Ficha Nº 11
Dios nuestro Padre
Canto inicial.
Oración del Padre Nuestro.
Lectura de la Biblia:

«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.» (Juan 15, 9-15).

Reflexión:
Dios nuestro Padre nos ha creado con una finalidad: que vivamos por siempre en su compañía como hijos suyos, glorificándolo y gozando eternamente de su Bondad infinita. Con ese fin nos ha dado este cuerpo, esta alma, este corazón y esta mente, en una palabra, todo nuestro ser. Que somos «humanos» y «personas» quiere decir, en definitiva, que toda nuestra realidad material y espiritual está marcada íntimamente por ese especialísimo sentido, esa finalidad, esa tendencia a la Meta que es la Vida Eterna, que el Creador ha impreso en nuestra naturaleza. Y que todo hombre puede experimentar y experimenta de hecho como el deseo de la felicidad, según aquello de San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti».

La ley moral no es ni puede ser otra cosa que el «señalador» que nos marca el camino por el cual esa tendencia de nuestro ser profundo a la felicidad puede efectivamente alcanzar su objetivo. Un «señalador» que curiosamente, al mismo tiempo que expresa lo más profundo de nuestro ser y de nuestros deseos, no depende de nosotros, sino del Plan eterno del Creador y Redentor, anterior a nuestra misma existencia. Y que sin embargo, requiere todo nuestro compromiso libre y responsable para poder guiarnos hasta la meta. Tanto lo requiere, que lo exige absolutamente y así es que experimentamos, junto con todos los seres humanos, el hecho de la obligación moral, la llamada irrenunciable del bien, de los valores, mediante la voz de nuestra conciencia, que exige absolutamente nuestra respuesta libre. Y que podríamos expresarla así: Dios es firme, inamovible, no cambia ni puede cambiar, en su voluntad de llevarnos a nuestra plenitud en Él.

La lectura de ese «señalador» es tarea de la razón y la fe: Ambas juntas deben leerlo en la estructura misma de nuestro ser personal y humano, que lleva en sí mismo, naturalmente, y sobre todo, leído a la luz de la Revelación, la impronta imborrable del Plan eterno de Dios.
Desde la fe en Cristo sabemos así que esta ley moral es la ley del amor: Es por amor que Dios nos ha creado y nos ha redimido en la sangre de su Hijo, y así, la respuesta libre y amorosa de parte nuestra es el único sentido posible de nuestra existencia, a lo que se ordena todo lo otro que Dios nos ha dado. La «obligación moral» viene a ser entonces, en definitiva, la exigencia absoluta de amar, que el amor inefable que Dios nos tiene plantea a nuestra libertad. Y esto vale de un modo u otro para todos los hombres, pues todos, lo sepan o no, han sido creados por la Santísima Trinidad y por todos ha derramado su sangre el Hijo hecho hombre, en la Cruz.

Una de las pautas que ese «señalador» nos marca como irrenunciables, desde la misma constitución natural de nuestro ser, es la «socialidad» o «sociabilidad» de nuestra naturaleza de personas humanas. Nadie puede vivir humanamente en soledad absoluta. Desde el comienzo de nuestra existencia estamos implicados en relaciones interpersonales, como que venimos justamente de la relación entre nuestros padres. Ni siquiera seríamos capaces de hablar si no nos hubiesen enseñado otras personas.

Esto quiere decir que junto con la relación con Dios, con nosotros mismos, y con el resto de la Creación, la relación con los demás seres humanos es una parte esencial del camino que debemos recorrer en nuestra vida, y por tanto, la ley moral, natural y evangélica, nos marca entre otras cosas también nuestros deberes respecto del prójimo.

En este caso, esos deberes hacen surgir los correspondientes «derechos» de la otra parte. Los «derechos» que tenemos los seres humanos proceden de los deberes en que otros seres humanos incurren ante nosotros, por el hecho, ante todo, de que nosotros somos seres humanos como ellos. Nuestra época se gloría de haber finalmente definido y aprobado la Declaración de los Derechos Humanos. Pero dicha Declaración corre el riesgo de quedar como letra muerta si no se le da el fundamento apropiado, que a la luz de la razón y de la fe podemos expresar así, sintetizando un poco todo lo dicho más arriba: Todo ser humano debe ser reconocido activamente por sus semejantes como persona, creada por Dios en orden a participar de la misma vida divina, y no subordinable, por tanto, a ninguna otra realidad creada, sino sólo a Dios mismo.

Es desde este contexto que queremos reflexionar, en la ficha siguiente, sobre el derecho a la vida.

Reflexiones del sacerdote o del animador.

Diálogo:

  • ¿Hay alguna relación entre nuestro deseo de realizarnos como personas y los mandamientos de Dios? En caso afirmativo: ¿en qué se fundamenta esa relación?
  • ¿A qué se debe que los seres humanos tengan derechos?
  • ¿Porqué solamente el ser humano, entre todos los seres vivos de nuestro planeta, es sujeto de derechos?
Compromisos.
Ave María.
Canto final.

Autor: Licenciado en Filosofía Néstor Martínez.