Empezando el día

Al amanecer, treinta jóvenes salieron corriendo al claro del bosque,
se ubicaron cara al sol y empezaron a inclinarse,
saludar, postrarse, levantar los brazos, arrodillarse.
Y así durante un cuarto de hora.

Si los miráramos desde lejos
podríamos creer que están rezando.

Actualmente a nadie le extraña
que el hombre sirva cada día a su cuerpo
con paciencia y atención.

Pero qué ofendidos estarían todos
si sirviera de esta manera a su espíritu.

No, no era una oración.
Era la gimnasia matutina.

Alejandro (Alexander) Solyenitzin,
Cuentos en miniatura,
Emecé Editores, Buenos Aires 1968, p. 15.