El hombre no nace, se hace. Se hace con aquello que sí nace, esa textura genética que lo configura y que no es más que materia prima (*). El hombre es la modelación de sí mismo. Escultor y escultura. Miguel Ángel esculpe piedras, mármoles. Pero la vida de Miguel Ángel, en sí, es una obra que nunca termina de modelarse.
Eso somos. Porque somos entre otros. Nacemos y ahí están los otros. Yo soy el otro de otro. Interactuamos, inter-crecemos, inter-venimos.
Por más que uno se proponga, como tantos posmodernos declaran con aire de grandeza redentora, no intervenir en la vida de los hijos, en el mero hecho de estar junto a ellos y de ser percibido ya se está interviniendo. No es necesario siquiera que le hable, ya está influyendo por medio de sus otros diálogos. Estamos, somos, influimos, los unos sobre los otros.
Hay una bella página de William Faulkner, de su libro Absalón, Absalón que describe esta situación en una imagen memorable: «Uno nace y ensaya un camino...; lo que sucede es que nacemos junto con muchísimas gentes, al mismo tiempo, todos entremezclados; es como si uno quisiera mover los brazos y las piernas por medio de hilos, y esos hilos se enredasen con otros brazos y otras piernas... y es como si cuatro o cinco personas quisieran tejer una alfombra en el mismo bastidor; cada uno quiere bordar su propio dibujo.»
Eso que uno quisiera se entrama y complica con los hilos de las otras voluntades que se trenzan con la mía. Nos influimos. El mito más falso y absurdo de este siglo fue, y para muchos sigue siendo, en cuanto a vigencia:
¡Que los chicos crezcan solos!
Una broma. Triste broma. La mínima verdad enseña que se nace y
se crece a la sombra de otros que ahí están con nosotros, antes
que nosotros. Nuestros hijos, los actuales jóvenes, advinieron, como
todas las generaciones, a un mundo que -para seguir con Faulkner- es un amplio
bastidor de valores y de modelos. Y cuando quisieron ensayar el propio dibujo
terminaron haciendo, por cierto, el dibujo ajeno, el aprendido de padres, calle,
televisión, políticos, los otros, todos los otros.
La pregunta por tanto, para ir al grano, no es: ¿Viste cómo es
la juventud actual? -con supina admiración e inocencia-. Sino: ¿Viste
lo que hicimos, nosotros, todos los otros que somos nos, para que la juventud
actual sea como es?
Qué hacer
La sociedad, la totalidad de los otros, así la cinceló, y así
salió. El tema no es para llorar ni para fustigarse el pecho con gemibunda
mea culpa.
No. El tema es preguntarse qué hacer para que los jóvenes no sean como son. Valores. Palabra que nos inunda por todos los resquicios de la realidad, cuando ésta amenaza con vagos naufragios. Valores. Y se habla de valores. Y eso es lo primero que hay que dejar de hacer: Hablar. Tiempo es de modelar valores. Los valores existen sólo y tan sólo en las acciones, y éstas no necesitan de palabras (**). La Madre Teresa nunca, creo, dio lecciones de axiología (ciencia de los valores). Dio, sí, lecciones de vida. En cada uno de sus actos y en todas las horas de su día.
A nadie se le pide que sea de la altura espiritual del modelo citado. Pero si se le pide que sepa que, quiéralo o no, está modelando. En el doble sentido del término: a) es un modelo de vida que se muestra a los otros y, en particular y con especial influencia, a los jóvenes; b) ese modelo -positivo o negativo- al influir, está modelando, dando forma, a otras vidas.
A los padres suelo decirles:
-Todo programa de televisión que usted considere inadecuado para sus
hijos, ante todo deje de verlo usted.
Así de sencillo. Eso es un modelo. A nadie se le pide que cruce los Andes a caballo. Los valores formadores del bien no radican ni en la grandilocuencia ni en cúspides inaccesibles. Aparecen en la vida cotidiana de cada cual. Su vida de esfuerzo, trabajo, constancia, disciplina, es un modelo. Eso educa. Si sugiere que lo mismo da estudiar que no estudiar, o que repetir el año no es nada trágico, también educa, pero hacia el lado opuesto, el negativo.
Y estacionar frente al cartel que lo prohíbe, también educa.
Si usted lee un libro, usted educa. Si llora de dicha o de rabia porque Boca
salió campeón también educa.
Usted no lo sabia: usted siempre educa, siempre, implacablemente siempre.
Sugiero que abandonemos las grandes teorías y las trasnochadas polémicas.
Hay que empezar por casa. Ejercitarse. Aerobismo de valores. Por ejemplo, quedarse un fin de semana en casa y demostrar-se y mostrar que también en casa uno puede disfrutar del ocio, con los otros, sin recurrir a diversiones envasadas.
Sé que es mucho pedir, pero por algo hay que empezar. Podría inventar más ejemplos, pero no debo abusarme del lector y provocar su enojo. Sugiero solamente que éstos no son tiempos de heroísmos gloriosos. El heroísmo, hoy, es de todos los días, de todos los hombres. Todos somos, para bien o para mal, modelos de valores...
Aspiremos, como decía Píndaro, al campo de lo posible. Y educar con ejemplos de valores positivos es posible. Y ahí el protagonista es usted, yo, nosotros.
Jaime Barylko,
ex decano de la Facultad de Humanidades de Maimónides.
(*) El autor quiere expresar aquí la necesidad de nuestra acción libre y responsable para configurar nuestra personalidad, lo cual en buena filosofía cristiana sólo puede ser de acuerdo con las exigencias de la naturaleza humana, que debemos reconocer como dada ya en acto en el mismo instante de la concepción (en ese sentido sí, el hombre «nace»), sin poder reducirla tampoco a mero «bagaje genético» (Nota del Equipo de Redacción).
(**) El autor insinúa aquí un serio error filosófico, puesto que los valores no existen sólo en las acciones, sino ante todo en los seres (y también en las ideas). Además, el testimonio de las acciones necesita a menudo de las palabras para poder ser comprendido (Nota del Equipo de Redacción).