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Esposo, padre de 4 hijos, |
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Por Igino Giordani |
Para que el hogar sea un pequeño templo, una habitación del sacrificio, donde se comparten los sufrimientos del Señor y se participa de su redención, el matrimonio está incluido en la misa, es decir, encuentra su fundamento en el sacrificio de la cruz. En el ofertorio, los padres y las madres de familia ofrecen al Padre celestial sus comunidades.
La Eucaristía -tal como se vio en la primitiva Iglesia, donde estaba presente María- hace de todos los fieles una familia, con «un solo corazón y una sola alma». La Iglesia está unida -es verdadera familia- si hace de todos sus miembros una comunidad.
Si la Eucaristía es la encarnación que se prolonga, realizada momento tras momento, la familia secunda esta operación -enriqueciendo con nuevos miembros al Cuerpo místico- colaborando en la unión de la Iglesia con Cristo, en la cual Cristo a través de la Eucaristía comunica directamente la vida humano-divina.
Por ello, en la semana de estudios teológicos realizada en Versalles en 1956, a propósito del rito del matrimonio, se afirmó que la comunión de los esposos, en la misa de casamiento, no es un gesto de devoción, sino la expresión de su fe. Ellos se casan en el Señor, y su amor es a imagen del encuentro nupcial de Cristo con la Iglesia. Y así concluía: «Un matrimonio sin misa y sin comunión es una anomalía».
Decía Pío XII a los jóvenes esposos: «Es deber de ustedes tratar de que el domingo sea nuevamente el día del Señor y que la santa misa sea el centro de la vida cristiana, el alimento más sagrado del descanso del cuerpo y de la constancia virtuosa del espíritu... El domingo debe ser el día del reposo corporal y de la elevación espiritual..., el día que reúne a toda la familia, no el que la disgrega...; si el cuerpo necesita del pan material que lo sustente, el alma requiere el pan suprasustancial... A este convite celestial la Iglesia invita especialmente el domingo, día por excelencia de la celebración eucarística... ¿Qué valor podría tener el culto divino social, si no fomentase la participación de cada uno y la santificación personal?».
De allí la importancia vital de la misa para alimentar y acrecentar la unidad de la familia.
Si la familia participa unida al sacrificio divino, actúa como una pequeña Iglesia que se une para formar la gran Iglesia: En efecto, es la Ecclesia -el pueblo cristiano- quien ofrece el sacrificio.
En aquel acto de valor supremo -el sacrificio- la familia vive la Iglesia, es Cuerpo místico actuante, cumple su función de sacerdocio real y encuentra la unidad con el sacerdocio ministerial.
Un daño enorme -la primera de las cinco
plagas de la Iglesia (Rosmini)- proviene de la separación (no-comunicación)
entre clero y laicado en la liturgia.
La familia que vuelve de la misa ha involucrado con ella a Dios: Realiza su
contemplación (cum-templum): Es decir, hace de su casa un templo. Puede
tratarse de una oscura habitación, de una casucha, de un rancho pobre,
de una gruta o portal, como en Belén, pero está Cristo: Y por
lo tanto vale cuanto una catedral.
En la comunión culmina el amor de Dios por nosotros: Que después de haberse entregado se dona a nosotros, nos acerca a él, nos identifica con él.
En la comunión nosotros llegamos a ser consanguíneos
de Cristo: Hermanos de sangre. Consanguíneos, por lo tanto, también
entre nosotros como familia de Cristo.
La familia humana, entonces, se torna familia de Cristo, realmente a causa de
la sangre: De allí el nexo divino, el parentesco sobrenatural. Por eso
tiene sentido el nombre que le damos a Dios: Abba, Padre. Somos hermanos de
sangre de Jesús, por lo tanto: Hijos de Dios e hijos de María.
En la comunión -casi en el primer lugar, dado que la Eucaristía es un banquete, una comida, un acto vital de la familia- los esposos, destinados a unirse y a permanecer unidos en una sola carne, para hacer de la comunidad generada por ellos «un solo corazón y una sola alma», realizan este misterio de la unidad, uniéndose en el cuerpo y en el alma a Cristo y amándose con el mismo amor, como Cristo ama a la Iglesia.
Y el misterio se realiza plenamente si van a recibir la comunión todos los miembros de la familia.
Esa realidad eucarística alimenta, durante las 24 horas, durante la entera existencia, si le somos fieles, una comunión espiritual en la que prosigue simbólicamente la misa. Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos (Mt. 18, 20)
Los familiares vivificados por la carne y la sangre de Cristo están unidos en Cristo; y por lo tanto Cristo está con ellos en la casa, sentado a la mesa con ellos, presente en sus conversaciones, centro de sus corazones, que son como tabernáculos. Si durante la mañana Jesús nos visita en la comunión, durante todo el día nosotros nos comunicamos con él a través del hermano.
Casi un sacramento divino y uno humano, puestos juntos, para reflejar al Hombre-Dios en la vida de cada momento. Y hermanos son los familiares, los hijos, la madre, el padre, las hermanas, los hermanos, los parientes, la empleada... el prójimo más próximo.
No es, por lo tanto, el amor exhibido por cierta literatura y cierto cine: Ése que se desgasta con las primeras dificultades, no resiste al paso de los años y se quiebra en los dolores.
Es el amor divino: El mismo de la santa Trinidad.