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Tú mis riñones
has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; yo te doy
gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras.
Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban,
cuando era yo formado en lo secreto, tejido en las honduras de la
tierra. Mi embrión tus ojos lo veían; en tu libro
están inscritos todos los días que han sido señalados,
sin que aún exista uno solo de ellos (Sal 139,13-15).
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Reflexión.
Don
para los padres.
¿Es verdad que el nuevo ser humano es un don para los padres? ¿Un
don para la sociedad? Aparentemente nada parece indicarlo. El nacimiento
de un ser humano parece a veces un simple dato estadístico. Ciertamente,
el nacimiento de un hijo significa para los padres ulteriores esfuerzos,
nuevas cargas económicas, otros condicionamientos prácticos.
Estos motivos pueden llevarlos a la tentación de no desear otro
hijo. En algunos ambientes sociales y culturales la tentación resulta
más fuerte. El hijo, ¿no es, pues, un don? ¿Viene
sólo para recibir y no para dar? He aquí algunas cuestiones
inquietantes, de las que el hombre actual no se libra fácilmente.
El hijo viene a ocupar un espacio, mientras parece que en el mundo cada
vez haya menos. Pero, ¿es realmente verdad que el hijo no aporta
nada a la familia y a la sociedad? ¿No es quizás una partícula
de aquel bien común sin el cual las comunidades humanas se disgregan
y corren el riesgo de desaparecer? ¿Cómo negarlo? El niño
hace de sí mismo un don a los hermanos, hermanas, padres, a toda
la familia. Su vida se convierte en don para los mismos donantes de la
vida, los cuales no dejarán de sentir la presencia del hijo, su
participación en la vida de ellos, su aportación a su bien
común y al de la comunidad familiar. Verdad, ésta, que es
obvia en su simplicidad y profundidad, no obstante la complejidad, y también
la eventual patología, de la estructura psicológica de ciertas
personas.
Duda y perplejidad.
El progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo
acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla
solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino que
también promueve una angustia cada vez más profunda ante
el futuro. Algunos se preguntan si es un bien vivir o si sería
mejor no haber nacido; se duda de si es lícito llamar a otros a
la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un
mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan
que son ellos los únicos destinatarios de las ventajas de la técnica
y excluyen a los demás, a los cuales imponen medios anticonceptivos
o métodos aún peores. Otros todavía, cautivos como
son de la mentalidad consumista y con la única preocupación
de un continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender,
y por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality),
un cierto pánico derivado de los estudios de ecólogos y
futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el
peligro que representa el incremento demográfico para la calidad
de la vida.
Sí a la vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil
y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.
Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia
está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir
el esplendor de aquel Sí, de aquel Amén
que es Cristo mismo (Cfr. 2Co 1,19; Ap 3,14). Al no que invade
y aflige al mundo, contrapone este Sí viviente, defendiendo
de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.
La Iglesia manifiesta su voluntad de promover con todo medio y defender
contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase
de desarrollo en que se encuentre. Por esto condena, como ofensa grave
a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los
gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar
de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre
los hijos.
Reflexiones
del sacerdote o del animador.
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