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Esposo, padre de 4 hijos, |
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Por Igino Giordani |
No se engañen, hermanos míos, quien traiciona a la familia no recibirá en herencia el reino de Dios. Así enseñaba uno de los primeros Padres de la Iglesia, san Ignacio de Antioquía, en una carta escrita a los efesios, mientras era llevado al martirio.
En la encíclica Sertum Iaetitiae, dirigida por Pío XII al episcopado de los Estados Unidos (el 1º de noviembre de 1939) se trata el tema de la familia cristiana considerándola corno el órgano principal en función de formar un pueblo perfecto. Para ello la familia debe ser fiel al principio de la unidad y de la indisolubilidad, contra el que atenta el creciente mal del divorcio.
Entre los motivos que el Papa enumeraba para condenar la guerra, incluía la destrucción de la familia debido a la separación de los cónyuges, los sufrimientos de las madres y de los jóvenes, la miseria económica, las alteraciones morales. El conflicto, ya en 1942 suscitaba detrás del frente de guerra... en todo el mundo, otro enorme frente de familias angustiadas y heridas.... La guerra amenazaba con llevar a las nuevas familias a la ruina en el campo físico, económico y moral. Fue por ello que ese año Pío XII se dirigió «a los que rigen las naciones», con una palabra de dura advertencia: La familia es sagrada; es la cuna no sólo de los hijos, sino también de la nación... ¡No se desvíe la familia de la altísima finalidad querida por Dios!.
El amor exige fidelidad. La moral cristiana condena el adulterio, el abandono, el divorcio. Marido y mujer han llegado a ser uno, frente a Dios y a la Iglesia: No pueden separarse, es contrario a la ley de Dios y de la Iglesia.
Los divorciados se dejan a menudo fascinar por un pseudo amor, que divide y aleja, dejando abandonadas criaturas inocentes.
La familia sana educa integralmente a las personas;
alimenta cuerpos y eleva almas. El divorcio, de por sí, no tiene en cuenta
la exigencia de los hijos.
Salvar la unidad es salvar la fuente de vida, sobre todo hoy que se está
organizando una frenética industria de la muerte.
Si novios y esposos se dan cuenta del valor del
matrimonio han salvado la razón de ser de su existencia; y producirán
esa salud social mayor que se llama santidad.
La santidad es fuerza contra las dificultades de la existencia, es alegría
contra el aburrimiento del cansancio, de las incomprensiones, de las miserias.
Es una vida divina que supera todas las debilidades de la vida humana.