| «Y sucedió que, mientras
ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento,
y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales
y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en
el alojamiento. Había en la misma comarca unos pastores, que
dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño.
Se les presentó el Angel del Señor, y la gloria del
Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor.
El ángel les dijo: No temáis, pues os anuncio
una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os
ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo
Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis
un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército
celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las
alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»
(Lucas 2, 6-14). |
Reflexión.
La Iglesia Madre engendra, educa, edifica
la familia cristiana. Con el anuncio de la Palabra de Dios, revela a la
familia cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe ser según
el plan del Señor; con la celebración de los sacramentos,
la Iglesia enriquece y corrobora a la familia cristiana con la gracia
de Cristo; con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de
la caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al servicio
del amor, para que imite y reviva el mismo amor de donación y sacrificio
que el Señor Jesús nutre hacia toda la humanidad.
La familia acoge y
anuncia la Palabra.
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en
el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la misión
de salvación que es propia de la Iglesia: acoge y anuncia la Palabra
de Dios. Se hace así, cada día más, una comunidad
creyente y evangelizadora.
También a los esposos y padres cristianos
se exige la obediencia a la fe (cf. Rm 16, 26), ya que son llamados a
acoger la Palabra del Señor que les revela la estupenda novedad
-la Buena Nueva- de su vida conyugal y familiar, que Cristo ha hecho santa
y santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos pueden descubrir
y admirar con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado Dios el
matrimonio y la familia, constituyéndolos en signo y lugar de la
alianza de amor entre Dios y los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia
esposa suya.
La misma preparación al matrimonio
cristiano se califica ya como un itinerario de fe. Es, en efecto, una
ocasión privilegiada para que losnovios vuelvan a descubrir y profundicen
la fe recibida en el Bautismo y alimentada con la educación cristiana.
De esta manera reconocen y acogen libremente la vocación a vivir
el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado matrimonial.
En la vida diaria de cada jornada.
El momento fundamental de la fe de los esposos está en la celebración
del sacramento del matrimonio, que en el fondo de su naturaleza es la
proclamación, dentro de la Iglesia, de la Buena Nueva sobre el
amor conyugal. Es la Palabra de Dios que «revela» y «culmina»
el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene sobre los esposos, llamados
a la misteriosa y real participación en el amor mismo de Dios hacia
la humanidad. Si la celebración sacramental del matrimonio es una
proclamación de la Palabra de Dios, hecha dentro y con la Iglesia,
comunidad de creyentes, ha de ser también continuada en la vida
de los esposos y de la familia. En efecto, Dios que ha llamado a los esposos
«al» matrimonio, continúa a llamarlos «en el»
matrimonio. Dentro y a través de los hechos, los problemas, las
dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día,
Dios viene a ellos, revelando y proponiendo las «exigencias»
concretas de su participación en el amor de Cristo por su Iglesia,
de acuerdo con la particular situación -familiar, social y eclesial-
en la que se encuentran.
En la medida en que la familia cristiana
acoge el Evangelio y madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora.
La familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio
es transmitido y desde donde éste se irradia. Dentro pues de una
familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma
evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a
los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este
mismo Evangelio profundamente vivido. Una familia así se hace evangelizadora
de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive.
En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible
dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. En efecto,
la futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica.
Esta actividad apostólica de la familia está enraizada en
el Bautismo y recibe con la gracia sacramental del matrimonio una nueva
fuerza para transmitir la fe, para santificar y transformar la sociedad
actual según el plan de Dios. El porvenir de la humanidad está
en manos de las familias que saben dar a las generaciones venideras razones
para vivir y razones para esperar. Esta llamativa coincidencia da incluso
para pensar si habrá tanta distancia y oposición entre ambos
«ismos», que en el tema del aborto, por ejemplo, aparecen
íntimamente consustanciados y unidos en su lucha contra la vida.
Reflexiones
del sacerdote o del animador.
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