FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
Sobre
ti, Jerusalén, amanecerá el Señor
Diác. Jorge
Novoa
Este deseo, expresado permanentemente en la
Liturgia de las horas, durante el Adviento, alcanza una mayor intensidad, dado
la situación de violencia y guerra que hay en la región. La humanidad anhela la
paz, eleva suplicas incesantes a Dios pidiendo que cesen las guerras, como las
llama el Santo Padre; "aventuras sin retorno".
La guerra es consecuencia del alejamiento de Dios, del lento y progresivo
silenciamiento de sus mandamientos. De la actitud soberbia e insensible con que
el hombre se coloca frente a su
Creador. El hombre una vez más, intenta construir otra Babel, como aquella Torre
famosa, en la que expresa el deseo
de edificar la historia sin Dios. Pronunciando su palabra, envuelta en intereses
personales y ambiciones desmedidas, le dice a su Señor "no te serviré". Los
caminos que los hombres construyen
buscando la tan anhelada paz, ponen a Dios a la "vera", prescindiendo de
Él.
La Paz no nace de la seguridad de las armas, ni de
la destreza de los soldados, tampoco tiene su origen en la estrategia de los
peritos. No se la puede decretar en ningún parlamento, aunque sería una
magnifica idea interpelarla en las Cámaras, no para censurarla, sino para
escucharla. No recibe ayudas del presupuesto, ni entra en los proyectos de los
economistas, camina tantas veces por los labios de los informativistas que
algunos han comenzado a dudar de su existencia. Se la busca en los lugares que
no frecuenta, y tantos la prometen, que de tanto esperarla algunos se
desalientan. Se halla presente en
los más importantes discursos como un deseo frustrado, ha sido invocada por
algunos tratados que nunca son aplicados. Algunos "poderosos" en el supermercado
del mundo la pusieron de oferta, si uno compra una caja le entregan dos.
La Iglesia con los ángeles proclama; "Gloria a Dios
en el cielo y en la tierra paz a los hombres..." Este deseo recorre el universo,
pero debe ser acogido en los corazones para habitar en ellos. Jesucristo es la
Paz, es el mensajero de la Paz: "Es hermoso ver bajar de la montaña los pies del
mensajero de la Paz". Cada región debería anhelar tener las huellas del Señor,
que desea en sus apóstoles ir hasta los confines del mundo. Bienvenidos son "
los pasos del que trae buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la felicidad, que anuncia la
salvación"(Is 52,7).
La Paz que viene del Señor, "no la puede dar el
mundo", porque tiene su origen en ÉL y es fruto de la relación de amistad con
Dios. Ésta exige justicia y misericordia, pero, para aceptar su exigente
propuesta hay que tener: valor, fortaleza, mansedumbre y humildad; estas
virtudes conducen a la paz y la edifican. Esta Paz (la única) extirpa el temor.
En el amor no hay temor hay confianza. El hombre debe "abrir las puertas de su
corazón al príncipe de la Paz, Jesucristo", debe confiar en Él, permitiendo que
sus huellas queden marcadas en nuestra existencia.
El Resucitado, cuando se aparece a sus discípulos,
la invoca como centro de su saludo; "la paz este con ustedes". Ella es un don de
Dios. Cuando la muerte se levantaba poderosa e invencibles, Cristo la sentenció
diciéndole: "Tu no tienes la última palabra"."¿ Dónde está muerte tu aguijón?.
La paz es hija de la Resurrección, sabiamente dispuesta por el Padre en el
corazón de la Pascua, es entregada a los apóstoles en el día de
Pentecostés.
¿ Acaso la pequeñez de Belén fue un impedimento
para que naciera el "Hijo del Altísimo?" Y siendo la más pequeña, no dio a luz
al más grande, al príncipe de la Paz. Por todo esto, hoy más que nunca,
Jerusalén, sobre ti, amanecerá el Señor. Mira que tu Señor viene montado en un
asno, afina el oído de tu corazón. Viene en un frágil niño, dado a luz por su
santa Madre en un establo, acógelo con confianza.
Todos comprendemos la necesidad de construir un
mundo en Paz, este deseo de nuestro corazón encuentra la respuesta de Dios en
Belén.