Meditación

“Simón, ¿tú me amas?”

El gallo cantó por tercera vez. Jesús salió de la sala... y Simón Pedro, siguiendo el ruido, miró hacia allí. Lo vio y «lloró amargamente».

El mismo Pedro que desde aquel momento se volvió vergonzoso y asustadizo, perennemente asustado, aunque no lograba contener sus habituales acciones impulsivas, pues las hacía, luego se paraba bloqueado por la vergüenza, por la vergüenza del recuerdo...
...estaba allí apartado, aquella mañana en la orilla... todos estaban allí alrededor aquella mañana, en silencio temeroso, asustados, así que ninguno preguntaba nada porque todos sabían que era el Maestro.

En el frescor de aquella hora matutina con la pesca -esos peces que todavía se agitaban detrás de ellos- después de una noche árida de frutos estaban allí comiendo pescado... el pescado preparado por Él que había pensado también en su comida porque volverían cansados. El Señor se había tendido cerca, estaba allí cerca, comiendo con ellos. El Señor lo miraba. Él miraba, pero no de frente porque sentía más vergüenza de lo normal... El Señor quizás lo miró insistentemente hasta que Pedro, cohibido por aquella mirada fija, se dio la vuelta, como diciendo: «¿Qué quieres?»

Y Jesús, inmediatamente, sin dejar pasar ni un instante: «Simón, ¿me amas más que éstos?» Se lo decía al que lo había ofendido, se lo decía al temperamento más inclinado a la incoherencia, al traidor. Después de Judas, él. Pero en él era evidente que estaba Cristo.
«Señor, tú sabes que te quiero». No podía dejar de volver la cara y dar su respuesta. Tenía que hacerlo. Si no habría sido una mentira. Lo amaba; lo había traicionado, pero lo amaba. Por eso se volvió hacia Cristo y le dio esa respuesta que nunca había desaparecido de él excepto en aquellos momentos terribles.

Le dio la respuesta que continuamente lo hacía estar vuelto hacia Él, estuviese donde estuviese, en la barca, en el mar de la mañana, entre la muchedumbre, en la montaña, cuando estaba en casa y Él no estaba allí... siempre estaba vuelto hacia Él.

No es verdad que te haya odiado, no es verdad que no te haya amado... porque «tú sabes, Señor, que te amo». Pero es lo contrario de lo que has hecho... No sé cómo, pero sé que es así.

«Simón, ¿tú me amas?» No dijo: «No peques, no traiciones, no seas incoherente». No tocó nada de todo esto. Sólo dijo: «Simón, ¿tú me amas?»

Ninguno de nosotros consigue escapar completamente al hecho de que podemos amar a Cristo exactamente tal como somos. Cristo es quien se complace con nosotros, conmigo, dice San Pedro llorando, con la Magdalena, la Samaritana, el asesino.

Cristo es aquel que se complace conmigo y por ello me perdona. Me ama y me perdona.

Luigi Giussani