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La multitud de los creyentes
tenían un solo corazón y una sola alma y nadie consideraba
como propio lo que tenia, sino que todo estaba en común entre
ellos (Hechos 4, 32).
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Reflexión:
La Providencia.
El misterio de la providencia material en la vida cristiana siempre
ha sido de lo más insondable, porque forma parte de la manifestación
de Dios como nos ha sido revelada por Jesús: La Paternidad.
Todos
estamos afligidos por las manifestaciones materiales, los padres y madres
de familia que tienen que llegar a fin de mes, los dirigentes de asociaciones
religiosas u otros responsables que tienen que contener los gastos dentro
de los límites de sus presupuestos. Y cada día se desencadenan
revoluciones, cambios de pueblos y naciones para encontrar nuevas estructuras
económicas.
En
general en el plano de las cosas económicas, aquello que se tiene
presente es la fría ley de la competencia. La economía
es como la física, hemos sentido decir muchas veces, es como la
matemática: Tiene sus ciclos y sus recursos necesarios y determinados,
tiene sus previsiones y sus inevitables crisis. Poco se puede cambiar,
se enseña en muchos libros de economía. Nunca por el contrario
encontramos la verdadera ley que regula los acontecimientos económicos
sobre la tierra. Aquella ley que Jesús ha proclamado: Busquen
primero el Reino de Dios y su justicia y el resto se les dará por
añadidura (Mt. 6, 33). En esta ley descubrimos el misterio
de la conjunción entre lo humano y lo divino. Las leyes económicas
seguramente tienen su valor, pero si no se tiene en cuenta que existe
la Divina Providencia que regula también los hechos económicos,
no se logrará nunca comprender el por qué de muchos de los
grandes acontecimientos.
Mas
allá de la tierra, existe el Cielo. El Cielo ha prometido intervenir
para ayudar a los pequeños hombres de la tierra si ellos trataran
de mirar a Él. No es un cuento. Es la experiencia diaria de muchos
padres de familia cristianos. Es la experiencia de la Iglesia y de los
apóstoles de la caridad. Dios interviene en los hechos humanos
todas las veces que el hombre desea que Él intervenga adecuando
a esto su vida. Es una experiencia que todas las familias cristianas podemos
hacer. (P. Pascual Foresi).
Educación
para la comunión.
A
la familia se la puede ver como una comunidad de personas que educa pero
que, al mismo tiempo, aprende a educar; porque una comunidad que educa
es también, esencialmente, una comunidad que se educa. En efecto,
todos sus miembros están implicados profundamente en la comunión.
Tal comunión es:
Comunión
de bienes espirituales.
· Es importante que haya confidencia espiritual entre los esposos.
· Los padres deben mostrar apertura hacia los hijos, haciéndolos
partícipes de las cosas más profundas de la familia.
· El diálogo con los hijos no se despliega tanto en las
palabras, cuanto en la vida. Se debe ser y no sólo
estar junto a los hijos, en la actitud de quien no pretende
la confidencia y al mismo tiempo sabe acoger toda confidencia y de quien
trata de comprender las causas de su comportamiento, sus motivos, no sólo
sus efectos exteriores.
Comunión
de bienes materiales.
· Es importante que los bienes materiales de los esposos sean considerados
como bienes comunes. Toda decisión u opción (como por ejemplo
el balance familiar o las adquisiciones) tiene que ser plenamente compartida.
· Es conveniente que los padres hagan gradualmente partícipes
a los hijos de la situación económica y de la conducción
material de la familia.
· La comunión de bienes atrae a la Providencia.
· La familia cristiana busca el justo uso de sus bienes. La adhesión
al Evangelio impulsa a la familia hacia un estilo de vida en el que los
hijos se educan en la generosidad, la sobriedad, la coparticipación,
la superación de las influencias negativas del consumismo, el cuidado
de las cosas propias y de la comunidad. La caridad cristiana conduce a
la solidaridad con otras familias (por ejemplo, vecinas) e incluso, en
una perspectiva universal, con los países en vías de desarrollo,
con quienes sufren hambre en cualquier parte del mundo, etc.
En
la familia se aprende a trabajar.
· El trabajo es una actividad humana que abarca la doble dimensión
(espiritual y material) de los bienes.
· El hijo comprende el valor del trabajo viendo trabajar a sus
padres. Se debe educar para la constancia en el trabajo, con miras a superar
cansancios y aburrimientos.
· El primer trabajo del niño es el juego. Es
importante que los padres participen en el juego de su hijo y que éste
pueda jugar con sus hermanos; así los hijos aprenden a compartir,
a ganar y perder, a actuar juntos. La emulación puede ser estímulo
para el crecimiento.
· Es bueno que los hijos, ya de pequeños, aprendan a hacer
algunos trabajos. De este modo gradualmente experimentarán la gratuidad
de un servicio hecho al otro por amor, tomarán conciencia de que
la ganancia está vinculada al trabajo y de que cualquier trabajo
honesto, aunque sea humilde, tiene un gran valor si se lo realiza como
un acto de amor.
Reflexiones
del sacerdote o del animador.
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