Papa Juan Pablo II Encíclica
Centesimus Annus
La propiedad privada
y el destino universal de los bienes
42. Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá
que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo,
y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países
que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá
éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer
Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por capitalismo se entiende
un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de
la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad
para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en
el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque
quizá sería más apropiado hablar de economía
de empresa, economía de mercado, o simplemente de economía
libre. Pero si por capitalismo se entiende un sistema en el
cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada
en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la
libertad humana integral y la considere como una particular dimensión
de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta
es absolutamente negativa.
La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos
de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo,
así como fenómenos de alienación humana, especialmente
en los países más avanzados; contra tales fenómenos se
alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes muchedumbres viven aún
en condiciones de gran miseria material y moral. El fracaso del sistema comunista
en tantos países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de
afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para
resolverlos. Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología
radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración,
porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y,
de forma fideísta, confía su solución al libre desarrollo
de las fuerzas de mercado.
43. La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente
eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas,
gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos
en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales
que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como
orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual
como queda dicho reconoce la positividad del mercado y de la empresa,
pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el
bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los
esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad
y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa,
de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección
de otros, puedan considerar en cierto sentido que trabajan en algo propio,
al ejercitar su inteligencia y libertad.
1/05/1991, nn. 42-43.