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Esposo, padre de 4 hijos, |
| La Generación |
Por Igino Giordani |
También -y acaso fundamentalmente- en relación con la familia, la religión es una fuente de vida en un desierto de desolación. Cristo ha venido para que descubramos el secreto de la existencia, luego que los poderes de la muerte habían invadido la habitación del hombre. Y aún hoy la dialéctica puesta por Él en marcha es un contraste de vida contra la muerte.
El manantial de la vida, ideado por Dios en el mundo, es el matrimonio; vínculo de amor por un acto de amor, tal cual es la generación de la existencia en el universo. «Dios -recuerda el Concilio Vaticano II- dueño de la vida, les confió a los hombres la sublime misión de proteger la vida».
El adversario de ella es el Homicida, enemigo del hombre y de Dios, que atenta contra la existencia mediante el odio, que actúa como estupidez, aburrimiento, náusea, postración, egoísmo y vicio, y es usado como virus de exterminio en la guerra y en las discordias.
La división espiritual en la familia da cuenta de la presencia del adversario; el cual invade el terreno que deja desprotegido el amor cuando en las relaciones conyugales entran el cálculo, la vanidad y otras formas de superficialidad.
Los padres y las madres, en cuanto colaboradores del Creador en el dar la vida, están decididamente contra esos abominables delitos como el aborto voluntario, el infanticidio, los genocidios, las guerras, invenciones de la estupidez apoyada quizá por la ciencia.
Si se parte de este principio, el hogar -todo hogar cristiano- se convierte en una nueva potencia moral y física para la sociedad, y al mismo tiempo en una central de calor que puede vivificar el ambiente. Como enseña el Concilio:
«De la salud y de la plenitud de vida espiritual de la familia dependen la vida física y moral de la humanidad, más aún la ampliación real del reino de Dios».
En suma, el matrimonio es un sacramento a través del cual el Creador extiende la creación y vuelca la realidad divina en la humana. Los esposos se convierten en ministros de dos atribuciones propias de la divinidad: la del amor y la de la vida. Vida y amor que, proviniendo de Dios, se integran y se completan hasta resultar inseparables. Allí donde el amor disminuye, disminuye la vida. El que odia es un muerto que camina.
Hay vida si hay amor, condición primera de la vida. Si hay amor, hay perenne juventud.
Un problema siempre actual es el de la limitación, o mejor -como dice el vocabulario conciliar- la regulación de los nacimientos. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes se condenan el egoísmo, el hedonismo y las prácticas ilícitas contra la procreación; pero se admiten los problemas suscitados por el incremento demográfico. Se reconoce que dentro de los limites de su competencia, los gobiernos tienen derechos y deberes que se refieren al problema demográfico de la nación. Pero el Concilio «exhorta a todos a abstenerse de medidas contrarias a la ley moral, sean ellas propuestas o impuestas en público o privadamente. La decisión del número de los hijos depende del juicio de los padres y no de la autoridad pública. Los padres tienen que estar formados para conocer la ley de Dios y, al mismo tiempo, las posibilidades científicas que pueden usarse en el ámbito de la moral.
La doctrina tradicional de la Iglesia fue confirmada por Pablo VI en la encíclica Humanae vitae (25 de julio de 1968), donde se explican el significado y las consecuencias morales del amor cristiano en el matrimonio y son recordadas las prohibiciones del uso de medios contrarios a la naturaleza para impedir la procreación. Contra e1 uso de anticonceptivos, el Papa interviene a favor de la vida humana de acuerdo con el orden natural y cristiano.