FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
Toda historia tiene un comienzo…
Diác. Jorge Novoa
El
Padre Eterno, en una de esas mañanas eternas, sin principio ni fin, presentaba
un gozo sumamente especial. En ese día, se tomó un momento de eternidad, y
apoyado en una de las tantas nubes con forma de mesa, comenzó a escribir una carta a modo
de invitación eterna. En el cielo, los coros angélicos comprendieron
que la decisión era importante, y por ello guardaron un silencio solemne,
¿quién sería el destinatario de esa invitación tan importante que produce tal
alegría en el Padre Eterno? Porque
alegría, siempre hay en el cielo, pero que ella desborde así al Padre Eterno,
que se manifiesta hasta en su caminar, eso es menos frecuente.
El Padre escribía lleno de gozo la invitación,
para una persona muy singular y tal era la misión, que encomendó a uno de sus
mensajeros más eficientes, que la entregará en mano propia. Entre otros
consejos, el Padre le recomendó, debido a la solemnidad del anuncio, que lo leyera pausadamente él
mismo, y con
mucha reverencia. Así se lo comunicó a Gabriel, uno de los arcángeles que
recibió de Dios este maravilloso encargo. Gabriel como todo emisario
responsable, y máxime cuando se tiene a un jefe tan poderoso, se preparó para
la misión.
El Padre con los recaudos propios de su amor,
había escrito la invitación en un papel invisible, como era tan
importante, prefirió que Gabriel únicamente pudiera leerla.
Ciertamente que la carta estaba lacrada, y a modo de cerradura, contenía dos
letras separadas por un guión: ellas eran S-I. Como iba dirigida a una persona
concreta y el Padre respeta y posibilita la libertad de cada uno, nuestro
valioso mensajero podría únicamente abrirla cuando se encontrara delante de su
destinatario. También recibió los datos necesarios para encontrar a su
destinatario, Gabriel mientras oía las
indicaciones del Padre, utilizó la misma lapicera del Padre Eterno para
anotar la dirección. Era una
pequeña hoja de ruta, que le indicaría la dirección correcta. Gabriel el día de la
partida estaba nervioso por la misión encomendada, saludó eternamente
a las huestes angélicas y con especial reverencia a Dios. Esa mañana eterna,
sin principio ni fin, en el momento de la partida sonaron en la casa del Padre
Eterno las trompetas. Aunque desconocían el contenido de la invitación, todos
se alegraban con la alegría del Padre Eterno.
Gabriel
desde la eternidad viajó con destino a la tierra, y aunque fue un instante, ya
se sentía el peso del tiempo. Gabriel buscó su hoja de ruta, y desolado
constató que la letra había desaparecido, inmediatamente recordó que había
utilizado la lapicera que el Padre Eterno tiene para los mensajes reservados.
Qué tremenda situación!!! ¿Cómo podía cumplir con la misión encomendada? Apenas
pudo, constató que se encontraba en lo que llamaban Imperio Romano, pensó en lo
importante del mensaje que portaba, y sin otra cavilación, averiguó que la
ciudad en que se encontraba estaba en
Grecia, sin ser percibido presenció la
conversación de dos hombres de esa tierra
que platicaban sobre el Bien y la Verdad, esto lo alegró grandemente.
Uno de ellos habló del Ágora, lugar público, al que acuden los más importantes
y prestigiosos oradores, Gabriel pensó que tal vez allí podría encontrar a su
destinatario. Y así se consumió el día, Gabriel una y otra vez, se detenía delante de las distintas personalidades portando en su mano la invitación, él sabía que las letras aparecerían al estar frente al destinatario.
Pero todo fue en vano.
Allí
mismo oyó hablar de emperadores y senadores romanos. Nuestro mensajero recorrió
una y otra vez sus palacios, deteniéndose frente a ellos, pero todo fue
infructuoso.
En
ese mismo instante, regresaba del Medio Oriente, el hijo del Emperador que en
medio de burlas y desprecios, contó sobre un pueblo que decía aguardar la llegada del Mesías y adorar al
Dios verdadero. Gabriel afinó el oído, algo le hacía reconocer las huellas del
Creador. Narraba este pichón de Emperador, para ejemplificar la fe de ese
pueblo, que un tal Simeón, hombre mayor
y sabio, había sido investigado por el servicio secreto, debido a la extraña
ruta que recorría cada día, a lo largo de su vida. Iba de su casa al
Templo. Había declarado, en el
interrogatorio, ser portador de una promesa de Dios que le permitía esperar con
confianza su cumplimento. Jerusalén, escuchó Gabriel, y en un abrir y cerrar de
ojos se encontraba en el Templo. Allí se respiraba cierto perfume del Padre
Eterno, por lo cual, comenzó nuevamente su recorrida, pero lamentablemente no
halló en el Templo la posibilidad de entregar el mensaje.
A
la hora señalada, llegó Simeón, su rostro parecía iluminado, su paso firme y
decidido expresaban su fe y amor. Conversó con otros judíos piadosos, sobre las
promesas de Dios y su fiel cumplimiento. Gabriel recordaba las letras claves, que
la invitación tenía a modo de
contraseña; S-I. Simeón…, balbuceó Gabriel, lleno de felicidad. Pensando que
había encontrado a su destinatario,
presuroso se detuvo frente a él con la misiva del Padre, pero ésta se mantuvo
oculta. Y sin mucho tiempo que perder, se apostó en el pórtico del Templo para
decidir la nueva ruta. El bullicio era grande, y los peregrinos entraban y
salían del Templo. De pronto, lo sorprendió el grito de uno de ellos:
Nazaret, a los habitantes de Nazaret,
está a punto de partir la caravana de
los peregrinos que regresan en dirección de Nazaret. El nombre le resultó
conocido. Algunos hombres de Jerusalén, al escuchar Nazaret, comentaban en voz
baja: " ¿acaso puede ocurrir algo importante en Nazaret?". Uno de los
hombres que se abría paso presurosamente, y por las herramientas que llevaba
parecía carpintero, fue llamado desde lejos por su nombre; José. Al pasar
frente a nuestro mensajero, las letras del mensaje por un instante destellaron.
Gabriel
comprendió que José tenía algo que ver en esta historia y a paso cansino, para
un ángel, emprendió detrás de la caravana la ruta en dirección de Nazaret. Al
llegar, José se despidió de sus paisanos y en su camino, se encontró con un
hombre mayor, llamado Joaquín. Intercambiaron el característico Shalom, y
conversaron amablemente sobre una joven, ¡qué sorpresa fue para Gabriel,
constatar que con solo mencionar su nombre, las letras aparecían! Se llamaba
María. La posta había cambiado nuevamente, ahora Gabriel caminaba en dirección
de la casa de Joaquín, allí estaban Ana y María. Al llegar, Ana le comentó a
Joaquín que María estaba en su habitación…Gabriel con el mensaje en sus manos
iba en dirección de la habitación de María, las letras, a media que se
aproximaba, iban creciendo en intensidad
hasta mostrase claramente. Gabriel, abrió el mensaje, había encontrado a su destinatario, por lo cual comenzó
diciendo…"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo…
Luego
de cerrar la misiva descubrió que la clave se había modificado, entre la S y la
I, ya no se encontraba el guión, ahora brillaba luminosamente un SI. Gabriel sonrió frente a la más dulce de
todas las criaturas y comprendió el caminar gozoso del Padre Eterno. Intuyó que ahora era portador de la respuesta, Él
conocía perfectamente el camino, y también a su destinatario. Y como dicen los
cuentos; colorín, colorado, esta historia ha comenzado…
PD:
Dios siempre se las ingenia, si extraviamos nuestra hoja de ruta, Él pone luces
en el camino para que lleguemos a nuestra meta. Si buscamos donde no debemos,
Él siempre nos dará una nueva oportunidad, pero recuerda, Dios tiene unos
caminos maravillosos, no te desanimes, emprende tu búsqueda, tal vez Él, como
Gabriel, está detrás de ti llamándote…Anímate a retirar el guión que separa las
letras de tu Si. Toda historia tiene un comienzo…tal vez hoy sea tu
oportunidad.