Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 9 – Octubre de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

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Equipo de “Fe y Razón”

 

 

Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Cr. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

Damos una cálida bienvenida al Equipo de “Fe y Razón” al Cr. Rafael Menéndez, miembro de la sección Uruguay de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITA).

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Uruguay, tierra de misión que sufre una amplia ofensiva contra la familia y la vida

Equipo de Dirección

Tema central

Consideraciones generales sobre la situación

de la Iglesia Católica en Montevideo

Varios miembros sinodales

Tema central

Algunas reflexiones pastorales a partir del Instrumentum Laboris de la 11ª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

Ing. Daniel Iglesias

Tema central

La religiosidad de los montevideanos

Ing. Daniel Iglesias

Tema central

“Uno solo es el Salvador”

Cardenal Joseph Ratzinger

Tema central

La Iglesia es católica

Catecismo de la Iglesia Católica - Compendio

Familia y Vida

Las uniones de hecho en el conjunto de la sociedad

Pontificio Consejo para la Familia

Familia y Vida

Proyecto de ley antimatrimonial

Lic. Néstor Martínez

Familia y Vida

Acerca de la eutanasia

Asociación Civil “Derecho y Vida”

Familia y Vida

“Cuando se puede tener hijos no se quieren

y cuando se quiere no se pueden tener”

Asociación Civil “Derecho y Vida”

Familia y Vida

Eutanasia infantil

Dra. Dolores Torrado

Teología

Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones

Papa Benedicto XVI

Oración

Salve, Regina

Catecismo de la Iglesia Católica - Compendio

 

 

Uruguay, tierra de misión que sufre una amplia ofensiva contra la familia y la vida

 

Equipo de Dirección

 

Dado que la Iglesia Católica considera a octubre como un mes dedicado especialmente a las misiones, desde hace tiempo habíamos decidido dedicar el tema central de este número de “Fe y Razón” al estado de la misión evangelizadora de la Iglesia Católica en nuestro país, el Uruguay. Como veremos luego, una serie de importantes acontecimientos recientes nos han impulsado a agregar un segundo tema principal, referido a tres inicitivas legislativas tendentes a legalizar en el Uruguay respectivamente las “uniones concubinarias”, el “testamento vital” y el aborto y la “perspectiva de género”.

 

1.      Uruguay, tierra de misión.

 

En su edición del día 21/07/2006, el diario “El País” de Montevideo informó lo siguiente:

 

“Según la última Encuesta Nacional de Hogares sobre religión, un 47% de los uruguayos se definen como "católicos", aunque el porcentaje de creyentes es mayor en el interior del país (48%) que en Montevideo (44%) […]

"¿Cómo se definiría usted desde el punto de vista religioso?", fue una de las preguntas en la Encuesta Nacional de Hogares 2006 del Instituto Nacional de Estadística (INE), con las opciones: católico, cristiano no católico, judío, umbandista u otro culto afroamericano, creyente en Dios sin confesión, ateo o agnóstico u otro. En total, el estudio revela que un 58.2% de los uruguayos se definen como cristianos, incluyendo a los católicos, y un 11% se consideran creyentes no practicantes [Nota de “Fe y Razón”: en realidad éste es el porcentaje de cristianos no católicos]. La encuesta del INE también revela que un 17.2% de los uruguayos son ateos o agnósticos y un 23% se considera creyente sin ser católico [Nota de “Fe y Razón”: en realidad éste es el porcentaje de creyentes en Dios sin religión].”

 

Esta encuesta –que, hasta donde sabemos, sería la primera encuesta del INE en abordar el fenómeno religioso- muestra que, probablemente por primera vez en la historia, los católicos somos minoría en el Uruguay. Una minoría muy importante: casi la mitad de la población, que representa a la vez una amplia mayoría relativa dentro de las distintas definiciones en materia religiosa; pero minoría al fin.

 

Los datos sociológicos sobre el porcentaje notoriamente decreciente de católicos en Uruguay en las últimas décadas nos invitan a pensar acerca del estado de la misión de la Iglesia Católica en nuestro país. Con motivo del IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo, celebrado el año pasado, tuvimos ocasión de reflexionar sobre ese asunto, aunque acotado a nuestra diócesis, que reúne a algo menos de la mitad de la población del Uruguay. Si bien el tema de la relación de la Iglesia con los católicos más o menos alejados de ella, los cristianos no católicos, los creyentes no cristianos y los no creyentes no fue uno de los temas que acapararon en mayor grado la atención de este Sínodo, en definitiva tampoco estuvo ausente. En este número publicamos pues dos aportes presentados al Sínodo (uno de ellos en una versión revisada) que de distintas maneras se aproximan a nuestro tema. Incluimos además una reflexión a partir del Instrumentum Laboris de la 11ª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (celebrada en Roma en octubre de 2005) y un texto del Cardenal Ratzinger (actual Papa Benedicto XVI), que nos parece iluminador acerca del mismo tema.

 

2.      La nueva evangelización requiere el nuevo ardor de los católicos.

 

Los problemas que queremos tratar aquí no son exclusivos del Uruguay. A continuación citaremos dos pasajes de un libro de Scott Hahn, pastor y teólogo presbiteriano de los Estados Unidos convertido al catolicismo. Estos pasajes describen de un modo impactante la situación de debilitamiento del impulso misionero en buena parte de la Iglesia Católica en el período post-conciliar.

 

El primer pasaje se refiere a la época en que Scott Hahn era un joven protestante fervorosamente anticatólico:

 

“Me dedicaba con especial entusiasmo a los católicos, por compasión hacia sus errores y supersticiones. Cuando dirigía estudios sobre la Biblia para alumnos de Secundaria, preparaba estratégicamente mi charla para llegar a los chicos católicos, que me parecían tan perdidos y confusos. Lo que más me alarmaba era su ignorancia, no sólo de la Biblia, sino de las enseñanzas de su propia Iglesia. Me daba la impresión de que los estaban tratando como conejillos de indias en sus propios programas de catequesis. Por tanto, hacerles ver los errores de su Iglesia resultaba tan fácil como acertar a patitos de plástico metidos en un barril.” (Scott y Kimberly Hahn, Roma, dulce hogar. Nuestro camino al catolicismo, Ediciones Rialp, Madrid 2001, p. 30).

 

El segundo pasaje narra dos hechos ocurridos en una época en que las creencias protestantes de Scott Hahn habían sufrido grandes conmociones y se sentía atraído por la verdad cristiana que comenzaba a percibir en el catolicismo:

 

“Fue duro, porque ella [su esposa, Kimberly] no quería saber nada de la Iglesia católica, y resultó más duro aún porque varios sacerdotes a los que visité tampoco querían hablar sobre su Iglesia. Cada dos por tres yo me escapaba en busca de un sacerdote que pudiera contestar a algunas de las dudas que aún me quedaban; pero uno tras otro me desilusionaban. A uno de ellos le pregunté:

-Padre Jim, ¿qué debo hacer, convertirme al catolicismo?

-Antes que nada –me dijo-, no me llame “padre”, por favor. En segundo lugar, creo que en realidad usted no necesita convertirse. Después del Vaticano II eso no es muy ecuménico. Lo mejor que puede hacer es, simplemente, ser mejor como presbiteriano. Le hará más bien a la Iglesia católica si usted se mantiene en lo que es.

Asombrado, le contesté:

-Mire, padre, yo no estoy pidiendo que me tome del brazo y me haga católico a la fuerza. Creo que Dios puede estar llamándome a la Iglesia católica, donde he encontrado mi hogar, mi familia de alianza.

Él contestó fríamente:

-Bueno, si lo que quiere es alguien que le ayude en su conversión, yo no soy la persona adecuada.

Me quedé helado.

De vuelta a casa le pedí al Señor que me guiara hacia alguien que pudiera resolver mis dudas y mis inquietudes, y de repente tuve una idea: tal vez debía inscribirme en cursos de teología de una universidad católica.

Envié mi solicitud para el programa de doctorado de Duquesne University, en Pittsburgh, donde me aceptaron y me ofrecieron una beca. Cada semana viajaba hasta allí en coche para asistir a las clases. En algunos de los seminarios era el único protestante, y el único estudiante que defendía al Papa Juan Pablo II. ¡Eso era lo paradójico! Al final me vi explicándoles a los sacerdotes (e incluso a ex sacerdotes) cómo ciertas creencias católicas tenían su fundamento en la Biblia, especialmente en su teología de la alianza. No parecía que yo fuera a encontrar respuesta a mis preguntas allí.” (Ídem, pp. 82-83).

 

Finalmente Scott primero y Kimberly después fueron incorporados a la plena comunión con la Iglesia Católica. Su camino al catolicismo habría sido mucho más sencillo si en la primera parte de sus vidas hubieran encontrado más católicos bien formados en la doctrina católica y habituados a dar un testimonio visible eficaz de Cristo y de su Iglesia con palabras y obras. Como nos enseñó el amado Papa Juan Pablo II, la nueva evangelización que el mundo (y especialmente Occidente) requiere es nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión; pero lo primero y decisivo es el nuevo ardor.

 

3.      Una amplia ofensiva contra la familia y la vida.

 

El pasado 12 de septiembre el Senado uruguayo aprobó (con 25 votos a favor y sólo dos en contra) un proyecto de ley que otorga reconocimiento y protección legal a las uniones concubinarias con al menos cinco años de convivencia, concediendo a dichas uniones, tanto heterosexuales como homosexuales, derechos y deberes análogos a los del matrimonio. El artículo correspondiente a las uniones homosexuales fue aprobado con 16 votos a favor y 12 en contra. Según el proyecto aprobado, una persona casada podría unirse en concubinato legal con otra persona distinta de su cónyuge, por lo cual se estaría legalizando una especie de bigamia. Además dicho proyecto no establece ninguna clase de impedimentos dirimentes, por lo cual las uniones concubinarias legales podrían ser incestuosas o involucrar a menores, por ejemplo.

 

El art. 40 de la Constitución Nacional establece lo siguiente: “La familia es la base de nuestra sociedad. El Estado velará por su estabilidad moral y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad”. Es evidente que los constituyentes se refirieron a la familia basada en el matrimonio, unión estable entre un hombre y una mujer. Por consiguiente, no sería constitucional una ley que otorgue derechos propios del matrimonio a parejas que, o bien no quieren casarse o bien no pueden casarse debido a impedimentos dirimentes.

 

Ahora este proyecto de ley debe ser considerado por la Cámara de Representantes. Te invitamos a enviar un mensaje a todos los Diputados, pidiéndoles que rechacen este proyecto de ley gravemente injusto e inconstitucional. Puedes hacerlo desde la siguiente página web: http://es.geocities.com/yazgur1/index.htm

 

Además, a principios del mismo mes de septiembre, dio un nuevo paso en el Parlamento uruguayo un proyecto de ley que permite a una persona negarse a recibir tratamientos que prolonguen artificialmente su vida cuando se encuentre en estado terminal. La propuesta, elaborada por los Diputados Luis Gallo y Washington Abdala fue aprobada por unanimidad en la Comisión de Salud de la Cámara de Representantes. La persona podrá oponerse por escrito a la aplicación de tratamientos médicos que prolonguen su vida "con dolor, angustia o daño", cuando esté en el estado terminal de una enfermedad "crónica, incurable o irreversible". El procedimiento, llamado ahora "voluntad anticipada" y ya no “testamento vital”, requerirá la firma del titular y de dos testigos. En caso de que la persona no haya expresado su deseo y se encuentre incapacitada de hacerlo, el médico tratante podrá tomar la decisión, con el aval de los familiares directos.

 

Este proyecto de ley está redactado en términos tan amplios e imprecisos que abre las puertas no sólo a la adistanasia (rechazo al encarnizamiento terapéutico), lo cual es su intención declarada, sino también a la eutanasia, violando así el fundamental derecho humano a la vida.

 

Por último, la prensa ha informado que varios legisladores del partido de gobierno, haciendo caso omiso del anunciado veto presidencial, insistirán para que el Parlamento trate lo antes posible el proyecto de ley que legalizaría el aborto e impondría la “perspectiva de género” como ideología oficial del Estado uruguayo.

 

Estas tres iniciativas legislativas, que convergen en un corto espacio de tiempo, son las puntas de lanza de una amplia ofensiva contra el derecho a la vida y los derechos de la familia en nuestro país. Todos los católicos fieles al Magisterio de la Iglesia debemos esforzarnos por hacer frente a esta ofensiva y por hacerlo juntos, con la fuerza de la razón.

 

¡Que el Señor ilumine a nuestros gobernantes y a todos nosotros, ciudadanos del Uruguay, para que estemos a la altura de los acontecimientos de esta hora crítica!

 

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Consideraciones generales sobre la situación

de la Iglesia Católica en Montevideo

 

Varios miembros sinodales

 

1)      Contexto social

La sociedad uruguaya (y sobre todo la montevideana) está fuertemente secularizada desde hace más de un siglo. En nuestra cultura predomina un secularismo radical, que pretende excluir totalmente a la religión del espacio público. En este contexto los cristianos, aunque somos una mayoría cuantitativa, vivimos como una minoría cualitativa, sin una influencia predominante en la sociedad. Los cristianos que quieren permanecer fieles al Evangelio en su integridad por motivos sobrenaturales son una minoría y por ello las leyes, las instituciones, las mentalidades y las costumbres dominantes en nuestra sociedad en general no son cristianas y a veces son anticristianas. Ser coherentemente cristiano en esta situación no es fácil ni ventajoso.

La post-modernidad ha traído consigo un auge del relativismo, ideología que cada vez más tiende a ser considerada erróneamente como un requisito básico para la convivencia democrática. Quien tiene la certeza de conocer la verdad acerca de asuntos religiosos, filosóficos o morales es fácilmente tachado de fundamentalista e intolerante. La mayoría de los medios de comunicación social contribuyen a difundir la mentalidad relativista.

Las sucesivas crisis económicas de las últimas décadas han provocado el empobrecimiento de una parte considerable de la población de Montevideo (y también del Interior de la República) y han convertido al Uruguay en un país de emigración.

También ha crecido en nuestra diócesis la llamada “cultura de la muerte”, que desconoce el derecho a la vida y los demás derechos naturales de la familia y procura destruir la concepción cristiana del matrimonio y la familia.

 

2)      Situación eclesial

En los 40 años posteriores a la finalización del Concilio Vaticano II ha crecido notablemente el influjo del secularismo dentro de nuestra Iglesia local. En particular, la teología de la liberación de inclinación marxista tendió a secularizar la esperanza cristiana, asignando al sistema socialista la virtud salvífica que corresponde al Reino de los Cielos.

Esto condujo, sobre todo durante el período 1965-1985, a una excesiva priorización de los aspectos socio-políticos del cristianismo y a una falsa oposición entre espiritualidad y compromiso social, que impulsó a muchos católicos a descuidar el cultivo de su vida espiritual y a alejarse de la oración. Con frecuencia se olvidó que la conversión individual tiene una prioridad ontológica frente a la conversión de la sociedad.

Todo esto produjo en la Iglesia de Montevideo conflictos y hasta divisiones que aún no han terminado de sanar. Salvo casos aislados, no se contesta abiertamente al Magisterio de la Iglesia, pero a menudo no se lo asume íntegramente con lealtad. Se tiende a subestimar los logros del período pre-conciliar (por ejemplo, caracterizando el período 1920-1960 de la historia de la Iglesia uruguaya como el del “ghetto católico”) y a considerar el último Concilio casi como un nuevo comienzo absoluto.

En la Pastoral de Conjunto de la Iglesia montevideana se aprecia un predominio excesivo del principio parroquial-territorial y una acentuación unilateral de una forma específica de participación en la Iglesia: la de las pequeñas comunidades en la parroquia. Los nuevos movimientos eclesiales parecen ser vistos ante todo como un problema, en vez de ser vistos ante todo como un don de Dios a la Iglesia.

Los problemas se multiplican: Muchos colegios católicos y muchas otras organizaciones católicas (por ejemplo, de promoción humana) enfrentan una crisis de su identidad católica. Abundan los divorcios y escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. La grave amenaza de la “cultura de la muerte” no es enfrentada adecuadamente debido a la división y la debilidad política de los católicos.

 

3)      Situación religiosa

Por lo común los católicos montevideanos tienen un nivel de formación doctrinal muy inferior al correspondiente a su cultura general, lo cual contribuye a que la mayoría cuantitativa de católicos se manifieste como una minoría cualitativa.

Muchos católicos montevideanos están alejados de la Iglesia: no creen en dogmas fundamentales de la fe cristiana o tienen opiniones contrarias a aspectos esenciales de la moral católica. Además, la gran mayoría de los católicos montevideanos no practica la oración personal ni participa en la liturgia. La influencia del secularismo, el materialismo y el relativismo alcanza incluso a muchos católicos. Además, el ateísmo, el agnosticismo y el deísmo son posturas muy difundidas, sobre todo entre los poderosos, los intelectuales y los jóvenes.

Por otra parte, muchas sectas y nuevos movimientos religiosos han arraigado y crecido en Montevideo en las últimas décadas, ofreciendo respuestas a las cuestiones religiosas a quienes ya no las buscan o encuentran en la Iglesia Católica. La Iglesia Católica optó por los pobres, pero muchos pobres han optado por las iglesias evangélicas o pentecostales.

 

4)      Propuestas generales

Creemos que, ante esta difícil situación, resulta necesario asumir como primera prioridad pastoral la vocación universal a la santidad, según lo planteado por el Papa Juan Pablo II en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte nn. 30-31 y lo expuesto por nuestro Arzobispo en la 3ª Reunión de la Asamblea Sinodal. Debemos recomenzar nuestra labor desde la comunión con Cristo en la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana. La comunión con Cristo nos abre a la comunión con los hermanos. Más allá de la letra de los documentos eclesiales, debemos esforzarnos por vivir cotidianamente la espiritualidad de la Iglesia-comunión, dejando de lado viejos prejuicios y recelos y abriéndonos cordialmente al diálogo intra-católico (prerrequisito de un auténtico diálogo ecuménico). En particular, creemos oportuna una mayor apertura de los organismos territoriales (sobre todo las parroquias) hacia los nuevos movimientos eclesiales y una mayor disposición de éstos a colaborar con aquéllos.

En segundo lugar, creemos necesario renovar el impulso misionero de nuestra Iglesia (bastante alicaído en las últimas décadas), dejándonos guiar por el Magisterio del Papa Juan Pablo II, quien llamó a toda la Iglesia a una evangelización nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión. La comunión con Cristo conduce a la misión. Lo fundamental es el nuevo ardor evangelizador: dado esto, los nuevos métodos y expresiones vendrán por añadidura. Debemos recuperar la alegría de la fe y sentir la urgencia de testimoniar y anunciar explícitamente el Evangelio de Jesucristo ante todos nuestros conciudadanos, a tiempo y a destiempo, por todos los medios disponibles, incluyendo los medios de comunicación de masas. La promoción de los valores humanos debe ser fundamentada en el anuncio del kerygma. Debemos recordar constantemente que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mateo 4,4). “Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad” (Plan Pastoral San Felipe y Santiago Siglo XXI, n. 4).

En tercer lugar, opinamos que se requiere dar pasos concretos para cumplir efectivamente lo dispuesto en el Plan Pastoral San Felipe y Santiago Siglo XXI (cf. n. 4,4) acerca de la incidencia transversal de la familia en toda la pastoral de conjunto, tomando en cuenta debidamente las relaciones familiares de cada ser humano alcanzado por nuestras acciones pastorales.

Por último, nos parece imprescindible realizar un esfuerzo masivo para mejorar la formación doctrinal de los católicos montevideanos, en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia. Para tal fin consideramos que el Catecismo de la Iglesia Católica, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia son instrumentos invalorables y providenciales, que habrá que aprovechar debidamente.

[Nota de Fe y Razón: Omitimos los párrafos finales del documento porque se refieren a temas internos del Sínodo que en este momento carecen de interés general].

 

IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo, 8 de julio de 2005.

 

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Algunas reflexiones pastorales a partir del Instrumentum Laboris

de la 11ª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

·        La Eucaristía es también el punto culminante de cada proyecto pastoral, de cada actividad misionera, y es el núcleo de la evangelización y de la promoción humana.” (Instrumentum Laboris, n. 91). Por consiguiente:

o       Dado que la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, ella debe estar en el centro de todo plan pastoral; y la promoción de una adecuada participación de los fieles cristianos en la Eucaristía (sobre todo dominical) debe ser considerada como una prioridad pastoral de máxima importancia.

o       Dado que la Eucaristía es fuente de la vida de la Iglesia, ella debe producir en el fiel cristiano frutos de santidad y justicia, lo cual incluye las obras de misericordia corporal y espiritual; y dado que la Eucaristía es cumbre de la vida de la Iglesia, toda acción pastoral (incluso la pastoral social) debe conducir hacia la comunión eucarística.

·        La participación asidua en la Eucaristía dominical es muy baja en Montevideo. Según la “Consulta al Pueblo de Dios” realizada hace unos quince años en nuestra Arquidiócesis, sólo el 3,5% de la población (aproximadamente el 7% de los montevideanos que se auto-definen como católicos) asiste a Misa los domingos. Los días de precepto que no caen en domingo (exceptuando la Navidad y la Epifanía) ese porcentaje desciende todavía mucho más.

·        En algunos ámbitos, los expertos en catequesis suelen denunciar la catequesis “sacramentalista”. Esta denuncia puede ser compartida si el “sacramentalismo” se entiende como un ritualismo legalista, vacío de genuino contenido espiritual; no obstante, pensamos que a menudo esta denuncia tiende a oponer falsamente liturgia y vida, espiritualidad y compromiso social, etc. Desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia la catequesis ha estado relacionada con la preparación para la recepción de los sacramentos y es natural que así sea. Si esa preparación es adecuada, no hay que temer que conduzca de por sí a una práctica sacramental divorciada de la vida cotidiana.

·        A menudo nuestras celebraciones litúrgicas manifiestan diversos signos de descuido en su preparación: demasiados lectores leen mal; demasiados cantores cantan mal; demasiados cantos son inadecuados o deficientes desde el punto de vista litúrgico; demasiadas homilías son improvisadas o rutinarias. Sería conveniente ofrecer cursos periódicos a las personas que cumplen distintos ministerios o servicios en la liturgia, para capacitarlos específicamente para el ejercicio de sus respectivas funciones.

·        Nos hace falta cultivar más el sentido del misterio y la actitud de reverencia ante la grandeza y la santidad de la acción sagrada realizada en la liturgia. Nos parece lamentable, por ejemplo, que en muchos lugares se esté perdiendo la costumbre de arrodillarse durante la consagración. A fin de restablecerla, es muy conveniente que las iglesias dispongan de reclinatorios (cf. Instrumentum Laboris, n. 64).

·        El debilitamiento del sentido del misterio en la liturgia es correlativo al debilitamiento del sentido del misterio de la Iglesia. En muchos ámbitos se tiende a ver a la Iglesia como una obra principalmente nuestra, algo que edificamos nosotros mismos. Se insiste tanto en su acción social que hoy muchas personas tienden a ver a la Iglesia casi como una gran organización filantrópica, con algunas peculiaridades más o menos folklóricas. Se exige erróneamente la democratización del Pueblo de Dios, olvidando que su carácter sacramental y su carácter jerárquico están intrínsecamente ligados. Debemos recordar continuamente que la Iglesia no es nuestra sino de Dios y que Él construye Su Iglesia fundamentalmente a través del sacrificio pascual de su Hijo Jesucristo, actualizado en la Eucaristía.

·        Hoy muchos sacerdotes tienden a no manifestar visiblemente su condición de tales (por ejemplo en su vestimenta) y a no acentuar el carácter diferencial de su vocación particular con respecto al sacerdocio común de los fieles. A menudo se enfatiza tanto la corresponsabilidad pastoral con los fieles laicos que se pierde de vista o se teme ejercer la responsabilidad última del pastor en materia pastoral (por ejemplo, la del párroco en su parroquia). Algunos incluso desestiman la palabra “sacerdote” y prefieren utilizar exclusivamente el término “presbítero”. Éstos son sólo algunos de los signos de cierta crisis de la identidad sacerdotal que afecta también necesariamente a la celebración eucarística (por ejemplo, cuando sin necesidad se recurre a fieles laicos para la distribución de la comunión en la Santa Misa).

·        Nos parece muy desacertada la tendencia a postergar cada vez más la recepción de los sacramentos de la Eucaristía y la Confirmación. En nuestro país, por lo común, los niños reciben la Primera Comunión entre los 10 y los 12 años; y los jóvenes reciben la Confirmación entre los 15 y los 20 años o, las más de las veces, nunca. Hoy se da la anormal situación de que la mayoría de los católicos uruguayos no llega a completar el proceso de iniciación cristiana. Probablemente este fenómeno guarda alguna relación con la visión “progresista” de la Iglesia como mera vanguardia consciente de un proceso salvífico (sobre todo sociopolítico) que de todos modos se da inconscientemente en toda o casi toda la humanidad. Un primer paso para revertir esta tendencia al elitismo pastoral podría ser la reducción de 15 a 12 años de la edad mínima para la recepción de la Confirmación.

·        También en Uruguay se constata una “gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan” (Instrumentum Laboris, n. 23). Entre las diversas causas de este fenómeno podemos señalar la escasa dedicación de muchos sacerdotes al sacramento de la Reconciliación y la pobre formación de muchos fieles en lo que respecta a la Eucaristía, el pecado y la Reconciliación. En este último factor influye el escaso énfasis de la catequesis moderna en la formación doctrinal. Es preciso mejorar la formación doctrinal de todos los catequistas y la calidad del contenido doctrinal de los textos utilizados en la catequesis (por ejemplo, elaborando catecismos locales con la aprobación de la Santa Sede).

·        En nuestro país el ayuno eucarístico casi ha caído en desuso. Probablemente la mayoría de los católicos jóvenes ni siquiera es consciente de la existencia de esa norma. Nos parece muy oportuna la idea de restablecer “la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico” (Instrumentum Laboris, n. 24).

·        “Es importante salvaguardar el domingo como día no laborable, sobre todo en los países con raíces cristianas.” (Instrumentum Laboris, n. 71). En Uruguay, país fuertemente secularizado desde hace aproximadamente un siglo, mucha gente trabaja los domingos. Uno de los objetivos inmediatos de la acción política de los católicos debería ser el restablecimiento, en la medida de lo posible, del descanso dominical de los trabajadores.

·        Nos parece excelente la idea de promover las “homilías temáticas, que durante el curso de un año litúrgico puedan presentar los grandes temas de la fe cristiana: el Credo; el Padre Nuestro; la estructura de la Santa Misa; los diez Mandamientos, y otros.” (Instrumentum Laboris, n. 47). Además, creemos que sería oportuno estimular a los sacerdotes y diáconos a redactar y leer por lo menos algunas de sus homilías.

·        Considerando las características geográficas y demográficas de Montevideo y la cantidad total de sacerdotes del clero arquidiocesano secular y religioso, pensamos que, mediante una generosa respuesta de los sacerdotes y una buena organización, sería posible reducir a un mínimo la cantidad de comunidades católicas que se ven privadas de la celebración eucarística dominical.

·        Es necesario reconsiderar los cantos actualmente en uso. La música instrumental y vocal, si no posee contemporáneamente el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza, se excluye a sí misma del ámbito sacro y religioso.” (Instrumentum Laboris, n. 61).  Podría ser conveniente publicar un libro de cantos oficial en cada Diócesis o uno para todo el país, seleccionando cuidadosamente los cantos incluidos. 

·        “Cada parroquia, por otra parte, podría organizar un día solemne de exposición del Santísimo Sacramento, de modo tal que en las diócesis, sobre todo en aquellas de una cierta grandeza, cada semana el Pueblo de Dios pudiera adorar al Señor-Eucaristía en una de las parroquias.” (Instrumentum Laboris, n. 66). Esta interesante propuesta es aplicable en Montevideo, donde hay unas 77 parroquias (se requieren 52 para organizar un ciclo anual).

·        Existen católicos que no comprenden por qué es pecado sostener políticamente un candidato abiertamente favorable al aborto o a otros actos graves contra la vida, la justicia y la paz.” (Instrumentum Laboris, n. 73). Es necesario mejorar la formación y la información de los fieles al respecto, superando cualquier falso respeto humano o indebido interés partidista.

·        “Sin embargo, hay respuestas que indican algunos aspectos menos alentadores: ...; la clausura de las iglesias, a veces, por temor a los robos, durante gran parte de la jornada, impidiendo la adoración eucarística privada de los fieles.” (Instrumentum Laboris, n. 75).  Este problema podría ser superado mediante la organización de grupos de fieles que se comprometan a rezar periódicamente en las iglesias, haciéndose cargo a la vez de la vigilancia durante sus respectivos turnos.

·        Sería deseable que los cristianos de todos los países supieran rezar y cantar en latín algunos textos fundamentales de la liturgia, como el Gloria, el Credo y el Padre Nuestro.” (Instrumentum Laboris, n. 81). ¿No será posible lograr esto en Uruguay, país latino-americano?

·        La Eucaristía es la respuesta a los signos de los tiempos de la cultura contemporánea. A la cultura de la muerte, la Eucaristía responde con la cultura de la vida. Contra el egoísmo individual y social la Eucaristía afirma la entrega total. Al odio y al terrorismo, la Eucaristía contrapone el amor. Ante el positivismo científico, la Eucaristía proclama el misterio. Oponiéndose a la desesperación, la Eucaristía enseña la esperanza cierta en la eternidad beata.” (Instrumentum Laboris, n. 10). El Documento de Trabajo del Sínodo de los Obispos hace aquí un uso esclarecedor de la expresión “signos de los tiempos”, de la que tanto se ha abusado en la Iglesia Católica en las últimas décadas. Se rechazan implícitamente las visiones y las actitudes ingenuas, poco críticas o irenistas con respecto al mundo contemporáneo.

 

Montevideo, 23 de septiembre de 2005.

 

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La religiosidad de los montevideanos

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Plantearemos algunas reflexiones y propuestas pastorales a partir de los datos estadísticos sobre la religiosidad de los montevideanos aportados por los siguientes dos libros:

·        Néstor Da Costa - Guillermo Kerber - Pablo Mieres, Creencias y Religiones. La religiosidad de los montevideanos al fin del milenio, Ediciones Trilce, Montevideo, 1996 (en adelante citado como DKM).

·        Néstor Da Costa, Religión y Sociedad en el Uruguay del siglo XXI. Un estudio de la religiosidad en Montevideo, CLAEH - CUM, Montevideo, 2003 (en adelante citado como NDC).

Las encuestas en las que se basan dichos libros fueron realizadas en 1994 y 2001 respectivamente.

 

1. Datos principales.

En este capítulo presentaremos los datos acerca de la religiosidad de los montevideanos que consideramos más importantes, según los resultados de las encuestas referidas, clasificándolos como positivos o negativos para la fe católica y añadiéndoles en ocasiones algún comentario. Es preciso tener en cuenta que dichos resultados se refieren a la autodefinición religiosa de las personas encuestadas.

 

1.1 Aspectos positivos.

·      Uruguay seguía siendo un país de población mayoritariamente católica:

Los católicos eran el 47,9% de la población de Montevideo en 1994 (DKM p. 55) y el 54,0% en 2001 (NDC p. 91). Dado que es muy probable que el porcentaje de católicos del Interior de la República sea algo superior al de Montevideo, consideramos seguro afirmar que en esos años los católicos eran mayoría absoluta en el Uruguay.

·      Una amplia mayoría de los montevideanos se auto-definen como cristianos: el 60,5% en 1994 (DKM p. 55) y el 65,6% en 2001 (NDC p. 91). Hemos sumado los porcentajes de los católicos y de los cristianos no católicos, incluyendo en este último grupo a los cristianos de otras denominaciones y a los cristianos no afiliados a ninguna denominación.

·      Una amplísima mayoría de los montevideanos creen en la existencia de Dios: el 80,6% en 1994 (DKM p. 60) y el 81,0% en 2001 (NDC p. 86).

·      Casi la mitad de los montevideanos realizan una evaluación positiva o muy positiva de la Iglesia Católica: el 48,9% en 1994 (DKM p. 78) y el 48,3% en 2001 (NDC p. 147). Dado que las evaluaciones negativas o muy negativas son minoritarias, el saldo final de imagen de la Iglesia Católica es muy positivo. También el Papa, los Obispos, los sacerdotes y las religiosas tienen saldos de imagen positivos (DKM p. 83; NDC p. 147).

·      La Iglesia Católica es, con mucha ventaja, la institución en la que los montevideanos confían más. Además de la Iglesia, la única institución con saldo positivo de confianza es el Poder Judicial. Los cultos afro-brasileños y las iglesias pentecostales cierran la lista de instituciones evaluadas, presentando saldos de confianza muy negativos (NDC p. 163; datos similares en DKM p. 87), lo cual hace pensar que difícilmente puedan seguir ganando muchos adeptos a mediano plazo.

·      Alta valoración de la familia: el 82,1% de los montevideanos le asigna mucha importancia. La familia es, con bastante ventaja, el más valorado de los ámbitos de la vida social (DKM p. 47).

 

1.2 Aspectos negativos:

·      Los católicos disminuyen: En los últimos cincuenta años el porcentaje de católicos ha seguido, con altibajos, una clara tendencia decreciente: 67,0% en 1955, 72% en 1964, 47,9% en 1994 y 54,0% en 2001 (NDC p. 107). La encuesta de 1955 parece haber sido menos precisa: la unidad en estudio era la familia, por lo cual un solo integrante de la familia aportaba los datos de todos los integrantes de la misma (NDC p. 101). Dejando pues de lado esa encuesta, resulta que en un período de 37 años (de 1964 a 2001) el porcentaje de católicos disminuyó 18 puntos, o sea casi medio punto por año.

·      Hay malas perspectivas para el futuro próximo: el porcentaje de católicos decrece sistemáticamente a medida que decrece la edad de los montevideanos. Mientras que entre las personas de 65 años o más los católicos ascienden al 61,9%, entre las personas de 18 a 29 años son sólo el 35,6% (DKM p. 55). La interpretación optimista de estos datos (vale decir, la hipótesis de que muchos montevideanos se convierten al catolicismo a medida que envejecen) debe ser descartada: el porcentaje de los que afirman que su vivencia religiosa aumentó a lo largo de la vida (20,8%) es prácticamente igual al de los que afirman que disminuyó (20,0%); y casi la mitad (49,8%) afirma que ni aumentó ni disminuyó (NDC p. 117; véanse datos similares en DKM p. 58). Más aún, sobre el total de quienes afirman haber experimentado cambios en su definición religiosa, el 56,8% afirma que el cambio se produjo entre los 13 y los 20 años. Casi todos esos cambios se produjeron antes de los 31 años (NDC p. 116). Por lo tanto cabe concluir que la mayoría de tales cambios consisten en la pérdida de la fe católica durante la adolescencia o la juventud. No obstante destacamos que los dos estudios considerados presentan una gran discrepancia en cuanto al porcentaje de católicos que ha mantenido siempre la misma definición religiosa: 95,5% en 1994 (DKM p. 58) y 75,9% en 2001 (NDC p. 115). Según el primer dato casi no habría conversiones hacia el catolicismo, mientras que según el segundo dato el porcentaje de tales conversiones sería apreciable.

·      Amenazas internas:

Las encuestas consideradas abundan en datos preocupantes acerca del bajo grado de adhesión a la Iglesia de muchos montevideanos que se definen como católicos. A continuación mencionaremos algunos de esos datos, agrupándolos según se refieran a la doctrina, a la liturgia o la oración personal o a la moral.

·      Católicos “a la carta”:

Muchos católicos no creen en doctrinas católicas fundamentales:

o     El 79,1% de los católicos cree que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre (DKM p. 64).

o     El 42,3% de los católicos opina que después de la muerte se resucita o se produce un encuentro con Dios (DKM p. 68). Sin embargo muchos creen en la reencarnación: 8,6% en 1994 (DKM p. 68) y 28% en 2001 (NDC p. 96).

o     El 75% de los católicos cree en el alma, el 64% en el pecado, el 48% en el Paraíso, el 27% en el diablo, el 24% en el infierno y el 21% en la infalibilidad papal (NDC p. 96).

o     El 24% de los católicos opina que la religión es el opio de los pueblos y el 28% que es un consuelo que se inventa la gente (NDC p. 99).

En general el grado de incongruencia con la doctrina católica no se reduce mucho si nos limitamos a considerar a los católicos practicantes o muy practicantes.

·      Católicos “no practicantes”:

El grado de práctica del culto católico es muy bajo:

o     Sólo el 14,4% de los católicos se define a sí mismo como practicante o muy practicante. El 36,1% se define como “no muy practicante” (o sea, poco practicante) y el 47,7% como no practicante (NDC p. 94). Sin embargo, un 51,9% de los católicos participa en expresiones de religiosidad popular católicas (NDC p. 141).

o     El 55,8% de la población de Montevideo asistió de niño o de joven a una parroquia católica pero no lo hace actualmente. El 30,5% de la población y el 45% de los católicos afirma que acude actualmente a parroquias católicas. Sin embargo, dentro de ese grupo, el 14% (o sea, el 6,3% de los católicos o 3,4% de la población) asiste a Misa asiduamente, el 53% asiste ocasionalmente y el 32% no asiste a Misa (NDC pp. 124-125).

o     El 93% de los católicos opina que se puede ser buen religioso sin ir a la iglesia todas las semanas (NDC p. 97).

o     El 80% de los católicos opina que no hay necesidad de sacerdotes en tanto cada individuo puede encontrarse con Dios directamente (NDC p. 98).

o     Sólo el 18,3% de los montevideanos se consideran vinculados a la Iglesia Católica (DKM p. 76).

o     El porcentaje de la población de Montevideo que recibió los sacramentos de la Iglesia Católica bajó mucho de 1964 a 2001: Los bautizados descendieron del 94% al 85,8%; los confirmados del 63% al 33,8% y los casados por la Iglesia del 74% al 30,5% (NDC p. 109). En 2001 el 59,3% de la población de Montevideo afirmó haber recibido la Primera Comunión y el 36,8% haberse confesado al menos una vez en la vida (NDC p. 125). Seguramente muchos no recuerdan haberse confesado antes de su Primera Comunión.

o     El alejamiento de los fieles católicos del culto creció mucho en las últimas décadas: Mientras que en 1964 el 25% de los creyentes no concurría nunca al culto o lo hacía muy excepcionalmente, en 2001 el 59,6% no concurría (NDC p. 109).

o     Sobre el total de creyentes en Dios, el 29,4% reza casi todos los días, el 29,4% reza con menor frecuencia y el 39,0% no reza (NDC p. 133).

·      Católicos “mundanos”:

Muchos católicos se han apartado de la doctrina moral de la Iglesia (DKM p. 51):

o       Con respecto al divorcio, el 70,2% de la población de Montevideo se manifiesta en acuerdo total y el 11,1% en desacuerdo total.

o       Con respecto a las relaciones prematrimoniales, el 60,3% se manifiesta en acuerdo total y el 13,8% en desacuerdo total.

o       Con respecto al rechazo de la educación religiosa en escuelas públicas, el 44,3% se manifiesta en acuerdo total y el 24,6% en desacuerdo total. La arraigada tradición laicista del Uruguay hacía temer un resultado peor en este punto.

o       Con respecto a la legalización del aborto, el 45,9% se manifiesta en acuerdo total y el 38,5% en desacuerdo total.

·      Amenazas externas:

·      Secularismo:

·      En 1994 sólo el 23,5% de los montevideanos asignaba mucha importancia a lo religioso (DKM p. 47).

·      En 2001 sólo el 47,3% de los montevideanos se definía como una persona religiosa, mientras que el 34,5% se definía como indiferente hacia lo religioso y el 11,5% como atea convencida (NDC p. 86).

·      En general los porcentajes de montevideanos que afirman que lo religioso influye en diversos aspectos de su vida cotidiana son bajos: en un extremo de la escala, el 59,0% afirma que lo religioso influye en los momentos difíciles; en el otro extremo, el 13,9% afirma que influye en las decisiones políticas (DKM p. 71).

·      Sólo el 26,6% de los montevideanos se considera vinculado con una organización religiosa (DKM p. 76).

·      Superstición y ocultismo:

·      Un 10% de los montevideanos son muy propensos a creer en supersticiones, cábalas y prácticas anticipatorias del futuro. Otro 30% manifiesta una propensión menor al ocultismo (DKM p. 47).

·      Casi el 30% de los montevideanos consultó alguna vez a un adivino o vidente para que le predijera su futuro (NDC p. 161).

·      Ateísmo, agnosticismo y deísmo:

El ateísmo es la postura más frecuente ante el “problema religioso” después del catolicismo.

·      En 1994 los ateos eran el 14,4% de los montevideanos, ascendiendo al 23,2% entre los hombres y al 24,3% entre las personas de 18 a 29 años. Los agnósticos eran el 2,6% del total y los deístas el 8,3% (DKM p. 55).

·      En 2001 los ateos eran el 12,8%, los agnósticos el 3,0% y los creyentes en Dios no afiliados a ninguna confesión religiosa (“deístas”) el 9,0%.

·      La “Nueva Era”:

·      La encuesta de 1994 no permite determinar el porcentaje de seguidores de la espiritualidad New Age. En cambio la encuesta de 2001 permite estimar este porcentaje en un 0,9%, sumando budistas, creyentes solares y metafísicos (NDC p. 91).

·      Sin embargo, la influencia de la New Age llega mucho más allá de su pequeño número de seguidores estrictos: en 1994 el 11,3% de los encuestados creían en la reencarnación (DKM p. 67) y en 2001 ese porcentaje ascendía al 24,3% (NDC p. 95).

·      Umbanda:

·      Los cultos afro-brasileños constituyen la principal religión no cristiana en Montevideo, concitando la adhesión de un 2,0% de los encuestados (NDC p. 91). La encuesta de 1994 no permite determinar el porcentaje de adherentes a esta religión. Seguramente existe una fuerte correlación entre el umbandismo y las creencias mágicas y supersticiosas.

·      La práctica del umbandismo parece haber experimentado un retroceso en los últimos años. El porcentaje de montevideanos que participaba con cierta frecuencia en cultos afro-brasileños ascendía al 4,3% en 1994 y al 3,0% en 2001, mientras que el porcentaje de la población que afirmaba haber participado en ellos por lo menos una vez era del 20,2% en 1994 y el 13,3% en 2001 (DKM p. 88; NDC p. 143).

·      Evangélicos y pentecostales:

·      Los cristianos no católicos ascendían al 12,6% en 1994 (DKM p. 55) y al 11,6% en 2001 (NDC p. 91, sumando “evangélicos” y armenios ortodoxos). Esta última encuesta discrimina dentro del subgrupo erróneamente denominado “evangélicos” un 5,0% de cristianos no católicos sin denominación (“cristianos sin Iglesia”). Probablemente se trata de ex católicos que tampoco se consideran evangélicos o protestantes. Además discrimina un 5,6% de evangélicos (sumando evangélicos, evangélicos pentecostales y evangélicos bautistas). Es muy probable que la mayoría de estos evangélicos pertenezca a grupos más o menos sectarios, que han tenido un gran crecimiento en los últimos años: Asambleas de Dios, Ondas de Amor y Paz, Dios es Amor, Iglesia Nueva Apostólica, Iglesia Universal del Reino de Dios, etc.

·      El porcentaje de montevideanos que participaba con cierta frecuencia en cultos pentecostales ascendía al 2,1% en 1994 y al 1,8% en 2001, mientras que el porcentaje de la población que afirmaba haber participado en ellos por lo menos una vez era del 6,9% en 1994 y el 7,3% en 2001 (DKM p. 89; NDC p. 145). Estas cifras parecen algo bajas, pero se debe tener en cuenta que el término “cultos pentecostales” es ambiguo y restrictivo.

·      En cuanto al porcentaje de montevideanos vinculados a organizaciones religiosas, las Iglesias Evangélicas ocupan el segundo puesto con el 1,7% (DKM p. 76).

·      ¿Un problema de identidad?

La Iglesia es vista como una organización filantrópica: la gran mayoría de los montevideanos (66,8%) opina que el cometido principal de la Iglesia Católica es ayudar a los pobres y necesitados (41,7%) o combatir la injusticia defendiendo los derechos de las personas (25,1%) (DKM p. 80). El aspecto positivo de esto es que parece haber una alta valoración del compromiso católico con la justicia social.

 

2. Propuestas pastorales.

En este capítulo plantearemos algunas propuestas pastorales que apuntan a fortalecer los aspectos positivos de la realidad religiosa de Montevideo y a contrarrestar los negativos.

 

2.1 Errores a evitar.

A nuestro juicio los católicos montevideanos deberíamos poner más empeño en evitar los siguientes errores:

·      El “neo-triunfalismo”, actitud auto-complaciente que genera inmovilidad.

·      La excesiva priorización de los aspectos políticos, sociales y económicos del cristianismo (la conversión individual tiene una prioridad ontológica frente a la conversión de la sociedad).

·      El influjo de las teologías de la liberación de orientación marxista (aún relevante en Uruguay).

·      Las tendencias de la pastoral de conjunto a una excesiva uniformización y a un excesivo énfasis en las instancias territoriales (parroquias y zonas pastorales).

 

2.2 Hacia una nueva evangelización.

Creemos que los católicos montevideanos podríamos avanzar hacia la “nueva evangelización” impulsada por el Papa Juan Pablo II, por medio de una mayor insistencia en los siguientes elementos de la vida cristiana:

·      Retorno a lo esencial:

·      La constante proclamación de los principales misterios de la fe (Trinidad, Encarnación, Gracia, etc.).

·      El encuentro personal con Jesucristo vivo, el Camino, la Verdad y la Vida

(la vida moral es siempre “acto segundo”: respuesta a la gracia de Dios).

·      El anuncio gozoso de Jesucristo como único Salvador del mundo.

·      La fe en la Iglesia, misterio de comunión entre Dios y los hombres, dotada de un vínculo indisoluble con Jesucristo y de una misión de índole escatológica

(la forma más eficaz de realizar la promoción humana de los pobres es anunciarles el Evangelio de Jesucristo).

·      La consideración de la santidad como primera prioridad pastoral (cf. Juan Pablo II, carta apostólica Novo Millennio Ineunte, nn. 30-31).

·      Los medios de crecimiento de la vida cristiana (cf. ídem, nn. 32-41): lectura de la Biblia, sacramentos (especialmente reconciliación y eucaristía), oración personal, dirección espiritual, retiros o ejercicios espirituales, pequeñas comunidades cristianas unidas en Jesucristo.

·      La evangelización de las familias: especialmente a través de la pastoral familiar (instrumento central de la nueva evangelización), la catequesis familiar (medio de renovación de la catequesis) y la formación de comunidades de familias cristianas, ámbitos de comunión para niños, jóvenes, adultos y ancianos.

·      La enseñanza de los aspectos morales de la vida cristiana: indisolubilidad del matrimonio, rechazo de las relaciones sexuales prematrimoniales, práctica de las virtudes humanas y cristianas, compromiso con los pobres y la justicia (fundamentado teológicamente), dignidad de la vida humana (contra el aborto, la eutanasia, etc.), etc.

·      La evangelización de la cultura: especialmente a través de una mayor formación teológica de los fieles (sobre todo catequistas, profesores de religión y otros agentes pastorales), un mayor y mejor uso de los medios de comunicación social, una reforma de la educación católica y un impulso decidido de la educación religiosa en las escuelas públicas con carácter optativo. Esta última iniciativa pondría en jaque al instrumento básico del secularismo: la escuela pública prescindente de lo religioso. Su puesta en marcha debería ser gradual, debido a su gran complejidad.

·      La defensa y propagación de la fe: especialmente a través de un mayor énfasis en la razonabilidad de la fe cristiana (se necesita una “nueva apologética”, sin excesos polémicos ni tendencias racionalistas), el combate contra los errores de las sectas, el rechazo radical de las creencias mágicas y supersticiosas (¿por qué no en las propias promesas bautismales?), la promoción de un testimonio cristiano entusiasta, razonable, comprometido y coherente (los fieles deben proponer la fe cristiana en todo tiempo) y el cultivo del sentido crítico frente a las propuestas de los medios de comunicación social (¿por qué no practicar la abstinencia de televisión los viernes del tiempo ordinario?).

·      La renovación de las comunidades cristianas, en pos de un mayor entusiasmo, una espiritualidad más profunda, una participación más activa de los fieles en la liturgia, una vivencia más fuerte de la comunión eclesial y un mayor impulso misionero. En este sentido creemos conveniente una mayor apertura al aporte de los nuevos movimientos, comunidades y asociaciones eclesiales, cuya presencia y acción constituyen uno de los mayores signos de vitalidad de la fe católica en Montevideo.

 

Nota: La versión original de este artículo fue presentada el día 2/04/2005 como aporte al IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo. Ahora publicamos una nueva versión -algo modificada- de dicho aporte.

 

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“Uno solo es el Salvador”

 

Cardenal Joseph Ratzinger

 

Hablamos de los misioneros de ayer y del catolicismo ya implantado, aunque con todos sus problemas. En estos años de post-concilio, no obstante, parece que el debate se hubiera invertido contra las propias razones del actual esfuerzo de la Iglesia para con los no-cristianos. No es misterio que la crisis de identidad y, tal vez, una declinación de las motivaciones se extendieron con particular crudeza entre los misioneros.

Su respuesta no está exenta de preocupaciones: “Es doctrina antigua y tradicional de la Iglesia que todo hombre es llamado a la salvación y puede, de hecho, salvarse obedeciendo con sinceridad los dictámenes de la propia conciencia, incluso aunque no sea miembro visible de la Iglesia Católica. Esa doctrina, que, repito, era ya pacíficamente aceptada, fue sin embargo excesivamente enfatizada a partir de los años del Concilio, apoyándose en teorías como aquella del “cristianismo anónimo”. Se llegó, de esa forma, a defender que existe siempre la gracia si alguien, sin fe en religión alguna o simplemente no-creyente, se limita a aceptarse a sí mismo como hombre. Según tales teorías, el cristiano tendría solamente la conciencia de esa gracia, que, no obstante, estaría en todos, bautizados o no. Disminuida la esencialidad del bautismo, se dio, a continuación, un énfasis excesivo a los valores de las religiones no-cristianas, que algunos teólogos presentan, no como vías extraordinarias de salvación, sino incluso como vías ordinarias”.

Esto, ¿qué consecuencias provocó?

“Semejantes hipótesis evidentemente disminuyeron en mucho la tensión misionera. Hubo quien comenzó a cuestionarse: “¿Por qué perturbar a los no-cristianos, induciéndolos al bautismo y a la fe en Cristo, una vez que la religión de ellos es su camino de salvación en su cultura, en aquella parte del mundo que es de ellos?” De ese modo se olvidó, entre otras cosas, el vínculo que el Nuevo Testamento establece entre salvación y verdad, cuyo conocimiento (lo afirma Jesús explícitamente) libera y, por consiguiente, salva. O, como dice San Pablo: “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Esta verdad, continúa el Apóstol, consiste en saber que “uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate de muchos” (1 Timoteo 2,4-7). Es lo que debemos continuar anunciando al mundo de hoy, con humildad pero también con fuerza, siguiendo el ejemplo esforzado de las generaciones que nos precedieron en la fe.”

 

Fuente: Joseph Ratzinger / Vittorio Messori, A fé em crise? O Cardeal Ratzinger se interroga, EPU - Editora Pedagógica e Universitária Ltda., Sao Paulo 1985, Capítulo XII – Para anunciar novamente o Cristo, pp. 153-154.

(Traducao do original italiano: Rapporto sulla fede).

 

Notas:

1) Este libro fue publicado en español como: Informe sobre la fe. Resume el contenido de una larga entrevista de Vittorio Messori al Cardenal Ratzinger.

2) Este texto fue traducido del portugués para “Fe y Razón” por Daniel Iglesias.

 

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La Iglesia es católica

 

Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio, nn. 166-173.

 

166. ¿Por qué decimos que la Iglesia es católica?

La Iglesia es católica, es decir universal, en cuanto en ella Cristo está presente: «Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica» (San Ignacio de Antioquía). La Iglesia anuncia la totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada en misión a todos los pueblos, pertenecientes a cualquier tiempo o cultura.

 

167. ¿Es católica la Iglesia particular?

Es católica toda Iglesia particular (esto es la diócesis y la eparquía), formada por la comunidad de los cristianos que están en comunión, en la fe y en los sacramentos, con su obispo ordenado en la sucesión apostólica y con la Iglesia de Roma, «que preside en la caridad» (San Ignacio de Antioquía).

 

168. ¿Quién pertenece a la Iglesia católica?

Todos los hombres, de modos diversos, pertenecen o están ordenados a la unidad católica del Pueblo de Dios. Está plenamente incorporado a la Iglesia Católica quien, poseyendo el Espíritu de Cristo, se encuentra unido a la misma por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión. Los bautizados que no realizan plenamente dicha unidad católica están en una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia católica.

 

169. ¿Cuál es la relación de la Iglesia católica con el pueblo judío?

La Iglesia católica se reconoce en relación con el pueblo judío por el hecho de que Dios eligió a este pueblo, antes que a ningún otro, para que acogiera su Palabra. Al pueblo judío pertenecen «la adopción como hijos, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, los patriarcas; de él procede Cristo según la carne» (Rm 9, 4-5). A diferencia de las otras religiones no cristianas, la fe judía es ya una respuesta a la Revelación de Dios en la Antigua Alianza.

 

170. ¿Qué vínculo existe entre la Iglesia católica y las religiones no cristianas?

El vínculo entre la Iglesia católica y las religiones no cristianas proviene, ante todo, del origen y el fin comunes de todo el género humano. La Iglesia católica reconoce que cuanto de bueno y verdadero se encuentra en las otras religiones viene de Dios, es reflejo de su verdad, puede preparar para la acogida del Evangelio y conducir hacia la unidad de la humanidad en la Iglesia de Cristo.

 

171. ¿Qué significa la afirmación «fuera de la Iglesia no hay salvación»?

La afirmación «fuera de la Iglesia no hay salvación» significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Por lo tanto no pueden salvarse quienes, conociendo la Iglesia como fundada por Cristo y necesaria para la salvación, no entran y no perseveran en ella. Al mismo tiempo, gracias a Cristo y a su Iglesia, pueden alcanzar la salvación eterna todos aquellos que, sin culpa alguna, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan en cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia.

 

172. ¿Por qué la Iglesia debe anunciar el Evangelio a todo el mundo?

La Iglesia debe anunciar el Evangelio a todo el mundo porque Cristo ha ordenado: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Este mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su Hijo y a su Espíritu porque «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4).

 

173. ¿De qué modo la Iglesia es misionera?

La Iglesia es misionera porque, guiada por el Espíritu Santo, continúa a lo largo de los siglos la misión del mismo Cristo. Por tanto, los cristianos deben anunciar a todos la Buena Noticia traída por Jesucristo, siguiendo su camino y dispuestos incluso al sacrificio de sí mismos hasta el martirio.

 

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Las uniones de hecho en el conjunto de la sociedad

 

Pontificio Consejo para la Familia

 

Dimensión social y política del problema de la equiparación

 

14. Ciertos influjos culturales radicales (como la ideología del «gender» a la que antes hemos hecho mención) tienen como consecuencia el deterioro de la institución familiar. «Aún más preocupante es el ataque directo a la institución familiar que se está desarrollando, tanto a nivel cultural como en el político, legislativo y administrativo… Es clara la tendencia a equipar a la familia otras formas de convivencia bien diversas, prescindiendo de fundamentales consideraciones de orden ético y antropológico» (17). Es prioritaria, por tanto, la definición de la identidad propia de la familia. A esta identidad pertenece el valor y la exigencia de estabilidad en la relación matrimonial entre hombre y mujer, estabilidad que halla expresión y confirmación en un horizonte de procreación y educación de los hijos, lo que resulta en beneficio del entero tejido social. Dicha estabilidad matrimonial y familiar no está sólo asentada en la buena voluntad de las personas concretas, sino que reviste un carácter institucional de reconocimiento público, por parte del Estado, de la elección de vida conyugal. El reconocimiento, protección y promoción de dicha estabilidad redunda en el interés general, especialmente de los más débiles, es decir, los hijos.  

 

15. Otro riesgo en la consideración social del problema que nos ocupa es el de la banalización. Algunos afirman que el reconocimiento y equiparación de las uniones de hecho no debería preocupar excesivamente cuando el número de éstas fuera relativamente escaso. Más bien debería concluirse, en este caso, lo contrario, puesto que una consideración cuantitativa del problema debería entonces conducir a poner en duda la conveniencia de plantear el problema de las uniones de hecho como problema de primera magnitud, especialmente allí donde apenas se presta una adecuada atención al grave problema (de presente y de futuro) de la protección del matrimonio y la familia mediante adecuadas políticas familiares, verdaderamente incidentes en la vida social. La exaltación indiferenciada de la libertad de elección de los individuos, sin referencia alguna a un orden de valores de relevancia social, obedece a un planteamiento completamente individualista y privatista del matrimonio y la familia, ciego a su dimensión social objetiva. Hay que tener en cuenta que la procreación es principio «genético» de la sociedad, y que la educación de los hijos es lugar primario de transmisión y cultivo del tejido social, así como núcleo esencial de su configuración estructural.

 

El reconocimiento y equiparación de las uniones de hecho discrimina al matrimonio 

 

16. Con el reconocimiento público de las uniones de hecho se establece un marco jurídico asimétrico: mientras la sociedad asume obligaciones respecto a los convivientes de las uniones de hecho, éstos no asumen para con la misma las obligaciones esenciales propias del matrimonio. La equiparación agrava esta situación puesto que privilegia a las uniones de hecho respecto de los matrimonios, al eximir a las primeras de deberes esenciales para con la sociedad. Se acepta de este modo una paradójica disociación que resulta en perjuicio de la institución familiar. Respecto a los recientes intentos legislativos de equiparar familia y uniones de hecho, incluso homosexuales (conviene tener presente que su reconocimiento jurídico es el primer paso hacia la equiparación), es preciso recordar a los parlamentarios su grave responsabilidad de oponerse a ellos, puesto que «los legisladores, y en modo particular los parlamentarios católicos, no podrían cooperar con su voto a esta clase de legislación, que, por ir contra el bien común y la verdad del hombre, sería propiamente inicua» (18). Estas iniciativas legales presentan todas las características de disconformidad con la ley natural que las hacen incompatibles con la dignidad de ley. Tal y como dice San Agustín «Non videtur esse lex, quae iusta non fuerit» (19). Es preciso reconocer un fundamento último del ordenamiento jurídico (20). No se trata, por tanto, de pretender imponer un determinado «modelo» de comportamiento al conjunto de la sociedad, sino de la exigencia social del reconocimiento, por parte del ordenamiento legal, de la imprescindible aportación de la familia fundada en el matrimonio al bien común. Donde la familia está en crisis, la sociedad vacila. 

 

17. La familia tiene derecho a ser protegida y promovida por la sociedad, como muchas Constituciones vigentes en Estados de todo el mundo reconocen (21). Es éste un reconocimiento, en justicia, de la función esencial que la familia fundada en el matrimonio representa para la sociedad. A este derecho originario de la familia corresponde un deber de la sociedad, no sólo moral, sino también civil. El derecho de la familia fundada en el matrimonio a ser protegida y promovida por la sociedad y el Estado debe ser reconocido por las leyes. Se trata de una cuestión que afecta al bien común. Santo Tomás de Aquino, con una nítida argumentación, rechaza la idea de que la ley moral y la ley civil puedan determinarse en oposición: son distintas, pero no opuestas, ambas se distinguen, pero no se disocian, entre ellas no hay univocidad, pero tampoco contradicción (22). Como afirma Juan Pablo II, «Es importante que los que están llamados a guiar el destino de las naciones reconozcan y afirmen la institución matrimonial; en efecto, el matrimonio tiene una condición jurídica específica, que reconoce derechos y deberes por parte de los esposos, de uno con respecto a otro y de ambos en relación con los hijos, y el papel de las familias en la sociedad, cuya perennidad aseguran, es primordial. La familia favorece la socialización de los jóvenes y contribuye a atajar los fenómenos de violencia mediante la transmisión de valores y mediante la experiencia de la fraternidad y de la solidaridad, que permite vivir diariamente. En la búsqueda de soluciones legítimas para la sociedad moderna, no se la puede poner al mismo nivel de simples asociaciones o uniones, y éstas no pueden beneficiarse de los derechos particulares vinculados exclusivamente a la protección del compromiso matrimonial y de la familia, fundada en el matrimonio, como comunidad de vida y amor estable, fruto de la entrega total y fiel de los esposos abierta a la vida» (23)

 

18. Cuantos se ocupan en política deberían ser conscientes de la seriedad del problema. La acción política actual tiende en Occidente, con cierta frecuencia, a privilegiar en general los aspectos pragmáticos y la llamada «política de equilibrios» sobre cosas muy concretas sin entrar en la discusión de los principios que puedan comprometer difíciles y precarios compromisos entre partidos, alianzas o coaliciones. Pero dichos equilibrios ¿no deberían, más bien, estar fundados en base a claridad de los principios, fidelidad a los valores esenciales, nitidez en los postulados fundamentales? «Si no existe ninguna verdad última que guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones pueden ser fácilmente instrumentalizadas con fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo abierto o sutil, como la historia lo demuestra» (24). La función legislativa corresponde a la responsabilidad política; en este sentido, es propio del político velar (no sólo a nivel de principios sino también de aplicaciones) para evitar un deterioro, de graves consecuencias presentes y futuras, de la relación ley moral-ley civil y la defensa del valor educativo-cultural del ordenamiento jurídico (25). El modo más eficaz de velar por el interés público no consiste en la cesión demagógica a grupos de presión que promueven las uniones de hecho, sino la promoción enérgica y sistemática de políticas familiares orgánicas, que entiendan la familia fundada en el matrimonio como el centro y motor de la política social y que cubran el extenso ámbito de los derechos de la familia (26). A este aspecto la Santa Sede ha dedicado espacio en la Carta de los Derechos de la Familia (27), superando una concepción meramente asistencialista del Estado. 

 

Presupuestos antropológicos de la diferencia entre el matrimonio y las "uniones de hecho" 

 

19. El matrimonio, en consecuencia, se asienta sobre unos presupuestos antropológicos definidos, que lo distinguen de otros tipos de unión y que -superando el mero ámbito del obrar, de lo «fáctico»- lo enraízan en el mismo ser de la persona de la mujer o del varón. 

Entre estos presupuestos, se encuentra: la igualdad de mujer y varón, pues «ambos son personas igualmente» (28) (si bien lo son de modo diverso); el carácter complementario de ambos sexos (29) del que nace la natural inclinación entre ellos impulsada por la tendencia a la generación de los hijos; la posibilidad de un amor al otro precisamente en cuanto sexualmente diverso y complementario, de modo que «este amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio» (30); la posibilidad -por parte de la libertad- de establecer una relación estable y definitiva, es decir, debida en justicia (31); y, finalmente, la dimensión social de la condición conyugal y familiar, que constituye el primer ámbito de educación y apertura a la sociedad a través de las relaciones de parentesco (que contribuyen a la configuración de la identidad de la persona humana) (32)

 

20. Si se acepta la posibilidad de un amor especifico entre varón y mujer, es obvio que tal amor inclina (de por sí) a una intimidad, a una determinada exclusividad, a la generación de la prole y a un proyecto común de vida: cuando se quiere eso, y se quiere de modo que se le otorga al otro la capacidad de exigirlo, se produce la real entrega y aceptación de mujer y varón que constituye la comunión conyugal. Hay una donación y aceptación recíproca de la persona humana en la comunión conyugal. «Por tanto, el amor coniugalis no es sólo ni sobre todo sentimiento; por el contrario es esencialmente un compromiso con la otra persona, compromiso que se asume con un acto preciso de voluntad. Exactamente eso califica dicho amor, transformándolo en coniugalis. Una vez dado y aceptado el compromiso por medio del consentimiento, el amor se convierte en conyugal, y nunca pierde este carácter» (33). A esto, en la tradición histórica cristiana de occidente, se le llama matrimonio.  

 

21. Por tanto se trata de un proyecto común estable que nace de la entrega libre y total del amor conyugal fecundo como algo debido en justicia. La dimensión de justicia, puesto que se funda una institución social originaria (y originante de la sociedad), es inherente a la conyugalidad misma: «Son libres de celebrar el matrimonio, después de haberse elegido el uno al otro de modo igualmente libre; pero, en el momento en que realizan este acto, instauran un estado personal en el que el amor se transforma en algo debido, también con valor jurídico» (34). Pueden existir otros modos de vivir la sexualidad -aun contra las tendencias naturales-, otras formas de convivencia en común, otras relaciones de amistad -basadas o no en la diferenciación sexual-, otros medios para traer hijos al mundo. Pero la familia de fundación matrimonial tiene como específico que es la única institución que aúna y reúne todos los elementos citados, de modo originario y simultáneo. 

 

22. Resulta, en consecuencia, necesario subrayar la gravedad y el carácter insustituible de ciertos principios antropológicos sobre la relación hombre-mujer, que son fundamentales para la convivencia humana y mucho más para la salvaguardia de la dignidad de todas las personas. El núcleo central y el elemento esencial de esos principios es el amor conyugal entre dos personas de igual dignidad, pero distintas y complementarias en su sexualidad. Es el ser del matrimonio como realidad natural y humana el que está en juego, y es el bien de toda la sociedad el que está en discusión. «Como todos saben, hoy no sólo se ponen en tela de juicio las propiedades y finalidades del matrimonio, sino también el valor y la utilidad misma de esta institución. Aun excluyendo generalizaciones indebidas, no es posible ignorar, a este respecto, el fenómeno creciente de las simples uniones de hecho (cf. Familiaris consortio, n. 81) y las insistentes campañas de opinión encaminadas a proporcionar dignidad conyugal a uniones incluso entre personas del mismo sexo» (35)

Se trata de un principio básico: un amor, para que sea amor conyugal verdadero y libre, debe ser transformado en un amor debido en justicia, mediante el acto libre del consentimiento matrimonial. «A la luz de esos principios -concluye el Papa- puede establecerse y comprenderse la diferencia esencial que existe entre una mera unión de hecho, aunque se afirme que ha surgido por amor, y el matrimonio, en el que el amor se traduce en un compromiso no sólo moral, sino también rigurosamente jurídico. El vínculo, que se asume recíprocamente, desarrolla desde el principio una eficacia que corrobora el amor del que nace, favoreciendo su duración en beneficio del cónyuge, de la prole y de la misma sociedad» (36).  

En efecto, el matrimonio -fundante de la familia- no es una «forma de vivir la sexualidad en pareja»: si fuera simplemente esto, se trataría de una forma más entre las varias posibles (37). Tampoco es simplemente la expresión de un amor sentimental entre dos personas: esta característica se da habitualmente en todo amor de amistad. El matrimonio es más que eso: es una unión entre mujer y varón, precisamente en cuanto tales, y en la totalidad de su ser masculino y femenino. Tal unión sólo puede ser establecida por un acto de voluntad libre de los contrayentes, pero su contenido específico viene determinado por la estructura del ser humano, mujer y varón: recíproca entrega y transmisión de la vida. A este don de sí en toda la dimensión complementaria de mujer y varón con la voluntad de deberse en justicia al otro, se le llama conyugalidad, y los contrayentes se constituyen entonces en cónyuges: «esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por eso tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana» (38).   

 

Mayor gravedad de la equiparación del matrimonio a las relaciones homosexuales 

 

23. La verdad sobre el amor conyugal permite comprender también las graves consecuencias sociales de la institucionalización de la relación homosexual: «se pone de manifiesto también qué incongruente es la pretensión de atribuir una realidad conyugal a la unión entre personas del mismo sexo. Se opone a esto, ante todo, la imposibilidad objetiva de hacer fructificar el matrimonio mediante la transmisión de la vida, según el proyecto inscrito por Dios en la misma estructura del ser humano. Asimismo, se opone a ello la ausencia de los presupuestos para la complementariedad interpersonal querida por el Creador, tanto en el plano fisico-biológico como en el eminentemente psicológico, entre el varón y la mujer...» (39). El matrimonio no puede ser reducido a una condición semejante a la de una relación homosexual; esto es contrario al sentido común (40). En el caso de las relaciones homosexuales que reivindican ser consideradas unión de hecho, las consecuencias morales y jurídicas alcanzan una especial relevancia (41). «Las 'uniones de hecho' entre homosexuales, además, constituyen una deplorable distorsión de lo que debería ser la comunión de amor y vida entre un hombre y una mujer, en recíproca donación abierta a la vida» (42). Todavía es mucho más grave la pretensión de equiparar tales uniones a «matrimonio legal», como algunas iniciativas recientes promueven (43). Por si fuera poco, los intentos de posibilitar legalmente la adopción de niños en el contexto de las relaciones homosexuales añaden a todo lo anterior un elemento de gran peligrosidad (44). «No puede constituir una verdadera familia el vínculo de dos hombres o de dos mujeres, y mucho menos se puede atribuir a esa unión el derecho de adoptar niños privados de familia» (45). Recordar la trascendencia social de la verdad sobre el amor conyugal y, en consecuencia, el grave error que supondría el reconocimiento o incluso equiparación del matrimonio a las relaciones homosexuales no supone discriminar, en ningún modo, a estas personas. Es el mismo bien común de la sociedad el que exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protegan la unión matrimonial como base de la familia, que se vería, de este modo, perjudicada (46)

 

Notas:

 

17) Juan Pablo II, Alocución al Forum de Asociaciones Católicas de Italia, 27-6-1998. 

 

18) Pontificio Consejo para la Familia, Declaración acerca de la Resolución del Parlamento Europeo sobre equiparación entre familia y 'uniones de hecho', incluso homosexuales, 17-3-2000.

 

19) S. Agustín, De libero arbitrio, I, 5, 11.

 

20) «La vida social y su aparato jurídico exige un fundamento último. Si no existe otra ley más allá de la ley civil, debemos admitir entonces que cualquier valor, incluso aquellos por los cuales los hombres han combatido y considerado como pasos adelante cruciales en la lenta marcha hacia la libertad, pueden ser cancelados por una simple mayoría de votos. Quienes critican la ley natural deben cerrar los ojos ante esta posibilidad, y cuando promueven leyes -en contraste con el bien común en sus exigencias fundamentales- deben tener en cuenta todas las consecuencias de sus propias acciones, porque pueden impulsar a la sociedad en una peligrosa dirección». Discurso del Card. A. Sodano durante el IIº Encuentro de Políticos y Legisladores de Europa, organizado por el Pontificio Consejo para la Familia, 22-24 octubre de 1998.

 

21) En Europa, por ejemplo, en la Constitución de Alemania: «El matrimonio y la familia encuentran especial protección en el ordenamiento del Estado» (Art. 6); España: «Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia» (Art. 39); Irlanda: «El Estado reconoce a la familia como el grupo natural primario y fundamental de la sociedad y como institución moral dotada de derechos inalienables e imprescriptibles, anteriores y superiores a todo derecho positivo. Por ello el Estado se compromete a proteger la constitución y autoridad de la familia como el fundamento necesario del orden social y como indispensable para el bienestar de la Nación y el Estado» (Art. 41); Italia: «La República reconoce los derechos de la familia como sociedad natural fundada en el matrimonio» (Art. 29); Polonia: «El matrimonio, esto es, la unión de un hombre y una mujer, así como la familia, paternidad y maternidad, deben encontrar protección y cuidado en la República de Polonia» (Art. 18); Portugal: «La familia, como elemento fundamental de la sociedad, tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado y a la realización de todas las condiciones que permitan la realización personal de sus miembros» (Art. 67).
También en Constituciones de todo el mundo: Argentina «...la ley establecerá...la protección integral de la familia» (Art. 14); Brasil: «La familia, base de la sociedad, es objeto de especial protección por el Estado» (Art. 226); Chile: «...La familia es el núcleo fundamental de la sociedad... Es deber del Estado... dar protección a la población y a la familia...» (Art. 1), República Popular China: «El Estado protege el matrimonio, la familia, la maternidad y la infancia» (Art. 49); Colombia: «El Estado reconoce, sin discriminación alguna, la primacía de los derechos inalienables de la persona y ampara a la familia como institución básica de la sociedad» (Art. 5); Corea del Sur: «El matrimonio y la vida familiar se establecen en base a la dignidad individual e igualdad entre los sexos; el Estado pondrá todos los medios a su alcance para que se logre este fin» (Art. 36); Filipinas: «El Estado reconoce a la familia filipina como fundamento de la Nación. De acuerdo con ello debe promoverse intensamente la solidaridad, su activa promoción y su total desarrollo. El matrimonio es una institución social inviolable, es fundamento de la familia y debe ser protegido por el Estado» (Art. 15); México: «...la Ley... protegerá la organización y el desarrollo de la familia" (Art. 4); Perú: «La comunidad y el Estado... también protegen a la familia y promueven el matrimonio. Reconocen a estos últimos como institutos naturales y fundamentales de la sociedad» (Art. 4); Ruanda: «La familia, en tanto que base natural del pueblo ruandés, será protegida por el Estado» (Art. 24).

 

22) «Toda ley hecha por los hombres tiene razón de ley en tanto que deriva de la ley natural. Si algo, en cambio, se opone a la ley natural, no es entonces ley, sino corrupción de la ley». Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, I-II, q. 95, a. 2. 

 

23) Juan Pablo II, Discurso al IIº Encuentro de Políticos y Legisladores de Europa organizado por el Pontificio Consejo para la Familia, 23-10-1998.

 

24) Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus, n. 46. 

 

25) «Como responsables políticos y legisladores deseosos de ser fieles a la Declaración universal de derechos humanos de 1948, nos comprometemos a promover y a defender los derechos de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Esto debe hacerse en todos los niveles: local, regional, nacional e internacional. Sólo así podremos ponernos verdaderamente al servicio del bien común, tanto a nivel nacional como internacional». Conclusiones del IIº Encuentro de Políticos y Legisladores de Europa sobre los derechos del hombre y de la familia, L'Osservatore Romano, 26-2-1999.

 

26) «La familia es el núcleo central de la sociedad civil. Tiene ciertamente, un papel económico importante, que no puede olvidarse, pues constituye el mayor capital humano, pero su misión engloba muchas otras tareas. Es, sobre todo, una comunidad natural de vida, una comunidad que está fundada sobre el matrimonio y, por ello, presenta una cohesión que supera la de cualquier otra comunidad social». Declaración final del IIIº Encuentro de Políticos y Legisladores de América, Buenos Aires, 3-5 de agosto de 1999. 

 

27) Cfr. Carta de Derechos de la Familia, Preámbulo. 

 

28) Juan Pablo II, Carta Gratissimam sane (Carta a las Familias), n. 6. 

 

29) Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2333; Carta Gratissimam sane (Carta a las Familias), n. 8. 

 

30) Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, n. 49. 

 

31) Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2332; Juan Pablo II, Discurso al Tribunal de la Rota Romana, 21-1-1999. 

 

32) Juan Pablo II, Carta Gratissimam sane (Carta a las Familias), nn. 7-8. 

 

33) Juan Pablo II, Discurso al Tribunal de la Rota Romana, 21-1-1999. 

 

34) Ibíd. 

 

35) Ibíd. 

 

36) Ibíd. 

 

37) «El matrimonio determina el cuadro jurídico que favorece la estabilidad de la familia. Permite la renovación de las generaciones. No es un simple contrato o negocio privado, sino que constituye una de las estructuras fundamentales de la sociedad, a la cual mantiene unida en coherencia». Declaración del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Francesa, a propósito de la proposición de ley de «pacto civil de solidaridad», 17-9-1998.

 

38) Juan Pablo II, Ex. Ap. Familiaris consortio, n. 19. 

 

39) Ibid., infra. 

 

40) «No hay equivalencia entre la relación entre dos personas del mismo sexo y aquella formada por un hombre y una mujer. Sólo esta última puede ser calificada de pareja, porque implica la diferencia sexual, la dimensión conyugal, la capacidad de ejercicio de la paternidad y la maternidad. La homosexualidad, es evidente, no puede representar este conjunto simbólico». Declaración del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Francesa, a propósito de la proposición de ley de «pacto civil de solidaridad», 17-9-1998.

 

41) Respecto al grave desorden moral intrínseco, contrario a la ley natural, de los actos homosexuales cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2357-2359; Congregación para la Doctrina de la Fe, Inst. Persona humana, 29-12-1975; Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, 8-12-1995, n. 104. 

 

42) Juan Pablo II, Discurso a los participantes de la XIVª Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia. Cfr. Juan Pablo II, palabras pronunciadas durante el Ángelus de 19-6-1994.

 

43) Pontificio Consejo para la Familia, Declaración acerca de la Resolución del Parlamento Europeo sobre equiparación entre familia y 'uniones de hecho', incluso homosexuales, 17-3-2000.

 

44) «No se puede ignorar que, según reconocen algunos de sus promotores, esta legislación constituye un primer paso hacia, por ejemplo, la adopción de niños por personas que viven una relación homosexual. Tememos por el futuro al tiempo que deploramos lo sucedido». Declaración del Presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, después de la promulgación del «pacto civil de solidaridad», 13-10-1999.

 

45) Juan Pablo II, palabras pronunciadas durante el Ángelus de 20-2-1994.

 

46) Cfr. Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (24-6-1994), con ocasión de la Resolución de 8 de febrero de 1994 del Parlamento Europeo sobre igualdad de derechos de homosexuales y lesbianas.

 

Fuente: Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y “uniones de hecho”, 26 de julio de 2000, Capítulo III - Las uniones de hecho en el conjunto de la sociedad.

 

Nota: El documento completo se encuentra en:

http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/family/documents/rc_pc_family_doc_20001109_de-facto-unions_sp.html

 

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Proyecto de ley antimatrimonial

 

Lic. Néstor Martínez

 

El proyecto de ley de "uniones concubinarias" intenta fundamentarse en la existencia de "nuevas realidades familiares". Citamos de la exposición de motivos:

"La información censal disponible permite constatar importantes transformaciones en las modalidades de constitución familiar y un crecimiento sostenido de las uniones concubinarias en nuestro país (...) Estas uniones dan lugar a verdaderos núcleos familiares no sujetos actualmente a prácticamente ninguna regulación jurídica (...) El derecho a contraer matrimonio incluye el derecho a no contraerlo y optar por un modelo familiar distinto, sin que el ejercicio de ese derecho deba comportar un trato legal más desfavorable (...) La realidad social demanda el reconocimiento de que además del matrimonio, elemento tradicional para la configuración de un hogar, existen otros arreglos familiares informales pero con igual vinculación afectiva, económica, sexual, emocional, paternal y hasta figurativamente parental (...) La restricción interpretativa del postulado constitucional al matrimonio como única vía de la formación de una familia, produce el desconocimiento de reales familias en nuestra sociedad que se encuentran en el total desamparo."

 Sin embargo, en el art. 1 dice:

"Se denomina unión concubinaria a la situación de hecho derivada de la convivencia de dos personas no unidas por matrimonio, cualquiera sea su sexo, identidad u opción sexual, que compartan un proyecto de vida común basado en relaciones afectivas de carácter singular y dotadas de estabilidad y permanencia." (subrayado nuestro).

Por lo que la argumentación ordenada al reconocimiento de nuevas formas familiares sirve para apoyar el reconocimiento legal de las uniones homosexuales. ¿Una pareja de personas homosexuales constituye una familia? ¿Son ésos los cambios sociales en el concepto de familia que debemos reconocer y que fundamentan este proyecto de ley? ¿Aquí está la "igual vinculación afectiva, económica, sexual, emocional, paternal y hasta figurativamente parental" de que habla la exposición de motivos? ¿Con el argumento de los concubinatos heterosexuales y de lo “parecidos que son en el fondo” a una familia se puede fundamentar el reconocimiento de las uniones homosexuales?

 Pero eso no es todo. En primer lugar, el art. 12 deja claro que lo que el proyecto de ley establece tendrá como una condición de vigencia la

"B) Concurrencia de ambos concubinos a denunciar la vida en común ante el Registro de Estado Civil, la que surtirá efectos a partir de la fecha de inscripción."

Uno se pregunta: si una pareja vive en concubinato porque no quiere pasar por el Registro Civil para casarse ¿pasará por el Registro Civil para anotarse como concubinos y asumir todas las obligaciones que les impone este proyecto de ley? ¿Cuántas lo harán? ¿Y para qué se está legislando, entonces?

Por otra parte, por si quedaba alguna duda de que esta ley atenta contra el matrimonio y la familia, véase los arts. 17 y 18:

"Art. 17.-
Si uno o ambos concubinos estuvieren unidos en matrimonio con terceras personas, los bienes referidos en el artículo 13 no tienen naturaleza ganancial."

"Art. 18.-
Si uno o ambos concubinos estuvieren unidos en matrimonio con terceras personas, las deudas sociales derivadas del mismo no afectarán el reparto igualitario a que hace referencia el artículo 16."

Es decir, se puede estar casado con una persona y en concubinato con otra, ambas cosas legalmente. Poligamia (un varón, varias mujeres) o poliandria (una mujer, varios varones) legalizadas.

Hay más aún:

"Art. 20.-
En caso de fallecimiento de un concubino casado con tercero, su cónyuge no tendrá derechos sucesorios en los bienes obtenidos durante el concubinato."

O sea, los derechos del concubinato priman sobre los del matrimonio. Todo lo que el cónyuge adquiera durante su concubinato con una tercera persona, quedará fuera de los derechos del otro cónyuge.

Pero la frutilla de la torta en materia de anti-matrimonialidad y anti-familismo es el art. 23:

"Art. 23.-
Agrégase al artículo 127 del Código Civil, el siguiente inciso: "La obligación de fidelidad mutua cesa, si los cónyuges no viven de consuno." "

Se siente la tentación de preguntar por qué no se aprovecha para legislar también sobre las papeleras o la pasta base. No sólo se incluye en un proyecto sobre concubinos a los homosexuales, dando un salto lógico impresionante de las nuevas formas de "familia" a las uniones homosexuales, sino que ahora se legisla también sobre el matrimonio, es decir, contra el matrimonio.

En la exposición de motivos se dice que "el derecho a contraer matrimonio incluye el derecho a no contraerlo y optar por un modelo familiar distinto, sin que el ejercicio de ese derecho deba comportar un trato legal más desfavorable."

Estamos de acuerdo en que el derecho a contraer matrimonio incluye el derecho a no contraerlo. Pero que incluya además el derecho a "optar por un modelo familiar distinto" no vemos que tenga que nada que ver con el derecho a contraer o no contraer matrimonio. Suponemos que nada de eso había en la mente de los que estamparon ese derecho en nuestro sistema legal, debido seguramente a que tenían la felicidad de vivir en épocas menos "avanzadas" que la nuestra.

¿No hay un derecho de los que han optado por casarse a que la institución matrimonial sea respetada por la sociedad en vez de ser burdamente atacada como lo es en este proyecto de ley?

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Acerca de la eutanasia

Comunicado Nº 2/06 de “Derecho y Vida”

 

Asociación Civil (en formación) “Derecho y Vida”

 

Ante los hechos de pública notoriedad, la asociación civil “Derecho y Vida” considera oportuno realizar las siguientes manifestaciones sobre la eutanasia:

 

En primer lugar recordamos la doctrina católica sobre la eutanasia, tal como ésta es presentada sintéticamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. Esta doctrina no se basa solamente en la Divina Revelación, sino que, en sus líneas esenciales, es accesible también a la recta razón natural del hombre, por lo que la proponemos no solamente a los miembros de la comunidad  cristiana, sino también a toda persona, creyente o no creyente, que quiera  formarse una opinión recta sobre este tema:

 

“Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.

Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable.

Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre.

La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el ‘encarnizamiento terapéutico’. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.

Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados.”

(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2276-2279).

 

Esta condena moral de la eutanasia propiamente dicha o “directa”, caracterizada por la intención de matar a un ser humano, abarca tanto la “eutanasia activa” como la “eutanasia pasiva”, vale decir tanto una acción como una omisión orientadas a provocar la muerte; además, abarca tanto la “eutanasia voluntaria” (homicidio consentido o suicidio asistido) como la “eutanasia involuntaria”, cometida sin el consentimiento de la víctima.

Sin embargo, dicha condena no alcanza a la denominada “adistanasia” (rechazo al encarnizamiento terapéutico), cuando ésta es practicada de un modo conforme a la dignidad humana, ni a la impropiamente denominada “eutanasia indirecta” (en la cual la muerte no es pretendida), cuando se aplica correctamente el “principio del doble efecto”, según está expuesto en el texto citado.

 

La eutanasia propiamente dicha es pues inmoral. Veamos por qué debe ser también ilegal:

Los derechos humanos son la contracara de los deberes humanos. Mis derechos son los deberes que los demás seres humanos tienen para conmigo. Dado que existe el deber moral de respetar la vida humana, existe también el derecho humano a la vida. El Estado existe para cuidar y promover el bien común de la sociedad y para ello debe ante todo defender los derechos humanos, en particular el derecho a la vida, necesario para poder ejercer todos los demás derechos. De aquí se deduce que el Estado no puede permitir la eutanasia sin atentar gravemente contra su propia razón de ser. Por lo tanto el Estado debe prohibir la eutanasia; y, como una prohibición sin una pena correspondiente es ineficaz, también debe penalizarla adecuadamente.

 

Montevideo, 10 de septiembre de 2006.

 

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“Cuando se puede tener hijos no se quieren

y cuando se quiere no se pueden tener”

Comunicado Nº 3/06 de “Derecho y Vida”

 

Asociación Civil (en formación) “Derecho y Vida”

 

Consideramos particularmente interesante y digno de mayor reflexión por su importancia el contenido del artículo publicado en el Diario El Observador del día 10 de setiembre de 2006, titulado “Los que pueden tener hijos, no los quieren; a los que sí quieren ya se les hizo tarde”.

En esta interesante nota se comienza con un dato realmente alarmante y es que en nuestro país los nacimientos vienen bajando año a año. De 58.862 nacimientos en el año 1996 venimos a 47.600 en el año 2005, en una tendencia de disminución continuada año a año. La falta de estos 11.000 ó 12.000 niños en el último año no sólo traerá problemas socio-familiares sino que tendrá una seria e inevitable repercusión en aspectos socioeconómicos en nuestro país. Si a esto agregamos los altos índices de emigración que ha sufrido nuestro país, comenzamos a asumir conciencia de la trascendencia vital del tema considerado.

La situación es realmente preocupante por los graves problemas de futuro que inevitablemente trae. Analizado el tema exclusivamente desde el punto de vista económico está muy claro que si seguimos así llegará un momento en que el sistema previsional o el mutualismo carecerán de jóvenes que trabajen o que colaboren con un menor costo en el sistema asistencial de la salud “afectándose seriamente la necesaria solidaridad entre las generaciones”.

Un país con cada vez mayor número de ancianos y menos jóvenes, como el nuestro, seguramente enfrentará problemas serios con respecto a los cuales urge prever y adoptar algún tipo de soluciones.

En ciertos países de Europa ante problemas similares se vienen adoptando políticas de protección y de fomento a las familias con hijos (exoneraciones o disminuciones fiscales, apoyo en la vivienda, en el trabajo…), conscientes de que las familias numerosas y responsables son la verdadera base y sustento de la misma sociedad. No otra cosa es lo que establece el Art. 40 de la Constitución de la República.

En nuestro país suenan vientos de importantes reformas: de la salud, del sistema tributario, del mismo Estado… Nos preguntamos si no habrá llegado el momento de proponer reformas importantes de respaldo a la familia y a la procreación responsable, aunque más no sea pensando en el tema como un verdadero factor de desarrollo económico.

Urge la aprobación de una ley de protección a la familia numerosa y a la mujer embarazada.

Debemos primero asumir conciencia de la importancia real y fundamental del tema. Actuar como si el futuro no nos importara porque será problema de otros es un enfoque peligroso y esencialmente egoísta y suicida. Quienes tenemos hijos debemos pensar en el futuro de ellos y en el de nuestros nietos. En fin, no podemos dejar de pensar en nuestra sociedad futura y cuando idealizamos este futuro por lógica el mismo estará supeditado a la existencia de familias sólidas, si es que anhelamos lo mejor.

El Estado tiene el deber de proteger y promocionar la familia y la libertad de los esposos para poder traer a sus hijos al mundo, garantizando el respeto de las vidas inocentes, asegurando que la mujer sea respetada, especialmente en su dignidad de madre.

 

Montevideo, 11 de septiembre de 2006.

 

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Eutanasia infantil

 

Dra. Dolores Torrado

 

Desde mediados del siglo pasado, en los países más desarrollados del mundo se promociona la eutanasia infantil, con la pretensión de dar muerte al enfermo grave, al niño recién nacido malformado, y se justifica también la eutanasia prenatal; se aduce que se quiere evitar al paciente sufrimientos inútiles y que viva “una vida de mala calidad”, que “no merece ser vivida” y que será causa de grandes dolores para ellos y para sus padres. Se sostiene la necesidad de la “piedad ante el sufrimiento insoportable”, frente a “la vida sin valor”, frente al “enorme peso” que algunos niños enfermos imponen a la familia y a la sociedad.

La cruda realidad es que se propone la muerte de niños con criterio selectivo. En determinados centros médicos europeos se realiza la “selección neonatal” (infanticidio que se aplica a ciertos niños malformados o deficientes a los que se les niega alimentación y tratamiento, abandonándolos en sus cunas); se suprimen seres humanos que serán irremediablemente ineficientes en el curso de sus vidas.

La selección social ya se aplica para los recién nacidos malformados (eutanasia eugenésica neonatal). En realidad la mentalidad eugenésica se aplica con el aborto; “si se hubiese diagnosticado o descubierto la enfermedad durante el embarazo probablemente el niño nunca habría nacido” (1).

Algunos autores unen la eutanasia neonatal de niños deficientes al problema demográfico mundial y la aplican como un “programa” para evitar la superpoblación.

Con la eutanasia infantil, al igual que sucede con los adultos, se recorren a nivel popular los siguientes caminos: se pasa de la condena del hecho a la tolerancia, luego a la aceptación y finalmente a la promoción.

En julio de 1992 la Asociación Holandesa de Pediatría difundió que la eutanasia es “parte integral de la buena práctica médica en lo referente a bebés recién nacidos con discapacidad” (2)

Esta misma Sociedad acepta la eutanasia en recién nacidos con “una calidad de vida” muy pobre, en circunstancias excepcionales y bajo condiciones “muy estrictas”. Para ello siguen los lineamientos de los Dres. Edward Verhagen y Peter Sauer, de la Universidad de Groningen.

Estos autores publicaron en el New England Journal of Medicine un protocolo para realizar eutanasia en lactantes con el consentimiento de los padres (3). De este modo se involucra a la familia para obtener su aceptación.

Según estos autores, los recién nacidos y lactantes no pueden expresar con palabras la intensidad de su dolor; sí lo hacen a través de ciertos comportamientos o actitudes que reflejan el grado de malestar que sufren, como por ejemplo: el aumento de la frecuencia cardiaca, el aumento de la presión arterial o patrones de respiración alterados que demostrarían cuán intolerable es el dolor.

Sabemos que los pediatras y los neonatólogos son conscientes de que se puede administrar a los recién nacidos y lactantes anestesia y sedación de forma segura para calmar el dolor, además de cuidados médicos y de enfermería acordes a cada patología específica. En la actualidad se logra disminuir el sufrimiento de los niños y se otorga apoyo psicológico a los padres frente a un recién nacido gravemente enfermo o malformado.

En el 2002 se aprobó en el Parlamento de Holanda una ley que permite a los médicos practicar la eutanasia o colaborar en el suicidio de pacientes mayores de 18 años que la soliciten en forma “explícita, razonada y repetida”. Luego se autorizó a pacientes de 16 a 17 años que formularan esta petición en forma escrita, con un informe a los padres, pero sin que sea necesario su consentimiento; y en menores entre 12 y 16 años con la aprobación de los padres.

La eutanasia no estaba permitida en menores de 12 años en ningún caso en el mundo. Actualmente en Holanda se puede aplicar a todos los nacidos sin ningún tipo de consentimiento informado por parte del interesado (para el caso de los niños, lactantes y recién nacidos). Se trata ni más ni menos que del homicidio de una persona que no se puede defender, de un ser humano que no puede manifestar qué es lo que piensa. Se da muerte a los niños como “solución a su sufrimiento”.

La alternativa válida sería acompañar y ayudar en su dolor a estos niños y a sus familiares; sin embargo, se aduce que la eutanasia es más fácil y menos costosa económica y emocionalmente.

Ahora el neonatólogo o el pediatra, junto con los padres, puede decidir eliminar a los niños que considere que no deben vivir. Con este nuevo acuerdo médico-judicial en Holanda se traspasa el límite prohibido aún para la experimentación médica según el Código de Helsinski: se consiente la eutanasia también para los niños de menos de 12 años, incluidos aquellos en edad neonatal, respecto de los cuales “no se puede hablar ciertamente de consentimiento válido” (4). Se ha demostrado que en la actualidad es cada vez mayor el número de enfermos pediátricos a los que se practica eutanasia sin su consentimiento.

El Dr. Verhagen publicó en Pediatrics la lista de situaciones en las que se puede realizar eutanasia (5). Este protocolo se conoce como “Protocolo de Groningen”. En éste se establece con “extremo rigor, paso a paso, los procedimientos que los médicos deben seguir” para afrontar el problema de “liberar del dolor a los niños” gravemente enfermos, sometiéndoles a la eutanasia (en menores de 12 años).

Establece las siguientes condiciones:

1.      El diagnóstico y pronóstico debe ser certero.

2.      El sufrimiento debe ser insoportable.

3.      Ambos padres deben dar su consentimiento informado.

4.      La constatación por parte del médico que atiende al niño y de un segundo facultativo independiente, de que el paciente sufre una enfermedad incurable que le causa un sufrimiento insoportable.

5.      La fiscalía general examinará lo más rápidamente posible el caso a fin de que el médico no permanezca mucho tiempo en una situación de inseguridad jurídica.

6.      El procedimiento debe ser realizado de acuerdo con los estándares médicos aceptados.

 

Las dos condiciones que señala el protocolo de Groningen para la valoración de la eutanasia en un recién nacido son: “pronóstico sin esperanza” es decir mala calidad de vida y un “sufrimiento incontrolable” (6).

Los dividen en varias categorías para decidir la finalización de la vida:

1.      Niños sin chance de sobrevivir, que morirían rápidamente luego de nacer a pesar de un cuidado óptimo con los métodos actuales (malformaciones cardíacas o renales, anencéfalos).

2.      Niños con muy pobre pronóstico y que son dependientes del cuidado intensivo. Pueden sobrevivir luego de esta terapia pero las expectativas sobre su futuro son muy graves e inciertas, su futura calidad de vida sería muy pobre. Son los niños con anomalías cerebrales o que cursaron una extrema hipoxemia con lesión cerebral consiguiente.

 3. Niños con mal pronóstico, con expectativas de sufrimiento insoportable. No son dependientes de cuidados intensivos pero tienen muy mala calidad de vida. Es el caso de los niños con espina bífida, hidrocefalia. Éstos son los casos que más se discuten con los padres; cuando ambos padres y médicos están convencidos de que existe un pronóstico extremadamente pobre, concluyen que la muerte sería más humana que continuar la vida.

 

Llama la atención que con total impunidad ocurran estos homicidios, ya que es reconocido en el mundo “que el médico nunca provocará intencionalmente la muerte de ningún paciente”.

Esta situación tuvo repercusiones a nivel mundial, con clara aceptación por algunos profesores, en particular por Peter Singer, director del Departamento de Bioética de la Universidad de Princeton, claro defensor de la eutanasia:

“El hecho de pertenecer a la especie homo sapiens no es relevante desde el punto de vista moral. Si hacemos una comparación entre un perro o un cerdo y un niño pequeño con serios defectos, muchas veces vemos que tales seres humanos no tienen capacidades superiores a aquellos.” (7)

Engelhardt aduce que las personas tienen derechos, pero que “no todos los seres humanos son personas, porque no todos tienen la capacidad de razonar”. Los fetos, los bebés, los retrasados mentales profundos son ejemplo de seres humanos que no son personas. Afirma además que “los costos enormes de criar niños con graves desventajas físicas y mentales quitan validez a los usuales deberes de beneficencia hacia una entidad que todavía no es persona en sentido estricto” (8).

Verhagen agrega “la historia reciente muestra cómo la eliminación de personas con discapacidad, en especial retraso mental, era justificada con el pretendido fin de terminar existencias llenas de sufrimiento”.

Sin embargo esta postura abrió el camino para la eliminación deliberada de pacientes sin riesgo vital pero con lesiones irreversibles, fundamentalmente neurológicas, como es el caso de los niños que padecen de encefalopatías crónicas o parálisis cerebral.

En la actualidad se utiliza a niños anencefálicos para trasplantes. En ellos es muy difícil constatar el momento de la muerte del tronco encefálico, por lo cual se opta por compararlos a un animal (“no son personas”) y usarlos como donantes de órganos desde el momento de su nacimiento sin objeciones, teniendo en cuenta su escasa sobrevida y la posibilidad de conservarlos como reserva de órganos, aún cuando no hayan muerto.

En Holanda en 1995, en un 23% de las muertes de recién nacidos y lactantes se usaron fármacos para aliviar el dolor que pudieron acortar la duración de la vida y en 9% se utilizaron fármacos letales en recién nacidos con espina bífida o hipoxia grave en el parto (9).

Esta situación muestra la opinión de un número importante de médicos y refleja además lo que ocurre en la sociedad: cuando una práctica de este tipo está respaldada por la ley, se produce el efecto de plano inclinado que lleva a que un número creciente de personas consideren aceptables prácticas que anteriormente no aprobarían; primero se admite la legitimidad de la ley de la eutanasia en adultos conscientes que la hayan solicitado en forma explícita y documentada, luego se aplica a los jóvenes, a los adolescentes con el consentimiento de los padres y finalmente a los niños pequeños y neonatos sin su consentimiento. También se extiende a los adultos considerados incapaces de consentir como los enfermos mentales o en coma persistente o en estado vegetativo.

C. Bellieri, neonatólogo italiano reflexiona: “la eutanasia neonatal no cura el sufrimiento de los neonatos, sería más correcto decir que ayuda a los adultos; pero ¿podemos aceptar la idea de que alguien pueda ser asesinado para satisfacer las necesidades de otro?”

Con el fin de pretender controlar jurídicamente una práctica que se lleva a cabo desde hace años de un modo silencioso en los hospitales holandeses, Verhagen plantea: “Es tiempo de ser honesto. Alrededor de todo el mundo los doctores finalizan vidas discretamente, en secreto, sin compasión”. ¿Si no tengo opción dejo al niño de lado? ¿O realmente lo ayudo y lo apuro hacia la muerte?”

Tony Sheldon escribe en el British Medical Journal comentando la situación de estos países: ¿Realmente los médicos en Holanda están orgullosos de las barbaridades que hacen? ¿La muerte deliberada es una opción válida? (10).

Se prescinde de la voluntad de la persona que por su edad es incapaz obviamente de expresar una elección propia y se la sustituye con la voluntad de otros -parientes o tutores- y por el juicio del médico, que es el que valora el dolor y el sufrimiento y establece si son tales como para justificar la anticipación de la muerte. No es el principio de autonomía el que está en juego, sino una decisión “externa” que es impuesta por el adulto consciente y capaz sobre una persona incapaz de valorar y pedir ayuda: se mata intencionadamente en este caso al niño sufriente o moribundo. Es un tipo de libertad de los adultos mal considerada legítima que se ejercita sobre quien no tiene autonomía.

Actualmente impera en la cultura occidental una mentalidad utilitarista de maximizar el placer y minimizar el dolor. También en el campo de la medicina se valora el gasto en los tratamientos y la asignación de recursos que siempre son escasos. Esto lleva a considerar prioritarios los programas relativos al incremento de la riqueza y de la productividad respecto a los deberes siempre costosos de aliviar al sufriente y de mantener con vida a enfermos en cuidados paliativos o atenderlos cuando están cercanos a la muerte, sean niños o adultos.

Se deja de lado la solidaridad con los más débiles e indefensos. Es necesario volver a encontrar la dignidad de todo hombre, embrión, feto, niño, adulto o anciano; se debe valorar a la persona, fuente y fin de la vida social.

Los cuidados paliativos abogan por la humanización en el trato con los pacientes moribundos para contrarrestar la eutanasia. Las posibilidades de la medicina han crecido, existen tratamientos que permiten alargar la vida y aplazar la muerte casi sin sufrimientos: siempre hay formas de apoyo y consuelo.

 

Notas

 

1) Miranda, G., La otra cara de la eutanasia autorizada (en Holanda): la eugenesia, Zenit, 6-9-2004.

 

2) Mosso Gómez, La Eutanasia: una visión histórica. Publicación interna de la Universidad Católica de Chile. Instituto de Bioética.

 

3) Verhagen, E - Sauer, P., The Groningen Protocol-Euthanasia in Severely ill newborns, New England Journal of Medicine 352;10: 959-962.

 

4) Sgreccia, E., La eutanasia en Holanda: ¡también para los niños!, Medicina e Morale 2004/5: 895-901.

 

5) Verhagen, E., Sauer, P., End of life decisions in newborns. An approach from the Netherlands. Pediatrics 116 (2005): 736-739.

 

6) Moreno, J.M., Galiano, M.J., La eutanasia de niños en Holanda:¿el final de un plano inclinado?, Cuadernos de Bioética. XVI, 2005, No 3: 345-356.

 

7) Singer, P., Santity of life or quality of life?, Pediatrics, 1983; 73:128.

 

8) Engelhardt, T., Los fundamentos de la Bioética, Ed. Paidos, Barcelona, 1995: 155, 165, 257.

 

9) Van der Heide, A., van der Maas, P. et al., Medical end of life decisions made for neonates and infants in the Nertherlands, Lancet 350; 1997: 251-255.

 

10) Sheldon, T., Killing or caring?, British Medical Journal, Vol. 330, 2005: 560.

 

Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones (Papa Benedicto XVI)

 

Haciendo clic sobre el título podrá acceder a la magnífica conferencia sobre la fe y la razón dictada por el Papa Benedicto XVI el día 12/09/2006 en la Universidad de Ratisbona (Alemania), que ha sido objeto de tantas, tan graves y tan interesadas manipulaciones por parte de sectores laicistas de Occidente y de sectores fanáticos del Islam.

Además de la importancia intrínseca de este discurso, nos mueve a reproducirlo su afinidad temática con una de las preocupaciones centrales del sitio web y la revista virtual “Fe y Razón”, uno de cuyos antecedentes principales fue un grupo de estudio sobre la encíclica Fides et Ratio -sobre la fe y la razón- del Papa Juan Pablo II, grupo que durante el año 1998 se reunió periódicamente en la casa de la Profesora María Cristina Araújo, tan querida y recordada. Que Dios la tenga en Su gloria.

Equipo de “Fe y Razón”

 

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Salve, Regina

 

Dios te salve, Reina
y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra,
Dios te salve.
A ti llamamos
los desterrados hijos de Eva.
A ti suspiramos, gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos.
Y después de este destierro,
muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.

¡Oh, clementísima, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!

Salve, Regina,
Mater misericórdiae,
vita, dulcédo et spes nostra,
salve.
Ad te clamámus,
éxsules fílii Eva.
Ad te suspirámus geméntes
et flentes in hac lacrimárum valle.
Eia ergo, advocáta nostra,
illos tuos misericórdes óculos
ad nos convérte.
Et Iesum benedíctum fructum
ventris tui,
nobis, post hoc exsílium, osténde.

O clemens, o pia,
o dulcis Virgo Maríae!

 

Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio, Apéndice, A) Oraciones comunes.

 

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