (Col 1, 17), y en esta acción re-creadora de Dios en Cristo consiste la
redención y
El rostro divino del hombre
20. En esta unión no desaparece el cuerpo
ni la atracción sexual, sino que ésta asume formas superiores de expresión y es
trasformada por la presencia del ágape
en amor que se entrega de manera total y definitiva. Todo y para siempre. Sólo
el ágape proporciona felicidad porque
apunta hacia
El evangelio del eros transformado en ágape
21. Esto, decía el Papa, es lo que
quisiera comunicar, lo que los católicos debemos anunciar y pregonar; ésta es
la buena nueva, el evangelio del eros
elevado y transformado en ágape, que
nos trajo Jesucristo con el misterio de su Encarnación y redención. De esta
valoración de la dignidad de la persona y del aprecio por el amor humano
purificado, viene el rechazo de la Iglesia a todo lo degradante y vil, a todos
los métodos violentos y antinaturales de enfocar el origen, transmisión y
custodia de la vida, la educación del hombre y el progreso humano.
Porque el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado (GSp 22), la Iglesia tiene
encomendado el cuidado del hombre como tarea irrenunciable y esencial. Ésta es
la buena nueva que el cristianismo anuncia mediante la Iglesia y lo que el
laicismo intransigente no acepta, ni parece interesarle entender. No lo hace
porque la defensa de la dignidad humana y de su trascendencia no es lucrativa
en lo económico ni eficaz en lo práctico ni correcta en lo político ni popular
en lo social; estos valores deben, por tanto, ser eliminados de las políticas
públicas en el campo de la salud, de la educación y en los medios de
comunicación.
Ésta es la filosofía que campea en el
ambiente desacralizado de la cultura pública y de la política nacional, y de la
cual hace alarde el laicismo oficial. La guerra del dios Dionisos contra el
Crucificado es frontal, como lo anunciaba el filósofo alemán al final de su
obra Ecce Homo.
D. Frutos amargos del laicismo
El laicismo intransigente
22. Las consecuencias prácticas que se
desprenden de esta concepción laicista de la vida en su expresión intolerante,
son múltiples. Señalaremos algunas de manera sucinta, a modo de ejemplo, aunque
cada una requeriría un análisis mayor.
a) Laicismo y moral. Como para el laicismo no hay ley moral
estable que valga, sea la cristiana o la simplemente natural, cualquier
precepto o límite a la conducta humana, sobre todo en el campo de las ciencias,
se considera como injerencia indebida y enemiga del progreso; esto sucede
particularmente en la esfera de la vida: anticoncepción, aborto, clonación de
seres humanos, manipulación de embriones, fecundación in vitro, etcétera. Al separar la ética de la técnica y la moral de
la ciencia, nada importa ya el derecho irrestricto a la vida humana o la
dignidad de la persona, con tal de lograr un “progreso” que, al final, se
volverá necesariamente contra el mismo hombre. No todo lo que es técnicamente
posible es moralmente admisible. A quien defienda, en cambio, el aborto, la
píldora del día siguiente, la experimentación con embriones humanos, etcétera,
se le reconocerá como “progresista”, con un coro internacional de aplaudidores;
a la Iglesia, en cambio, fiel protectora del derecho irrestricto a la vida y de
la dignidad humana, se le tachará de conservadora, insensible y enemiga del
progreso. Lo mismo sucederá con los gobiernos y sus gobernantes.
b) Laicismo y democracia. En el campo de lo social, se presenta a
la Iglesia como incompatible con la democracia, pues no está configurada en su
estructura interna según este modelo sociológico y político al que pretende
apoyar. Esto sucede simplemente porque no la pensó así su fundador Jesucristo;
además, se le recuerda que el respeto debido al pluralismo democrático exige
que se gobierne para todos, no nada más para los católicos; y esto es verdad,
sólo que no se puede olvidar que se debe gobernar también para los católicos,
es decir, respetando sus convicciones y sus derechos; de otro modo, se gobierna
sólo para algunas minorías y se excluye a la mayoría, lo cual es
antidemocrático. Ésta es una objeción totalmente desenfocada, enredándose el
laicismo en sus propias redes.
c) Laicismo y educación. Lo mismo pasa en el campo educativo. Es
atributo y deber del Estado el ordenar la educación pública, pero esta
atribución está siempre subordinada al derecho primario de los padres a elegir
el tipo de educación que desean para sus hijos (Cf. ONU, Declaración Universal..., 1948, Nº 26.3). La razón es muy sencilla:
porque los hijos no son del Estado, sino de sus padres y éste es un derecho
natural e intransferible. Por eso también lo defiende
Ante esta manera de pensar bien valdría
la pena preguntarnos, ¿pueden los gobernantes legislar contra el sentir de la
mayoría, contra las tradiciones y el patrimonio común de un pueblo, contra la
estructura social y moral que ha sostenido la vida de una nación? Es saludable
que las tradiciones se enriquezcan con nuevos aportes, pero no es prerrogativa
del gobierno imponer la ideología propia, generalmente la del grupo en el poder,
usando todo el aparato jurídico, educativo y propagandístico del Estado. Esto
es contrario a la democracia e inicio del totalitarismo.
d) Laicismo y sexualidad. En el campo de la sexualidad se tocan
muchas cuestiones morales de suma importancia. La sexualidad humana no es sólo
biología, genitalidad, sino que implica comportamientos y relaciones que
inciden de manera determinante en la vida íntima, afectiva y social de niños y
jóvenes; el sexo, en cierta manera, define a la persona y su desarrollo futuro
como hombre o mujer y afecta gravemente a toda
e) Laicismo y política. En el terreno de lo político se suele
asociar a la Iglesia con tendencias llamadas de derecha. Las nomenclaturas
“derecha” o “izquierda” no proceden de
Quien rechaza obedecer a la autoridad que
actúa según el orden moral «se rebela
contra el orden divino» (Rm 13,2). Análogamente la autoridad pública, que
tiene su fundamento en la naturaleza humana y pertenece al orden preestablecido
por Dios, si no actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio y por
ello mismo se hace ilegítima, enseña
f) Laicismo y
Magisterio eclesiástico.
Finalmente, la Iglesia siempre ha exigido su derecho a emitir juicios morales en
las diversas circunstancias de la vida de los ciudadanos, incluido el campo de
la política; esto lo hace para iluminar la conciencia de los católicos en
asuntos tan importantes como es el bien moral de
Como el laicismo no reconoce validez ni
da importancia al campo de la moral, que es donde se mueve la Iglesia, estos
juicios los reduce simplistamente a meterse en política, sin más. No acepta la
distinción básica que hace la DSI entre la política en sentido amplio que mira
al bien común y que interesa a la Iglesia y a sus Pastores (Cf. DP, 521) y la
política partidista, campo propio de los fieles laicos.
Insistimos:
La Iglesia no se arroga ingerencia alguna en el ordenamiento de la sociedad
civil, cosa que no le corresponde, sino que emite juicios morales para el
comportamiento recto de sus hijos. Es su campo específico, ni más ni menos. Los
católicos somos respetuosos de los ordenamientos sociales justos, estamos
dispuestos a vivir en paz con todos y a colaborar activamente en el campo del
bienestar general. No reclamamos privilegios pero tampoco aceptamos
discriminaciones; es de justicia que se reconozca el aporte valioso que hace la
comunidad católica a
II. La Iglesia y la democracia
“Una
auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la
base de la recta concepción de la persona humana” (Juan Pablo II).
A. La laicidad del Estado
Descripción de la Democracia
23. Llegados a este punto, es necesario
detenernos a considerar más de cerca la relación que guarda la Iglesia con el
sistema democrático que se busca instaurar entre nosotros. Buscaremos
esclarecer, como advertíamos en la introducción, algunos de los términos de la
DSI que suelen generar confusión y dificultan el común entendimiento. Como es
bien sabido, la Iglesia católica ha convivido con los más diversos regímenes
sociales y políticos en las más variadas circunstancias de su milenaria
historia; ahora, en nuestra patria, convive con un incipiente régimen
democrático, que se va consolidando con dolor. Por su etimología, democracia
significa el señorío o dominio del pueblo. En la clásica denominación
aristotélica se distinguen: monarquía, aristocracia y democracia.
La democracia, en su acepción moderna,
supone una teoría política basada en la división de poderes: ejecutivo,
legislativo y judicial, constitutiva del “Estado de derecho”. Es un sistema de
gobierno opuesto a los regímenes absolutistas y totalitarios y se distingue por
la participación ciudadana, que elige y cambia a sus gobernantes y requiere de
la existencia de partidos y del ejercicio libre del voto ciudadano; implica,
por igual, la tutela de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones.
El Papa Pío XII (Radiomensaje de Navidad, 1944) expresó, no sin ciertas cautelas,
una valoración positiva de la democracia; siguieron muchas aclaraciones de los
Papas Juan XXIII y Pablo VI en sus Encíclicas sociales, pero fue el Papa Juan
Pablo II quien en la Centesimus annus
(Nº 46) manifiesta abiertamente su complacencia con el régimen democrático en
cuanto asegura a los ciudadanos la posibilidad de elegir, controlar y sustituir
de modo pacífico, cuando así lo exija el bien común, a sus propios gobiernos.
Sin embargo, aclara con insistencia que la democracia, para ser auténtica,
necesita como condición indispensable la vigencia del Estado de derecho y de
una correcta concepción de la persona humana. Así entendida, la democracia es
aceptada y alabada por la Iglesia no como un fin en sí misma, sino como un
medio e instrumento valioso para lograr el bienestar general o bien común.
La democracia moderna
24. La democracia, tal y como la
conocemos sobre todo en Occidente, hunde sus raíces en el sistema de valores
propios del cristianismo; de hecho, se ha consolidado en los países de origen y
cultura cristiana y católica. En nuestra patria es apenas conocida y practicada
y, al haber nacido marcada por la ideología liberal inspirada en el positivismo
jurídico y contraria al derecho natural, necesariamente condujo a la separación
y enfrentamiento entre el orden jurídico y el orden ético, hasta desembocar en
el relativismo moral. Así se explica que, en el ordenamiento de la nación,
permanecieron en la Constitución leyes abiertamente hostiles a la libertad de
expresión, de asociación y de religión. Así se originó la anticultura de la
´simulación forzada´ que no sólo devaluaba el sentido de las leyes, obligando a
componendas o a vivir al margen de ellas o a ignorarlas, sino al deterioro
mismo del sentido de la ley justa, del papel de la autoridad y de las formas en
las que la sociedad debe vivir y organizarse dentro del orden jurídico,
señalamos los Obispos de México en la Carta pastoral: “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” (Nº 40).
Esta descripción corresponde a un Estado
no de derecho, sino antidemocrático y, por tanto, generador de marginación; por
eso añadimos: Lo más lamentable de esta etapa no fue tanto que marginaran a la
Iglesia quienes detentaban el poder político, sino la paulatina automarginación
de muchos católicos del mundo de la política, de la economía y de la cultura en
general (Ibid. Nº 42). Esta situación a nadie beneficia, pues empequeñece al
creyente y debilita al Estado; es necesario, por tanto, que los fieles
católicos, para buscar el remedio oportuno a estos males sociales, tengan en
cuenta lo siguiente:
1°) La sana autonomía de las realidades
temporales. El Concilio
Vaticano II proclamó la sana autonomía de las realidades temporales respecto de
la religión o de la fe, es decir, el reconocimiento que las ciencias humanas
tienen sus propias leyes y normas, que proceden conforme a determinados
principios que les son propios y necesarios para su particular desempeño. Estas
leyes intrínsecas a cada ciencia o arte, el hombre las va descubriendo con la
luz de su razón y ordenando con su esfuerzo hacia su propio fin, que no es otro
que el bien del mismo hombre (Cf. GSp, 36); así tributa gloria al Creador
porque, como enseña san Ireneo, la gloria de Dios es que el hombre viva. Esta
sana autonomía en el campo de la organización social es lo que se llama “Estado
laico” y es una condición indispensable para que el político creyente pueda
expresarse conforme a su conciencia.
2°) Esta autonomía no es absoluta. Como estas leyes internas a cada ciencia
o arte tienen su origen en el Creador y están ordenadas al bienestar general y
trascendente del hombre, esta autonomía no es absoluta, sino que está sujeta,
para su feliz realización, a la observancia del orden moral querido por Dios.
No todo lo que es posible es de provecho ni está permitido hacerlo. Este orden
moral y trascendente es el que el hombre debe siempre respetar, haciendo uso
responsable de la libertad y de la recta razón. De la observancia del orden
moral superior nadie se puede dispensar sin grave ofensa al Creador y sin daño
personal y social en esta vida, pues la criatura, sin el Creador desaparece
(GSp, 36).
La fe católica enseña que la negación de
Dios conduce al deterioro de la creatura y la DSI lo explica diciendo que el
hombre es sólo administrador, no dueño, mucho menos señor despótico de los
bienes de la creación.
3°) La sana laicidad del Estado, legítima
y provechosa. El fiel
católico puede escoger el partido político y el ordenamiento social que juzgue
mejor para conseguir el bien general, con tal que no contradiga el orden moral
basado en la dignidad y respeto de la persona humana y, consecuentemente, en su
propia fe. Lo decimos con palabras del Papa Benedicto XVI al presidente del
Senado italiano, Marcello Pera:
Parece legítima y provechosa una sana
laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen
según normas que les son propias, a las que pertenecen también esas instancias
éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre (17 Oct.,
2005). La laicidad del Estado es legítima y provechosa siempre y cuando sea
sana, es decir, no contaminada con ideologías que la extralimitan y desvirtúan.
Sin una autoridad moral superior a la esfera del Estado, éste se convierte en
amo y señor y la libertad queda avasallada.
4°) Una laicidad positiva. Una consecuencia importante consiste en
que el fiel católico que participa en política o interviene de cualquier manera
en la vida pública, no actúa ni como representante de la Iglesia, ni como
mandatario de la misma, ni como apoderado de sus intereses espirituales o
materiales, sino que interviene en el ordenamiento de la sociedad por propio
derecho en vistas al bienestar general, es decir, de todos los ciudadanos sin
distinción. Un auténtico hijo de la Iglesia no niega su fe, ni la oculta, pero
tampoco la utiliza para fines políticos o de gobierno. El fiel católico, con su
participación en el campo político y social, no pretende un gobierno o un
estado confesional; al contrario, contribuye a la creación de un verdadero y
auténtico Estado laico: respeta toda opción religiosa sin imponer
Un Estado sanamente laico también tendrá
que dejar lógicamente espacio en su legislación a esta dimensión fundamental
del espíritu humano: ese ´sentido religioso´ con el que se expresa la apertura
del ser humano a
5°) Laico, es decir,
aconfesional. Otra
consecuencia importante que se desprende de lo dicho, consiste en que el Estado
sanamente laico es aquel que respeta toda creencia o confesión religiosa, pero
no inmiscuye ni la suya ni ninguna otra en la vida pública. Cada ciudadano,
incluido el gobernante, tiene el derecho de profesar su propia fe, tanto en
público como en privado, sin que nadie se lo pueda impedir, pero tampoco debe
imponerla a los demás ni utilizarla con fines partidistas.
El Estado sanamente laico no tiene
religión oficial, ni es confesional, pero tampoco es neutral porque, pretender
ser neutral en el campo de los valores, es una ficción; mucho menos es
antirreligioso, sino aconfesional. Dice la Carta pastoral de los obispos:
El Estado laico no impone ninguna
propuesta religiosa de modo institucional sino que trabaja activamente a favor
del derecho a la libertad religiosa de las personas y de las iglesias (Del encuentro..., Nº 274); y explica:
Entendemos la laicidad del Estado como la aconfesionalidad basada en el respeto
y promoción de la dignidad humana y por tanto en el reconocimiento explícito de
los derechos humanos, particularmente del derecho a la libertad religiosa
(Ibid. 279).
B. La laicidad negativa
La autonomía no se extiende al campo
moral
25. Descrita así la sana laicidad o
laicidad positiva del Estado, es necesario describir la laicidad negativa o
enfermiza, y distinguir cuidadosamente entre laico y laicista (y entre laicidad
y laicismo), pues de aquí provienen las confusiones y los malentendidos que no
nos dejan avanzar en el común entendimiento y en el respeto integral a los
derechos humanos. Dijimos que el fiel laico que interviene en la vida pública,
goza de autonomía en el ámbito político y que su fe y su Iglesia no le imponen
ninguna preferencia partidista ni un sistema de gobierno en especial. Él busca,
promueve y participa en el partido político o en el gobierno que, según sus
alcances y convicciones, mejor promueve el bien de
No afirmamos que la moral pública se
fundamente en los dogmas de la fe o, como suelen decir, en “valores
confesionales”, sino en la dignidad de la persona humana, que se expresa en los
preceptos de la ley natural, común a todos los hombres y a todas las grandes
religiones, pero siempre debe quedar abierta la posibilidad de practicar los
valores cristianos, salvaguardada la paz y el orden social. El gobernante laico
debe gobernar para todos, pero también para los cristianos.
La revelación perfecciona, no substituye
a la razón
26. Los católicos sabemos que la
revelación divina tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, confirma y
esclarece pero no anula ni cambia la naturaleza de esta ley natural. Por tanto,
el fiel laico auténticamente libre y responsable es el que respeta y observa el
orden querido por Dios, es decir, la ley natural que tutela la dignidad de la
persona humana y sus derechos inviolables. Lo dice el Papa Benedicto XVI en su
carta encíclica “Dios es Amor”: La
doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es
decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano (Nº
28). Cuando se ignora la distinción entre ley natural y revelación divina,
entre orden moral natural (expresado en el Decálogo) y contenidos de la fe
(enumerados en el Credo), y se desconocen sus mutuas relaciones, se generan las
confusiones en las que por décadas hemos vivido. Lo que retrae a un ciudadano
católico de apoyar a un determinado partido o candidato no es en primer lugar
su Iglesia o su fe, sino su conciencia, que le exige respetar el orden moral
natural y, en concreto, la dignidad de la persona humana y sus derechos
irrenunciables, anteriores a su propia fe y, por supuesto, anteriores al
Estado. En la obediencia a la conciencia radica su responsabilidad y su
dignidad.
Exigencias éticas irrenunciables
27. La Congregación para la Doctrina de
la Fe recuerda que “ante estas exigencias
éticas fundamentales e irrenunciables, los creyentes deben saber que está en
juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona”,
y enumera las siguientes:
a) “Las
leyes civiles en materia de aborto y eutanasia..., que deben tutelar el derecho
primario a la vida desde su concepción hasta su término natural.
b) El
deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano.
c) La
tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre
personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las
leyes modernas del divorcio...
d) La
libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable,
reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos.
e) La
tutela social de los menores y las víctimas de las modernas formas de
esclavitud: droga, prostitución...
f) El
derecho a la libertad religiosa.
g) El
desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común,
y
h)
El gran tema de paz que, ‘como obra de la
justicia y efecto de la caridad´, exige un rechazo radical y absoluto de la
violencia y del terrorismo”
(“El compromiso y la conducta de los católicos
en la vida política”, Nº 4).
Éstos
son los cimientos que sostienen el edificio de la sana convivencia social y el
futuro venturoso de la humanidad.
El laicismo
28. El laicista o el laicismo no admite,
por lo general, estar sujeto a normas morales estables e inmutables, sino que
profesa el positivismo jurídico y el relativismo moral, y sostiene que los
valores sociales y las normas morales se establecen mediante un “pacto social”,
es decir, por consenso ciudadano, por el voto de la mayoría o por la utilidad
del momento. El laicista extiende así ilegítimamente las reglas de la
democracia al campo de la moral, al ámbito de la conducta humana, propiciando
un relativismo moral que ha permitido a los poderosos y a los dictadores de
todo género cometer los mayores crímenes de
C. Los fieles católicos laicos
Decálogo, patrimonio de la humanidad
29. El laico católico respeta y se
propone salvaguardar y cumplir la ley moral natural, común a todas las grandes
religiones. Esta ley natural no se identifica con ninguna creencia religiosa en
particular, ni siquiera con la religión católica aunque ésta la proclame en
toda su integridad y la defienda con particular empeño. La expresión
privilegiada de esta ley natural se encuentra en el Decálogo (Cf. Catecismo, Nº 2070), que también fue
objeto de revelación de parte de Dios en el Sinaí y fue perfeccionado por
Cristo en el Sermón de la Montaña; pero, esta revelación sinaítica a Moisés y
el perfeccionamiento evangélico de Jesús no le cambian su naturaleza
fundamental de expresión de la ley natural, común a toda la humanidad, grabada
antes que en tablas de piedra en el corazón del hombre y que obliga en
conciencia a todos y en todas partes, es decir siempre. La observancia de esta
ley natural, aceptada por todas las grandes religiones del mundo, es de tal
trascendencia que de ella depende, por caminos que sólo Dios conoce, la
salvación eterna para todos los hombres sin distinción; ésta es la razón por la
que la doctrina católica admite la posibilidad de salvación para quien cumpla a
cabalidad esta ley natural, aunque se encuentre, sin culpa de su parte, fuera
del ámbito visible de la Iglesia (Cf. LG 16). El Decálogo constituye un
patrimonio precioso de la humanidad, que le ha permitido sobrevivir a pesar de
las barbaries perpetradas por dictadores de todo género. En resumen, el
católico participa en la política guiado por el Decálogo, no por las
Bienaventuranzas; pero, si vive conforme a éstas, añade a la vida social el
perfume del Evangelio.
Es derecho, no intromisión
30. Es, por tanto, un derecho y un deber
de los fieles católicos laicos, como de todo ciudadano razonable y responsable,
defender los valores y las virtudes morales naturales como son la justicia, la
verdad, la libertad, la honradez, la lealtad, la solidaridad, el respeto a la
persona humana, la paz, etcétera; y esta participación no puede calificarse,
por ningún motivo, de intromisión de la Iglesia en el ámbito de los gobiernos,
de los partidos políticos o de
Negarle o limitarle, por tanto, a los
Pastores de la Iglesia este deber de enseñar y recordar a los fieles sus
obligaciones, es una intromisión indebida del Estado en el espacio moral y
espiritual que no le corresponde. Igualmente, pretender apartar a los católicos
de la vida política o del ámbito de la enseñanza por el hecho de manifestarse
creyentes y de ser coherentes con la doctrina de la Iglesia en la enseñanza de
la ley natural, es una forma de laicismo intransigente y discriminador. Sería
negar relevancia política y cultural a la fe católica y al cristianismo en
general, lo cual es inadmisible.
Al querer impedir a los católicos
participar plenamente en la construcción del bien común, el Estado se ha
empobrecido y los creyentes han desmerecido en su condición de ciudadanos por
verse limitados en sus derechos y en su dignidad. La separación entre la fe que
profesamos y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los
errores más graves de nuestro tiempo, recordaba a los Obispos de México el Papa
Benedicto XVI durante la visita ad limina
(15 Sept., 2005. Cf. GSp. 43).
D. Relación entre fe y política
La Iglesia no sustituye al Estado
31. El Estado tiene como fin propio el
establecimiento de
El fiel católico, como todo ciudadano
responsable, tiene el deber de participar en esta tarea común de instaurar la
justicia en el mundo. El velar por el derecho del pobre, del huérfano y de la
viuda es su obligación en cualquier partido en que milite o en cualquier
institución a la que pertenezca. Los hermanos pobres no son botín de nadie sino
responsabilidad de todos y la Iglesia los acoge como en su casa, porque ve en
ellos el rostro sufriente de Cristo, su Señor (Cf. Mt 25).
Arte noble y difícil
32. El Magisterio de la Iglesia se
refiere a la actividad política como a un arte noble y difícil y como a una
forma eminente de caridad, puesto que está ordenada al bien de todos. Por eso,
el Papa Benedicto XVI enseña que la política es más que una simple técnica para
determinar los ordenamientos públicos: su origen y meta está precisamente en la
justicia, y ésta es de naturaleza ética. Así, pues, el Estado se encuentra
inevitablemente de hecho ante la cuestión de cómo realizar la justicia aquí y
ahora. Éste es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar
a cabo realmente su función, la razón debe purificarse constantemente, porque
su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que
la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente. (Ibid. Nº
28).
El ser humano, y más cuando está dotado
de poder, se verá siempre acosado por la tentación de
anteponer el interés propio al de los demás y su razón se verá obnubilada por
sus pasiones. Éste es un hecho de experiencia y constatación diaria en todo el
mundo; se le suele llamar corrupción, porque roe y descompone a la sociedad
desde sus entrañas.
El punto de encuentro
33. Para poder superar eficazmente este
deslumbramiento del poder y del propio interés, es necesario que la política
oiga a la moral y la obedezca y supere así la ceguera ética, como le llama el
Papa; por eso, añade: En este punto política y fe se encuentran. Sin duda, la
naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo... Pero, al
mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. A partir de la
perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella
misma (Dios es amor, Nº 28) . Esto es de máxima importancia. La fe no suplanta, sino
que sirve a la razón y la ayuda a ser ella misma y a cumplir cabalmente su
misión. La fe, cualquiera que sea el terreno en que opera, no es para desplazar
o humillar al ser humano, sino para curarlo de sus miserias y ayudarlo a ser él
mismo. Le restituye su dignidad.
Entre
fe y razón no puede haber rivalidad. Explica el Papa:
La
fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más
claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social
católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco
pretende imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos
de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y
aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser
reconocido y después puesto en práctica (Ibid.). Éste es el inmenso servicio
que la fe ofrece a la razón humana y a la humanidad entera. Si la comunidad
católica encontrara el lenguaje apropiado para hacer comprender esto a los
políticos y si éstos tuvieran la necesaria prudencia y humildad para aceptarlo,
daríamos un paso enorme hacia el diálogo constructivo, el mejoramiento de la
sociedad y la reconciliación nacional. Aquí la tarea de los fieles laicos
ilustrados es indispensable.
La mesa del diálogo
34. En un régimen democrático quien no
sabe dialogar no logra gobernar con sabiduría y con eficacia. El diálogo es
cualidad y propiedad del ser humano, creado a imagen de
Con respecto al futuro, es indispensable
tener la mente abierta para la propuesta y la mano tendida para
III. Ser como Dios o ser imagen de Dios
“Serán
como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn 2,5).
Religiosidad
probada
35. El pueblo mexicano es un pueblo
eminentemente religioso aún a costa de grandes sacrificios, forjado en la
matriz cristiana de la Iglesia católica a lo largo de casi quinientos años de
evangelización y del acompañamiento generoso de sus pastores y misioneros. En
su inmensa mayoría ha dado su aceptación gozosa y generosa a la Iglesia
Católica, a Cristo Rey presente en
La presencia de Santa María de Guadalupe
en el Tepeyac nos ha marcado profundamente y sentimos a la vez el honor y la
responsabilidad de compartir esta dicha con otros pueblos. Somos, sin lugar a
dudas, un pueblo singular.
Ser como Dios
36. En el último siglo, el pueblo
creyente se ha visto distanciado de la clase gobernante a causa de la corriente
de pensamiento antirreligioso y persecutorio conocido como laicismo en su
expresión más radical e intransigente, que ha propiciado en la práctica un
retorno al paganismo bajo la bandera de la dictadura del relativismo moral y
religioso.
¿Qué es lo que está en la raíz de este
fenómeno pseudorreligioso englobante desde el punto de vista de nuestra fe
católica?
La Historia de la Salvación nos dice que
aquí subyace la vieja historia del paraíso terrenal, la de siempre: El hombre
moderno piensa que Dios es competidor del hombre, que es enemigo de su
felicidad y que, sin Él, podría irle mejor. Nietzsche, blasfemo como siempre,
llega a opinar que bajo el árbol del paraíso quien se escondía era el mismo
Dios en la figura de la serpiente (Más
allá del bien y del mal, 2).
Eso mismo piensa el laicismo, aunque no
lo diga de manera tan burda; sospecha que en Dios hay algo oculto que le impide
al hombre ser plenamente hombre y ser feliz. Si Dios no es alguien digno de
fiar, mucho menos lo será
Imagen y semejanza de Dios
37. A la Iglesia, en cambio, no le
interesa el poder, sino el hombre. Es absurdo presentarla o presentarse como
alternativa al Estado o casada con algún partido o color político. La Iglesia
quiere ser servidora de todos y no competidora de nadie; busca colaborar en
todo lo que es justo, noble y bueno, respetando las esferas de la propia
competencia. El amor que predica no genera dependencia ni poder sino vida y
propicia espacios de libertad. La Iglesia quiere hombres y ciudadanos libres
que, como criaturas, reconozcan los límites de su libertad y puedan así generar
relaciones de respeto y crear comunidad. La libertad que pide para los demás y
para cada uno de sus hijos, la reclama como derecho propio para cumplir su
misión. ¿Qué os pide hoy, dice el Concilio Vaticano II a los poderosos, la
Iglesia? No os pide más que libertad; la libertad de creer y de predicar su fe;
la libertad de amar a su Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar a
los hombres su mensaje de vida (Mensaje a
los gobernantes, 4). La libertad humana sólo es verdadera si se comparte
con los demás, si se aceptan sus límites y se convive con otros. Ésta es la
libertad que está en la base de nuestro ser creatural y la que sustenta a la
democracia; por eso decimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, en
quien conviven las tres Personas divinas en armonía, sin perder su identidad ni
romper su unidad ¡La fe en
El esplendor de la verdad
38. La democracia necesita de la verdad
para subsistir, si no, ambas perecen miserablemente. El cumplimiento de los
Mandamientos de la ley de Dios, la ley natural, no es exigencia extrínseca al
hombre, no le viene de una imposición externa, sino de su propia naturaleza, de
su “verdad” como hombre para poder subsistir. La observancia de la ley natural
es el único camino hacia la libertad y hacia la democracia; sus contrarios,
llámense laicismo, liberalismo intransigente, relativismo o todo lo que se le
parezca, destruyen a la persona humana y a
Creer en Dios y aceptarlo en nuestra vida
no es una cuestión meramente “privada” o sólo
“devocional”, sino un asunto que trae
gravísimas consecuencias políticas y sociales. Desechar a Dios de la vida
pública y social y minimizar o ridiculizar la práctica religiosa de los
ciudadanos de cualquier condición, es atentar contra las fuentes mismas de la
dignidad humana y de la convivencia fraterna. La paz social sólo se sustenta en
la verdad y la última verdad del hombre es Dios.
39. La cercanía con Dios no disminuye al
hombre sino que lo engrandece, no lo empobrece sino que lo enriquece y ensancha
su corazón para que acoja y sirva a los demás. María Santísima es ejemplo y
modelo de esta entrega a Dios y de servicio incondicional a los hombres. La
cercanía con Dios la elevó a alturas insospechadas y la situó en las
encrucijadas más dolorosas de la vida humana. En la cruz nos fue entregada por
su propio Hijo como Madre nuestra; por eso, el pueblo católico la siente suya y
la invoca como auxilio, refugio, consuelo y esperanza que no defrauda. Ella es
Salud de los enfermos porque ha curado y cura infinitas llagas y dolencias que
ni la medicina ni la economía ni la política pueden sanar. El pueblo creyente
lo sabe muy bien, lo entiende y lo agradece y con confianza filial
Conclusión
Testigos de la esperanza
40. En la exhortación postsinodal “Pastores gregis” se recuerda al Obispo
que, siendo un ser humano tomado de entre los hombres, actúa en nombre de
Jesucristo y que es el mismo Jesucristo quien, por su medio, apacienta a sus
fieles. Por eso, entre otras cosas, se le pide defender a sus ovejas de los múltiples
males que las acechan por doquier. Se le recuerda que, afianzado en el
radicalismo evangélico, tiene el deber de desenmascarar las falsas
antropologías, rescatar los valores despreciados por los procesos ideológicos y
discernir la verdad (Nº 66); que debe ser testigo y servidor de la esperanza,
sobre todo donde más fuerte es la presión de una cultura inmanentista, que
margina toda apertura a la trascendencia, es decir a Dios, y que debilita la fe
y apaga la caridad (Nº 3). Esto es lo que, según mis posibilidades y las
circunstancias actuales lo requieren, he tratado de hacer en esta Carta
Pastoral. Quizá a algunos estas consideraciones parezcan algo extraño por
inusuales; pero si bien lo miramos, como lo hace el Papa Benedicto XVI en su
primera encíclica, en las falsas antropologías y en los procesos ideológicos
viciados, radican los numerosos males que nos afligen y que parecen no tener
remedio. Por eso
Ante las situaciones de injusticia, y
muchas veces sumidos en ellas, que abren inevitablemente la puerta a conflictos
y a la muerte, el Obispo es defensor de los derechos del hombre, creado a
imagen y semejanza de Dios. Predica la doctrina moral de la Iglesia, defiende
el derecho a la vida desde la concepción hasta su término natural; predica