FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
El enviado
del Padre
Diác.
Jorge Novoa
La gran enseñanza dada por el
Señor, que debe impulsar los pasos de nuestra peregrinación en esta tierra, y
que domina la escena final de la parábola del Padre misericordioso, es el
abrazo del Padre. La humanidad es conducida por Jesús hacia la casa del
Padre. El Evangelio según san Juan
presenta este doble movimiento, el
descendente del Verbo que estaba (apud) en Dios y se hizo carne
(v.14), y el ascendente, por medio del cual Cristo, el primogénito de
muchos hermanos, abre las puertas del cielo y
les da a los hombres que creen en su nombre, la posibilidad
de "llegar a ser hijos de
Dios".
"Juan es el que nos ha
abierto el interior de Jesús. El interior de su alma y aquella profundidad que
deja atrás todo lo creado"[1].Podríamos
perfectamente expresar que en el cuarto
evangelio lo medular es "revelar al Padre", para ello ha sido
enviado, para dar a conocer el misterio de la Paternidad de Dios. El Verbo "que estaba en el principio
con Dios"(Jn 1,2), tiene como fuente que desconocen los hombres, el ser
"engendrado no creado". El Hijo vive por el Padre ante
todo porque ha sido engendrado por Él.
Da abundante cuenta de ello el
evangelio según san Juan: los guardias del templo que fueron enviados para
apresarlo, escuchan su palabra con gran admiración, y vuelven sin él, diciendo,
:"Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre."(Jn
7,46). Otros se preguntaban:
"¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?"(Jn 7,15).
Jesús declara no tener una doctrina
propia, dirá: "Mi doctrina no es mía, sino del que me ha
enviado.."(Jn 7,16). Las incompresiones
de los jefes religiosos y muchos fariseos, se suceden una y otra vez,
tratando de conjugar la sabiduría de su palabra con su origen galileo. Él
anuncia en reiteradas ocasiones, que ha sido enviado por el Padre, de
ese modo, se accede a la comprensión de su misterio, no por la búsqueda
intrincada del mundo racional, sino por la fe, " esto no te lo enseña la carne, ni la sangre", sino
que se abre como revelación del Padre a la luz de la fe.
Orientada en esta misma dirección
se encuentra la oración al Padre que aparece en Mt 11,25-27, Jesús dice:
"Te alabo Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y
se las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque ésa fue tu voluntad. Todo me
fue entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre
conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo".
Dios se conoce sólo a través de
Dios mismo. "Nadie puede conocer a Dios, si no es Dios a sí mismo. Este
conocimiento, en el que Dios se conoce a sí mismo, es la donación de Dios en
cuanto Padre, y el recibimiento y devolución de Dios en cuento Hijo,
intercambio de eterno amor, eterna y simultánea donación y devolución. Más
porque es así, también puede conocer aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar"[2]. Jesucristo
es el que revela al Padre, al tiempo que el Padre conduce a los hombres hacia
Él, porque verdaderamente es el Hijo Único. "Me conocéis a mí y sabéis de
dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que verdaderamente me envía
el que me envía; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de
él y él es el que me ha enviado."(Jn 7,28-29)
Las incompresiones, traiciones y abandonos,
incluso de los más cercanos, contrastan con la cercanía permanente del Padre.
Así lo explicita Jesús:"Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha
dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8,29).Esta
es la fuente secreta que impulsa y sostiene la misión de Jesús. Meditando sobre
este aspecto de la vida de Jesús,
comenta R. Guardini."Al preguntar dónde halló sostén, nos salió al
paso la profunda e íntima palabra de los discursos de despedida:"Yo no
estoy solo, porque el Padre está conmigo (Jn 16,32). La soledad de Jesús se
convierte en algo terriblemente incomprensible, si no lo entendemos justamente
con la cercanía del Padre"[3]. En el monte de la Transfiguración se escucha
la voz del Padre, que dice desde el cielo abierto: "Este es mi Hijo, muy
querido, escúchenlo"(Mc 9,7). Y san Pedro
nos advierte en su segunda carta
que esta manifestación del Padre, no debe ser comprendida al modo de una fábula: "Os
hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no
siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios
ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la
sublime Gloria le dirigió esta voz: Este es mi Hijo muy amado en quien me
complazco. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando
con él en el monte santo" ( 2 Pe 1,16-18).
La fe será siempre la respuesta adecuada a la
Revelación de Dios en Jesucristo, sin la cual,
permanecemos en la superficie de su misterio. Muchos lo reconocen como hijo
de José y María, esta afirmación contrasta con su pretendida palabra que
anuncia tener un origen distinto, y al mismo tiempo, la conciencia que tiene de
ser portador de una palabra del todo singular sobre Dios. Esta
singularidad consiste justamente en poder comunicar las cosas que conoce, pues
viene de Dios y al Él vuelve. "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo
único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1,18),
pues" la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo" (Jn
1,17).
Como enviado del Padre, vive para
cumplir su voluntad, que la presenta como su único alimento: "he bajado
del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha
enviado" (Jn 6,38). Esta apelación permanente que realiza, a manifestarse
como "el Enviado", devela su conciencia mesiánica, sería un error, ubicar esta persistente
afirmación en el ámbito de la reflexión de la comunidad primitiva, al margen de
la pretensión de Jesús. Si así fuera, los discípulos desvirtuarían su
pretensión, que resultaría impensable, si no brotara de los labios del Verbo
Encarnado.
Hay un claro contraste que se manifiesta, entre los que dicen conocer su
origen terrenal y su categórica afirmación, sobre el desconocimiento que tienen
de su "verdadero origen". "Indaga y verás que de Galilea no sale
ningún profeta" (Jn 7,52). Frente a esta incomprensión de los fariseos, puesta de manifiesto en diversas oportunidades, Jesús
responde: "Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he
salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha
enviado" (Jn 8,42).
Este contraste, que está presente
en todo el evangelio según san Juan, tiene su origen en la real oposición que
recibió Jesús por parte de los jefes religiosos, cuando les reveló su
pretensión de ser como
"Enviado", el portador de la palabra definitiva de Dios. "Vosotros sois de abajo, yo
soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.(Jn
8,23)". Jesús como revelador definitivo del Padre, anuncia la posibilidad
que tienen los hombres de vivir en comunión con Él, y vincula esta posibilidad
a su venida, al tiempo que se presenta como la única puerta que conduce a ese
encuentro. Es portador de un conocimiento del todo singular al que únicamente
se accede por Él. Sería impensable atribuir estas afirmaciones a la comunidad
primitiva, resulta sorprendente pensar que aquellos sencillos galileos, en su mayoría con escasa instrucción, fueran
el origen de esta pretensión al margen de Jesús.
"Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis
también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.(Jn 14,6)"
Esta pretensión escandalosa es la
que se nos manifiesta en el trasfondo de todas controversias y enfrentamientos
con los jefes religiosos, narrados en el evangelio según san Juan: "No
queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú,
siendo hombre, te haces a ti mismo Dios"(Jn 10,33).
Encontramos un comentario iluminador que hace Sigfrido Huber, sobre la doctrina que aparece en
las cartas de San Ignacio de Antioquía, para quien "la adoración filial, la piedad entrañable
hacia el Padre, herencia del Evangelio, en particular de San pablo y de Juan,
es el "leitmotiv", el lema fundamental de la teología ignaciana"[4].
"El Padre, de majestad y
ternura infinitas a la vez, es principio y fin del Evangelio. En este sentido
también hemos de interpretar el dicho de Jesucristo. "Yo soy el camino, la
verdad y la vida…"Lo dice en un momento en que está hablando de su retorno
al Padre, y explica su pensamiento añadiendo: "Nadie viene al Padre sino
por mí".Cristo es el Camino ¿Hacia dónde? ¡Hacia el Padre! Es la Verdad
¿Verdad de quién? ¡La verdad del Padre! Revelada por el Verbo, que, dice San
Ignacio, es "la boca por la cual el Padre habla en verdad". Es la
Vida ¿Vida de quién? La Vida del Padre, único manantial de vida divina, que
engendra eternamente a su Hijo unigénito, y es comunicada por el Hijo a los
hombres, "para que tengan la vida, y la tengan en abundancia"[5].
En el diálogo con Nicodemo, se
descubre como fuente de toda la misión
de Jesús, el amor del Padre:
"Tanto amó Dios al mundo que dio (envió) a su Hijo único, para que todo el
que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna"(Jn 3,16). Jesús es
portador de este amor misericordioso del Padre, y nos introduce en el,
porque el Padre ha puesto todas las cosas en sus manos. El Hijo en la Pascua realiza y hace posible la comunicación de
este amor a los hombres. Ya no vivimos para nosotros, sino para Aquel que por
nosotros murió y resucitó (2 Cor 5, 15). El Padre en el Hijo y por él, nos
dona la filiación. Jesús al
revelarnos al Padre, nos da a conocer la sublime vocación a que nos ha llamado, la de ser sus hijos. Por el santo Bautismo
somos engendrados a una vida nueva, por el agua y el Espíritu, vida que Cristo
nos ha manifestado y que tiene su origen en el Padre. Participamos análogamente
y al modo humano, de ese ser engendrado
que sustenta la misión del Hijo, somos engendrados por Él en la fe. "Jesús nos revela al Padre no
solamente como el que nos engendra, el que nos da las palabras y las obras,
sino también como aquél que "nos poda para que demos más fruto" (Jn 15,
1-10). Es decir, el Padre nos enseña el camino del sufrimiento que fructifica
en frutos de amor, amor filial y fraterno. Por eso, la parábola de la vid y los
sarmientos, del Padre viñador que poda los sarmientos unidos al Hijo, concluye
con el mandamiento del amor fraterno hasta el sacrificio de sí mismo, a
imitación del Hijo: "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus
amigos" (Jn 15, 12-13)"[6].
"La Vida se manifestó, y
nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba
vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os
lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y
nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo"
(I Jn 1,2-3).
[1] Romano Guardini; Jesucristo, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1960.
[2] J. Ratzinger; El Dios de Jesucristo, Ediciones Sígueme, Salamanca,1980 p. 85.
[3] Ibidem p.95.
[4] las Cartas de San Ignacio de Antioquia y San Policarpo de Esmirna, Cartas y comentarios. Discurso sistemático sobre al doctrina de San Ignacio de Antioquia por Sigfrido Huber, Ediciones Desclée, de Brouwer, Bs As, 1945 pp 142-143.
[5] Ibidem.
[6] Aporte a esta reflexión del P. Horacio Bojorge SJ.