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No parece indispensable. Según la fe, Dios conoce todos nuestros deseos y necesidades mejor que nosotros mismos. Él puede muy bien prescindir de nuestras indicaciones. En cuanto a nuestras penas, o bien pertenecen al orden de la naturaleza, y la oración no puede cambiar nada en ello, o bien Dios permite que nos golpeen únicamente en vista de un bien mayor, y lo sabio es sufrirlas sin quejarse. Por último, rezar a un ser de quien se ignora si existe realmente equivale a arrojar una botella al mar dudando de que encuentre alguna vez a alguien para recibirla. Por lo tanto, la plegaria es inútil en todos los casos.
Respuesta:
Sin embargo, Cristo nos dice: Velad y orad.
Los argumentos presentados aquí no toman en absoluto en cuenta el aspecto de la caridad, la cual es, en Dios y en torno de Él, el principio de la unidad de todo, incluidos la duda y sus sufrimientos.
La oración va al amor, y el amor vuelve con ella a un corazón desembarazado de sí mismo.
Puede asumir diversas formas. La más elevada es la oración de alabanza, suprema actividad del espíritu, razón de ser de los religiosos contemplativos. Pero no es algo que les esté reservado solamente a ellos; es una cuestión de capacidad de admiración, cosa de la cual los humildes están por lo general ampliamente provistos.
La oración que consiste en pedir tiene mala reputación, sobre todo entre los avaros. Es considerada demasiado interesada para ser válida y, sin embargo, con una ternura exquisita, la parábola del hijo pródigo nos estimula a practicarla, ya que es porque tiene hambre y frío, porque no tiene un centavo y está harto de cuidar cerdos cuyo alimento ni siquiera le está permitido compartir, en fin, porque piensa con nostalgia en los obreros bien alimentados de la casa familiar, que pone fin a su desastrosa escapatoria y retorna al hogar paterno. Y su padre, no bien divisa su figura a la distancia, corre a estrecharlo entre sus brazos, perdona todo, ordena matar al ternero más gordo y realizar un banquete en honor del hijo, y se regocija con toda clase de demostraciones de alegría por un retorno que debía poco al remordimiento y mucho a la necesidad. En esta parábola Cristo trata de hacernos comprender que el amor de Dios es tal que recibe con alegría a todos los que llegan a Él, aunque sea por interés: no existen límites para la bondad divina, y esto es algo que hasta los creyentes más sinceros tienen dificultad en concebir.
La más significativa de todas las oraciones es, a nuestro entender, la de Cristo ante la tumba de Lázaro, el hermano de Marta y María. De regreso en Betania tras algunos días en la otra orilla del Jordán, Jesús se entera de la muerte de Lázaro y llora, un detalle que es oportuno señalar a quienes toman la fe por un anestésico. Las dos hermanas le reprochan lastimeramente su ausencia,, convencidas de que su hermano viviría aún si Jesús hubiera estado presente; a continuación se dirigen con él a la tumba, una cripta sellada con una gran piedra. Jesús dice: Retirad la piedra. La empujan, pues, hacia un costado.
Entonces -dice el Evangelio-, Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Bien sabía que siempre me oyes, mas a causa de la gente que se encuentra aquí presente es que te lo digo, a fin de que crean que Tú me has enviado. Después exclamó: ¡Lázaro, ven afuera! Y el que había estado muerto salió de la tumba.
Lo que yo quiero destacar, por el momento, de este célebre episodio es la oración muda y la acción de gracias pública que precedieron a la resurrección de Lázaro. ¿No tenía Jesús poder para realizar por sí solo este milagro? Tenía ese poder y no lo ejerció. La economía divina no es la nuestra; está fundada en el déficit absoluto y permanente del amor, el cual quiere que se le pida todo al otro, y éste no pide otra cosa que darlo todo. La oración establece esa relación de caridad entre el alma y Dios, a tal punto que se puede decir sin ninguna paradoja que orar es escuchar a Dios.
Nota: Esta sección estará dedicada a responder
preguntas de los lectores de Pastoral Familiar. Para hacerlo escribir
a: Uruguay 1319 CP 11.100 Montevideo o
al mail: sicleffi@adinet.com.uy
Dado que todavía no hemos recibido preguntas de ellos, hemos tomado la
pregunta y la respuesta de: André Frossard, Dios en preguntas, Editorial
Atlántida, Buenos Aires, 1998, pp. 109-111.