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«Sed sumisos los unos a los
otros en el temor de Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al
Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo
es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo. Así como
la Iglesia está sumisa a Cristo, así también
las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a
vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó
a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola
mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela
resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga
ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben
amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que
ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció
jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida
con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos
miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre
y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán
una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a
Cristo y la Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada
uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete
al marido.» (Efesios 5,21-33).
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Reflexión.
A partir de la vida
Sabemos que el matrimonio es una realidad sagrada, sacramental,
pero ¿qué conciencia cotidiana tenemos de esa realidad?
¿En qué momentos de nuestra vida diaria hacemos explícita
la dimensión sagrada del matrimonio?
Sugerencias para el compromiso
Además del amor cotidiano, signo por excelencia del matrimonio,
buscar algún modo de poder expresar en familia la dimensión
sagrada de la unión conyugal. Tal vez en la oración familiar
se pueden volver a entregar las alianzas como signo de la renovación
de la bendición sacramental. Ver que ese tipo de gestos pueda ser
repetido en diversas ocasiones familiares, para ayudar a tomar conciencia
familiar de la presencia de Dios en el mismo vínculo.
¿Cómo podemos, como matrimonio
ser testigos de este Dios que nos une, en nuestros ámbitos de relación?
Oración comunitaria
A partir de la reflexión del texto, los participantes pueden hacer
su oración espontánea, agradeciendo a Dios por la bendición
del sacramento, tomando conciencia y pidiendo perdón por las actitudes
que van en contra de esa unión, y pidiendo la fuerza para asemejarse
cada día más a la relación de Cristo con su Iglesia.
Se puede culminar rezando detenidamente el
Padre Nuestro, como la oración de la Familia de Dios.
Aportes para el animador
Este texto de la carta a los Efesios no es de fácil interpretación
por un lado por la distancia que nos separa de la cultura a la que se
dirige el apóstol y por la simbología esponsal que utiliza,
que a nosotros nos puede parecer extraña. Esta última parte
de la carta exhorta a los efesios a vivir la vida del Espíritu:
los exhorto a que vivan de una manera digna de la vocación
a la que han sido llamados (4,1); Renueven el espíritu
de su mente, y revístanse del Hombre Nuevo, creado según
Dios, en la justicia y santidad de la verdad (4,23-24), Sean
imitadores de Dios
(5,1). En este marco de exhortación
a vivir según el Espíritu, Pablo se dirige a la familia,
comenzando por el marido y la mujer (5,21-33) y siguiendo por los hijos
(6,1-3). El punto de comparación que pone el apóstol es
el desposorio Cristo Iglesia, y el amor de Cristo por ella. Tomando
en cuenta este amor y entrega, y la fidelidad que se espera de la Iglesia
Esposa, Pablo lo aplica a la relación del marido con su
mujer. La sumisión que Pablo presenta de la mujer respecto del
marido, hay que comprenderla en la clave cultural de su época (para
los paganos la mujer era posesión del marido, y entre los judíos
las diferencias entre el hombre y la mujer también eran enormes).
Si bien Pablo es heredero de su cultura, la supera y pone al esposo al
servicio de la esposa, amándola y entregándose por ella
(5,25). En lo que respecta a la sumisión: las mujeres sean
sumisas a sus maridos (5,22) hay que entenderlo a la luz del modelo
que pone por marido: Cristo que se entregó a si mismo por la esposa.
Por otro lado, lo que habla de la sumisión de la mujer al marido
está subordinado a la sumisión recíproca, con la
que comienza toda la sección (5,21)
Reflexiones
del sacerdote o del animador.
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