FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
La fuerza invencible del perdón
Diác. Jorge Novoa
La
cultura moderna valora el perdón escasamente. Ello en parte explica que muchos
cristianos, influidos por ella, se cuestionen y en muchos casos desestimen el
perdón. Este dato de la realidad se complementa con la crisis de una vida de fe
que a veces ilumina mortecinamente.
Entre
los desafíos que presenta la Nueva Evangelización a la vida cristiana, el
perdón como experiencia vital del cristianismo es un mojón irrenunciable que
hay que abordar con urgencia. A muchos cristianos, la exigencia del perdón les
presenta dificultades y cuestionamientos.
¿Cuánto
nos cuesta perdonar? y en muchos casos perdonarnos a nosotros mismos. El perdón
que Cristo nos trae, y que alcanza su cenit en el otorgado a los enemigos, es
siempre un escándalo, una piedra de tropiezo que nos desequilibra, únicamente
comprensible a la luz del Amor Eterno. Los santos en sus vidas son testigos del perdón como experiencia liberadora
del Amor Trinitario, su fecundidad se expresa en ellos, como una fuerza
invencible que nos lleva a exclamar atrevidamente: ¡Bendito escándalo!
Les
propongo que meditemos en torno a tres centros, que vinculados nos dan pistas
para cimentar nuestras vidas sobre la experiencia del perdón. Ellos son
experiencias vitales, fuentes de vida en abundancia, torrentes de gracia que
debemos descubrir y vivir:
1)
Todos hemos sido
perdonados.
2)
La oración sostiene
nuestra vida en dirección del perdón.
3)
Nuestra experiencia
del sacramento de la Reconciliación.
1-Todos hemos sido perdonados
Jesús
interroga al auditorio que presuroso quiere lapidar a la mujer acusada de
adúltera, "el que esté libre de culpas que arroje la primera piedra".
Nadie responde en forma contestataria. El comportamiento de Jesús, siendo que
podía, si quería arrojar la primera piedra, quiere hacernos caer en la cuenta
que nadie está libre de culpa. Así lo expresa el gran apóstol de los Gentiles
en su epístola a los romanos:
"Pues
ya demostramos que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, como
dice la Escritura: No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un
sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron;
no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua urden engaños.
Veneno de áspides bajo sus labios; maldición y amargura rebosa su boca. Ligeros sus pies para
derramar sangre; ruina y
miseria son sus caminos. El camino de la paz no lo conocieron, no hay temor de Dios ante sus ojos.(Ro
3,10-18)
Este
florilegio de textos, tomados de la
Antigua Alianza, expresa la condición de la naturaleza humana caída que Cristo
vino a restaurar. Y en este sentido, todos somos deudores invitados a perdonar
como hemos sido perdonados. "
Él es víctima de propiciación por
nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo
entero (I Jn 2,2).
Todos
somos descendientes de Adán y llevamos en nuestra naturaleza (pecado original)
las consecuencias (concupiscencia) de la trágica respuesta negativa
(desobediencia) dada por los primeros padres (Adán y Eva) al Creador. Nadie
puede desentenderse de la condición pecadora de la naturaleza humana. "Si
decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros.
Si reconocemos nuestros pecados,
fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda
injusticia. Si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su Palabra no
está en nosotros. " (I Jn 1,8-10).
La
efusión del Espíritu en Pentecostés, despliega en la historia la fuerza
del perdón que nos trae la pascua de Jesús: "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no
vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: 8 y
cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado[1],
en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; 9 en
lo referente al pecado, porque no creen en mí; 10 en
lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; 11 en
lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado."
(Jn 10,7-12)
El perdón inicialmente está vinculado a la
experiencia de reconocerse pecador y ella se ve afectada por la
perdida del sentido del pecado[2],
aspecto indispensable para vivir la fecundidad del perdón expresado en el amor
que Dios nos tiene.
En la Sagrada Escritura hay un largo itinerario que revela el perdón que Dios nos ofrece.
Como " culmen de esta revelación
puede considerarse la sublime parábola normalmente llamada «del hijo pródigo»,
pero que debería denominarse «del padre misericordioso» (cf. Lc 15, 1132)[3]".
El
itinerario del hijo menor, en la parábola del Padre misericordioso (Lc 15[4]),
deja ver claramente el camino que es necesario transitar. La acción del Hijo
expresada por tres verbos; "entrar", "levantar" e
"ir" revelan que todo está orientado por el Padre, que mueve y
acompaña la acción desde el comienzo hasta el fin. El hijo menor al entrar
dentro de sí mismo (v.17) se re-conoce a la luz de su ser hijo y conoce su
condición de desterrado voluntario (pecador) de los bienes del Padre. Esto le
mueve a ponerse de pie, e ir en dirección de la casa paterna.
Y entrando en sí mismo…
(v.17)
Dice San Agustín: "Invitado
a volver dentro de mí mismo, entré en mi interior guiado por Ti; lo pude hacer
porque Tú me ayudaste[5]".
Todo hombre que busca la Verdad debe humildemente dejarse interpelar
por el Señor. Debemos ejercitarnos en la tarea de mirar hacia nuestro interior,
a ello refiere este "entrando", que es la acción por la cual
desplegamos en nuestro pensamiento la película de nuestra vida de la que somos
protagonistas inexcusables. Hay que buscar espacios para orientarnos hacia la
necesaria interioridad que nos propuso San Agustín. La interioridad nos pone en
dirección de la Verdad, inicia un camino que nos presenta la verdad sobre
nosotros mismos, como dice el gran santo de Hipona: "ella se hace
encontradiza a quien estudia, ora y vive bien". Hay que ir en dirección de
nuestro interior.
¿Cuánto
nos cuesta entrar dentro de nosotros mismos?, y especialmente cuando desde
fuera, es tan fácil hablar de los demás ¿Me hago un espacio aún en la vorágine
del mundo contemporáneo para mirar hacia mi interior?¿Nuestra mirada interior
está iluminada por la mirada del Señor? ¿En quién se apoyan nuestras
decisiones?
El
Señor quiere entrar en tu Corazón con tu permiso, déjalo que te ilumine,
acompáñalo en el viaje que realiza por tu historia y entrégale tu vida con
confianza.
Me levantaré, iré a mi padre y le diré…(v.18)
Ahora
viene el tiempo de obrar valientemente, no basta reconocerse pecador, es
necesario pedir perdón. Esta etapa exige de nuestra parte una firme decisión,
Dios que nos ha conducido hasta aquí, ahora con su gracia nos impulsará hacia
el encuentro desbordante de su Misericordia. La condición humana bajo el signo
del pecado, queda expresada claramente por la imagen del hombre que está caído, postrado espiritualmente y que ahora
quiere levantarse. El hombre inicia, por la gracia, en el camino del perdón su
marcha hacia la dignificación de la naturaleza humana redimida. "De este modo,
comienza a buscar él mismo al Dios que lo busca: buscado, busca; amado,
comienza a amar"[6].
Al
levantarnos, experimentamos nuestra debilidad, pero Dios viene en nuestra
ayuda. No debemos en este período de tiempo, dar cabida en nuestro corazón, a
las voces desalentadoras del Maligno que intenta ponernos piedras en el camino.
Hay una meta que todo lo congrega, hacia ella debemos dirigir nuestra mirada,
para correr a los brazos del Padre. Esta experiencia del abrazo misericordioso
del Padre nos impulsa y alimenta en el resto del camino.
La
meta hacia la que nos dirigimos no es incierta, al final del camino está el
Padre que se revela misericordioso. Es la fuente del perdón que se nos
manifiesta como Misericordia, aunque nuestros pecados sean rojos como la
escarlata blanquearán como la nieve (Sl 50). Este Amor manifestado hasta el
extremo se consuma en el Gólgota, sacrificio de una vez y
para siempre, que Cristo ofrece para el perdón de los pecados (cf. Mt
26, 28). Cristo en la Cruz es el Testigo Fiel del amor misericordioso de Dios. De su costado abierto brota la vida del perdón,
como respuesta a la lanza del pecado, aparece el agua del Bautismo y la sangre
de la Eucaristía. Pero, los dinamismos vivificadores del perdón, que Jesús
había entregado a los apóstoles, se derramarán sobre el pueblo en la efusión
del Espíritu Santo. Que siendo Señor y dador de vida, dilatará en los
seguidores de Jesús los caminos del perdón.
¿Quiero
vivir postrado bajo el signo del pecado o quiero levantarme tomándome de la
mano de Jesús? ¿Extiendo mi mano?¿Creo que Dios es el único que puede
perdonarme (sanándome, pacificándome y reconciliándome)?¿He vivido la
experiencia del perdón como abrazo del Padre?¿He expresado al Padre con un
abrazo de perdón?¿Concurro a otros lugares, buscando la reconciliación y el
perdón que solamente puede concederme
Dios?¿He dudado del perdón misericordioso de Dios?
Ya no merezco ser llamado hijo tuyo… (v.19)
Nuestra
condición de peregrinos es un ir todos los días, poco a poco, aprendiendo a ser
hijos de Dios. Siempre estamos en camino de ser hijos. El Espíritu Santo
cincela en nuestro interior la filiación adoptiva, nos enseña a decir Abba
(padre) descubriéndonos el misterio de la fraternidad. El Padre vela por sus
hijos, destinados a reproducir la imagen del Hijo, y quiere celebrar con todos
el Banquete eterno. Él conociendo perfectamente "la obra de sus
manos" ha puesto al servicio del hombre peregrino su amor misericordioso
como fuente de vida incesante. El perdón de Dios es fuente de
renacimiento espiritual y principio eficaz de santificación, hasta la cima de
la perfección cristiana. La confesión
amorosa del hijo, que reconoce en su pecado el destino trágico que ha elegido,
concluye en el gozoso abrazo del perdón que recibe del Padre.
¿Somos
dóciles a la acción del Espíritu en nuestra vida?¿Recorremos los camino de la
filiación que nos propone?¿Reconocemos en el hermano pobre la dignidad que
alberga en su interior? ¿Vivimos a la luz de ser hijos de un Padre común con
modestia y generosidad para con los más necesitados?
Y, levantándose, partió hacia su padre… (v.20)
El viaje está imbuido por el gozo sencillo que prepara el Encuentro. La
vida cristiana como testimonio de este Amor que se dona gratuitamente, es anuncio para los que están "alejados"
de un camino de Reconciliación. "El
Padre misericordioso que abraza al hijo perdido es el icono definitivo del Dios
revelado por Cristo. Dios es, ante todo y sobre todo, Padre. Es el Dios Padre
que extiende sus brazos misericordiosos para bendecir, esperando siempre sin forzar
nunca a ninguno de sus hijos. Sus manos sostienen, estrechan, dan fuerza y al
mismo tiempo confortan, consuelan y acarician. Son manos de padre y madre a la
vez [7]".
2- La oración sostiene nuestra vida en dirección del perdón
La
vida de oración ejercita al hombre en
la búsqueda de la voluntad de Dios. Las frustraciones que padecemos, en muchas
oportunidades se deben a nuestra prescindencia de la oración. La oración nos
pone en el ámbito de la gratuidad, abriendo nuestro corazón para que la gracia
nos mueva a obrar confiando en Dios.
“¡Qué necesario y saludable es que se nos recuerde
nuestra condición de pecadores! Nuestros pecados nos mueven a orar, y mientras
pedimos perdón a Dios, tomamos conciencia de cuánto debemos perdonar a nuestros
hermanos” (San Cipriano). Cuántas
veces decimos que no podemos perdonar, que no tenemos fuerzas, que sentimos
nuestra impotencia para obrar así. Si oramos con humildad, Dios viene en
nuestra ayuda y fortalece nuestra debilidad. Edifica sobre nuestra flaqueza la
necesaria reconciliación interior que exige el perdón. La oración nos sumerge
en el mundo de Dios, aquello que nos resulta imposible se torna posible
"en Dios".
La
oración es la llave que abre nuestro corazón delante de Dios, para que Él lo
cure, derramando el bálsamos que produce la presencia del Espíritu Santo en
nosotros. Su luz ilumina el orgullo que se oculta en algún rincón perdido de
nuestra existencia y nos permite apoyarnos en Él. Vivir la vida en clave de
perdón supone asentar la existencia en Dios, apoyándonos en Él, su amor nos
impulsa más allá de nuestras fuerzas. El perdón refiere directamente al Amor
Trinitario como expresión de la fecundidad de la Redención en la obra de la
Salvación.
"¿Cuántas
veces debo perdonar a mi enemigo, 7 veces?…Ante la pregunta de Pedro que
quiere cuantificar el perdón, Jesús
ubica la raíz del perdón en el Amor. Le responde "70 veces 7"
(siempre)…Jesús con esta respuesta interroga a Pedro acerca del Amor que le
pone límites a su perdón. Al que mucho se le perdonó mucho amará, se da una
relación directa entra la experiencia de sentirse perdonado y la de sentirse
amado. Perdonar es amar con el amor de Cristo, epifanía histórica del amor de
la Santísima Trinidad.
3-Nuestra experiencia del sacramento de la Reconciliación
Algunos
Padres de la Iglesia, entre ellos Tertuliano, llamaban a este sacramento la
"segunda tabla de salvación". Con
este fin Jesucristo instituyó el sacramento de la Reconciliación: "para
los que después del Bautismo, hayan caído en pecado grave y así hayan perdido
la gracia bautismal" (Catec.Igl., 1446).
La
práctica asidua del sacramento de la Reconciliación, agudiza el sentido del
pecado y sensibiliza más sutilmente en el
reconocimiento de las ocasiones próximas que conducen a pecar. Dios se
inclina sobre la naturaleza humana caída y la invita a repetir este gesto fruto
de su Misericordia. El perdón humaniza divinizándonos, lejos está de expresar
en el hombre un comportamiento débil, "es fuerza de Dios para todo el que
cree".El penitente y el ministro del sacramento mutuamente dan y reciben,
Dios obra el consuelo del perdón en el penitente al tiempo que consuela,
bendice y santifica al ministro que sirve a la Buena Noticia del perdón de
Dios. En la revitalización de la práctica sacramental los ministros juegan un
papel esencial, su descuido, afectará al ejercicio del ministerio sacerdotal. Aunque sólo fuera por el
ministerio del perdón, que el Señor le ha confiado, la misión del sacerdote
merecería ser vivida con plenitud: la salvación de sus hermanos debe ser para él motivo de profundo gozo
espiritual.
"Nuestro Señor
Jesucristo nos redimió mediante el misterio pascual, cuyo centro es, por
decirlo así, el momento del sacrificio cruento. El sacerdote, como ministro del
perdón en el sacramento de la penitencia, actúa in persona Christi: ¿cómo
podría dejar de sentirse comprometido a participar con toda su vida en la
actitud sacrificial de Cristo? Esta perspectiva, sin olvidar el
valor de los sacramentos ex opere operato -por tanto, independientemente de la
santidad o dignidad del ministro-, abre ante él una inmensa riqueza ascética,
ofreciéndole los motivos supremos por los cuales, precisamente por el ejercicio
y en el ejercicio de sus funciones sacramentales, debe ser santo y encontrar
estímulos y ocasiones de ulterior santificación en el ejercicio mismo del
ministerio. Al ser obra divina, el perdón de los pecados debe realizarse con
disposiciones espirituales tan elevadas que se pueda afirmar que ese sublime
ministerio, en la medida en que lo permita la debilidad humana, se lleva a cabo
digne Deo. Esto, sin duda, incrementará la confianza de los fieles. El
anuncio de la verdad, sobre todo en el orden moral espiritual, es efectivamente
mucho más creíble cuando quien la proclama no sólo tiene el título académico de
doctor, sino que sobre todo da testimonio de ella con su vida[8]".
El
perdón se nutre de la experiencia del sacramento de la Reconciliación. La oveja
que se había perdido, al ser encontrada, es cargada sobre los hombros por Jesús
y conducida con cuidado hasta el redil. La celebración del perdón como
sacramento nos pone en el espacio festivo de la parábola del Padre
misericordioso (Lc 15), hay una abrazo gozoso del Padre que se manifiesta en
este don de Cristo para su Iglesia. El penitente va gustando de este abrazo del
Padre, que quiere en él y por él, multiplicarse como testimonio del Amor que
tiene por los hombres. Somos testigos del Amor que Dios nos tiene y mensajeros
de una historia que en nosotros se ha manifestado como perdón.
"El Señor no actúa
sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve a crear la humanidad
pecadora a través de su Espíritu vivificante: infunde en el hombre un
"corazón" nuevo y puro, es decir, una conciencia renovada, y le abre
la posibilidad de una fe límpida y de un culto agradable a Dios[9]".
Algunos
aspectos prácticos:
Meditar
y leer la I Epístola de San Juan.
Poner
en el ámbito de la oración todo camino de perdón.
Frecuentar
el sacramento de la Reconciliación. (15 días)
[1]Comentando
el Salmo 50 Juan Pablo II nos dice: El primer vocablo "hattá"
significa literalmente "no dar en el blanco": el pecado es una
aberración que nos aleja de Dios, meta fundamental de nuestras relaciones,
y por consiguiente también nos aleja del prójimo. El segundo término
hebreo es "awôn", que hace referencia a la imagen de
"torcer", "curvar". El pecado es, por tanto, una
desviación tortuosa del camino recto; es la inversión, la distorsión, al
deformación del bien y del mal, en el sentido declarado por Isaías:
"¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por
luz, y luz por oscuridad" (Isaías 5, 20). Precisamente por este motivo, en
la Biblia la conversión es indicada como un "regresar" (en hebreo
"shûb") al camino recto, haciendo una corrección de ruta.
La tercera palabra con la que el Salmista habla del
pecado es "peshá". Expresa la rebelión del súbdito contra su
soberano, y por tanto constituye un desafío abierto dirigido a Dios y a su
proyecto para la historia humana (Juan Pablo II: El pecado y el
perdón, experiencia de Dios Intervención del Papa en la audiencia general
24/10/2001)
[2] Decía
Nietzche en su delirio: ¡El concepto de “pecado” ha sido inventado al mismo
tiempo que el instrumento de tortura que la completa, el “libre arbitrio”, para
extraviar los instintos, para hacer de la desconfianza para con los instintos
una segunda naturaleza!
[3] Catequesis del Papa Juan Pablo
II durante la Audiencia General del
Miércoles 8 de Septiembre de 1999,«Creo
en el perdón de los pecados»
[4] 11 Dijo: «Un
hombre tenía dos hijos;
12 y el menor de ellos dijo al
padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él
les repartió la hacienda.
13 Pocos días después el hijo menor
lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo
como un libertino.
14 «Cuando hubo gastado todo,
sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad.
15 Entonces, fue y se ajustó con
uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar
puercos.
16 Y deseaba llenar su vientre con
las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.
17 Y
entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre
tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!
18 Me
levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y
ante ti.
19 Ya no
merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus
jornaleros."
20 Y,
levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos,
le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó
efusivamente.
21 El hijo le dijo: "Padre,
pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
22 Pero el padre dijo a sus
siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en
su mano y unas sandalias en los pies.
23 Traed el novillo cebado,
matadlo, y comamos y celebremos una fiesta,
24 porque este hijo mío estaba
muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y
comenzaron la fiesta.
25 «Su hijo mayor estaba en el
campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas;
26 y llamando a uno de los criados,
le preguntó qué era aquello.
27 El le dijo: "Ha vuelto tu
hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado
sano."
28 El se irritó y no quería entrar.
Salió su padre, y le suplicaba.
29 Pero él replicó a su padre:
"Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya,
pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos;
30 y ¡ahora que ha venido ese hijo
tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el
novillo cebado!"
31 «Pero él le dijo: "Hijo, tú
siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo;
32 pero convenía celebrar una
fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la
vida; estaba perdido, y ha sido hallado."»
[5] San
Agustín,Confesiones, VIl, 10.18-19; X 27
[6] Catequesis del Papa Juan Pablo
II durante la Audiencia General del
Miércoles 5 de julio de 2000,El hombre "buscado"
por Dios y "en busca" de Dios.
[7]Catequesis del Papa Juan Pablo
II durante la Audiencia General del Miércoles 8 de Septiembre de 1999,«Creo
en el perdón de los pecados»
[8]
Mensaje del Papa Juan
Pablo II al cardenal william w.
baum, penitenciario mayor, y a los confesores: «El confesor es maestro y
padre»
[9]Catequesis del Papa Juan Pablo
II durante la Audiencia General del Miércoles 24 de octubre de
2001, El
pecado del hombre y el perdón de Dios.