Uno de los objetivos principales de la pastoral familiar de ayer, de hoy y de siempre es procurar que los fieles conozcan el significado del matrimonio cristiano y los deberes de los cónyuges y de los padres cristianos. En relación con este objetivo pastoral, el mundo actual presenta serios desafíos que requieren respuestas urgentes. En la cultura contemporánea se ha oscurecido la noción -cognoscible a la luz de la sola razón natural- de la alianza matrimonial como un consorcio íntimo de vida y de amor de un hombre y una mujer, basado en su donación mutua total e incondicional y ordenado a su propio bien y a la generación y educación de sus hijos. Por desgracia se difunden cada día más algunas formas de conducta que constituyen ofensas graves a la dignidad del matrimonio (unión libre, adulterio, divorcio, «matrimonio» de dos personas del mismo sexo, etc.). Además, con frecuencia los mismos esposos cristianos no comprenden lo que significa que el matrimonio entre bautizados haya sido elevado por Cristo a la dignidad de sacramento.
Frente
a estas grandes dificultades, que a primera vista pueden parecer abrumadoras,
no debemos ceder a las tentaciones del temor o el desánimo, sino volver
una y otra vez al encuentro de la fuente de agua viva, Nuestro Señor
Jesucristo, el único Salvador, quien nos revela el infinito amor del
Padre y nos comunica el Espíritu Santo, el cual nos capacita para llevar
a cabo el anuncio del Evangelio con palabras y acciones. La nueva evangelización
que la actual situación del continente y del mundo requiere brota de
un «nuevo ardor» que es un don gratuito de la Santísima Trinidad.
Como decían los escolásticos, «el obrar sigue al ser».
Sólo abriéndose a la gracia de Cristo que está presente
en lo más profundo de su ser, los cónyuges cristianos podrán
obrar como signos e instrumentos cada vez más transparentes del misterio
sagrado de amor, trascendente y salvífico, que es nuestro origen, fundamento
y meta, al que llamamos Dios.
Fuente: Digesto Familiar, Nº 232, Editorial.