FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
Una
noche en Belén...
Diác. Jorge
Novoa
La gente agolpada de forma poco habitual, en la
tranquila Belén, intentaba ubicarse en algún sitio. El censo decretado por el
Emperador, había congregado a los descendientes de David, que venidos desde los más inescrutables rincones de
Israel, buscaban un lugar para descansar. Eran tantos y estaban tan apresurados,
que en medio del día que moría lentamente, llegaba la noche amenazante para los
visitantes circunstanciales que
buscaban alojamiento. En esa persistente búsqueda, el NO había caído una y otra vez, sobre el
matrimonio de María y José.
Era un NO que se asociaba a la noche. Un NO de puertas cerradas para los
visitantes, pues, "en la posada no había lugar para ellos", y en medio de tantos
NO, con la sensación de abandono,
y orfandad que producen. Surge la
pregunta; ¿quién velará por
nosotros? Pues, este inhóspito recibimiento presagiaba un rechazo. Ante el
multiforme NO del hombre a Dios, se
aproxima el eterno SI de Dios que
avanza presuroso entre las situaciones humanas que obstaculizan su realización.
El SI eterno desembarcó en el si temporal de María y José,
encontrando un hueco con forma de hogar, en donde recalar para quedarse con
nosotros. Cálidamente preparado por Dios desde la eternidad en
María.
La noche, lentamente y en forma imperceptible,
comenzó a ser invadida por una luz peculiar, que no tiene su origen en la
que refleja la luna. Los pastores
que cuidaban "por turnos el rebaño" se pusieron en camino, atraídos por aquel
espectáculo maravilloso, pudiendo comprobar con sorpresa, que la luz venía de un establo. Y era
tan potente, que la estrella que se había posado sobre el, parecía una vela
mortecina a punto de extinguirse.
A mediada que los intrigados pastores se
aproximaban, crecían los
interrogantes sobre lo que estaban presenciando, ¿qué habrá dentro de la
cueva que produce esa luz potente?
Los pastores al entrar en aquel recinto sagrado
sintieron, como Moisés, que la
tierra que pisaban era santa. La luz misteriosa la irradiaba el Niño. Era una luz tan amable, con un
fulgor comparable al del sol, en el
que la pobreza del establo había
cobrado un brillo sin igual. Su Madre era en aquel establo la Luna,
invadida por la acción de su Hijo, irradiaba una luz tan dulce como su
rostro. En medio del silencio sagrado, María y José recordaban lo anunciado por
el profeta Isaías: "En medio de la noche brilló una gran
Luz…".
Los rostros en torno al Niño se llenaron de asombro
y admiración. Las voces endebles de
los hombres fueron socorridas por los coros angélicos que glorificaban a Dios. A
medida que los pastores iban llegando, se arrodillaban, y se decían suavemente
unos a otros, "venid adoremos al niño".
La noche no pudo contener tanta Luz, de esta Gloria
da testimonio la Iglesia. En medio de la noche de todos los tiempos, " brilla una gran luz ". Adoremos al
Señor con un silencio lleno de esperanza que embargue nuestro corazón. Venid amigos, adoremos al
Señor.
Para todo peregrino que no entra en el establo, la
pregunta que éste suscita permanece sin respuesta. Los que observan, desde fuera Belén, no
comprenden su Belleza
Eterna.
Tal vez podamos acercarnos humildemente a su
Verdad, y adorar al Niño con los magos y pastores, contemplando el rostro dulce
de su Madre y la nobleza sutil que se desliza en la mirada de José su custodio. Al encontrarlo en el
pesebre podemos intentar inclinarnos ante él, para beber de su secreto gozo, de
su verdad inefable, y de su silencioso encanto.
"La noche no interrumpe tu historia con el hombre,
la noche es tiempo de salvación"
.