FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
EL SER EN GENERAL
I-El
ser en general, noción primera.
La
Metafísica, o filosofía primera, se divide en dos partes: metafísica general y
metafísica especial. Esta última considera de una manera profunda los
diferentes seres del Universo: cuerpos brutos, vivientes, espíritus. La
metafísica en general estudia al ser en general. Ella determina los primeros
principios, las propiedades y las divisiones fundamentales del mismo. Estudio
del ser: tal es, precisamente, el sentido etimológico de la palabra Ontología.
Comenzamos, pues, dando nociones sumarias de Ontología. Sumarias, cierto, pero
muy importantes: primeramente en sí mismas, a causa de la universalidad de su
objeto, luego con relación al conjunto de la filosofía que con frecuencia toma
la terminología y las conclusiones de la ontología.
La
ontología es la ciencia del ser en general: ¿qué es, pues, el ser? Guardémonos
de representarnos bajo esta palabra alguna extraña imagen, o de adjudicarle un
sentido misteriosos y extraordinario. La noción de ser es muy abstracta, muy
general y muy simple; ella designa a la realidad en toda su extensión y se
aplica a todo lo real, sean como sean la naturaleza y el modo de esta realidad;
en una palabra, a todo lo que es. Esta noción abstrae, por tanto, de todas las
particularidades de los seres; ella es la más abstracta de las nociones, y por
esto es la más universal de todas. Ella es todavía la noción primera de la
inteligencia, esto es, lo primero que piensa la inteligencia cuando comienza a
pensar. J.J. Rousseau ha podido escribir, a pesar de nos ser metafísico, que
"la facultad distintiva del ser inteligente es el poder dar un sentido a
esta pequeña palabra, es". En efecto, la idea de ser se supone en todos
nuestros juicios, los cuales se descomponen en un sujeto, un atributo y el
verbo ser. Ejemplo:"Este hombre anda"= este hombre (sujeto) es
andante (atributo). Ahora bien: nuestra inteligencia alcanza lo real cuando
juzga. Es, por tanto, imposible pensar sin la idea de ser.
Por
otra parte, reflexionando sobre este particular, nos damos cuenta de que
nuestra inteligencia no puede tener otro objeto propio que el ser o lo real. En
todas las cosas, es el ser que ella busca, porque es él el fundamento de sus
afirmaciones o de su negaciones, según la idea corresponda o no a lo que es.
Tal es lo que queremos dar a entender cuando decimos que el ser es el objeto
primero y directo de la inteligencia. Es él lo que primera y directamente ella
alcanza en cuanto la inteligencia conoce, aunque no lo exprese de una manera
explícita. Así, la inteligencia tiende al ser, y recíprocamente el ser es
inteligible, es decir, es objeto de la actividad de la inteligencia y puede, de
sí, ser conocido. De donde, podemos concluir, fácilmente que todas las
ciencias, y aun todo conocimiento intelectual, en general, tiene necesidad de
una ontología verdadera.
II-Analogía
del ser
Pero,
se dirá acaso,¿cómo una noción de nuestra inteligencia, por abstracta y vaga
que la supongamos, podrá aplicarse a todo lo que es?¿Cómo la noción de ser
podrá ser aplicada, por ejemplo, a Dios que es el ser infinito y a la criatura
que es un ser limitado, a un hombre, que existe de una manera completa y
autónoma, y a uno de sus miembros, que es una parte de un todo, a su
pensamiento, que es un fenómeno de su espíritu, y al objeto que él fabrica con
sus manos, a su concepto moral de la vida y a una operación financiera que
proyecta? Dios, mundo, substancia humana, dedo, cabello, pensamiento, mesa o
cubeta, deber, cálculo, todo esto es ser en algún modo, por muy diferentemente:
y es claro que todas esas cosas no pueden entrar en una misma categoría, en un
mismo género, del cual no serían sino variedades. El ser no es, por tanto, un
género, una noción genérica: La noción de ser no es unívoca, sino análoga.
Para
comprender como la noción de ser se aplica a todo es lo que es, sin excepción
alguna, es precisa dividir con Aristóteles la nociones en tres categorías según
los términos que sirven para designarlas, esto es, en términos unívocos,
equívocos y análogos.
Llamamos
término unívoco a aquel que se refiere de la misma manera a todos los objetos
que designa. La noción significada por él, tiene un contenido perfectamente
determinado o idéntico. El término animal, por ejemplo, es un término unívoco,
porque se aplica del mismo modo a los vertebrados y a los moluscos.¿Qué quiere
decir, en efecto, cuando afirmo que un caballo es animal? Que es un cuerpo
organizado, viviente, capaz de sensación y de movimiento espontáneo. ¿Y qué
quiero decir al constatar, por ejemplo, que una almeja es animal y no
vegetal? Que es un cuerpo organizado,
viviente, capaz de sensación y de movimiento espontáneo, esto es, que reacciona
por el movimiento a las sensaciones percibidas. El término animal tiene, pues,
un contenido único constituido por los caracteres comunes a todos los animales, caracteres que
constituyen en ellos la vida sensitiva. Así, la noción de animalidad es
genérica y los animales constituyen un género, dividido, por otra parte, en una
multitud de especies y variedades.
Opuestos
a los unívocos son los términos equívocos, es decir, cuyo contenido no es en
ningún modo determinado. Así es equívoco el término cisne, que designa a un ave
palmípeda y a una constelación; es fácil encontrar ejemplos semejantes en todas
las lenguas. La noción significada de ninguna manera indica caracteres
semejantes en los diversos objetos a los cuales se aplica: no hay en ella
unidad de contenido.
Ahora
bien, existe una tercera especie de términos, un intermedio entre el término
unívoco y el término equívoco: es el término análogo. El cual incluye una
cierta unidad de contenido, pero muy relativa e imperfecta. Tal noción no se
aplica de una manera idéntica a los
diferentes objetos a que se refiere. Lo que en ellos designa no es un carácter
común, sino caracteres propios. Podemos, con todo, formarnos una idea clara del
significado del término análogo, porque los caracteres propios que él designa
no aparecen sin relación entre sí, como en el caso de la equivocidad. Estas
relaciones de analogía suponen ya cierta relación entre cada uno de esos
caracteres propios y una idea central, ya una proporción semejante entre los
elementos particulares que constituyen a cada uno de esos caracteres. Así en el
caso de la palabra sabio, el carácter propio designado por esta palabra en las
expresiones un hombre sabio, un procedimiento sabio, un término sabio, tiene
siempre una relación directa o indirecta con las ideas de ciencia. Al emplear
yo la palabra principio en estas frases: Dios es el principio de la autoridad,
la unidad cuantitativa es el principio del número, el calor es principio de
vida, es evidente que Dios, la unidad, el calor nos son principios del mismo
modo, y no ostentan caracteres comunes que permitan colocarles en un mismo
género. Hay, empero, cierta proporción entre las diferentes relaciones que
estos seres mantienen con lo que de ellos dimana, y esto basta para que el
término principio sea análogo y no equívoco.
Es
interesante saber que, en metafísica, la mayor parte de las nociones son
análogas. Si ellas fuesen equívocas esta ciencia sería ilusoria. Si fuesen
unívocas esta ciencia sería fácil, pero ya no alcanzaría su objeto que es
propiamente infinito. La noción de ser es el tipo mismo de las nociones
análogas. Y he aquí por qué puede ella aplicarse por analogía a todo lo que es,
a pesar de la infinita diversidad de modos de ser posibles.
Si
yo, por ejemplo, aplico la noción de ser a un hombre y a su pensamiento, no
quiero dar a entender que tengan caracteres comunes definibles e idénticos,
sino solamente que el pensamiento del hombre tiene un cierto modo de realidad
como el hombre tiene también el suyo; los dos son a su manera. Nosotros, que
nacemos y morimos, somos a nuestro modo, en el tiempo, y Dios es, a su manera
y, por ser eterno, tiene un modo de realidad que no podemos comprender. La
noción de ser es demasiado universal para que tenga una perfecta unidad con las
nociones genéricas. Ella se aplica por analogía -y no por identidad de
contenido- a las diferentes categorías de seres y puede aplicarse como veremos
más adelante, a la potencia y al acto, a la esencia y a la existencia.
Lo
que interesa ver claro es la grandísima universalidad de la noción de ser, que
está por encima de todas las categorías posibles. Por esto se dice que ellas es
trascendental, porque trasciende o excede los géneros más universales.
¿Existen
nociones que tengan la misma universalidad que el ser? Si existen, no pueden,
evidentemente, designar sino cualidades, propiedades del ser, de tal manera fundamentales que todo ser, como
ser, las incluirá, puesto que el ser puede predicarse de todo. Esas propiedades
trascendentales no designan, en realidad, otra cosa que el mismo ser
considerado bajo tal aspecto, y esos aspectos trascendentales son en muy
reducido número.
Podemos
mencionar cuatro: lo uno, lo verdadero, lo bueno, lo bello. Estas nociones son,
evidentemente, analógicas , como la noción de ser.