FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
EL NOMBRE
DE MARÍA
Miguel Antonio Barriola
El mes de setiembre, que vamos promediando, es rico en fiestas de
nuestra Madre María Santísima. Recordamos el 8 su nacimiento, el 12 su dulce
nombre y el 14 sus dolores al pie de la cruz de su Hijo, nuestro redentor.
Reflexionar sobre su “nombre”, nos ayudaría a profundizar en palabras,
que recitamos en tantas ocasiones, pero que, a veces, se vuelven rutinarias y,
por lo mismo se desdibujan.
La explicación más aceptada para la etimología y uso arameo, la
emparenta con «mará’», que significa «Señor», por lo cual «Maryám» vendría a
ser «Señora».Ya este dato nos da que pensar, porque esta «señora» se calificó a
sí misma como «sierva» (Lc 1, 38; 48).
El hecho es corroborado, porque, Lucas, acto seguido de notificar que
«el nombre de la Virgen era María» (Lc 1, 27), nos comunica que Gabriel no la
saludó: «La paz contigo María», según la usanza judía, sino que, pasando por
alto su nombre propio, se dirige a ella de este modo: «Alégrate, llena de
gracia». El nombre cede ante el designio de amor, que Dios, fuente de toda
gracia, tiene reservado para ella.
Se amplifica el panorama, si repasamos el Evangelio de Juan. En él
nunca aparece el nombre expreso de María. Siempre se la distingue como «la
Madre de Jesús» (2, 1 - 5; 6, 42; 19, 25 - 27). Y S. Pablo, que, en todas sus
cartas, recuerda una sola vez a la Madre de Cristo, tampoco la nombra, sino
que, se refiere a ella como «mujer» : «nacido de mujer» (Gal 4, 4).
Tal comprobación nos induce a contemplar hasta qué punto la persona de
María, secundando los planes divinos, se olvidó de sí misma, para transformarse
enteramente en receptora total de lo que Dios disponía para su existencia.
Subrayemos, que no sólo fue un recipiente inerte de los dones de la gracia
(también Eva vino al mundo «sin pecado original»), sino que secundaba con todo
su corazón a las propuestas de su Señor, aunque más de una vez no las
comprendiera (ver: Lc 1, 29; 2, 19; vv. 50 - 59).
María es cerciorada de su rango de «reina y señora», puesto que se le
informa que el hijo, que va a nacer de ella, recibirá de Dios «el trono de
David su padre... y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 33). Pero, María no se queda
pavoneándose con tan alta dignidad,
sino que enseguida se pone a servir, «partiendo sin demora» para asistir a su
parienta, que se encontraba en su sexto mes (Lc 2, 36 y 39).Como ya se anotó, Jesús,
en el Cuarto Evangelio, nunca la llama «María», sino «Mujer» (2, 4; 19, 26;
ver: Apoc 12, 1 ss.).
En la cruz, es descrita como «su madre» (de Jesús), pero enseguida es
calificada como «“la” madre», sin el posesivo que la relaciona con Jesús (Jn
19, 26). El proceso de amplificación desemboca en el cambio mismo de los
pronombres: «Aquí tienes a “tu” madre» (de Juan y de todos nosotros en él
representados).
Justamente por ser «Madre de Jesús», no se posee más a sí misma, dado
que el Hijo de Dios, no puede ser monopolizado por nadie, ni siquiera por su
mamá.
En consecuencia, festejar el «nombre de María» significa celebrar ese
proceso de despojamiento total, para no ser otra cosa que un vaso comunicante:
receptor de gracia y difusor de la misma, sin acaparar sobre María, ni en cada
uno de nosotros, los dones divinos, sino trabajando para volvernos todos
canales transmisores de un amor que nadie puede almacenar para sí solo. Por
otro lado, todo está en línea con el «anonadamiento» del mismo Hijo de Dios,
que, sin considerar su condición divina como un botín a defender celosamente,
se hizo esclavo, hasta la cruz. Sólo entonces, no como fruto de su propio afán,
sino como don del Padre, recibe «UN NOMBRE» sobre todo nombre: «Jesucristo es
el Señor» (ver: Filip. 2, 6 - 11).