Los uruguayos nos encontramos en pleno año electoral: en junio tendremos las elecciones internas de los partidos políticos, en octubre la elección parlamentaria y la primera vuelta de la elección presidencial, en noviembre una posible segunda vuelta de la elección presidencial; el ciclo terminará en mayo de 2005 con las elecciones municipales.
Desde algunas tiendas se reclama a veces a la Iglesia «que no se meta
en política». En torno a este reclamo debemos ejercer nuestra capacidad
de discernimiento, separando la paja del trigo. La Iglesia reconoce una legítima
autonomía de las realidades terrestres (véase por ejemplo: Concilio
Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 36). Es decir,
la Iglesia no pretende tener las soluciones a todos los innumerables problemas
que enfrentan las personas y las sociedades humanas en todos los órdenes
de la vida. No es tarea de la Iglesia, por ejemplo, enseñar a los uruguayos
si se debe privatizar ANCAP o no. En este terreno tienen la palabra los partidos
políticos y las ideologías políticas.
La Iglesia tiene una sola cosa que ofrecer a los hombres: nada más ni
nada menos que la Palabra de Dios hecha carne, Jesucristo, el Salvador del mundo.
Él nos ha revelado la verdad acerca de Dios y la verdad acerca del hombre.
Ahora bien, esta verdad revelada acerca del hombre se refiere tanto a la dimensión
individual como a la dimensión social del ser humano. Por esto la fe
cristiana tiene consecuencias ineludibles en el terreno de la moral social y
la Iglesia tiene valiosísimos principios orientadores para ofrecer en
el área de los asuntos culturales, políticos y económicos.
El cristiano no acepta la visión dualista que disocia absolutamente los ámbitos público y privado de la vida del hombre, relegando a la religión únicamente a la esfera privada y rechazando su influencia en la esfera pública. Esta visión procede de un racionalismo que es incompatible con la fe cristiana, puesto que la considera como un sentimiento irracional que desune a los hombres y que no tiene derecho de ciudadanía en el ámbito público, por ser éste el ámbito reservado a la mera racionalidad.
No. Los cristianos no tienen que dejar de ser tales cuando salen de sus casas o de sus templos y entran a las escuelas, a los lugares de trabajo, al Parlamento, etc. Deben actuar como cristianos siempre y en todo lugar, buscando en todas las cosas la voluntad de Dios, la gloria de Dios y el bien de los hombres. Debemos pensar como cristianos, hablar como cristianos, actuar como cristianos... y votar como cristianos.
Para esto último es fundamental conocer la doctrina social de la Iglesia,
por ejemplo a través del Catecismo de la Iglesia Católica o de
las tres encíclicas sociales del Papa Juan Pablo II. Los Obispos Uruguayos
acaban de publicar un documento de trabajo que ofrece a los fieles una síntesis
de esta doctrina. Alentamos a nuestros lectores a leerlo, a meditarlo y a tenerlo
muy presente a la hora de tomar las decisiones correspondientes en este año
electoral.