Familias y colegios no aciertan a encontrar una acción coordinada y muchas veces hasta se enfrentan.
Muchas
veces las familias y los colegios ven que sus acciones educativas
son desplazadas por fuerzas externas, más o menos anónimas, que
parecerían tener sobre sus hijos y alumnos mayor peso, influencia y autoridad.
A padres y docentes nos asalta con frecuencia el temor de que lo que vamos construyendo
trabajosamente es ignorado o destruido en segundos por agentes extraños.
La sensación es la de estar manteniendo sobre los hijos-alumnos unos valores que parecen estar sometidos, por los medios, las modas y el clima moral, a la ley de la gravedad: Si uno no los sostiene, están destinados a caer. De allí que la tarea de educar parezca titánica, exigiéndonos un esfuerzo sobrehumano para respaldar y conservar esos valores. Confiamos más en el valor de nuestras fuerzas que en la fuerza de nuestros valores.
Entonces nos debilitamos: pensamos que cuando nuestra acción educativa cese, porque nuestros hijos-alumnos ya no estén bajo nuestra mirada y control, cesará también el fruto de nuestro esfuerzo. El fin de un curso, unas vacaciones prolongadas o la inexorable llegada de la mayoría de edad pondrán en peligro de derrumbe el resultado de tantos desvelos.
Alterados, entre otras razones por este estado de desesperanza y desconfianza, estas dos instituciones (familia y colegio) suelen caer en la trampa de enfrentarse y al mismo tiempo elaborar un discurso común de condena y compartir una misma sensación de impotencia y desvalorización. Esto lleva a un desgaste donde, por una parte, se observa una abdicación de la autoridad y del rol propio de la familia en favor de los colegios, revistiéndolos de una misión casi redentora y poniendo en ellos expectativas que sobrepasan sus finalidades propias. Es una suerte de educación «llave en mano»: Bien, estamos de acuerdo con el proyecto y con los tiempos. Avísennos cuando esté listo. Tal abdicación, lejos de fortalecer la autoridad escolar, la deja sin respaldo y más grave aún, genera un campo de mutuos reproches, donde el hijo-alumno es espectador y víctima.
Además, los educadores tenemos facilidad para, en esta materia, poner el problema afuera: Con estos chicos, con los tiempos que corren y con estos padres es imposible.
Una vez entrampados, nos quedan estas alternativas: 1) Renunciar (algunos lo hacen, aun como padres). 2) Refugiarse en una autoridad formal, extrínseca, tan erudita como vacía, que se contenta con un entrenamiento de los chicos en ciertas habilidades académicas y de domesticación, alcanzando incluso niveles exitosos a los que eufemísticamente llamamos excelencia. 3) Mimetizarse con el medio con el fin de no sentirse ajenos al mundo de los adolescentes y así ganar, si bien no influencia ni autoridad, por lo menos cierta complacencia y comprensión (otra forma de renuncia).
¿Educar hoy? ¡Imposible! Pero, ¿no será que educar es otra cosa? Cualquiera de estas alternativas no tienen salida porque erraron el blanco. La acción educativa puede estar dirigida al exterior del hombre (lo que debe saber decir o hacer) o al centro más intimo de la persona (lo que está llamado a ser). Sólo la acción dirigida al ser es verdadera acción educativa. Lo otro es informar (saber decir) o entrenar (saber hacer).
Educar en el decir y en el hacer supone un esfuerzo desgastante para lograr estampar valores que durarán poco más que lo que dure nuestra presencia o a lo sumo nuestro recuerdo: Ésta puede ser una de las razones del stress y abatimiento que a veces aqueja a los educadores. No fortalecemos el corazón, el centro más íntimo de nuestros hijos y alumnos: sólo los proveemos de un marcapaso. La tensión es permanente y no se puede sostener mucho tiempo. La única manera de educar es posibilitar el encuentro del chico con los valores. Porque educar no es empujar hacia, sino atraer desde. Atraer desde el valor que se hace presencia en la persona del padre y del maestro. Aquí no es el educador el que sostiene los valores, sino que éstos lo mantienen a él, lo sostienen y fortalecen. El lugar donde se realiza el encuentro es el ser profundo del otro, su interioridad. Por ello su corazón palpitará con una vida propia y verdaderamente libre.
En cambio, cuando salimos de él competimos vana e infructuosamente con aquellos agentes externos y anónimos -medios, modas, ideologías...-, nos aislamos, obstruimos la entrada al corazón de los jóvenes y éste se seca. El escritor y pensador C. S. Lewis señaló hace algunas décadas que la misión del educador moderno no es desmontar junglas, sino irrigar desiertos, y pocos años atrás el Papa Juan Pablo II clamaba: La juventud no está muerta... Está adormecida.
Para despertarla se necesita que nuestras voces y testimonios sean con-cordes, es decir, que estén unidos por un mismo corazón, fortalecido en el diálogo permanente, la presencia generosa y la confianza en la fuerza propia del bien. Así, educar podrá tener la dificultad de un desafío, pero no la de un imposible.
Jorge Luis Barros, casado, 5 hijos, director general del Colegio «San Juan El Precursor» de San Isidro, Buenos Aires (La Nación).