En la familia la vida se personaliza y adquiere un caracter único, irrepetible y valiosísimo. Cada vida es una persona que tiene un valor incalculable. En la multitud se pierde la nocion del valor único de cada persona y comienza a pesar el número.

Cuando leemos las noticias nos alarmamos si un accidente costó la vida de un alto número de personas, pero nuestra actitud y sentimiento varía totalmente si dentro de ese número, grande o pequeño, estaba un familiar o un amigo nuestro.

En una época marcada por una fuerte tendencia antivida, en la que proliferan prácticas abortistas y antinatalistas, debe despertar en las familias el amor y el respeto a todas las formas que asume la vida como don de Dios. Decir que la familia debe ser un “santuario de la vida” significa que ésta tiene un carácter sagrado, precisamente por ser un don de Dios, El cual es el Único que tiene derecho a disponer de Su creación. “En el deber de transmitir la vida humana y educarla, lo que hay que considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes” (GS 50).

Es necesario ayudar a la familia a redescubrir el carácter sagrado que tiene toda forma de vida e incentivarla para que sea una fuente inagotable de pujante vida nueva. Por eso se nos dice que la familia está llamada a ser “como el santuario de la vida” (CA 39), servidora de la vida, ya que el derecho a la vida es la base de todos los derechos humanos. Este servicio no se reduce a la sola procreación, sino que es ayuda eficaz para transmitir y educar en valores auténticamente humanos y cristianos (SD 214). La familia cumple con su misión al engendrar nueva vida y educarla para que llegue a su plenitud.

Departamento de Pastoral Familiar de la Arquidiócesis de Santiago de Chile.