El don de la vida
Daniel Iglesias Grèzes.
1.
Dios... insufló en sus narices aliento de vida, y resultó
el hombre un ser viviente (Génesis 2,7).
El Universo material creado por Dios, a través de un larguísimo
proceso de evolución cósmica, se transformó en un lugar
apto para el surgimiento de la vida. Los seres vivos manifiestan una organización
interna y una adaptación externa maravillosas, que no pueden ser meros
productos del azar. Otro larguísimo proceso guiado por la Providencia
de Dios -la evolución biológica- produjo seres vivos cada vez
más complejos. Finalmente Dios creó al hombre, animal racional,
unidad de cuerpo y alma: Cuerpo animado y espíritu encarnado. El alma
espiritual e inmortal de cada ser humano es creada inmediatamente por Dios.
Por su cuerpo el hombre se asemeja a los animales; por su espíritu, en
cambio, se asemeja a su Creador. Como Él, es un ser personal, inteligente
y libre.
2. La gloria de Dios es el hombre viviente... (San Ireneo, Adversus
haereses 4,20,7).
El Universo material fue creado para el hombre; es su morada terrenal. El ser
humano es la cumbre de la creación, el lugarteniente de Dios, a quien
Él confía Su creación para que la cuide y la perfeccione
por medio del trabajo. El hombre es el único ser del Universo material
al cual Dios ama por sí mismo. A los demás seres los ama en razón
del hombre y los destina a servirlo. La vida humana tiene un valor inmenso debido
a la sublime dignidad de la persona humana. La vida de un único ser humano
vale más, a los ojos de Dios, que todas las galaxias, las plantas y los
animales juntos. Cumpliendo un mandato divino, los hombres han crecido en conocimiento
y poder y se han multiplicado hasta dominar la Tierra. Como ser individual y
como ser social, la vida del hombre es un reflejo de la vida íntima de
Dios uno y trino.
3. ... y la vida del hombre es la visión de Dios (Ibidem).
Por naturaleza -es decir, en virtud de su creación- el hombre es un animal
raro, siempre insatisfecho con los bienes que posee o disfruta durante su vida
terrena. Su corazón está perpetuamente inquieto. Ningún
placer, ningún conocimiento, ningún amor incluso, logra colmarlo
definitivamente. La Divina Revelación nos permite resolver este enigma
de la existencia humana, enseñándonos que el fin último
de la vida del hombre es sobrenatural. El hombre ha sido creado para la vida
eterna, la participación en la vida divina, la plena comunión
de amor con Dios en el Cielo. Sólo puede encontrar su felicidad perfecta
en este destino trascendente, inalcanzable por las solas fuerzas naturales del
hombre, pero asequible por medio de la Gracia, el amor absoluto de Dios, que
dona Su mismo Ser al hombre en forma gratuita e indebida.
4. El día que comieres de él, morirás sin remedio
(Génesis 2,17).
El hombre, destinado por la Gracia de Dios a la salvación -o sea, a la
unión con Dios-, se encuentra sin embargo amenazado por la culpa. Creado
libre, a imagen de Dios, tiene ante sí dos elecciones posibles: Aceptar
el amor de Dios, adorarLo y obedecerLo, desarrollándose y realizándose
como persona; o bien rechazar el amor de Dios, odiarLo y desobedecerLo, degradándose
y frustrándose absolutamente. Nuestros primeros padres pecaron. Su pecado
no consistió en querer ser como Dios, sino en buscar este fin desconfiando
de Dios, a espaldas de su amor de Padre. Este pecado original destruyó
la armonía integral de la vida del hombre y dio lugar a una terrible
historia de deshumanización. No obstante, Dios no abandonó al
hombre al poder de la muerte, sino que siguió buscando la salvación
de todos.
5.
Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera,
vivirá (Juan 11,25).
Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios Padre envió a su Hijo único
al mundo, para salvar a los hombres. Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre,
es el único Salvador, que vino a darnos vida en abundancia, lo cual está
significado por los milagros de las bodas de Caná, la multiplicación
de los panes y la pesca milagrosa. Tanto amó Dios al mundo que nos entregó
a su Hijo por amor en la Cruz, reconciliando al mundo consigo, y lo resucitó,
dándonos nueva vida. Cristo resucitado nos da el Espíritu Santo,
Amor del Padre y del Hijo, Señor y Dador de Vida. En el Espíritu
Santo y en la Iglesia -Cuerpo de Cristo- el hombre redimido por Cristo -el cristiano-
puede seguir a Jesús y cumplir la voluntad del Padre, viviendo una vida
de amor y perdón, de abnegación y servicio, de justicia y santidad.
6. No matarás (Éxodo 20,14).
La Gracia de Cristo capacita al hombre para cumplir la ley moral natural, es
decir para actuar conforme a la verdad, creciendo como persona. La ley dada
por Dios a Moisés -el Decálogo-, perfeccionada por Cristo, indica
las exigencias de la ley moral natural. El quinto mandamiento prohíbe
el homicidio. Toda vida humana es sagrada, desde la concepción hasta
la muerte. El aborto buscado como un fin o como un medio, la eutanasia voluntaria,
el suicidio y la guerra son realidades gravemente contrarias a la dignidad de
la persona humana. Cristo nos enseña que el Decálogo halla su
plenitud en el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo; este mandamiento
implica el respeto, la defensa y la promoción del derecho a la vida,
el primero de los derechos naturales del hombre.
7. Testigos del Evangelio de la Vida en una cultura de muerte.
Sin la debida relación con el Creador, la creatura se diluye. En la sociedad
occidental contemporánea predomina la ideología secularista, que
impulsa a prescindir de Dios, viviendo como si Él no existiera. En el
contexto de esta ideología han proliferado formas de pensamiento y de
acción contrarias al Evangelio de la Vida. En muchos países ha
sido legalizado el aborto, y en algunos también la eutanasia. Las técnicas
de reproducción asistida y la investigación sobre células
madre implican con frecuencia la manipulación y destrucción de
embriones humanos. Sobre nosotros se cierne hoy la amenaza de la clonación
humana. En medio de esta cultura de muerte los cristianos son testigos del Evangelio
de Jesucristo, de la Buena Noticia de Cristo acerca del hombre y de su vida.
8. La familia, santuario de la vida.
La defensa de la vida debe comenzar en la familia, santuario de la vida y bloque
básico del edificio social. En el matrimonio abierto a la fecundidad
-conforme a la Ley de Dios- los esposos cooperan con el Creador, procreando
a sus hijos. Éstos tienen derecho a ser engendrados de un modo humano
y a nacer en una familia bien constituida. En su labor de educación de
los hijos, los padres no deben descuidar la transmisión de los valores
morales, especialmente el respeto a la vida humana. Las familias cristianas
son signos del amor de Dios Padre por la vida de los hombres. Unidas en Cristo
y en la Iglesia dan muchos frutos de justicia y solidaridad, practicando obras
de misericordia corporal y espiritual. Siendo dóciles a las mociones
del Espíritu de Dios, dan testimonio del sentido trascendente de la vida.