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«Pasando de allí Jesús
vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó
allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo
cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus
pies, y él los curó. De suerte que la gente quedó
maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban
curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron
al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos
y les dijo: Siento compasión de la gente, porque hace
ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué
comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan
en el camino. Le dicen los discípulos: ¿Cómo
hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud
tan grande?. Díceles Jesús: ¿Cuántos
panes tenéis?. Ellos dijeron: Siete, y unos pocos
pececillos. El mandó a la gente acomodarse en el suelo.
Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias,
los partió e iba dándolos a los discípulos,
y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron,
y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas. Y los
que habían comido eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres
y niños. Despidiendo luego a la muchedumbre, subió
a la barca, y se fue al término de Magadán»
(Mt 15, 29-39).
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Reflexión:
La función social de la familia no puede
ciertamente reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque
encuentra en ella su primera e insustituible forma de expresión.
Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse
a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres
y de todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar
la organización de previsión y asistencia de las autoridades
públicas. La aportación social de la familia tiene su originalidad,
que exige se la conozca mejor y se la apoye más decididamente,
sobre todo a medida que los hijos crecen, implicando de hecho lo más
posible a todos sus miembros.
Apertura solidaria a todos los hombres
como hermanos.
Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la familia cristiana
vive la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre, considerado siempre
en su dignidad de persona y de hijo de Dios. La caridad va más
allá de los propios hermanos en la fe, ya que «cada hombre
es mi hermano»; en cada uno, sobre todo si es pobre, débil,
si sufre o es tratado injustamente, la caridad sabe descubrir el rostro
de Cristo y un hermano a amar y servir. La familia cristiana se pone al
servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad aquella «promoción
humana»: otro cometido de la familia es el de formar los hombres
al amor y practicar el amor en toda relación humana con los demás,
de tal modo que ella no se encierre en sí misma, sino que permanezca
abierta a la comunidad, consiguiente en practicar la acogida del hermano
necesitado, imitando el ejemplo y compartiendo la caridad de Cristo: «El
que diere de beber a uno de estos pequeños sólo un vaso
de agua fresca porque es mi discípulo, en verdad os digo que no
perderá su recompensa» (Mt 10, 42). La injusta distribución
del bienestar entre los países desarrollados y aquellos en vías
de desarrollo, entre ricos y pobres al interior de una misma nación,
el uso de los recursos naturales a favor de unos pocos, el analfabetismo
masivo, la permanencia y el resurgimiento del racismo, el nacimiento de
conflictos étnicos y conflictos armados tienen, por lo general,
un efecto devastador sobre la familia.
El servicio a los pequeños,
débiles y pobres.
El servicio al Evangelio de la vida se expresa en la solidaridad. Una
expresión particularmente significativa de solidaridad entre las
familias es la disponibilidad a la adopción o a la acogida temporal
de niños abandonados por sus padres o en situaciones de grave dificultad.
El verdadero amor paterno y materno va más allá de los vínculos
de carne y sangre acogiendo incluso a niños de otras familias,
ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo.
Los Padres de la Iglesia han hablado
de la familia como «iglesia doméstica», como «pequeña
iglesia». «Estar juntos» como familia, ser los unos
para los otros, crear un ámbito comunitario para la afirmación
de cada hombre como tal, de «este» hombre concreto. A veces
puede tratarse de personas con limitaciones físicas o psíquicas,
de las cuales prefiere liberarse la sociedad llamada «progresista».
Incluso la familia puede llegar a comportarse como dicha sociedad. De
hecho lo hace cuando se libra fácilmente de quien es anciano o
está afectado por malformaciones o sufre enfermedades. Se actúa
así porque falta la fe en aquel Dios por el cual «todos viven»
(Lc 20, 38) y están llamados a la plenitud de la vida.
Reflexiones del sacerdote o del animador.
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