| Néstor Martínez es Licenciado en Filosofía por la Universidad de la República, Docente de Filosofía en la Facultad de Teología del Uruguay y la Universidad de Montevideo y Co-director de Fe y Razón (www.feyrazon.org). |
¿Por qué existen los derechos humanos?
Néstor
Martínez
Un punto de referencia fundamental para nuestra cultura actual lo constituye la Declaración de los Derechos Humanos, que pasa por ser algo así como la doctrina oficial de nuestra cultura occidental contemporánea.
Coexiste, es cierto, con una filosofía materialista para la cual el dinero es el valor fundamental alrededor del cual gira todo lo demás.
También es verdad que últimamente han salido unos derechos humanos de tercera generación que alteran gravemente la imagen del hombre, la familia y la sociedad que estaba originalmente, más o menos, en la base de dicha Declaración. Por ejemplo, el derecho al matrimonio entre homosexuales, etc.
E incluso se defienden en algunos sectores derechos no humanos, los de los animales, las plantas, el planeta, etc.
Pero a los derechos humanos, por lo general, hoy día, les falta base filosófica. Eso quiere decir, que no se sabe muy bien por qué existen, en qué se basan, por qué el hombre tiene esos derechos, y si sólo él los tiene.
Esto es importante porque, por ejemplo, si el hombre tiene esos derechos simplemente porque la autoridad estatal legítima se los concede (por ejemplo, porque los vota la mayoría de la población, o los promulgan los representantes legítimos de la misma) entonces ella misma podría retirárselos, y así, mañana un Parlamento democrático, por la mayoría requerida, podría legislar, por ejemplo, que en el país va a haber un solo tipo de educación, la estatal, y que todos van a estar obligados a recibirla, o algo por el estilo.
El punto aquí es que en una concepción materialista del ser humano, es decir, una filosofía que sostiene que el hombre es simplemente un organismo más desarrollado o evolucionado que los otros, un cerebro más complejo, en fin, no puede sostenerse lógicamente que haya derechos humanos.
Porque surge la pregunta de por qué entonces los gorilas y los chimpancés al menos no tienen derechos... Y es lógico. Una diferencia sólo en el grado de desarrollo y evolución no alcanza a explicar por qué nosotros tenemos derechos y los demás animales no.
A esto se ha querido responder a veces extendiendo los derechos más allá de lo humano. Efectivamente, los animales tienen derechos, se dice, y ha habido juicios en EE.UU. por demandas acerca de chimpancés que estaban encarcelados en zoológicos y privados de su libertad.
El problema es que la lógica no nos deja pararnos aquí, y llegaríamos por esa vía al vegetarianismo integral, lo cual no es necesariamente malo, sólo que la lógica sigue empujando: después de todo, los animales son seres vivos más evolucionados que los vegetales, nada más. ¿Porqué estos no tienen entonces derechos, también?
Al final,
suponiendo que podamos vivir de sólo aire, agua y algunos minerales,
resultaría que también la alfombra que pisamos tiene derechos.
Pero entonces, tener derechos ya no significa nada, pues es compatible
con ser pisado... ¿Y podríamos beber agua, en esa hipótesis?
Por eso, algunos pueden querer aclarar las cosas por el lado contrario: nadie, ni siquiera el ser humano, tiene derechos. La única ley es la del más fuerte, o más rápido, o más astuto, etc. O la de la mayoría. Pero la mayoría, no porque tenga derecho, sino porque es mayoría, o sea, es más fuerte.
De todo esto se sigue que la única base lógicamente posible de los derechos humanos es la existencia de un alma espiritual en el hombre.
En efecto, sólo en esa hipótesis se justifica una diferencia esencial, y no sólo de grado, entre el hombre y los demás animales, y que por tanto sólo el hombre tenga derechos, pero que los tenga, en fin.
La misma noción de persona, por sí sola, no alcanza para fundar los derechos humanos, si no incluye la del alma espiritual. Si mal no recordamos, era una veterinaria la que publicitaba que los animales son personas. De nada sirve decir persona si luego, a la pregunta que dice: ¿es el hombre, sí o no, algo más que un organismo altamente desarrollado? se responde que no, o no se responde.
El marxismo, por su parte, pretende haber resuelto el problema de conciliar materialismo y carácter único y especial del ser humano mediante el adjetivo dialéctico aplicado al primero de estos conceptos.
Está en la base de esta doctrina la famosa transformación de la cantidad en cualidad, el salto cualitativo por el cual diferencias puramente cuantitativas arrojan al final una diferencia cualitativa. Así la evolución, por puros cambios graduales, habría podido producir finalmente algo cualitativamente distinto: el ser humano.
El vulgar sentido común se pregunta si será posible que aumentando el número o el tamaño de las naranjas llegue a obtenerse manzanas... Si se mantiene la diferencia entre cantidad y cualidad, no tiene sentido decir que prolongando la línea de la cantidad se llega a la cualidad. Sería como decir que la música suficientemente fuerte llega a ser visible. Si no se mantiene esa diferencia, tampoco tiene sentido decirlo, claro.
Lo que sucede es que para el marxismo, heredero de Hegel, todas las diferencias son a su vez dialécticas, es decir, son diferentes y no diferentes al mismo tiempo y en el mismo sentido. Es decir, son contradictorias, porque la contradicción, para Hegel, es el corazón de lo real.
Es claro que una filosofía que acepta la contradicción como principio tiene plena libertad para pensar lo que quiera, decir lo quiera, y demostrar lo que quiera. Es decir, no existe como filosofía.
Es curioso pensar que una de las condiciones esenciales para la recuperación de nuestras culturas y sociedades sea la revalorización del principio de no contradicción: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. No es tan curioso, si nos damos cuenta de que eso significa lo mismo que revalorizar el pensamiento.