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FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
La interpretación de la Sagrada
Escritura
Christoph Schönborn
El Concilio señala una regla suprema para toda
interpretación del escritura:<<La Escritura se ha de leer e interpretar
con el mismo Espíritu con que fue escrita>>(CEC 111). Para comprender
correctamente la Escritura, hay que leerla como un libro inspirado por el
Espíritu Santo. Quiere ser leída en la fe, de la misma manera que ha surgido de
la fe y es testimonio de la fe.
Eso exige, en primer lugar, prestar una minuciosa
atención a lo que se llama el <<sentido literal>> de la Sagrada
Escritura: a lo que los autores de los escritos bíblicos intentaron decir. A
santa Teresita le hubiera gustado aprender griego y hebreo para poder comprender
correctamente lo que dice la Sagrada Escritura. Es ya una buena ayuda comparar
diversas traducciones de la Escritura para acercarse más al sentido del texto.
Un buen conocimiento de la historia de la época, especialmente la del pueblo
judío, de su entorno, de sus costumbres, de sus condiciones sociales, contribuye
no poco a la cabal comprensión del texto.
Es también muy útil pensar en los géneros
literarios:¿se trata, por ejemplo, de una parábola, de un relato histórico, de
un discurso profético?¿ Qué formas de expresión ha utilizado el autor sagrado
para revestir lo que pretende trasmitir?¿En qué situación escribe?¿A quién se
dirige en particular? Examinar todo esto es importante para descubrir lo que los
autores de la Sagrada Escritura quisieron decir y realmente expresaron (CEC
110). "En la Sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los hombres.
Por tanto, para interpretar bien la Escritura, es preciso estar atento a lo que
los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y lo que Dios quiso
manifestarnos mediante sus palabras" leemos en el Catecismo (CEC
109).
La exégesis científica presta un servicio
insustituible para la correcta comprensión de la Escritura. No pocas veces
tenemos ocasión de experimentar cómo mediante un conocimiento más preciso de su
sentido histórico y lingüístico un determinado pasaje de la Escritura comienza a
ser más comprensible y la afirmación de fe aparece con mayor claridad. Pero no
basta con un análisis puramente histórico y lingüístico. La ciencia y la fe
tienen que caminar juntas para poder desentrañar el testimonio de fe de la
Escritura.
Para ello, el Concilio señala tres
criterios: