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Esposo, padre de 4 hijos, |
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Por Igino Giordani |
Por
medio del matrimonio y de la fami-
lia, Dios ha unido sabiamente dos de las
mayores realidades humanas: La misión de transmitir la vida y el amor
mutuo y legítimo entre el hombre y la mujer. Es, por lo tanto, vida y
amor: la vida que es amor de Dios por el hombre, el amor que es la vida de Dios
en el hombre. El amor, entonces, no es solamente impulso humano, sino también
soplo divino: participación en la vida divina. Dios es amor y vive en
el hombre como amor. Nunca un poeta supo elevar a tan sublime nivel el amor
conyugal. La religión, en este caso, incluye la más pura poesía,
al tiempo que realiza la socialidad más racional.
El valor del matrimonio radica esencialmente en este amor: no en los títulos genealógicos, bancarios o fisiológicos... y, por ello, la fuerza del matrimonio deriva del amor, y los deseos de felicidad nupcial más positivos radican en el proponer a los esposos el amor. «Los cónyuges -recuerda el Concilio- saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Para llevar a su dignidad originaria la familia, el Concilio le ha recordado el amor, donde tiene su principio toda la vida cristiana. Y así la purifica y la simplifica. La diviniza.
En el documento conciliar tal realidad es definida con una claridad y fuerza estupendas: El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino» (Gaudium et Spes, 48). El amor puro entre marido y mujer entra en el circuito del amor de la Santísima Trinidad: Es el Espíritu Santo que involucra también a las criaturas. Es así como el amor no es sólo legitimado y propuesto sino divinizado, porque es visto como participación y expresión de Dios que es amor. Dos esposos que se aman dan testimonio de la presencia de Dios y prueba de su existencia. Al mismo tiempo, aspiran al estado de perfección; de manera tal que puede afirmarse que el esposo se santifica amando a la mujer y la esposa se santifica amando a su marido. Los hijos, por su parte, encuentran el principio de la propia santificación en el amor de los padres.
Si todos los esposos fueran conscientes de ello, advertirían que el amor no radica sólo en la simpatía producto de la juventud y del trato físico, sino que se extiende más allá de la edad y de las atracciones porque está anclado en el espíritu y alimentado por lo Eterno. Naturalmente, ya que es participación en la vida divina, el amor no puede ser interrumpido por antojos o cambios somáticos.
Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que se alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único... Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente (Gaudium et Spes, 49).
Por
estos motivos, debe ser reconstruida y acrecentada la conciencia del matrimonio,
instituido por Dios. El mismo impone grandes obligaciones, las cuales se cumplen
si está presente el amor, clave que resuelve todos los problemas. Si
los cónyuges adoptan el amor (y no pasiones, cálculos y antojos)
hacen de su unión una forma de extender el pueblo de Dios: Ese pueblo
al que le ha sido confiada la construcción del reino de Dios, que es
Padre, en un mundo invadido por el espíritu del mal.
Como recuerda el Santo Padre, la vida conyugal -incluso cuando se la vive cristianamente- no es un camino fácil de la vida cristiana; pero es un largo camino hacia la santidad.
Es éste el altísimo objetivo, el ideal que sostiene en la empinada cuesta, que a menudo parece una subida al Calvario. La vida conyugal es el camino más común de santificación. La convivencia familiar puede, tiene que convertirse en una elaboración cotidiana de santidad, adoptando el criterio de vida cristiana. No dispone de una regla, de un ejercicio preciso de penitencias, ayunos, peregrinaciones...; pero todo ello se compensa con abundantes acontecimientos y pruebas que contienen e igualan todas las ejercitaciones ascéticas. Es una vida monacal sin celibato; una obra de Dios que transforma en liturgia el trabajo, los pesares y las renuncias de cada día.
La santificación se la alcanza en la cruz, árbol del amor; y el camino de la existencia humana es un vía crucis para todos. El cristiano lo recorre aprovechando sus sufrimientos para darle a los demás, y darse a sí mismo, la santidad (que significa una salud superior).
Las dificultades de la vida, a una familia enraizada en Dios, no la agobian; mientras que en muchos casos destruyen a las que sólo se habían basado en los intereses materiales. La unión de los cónyuges constituye su fuerza: Pero la unión que es fruto del amor... Es por lo tanto interés de ellos, terreno y celestial, amarse aprovechando pruebas, dolores y desengaños para santificarse.
En medio de las pruebas más tremendas, en el hogar está Cristo. Allí radica el secreto; la fuerza está allí. Como enseña el Concilio, Cristo va al encuentro de los esposos cristianos; se queda entre ellos para que, tal como él ha amado a la Iglesia y ha dado su vida por ella, así también los esposos se amen el uno al otro con fidelidad perpetua» (Gaudium et Spes, 48).