El objetivo de la familia se ensancha cada vez más. En la medida en que la familia se convierte en un solo cuerpo con la Iglesia, le interesa todo lo que sucede en la sociedad; descubre que existe una aportación que sólo ella puede dar, que su ser Iglesia la hace capaz y dispuesta a dar la vida también al mundo.
Así se hacen nuestros todos los dramas que existen el día de hoy. Y los hijos son a menudo camino privilegiado para conocerlos de cerca y para buscar, a través de ellos, intentos de respuesta. Pensamos en las diversas formas de soledad: El hijo de padres separados o demasiado atareados, la anciana vecina, la madre que duda de proseguir su embarazo, el menor que no puede dejar el instituto porque no se encuentra una familia que lo acoja durante algún tiempo, el extracomunitario con su mercancía desplegada en la acera o que llama a la puerta de casa, el enfermo de sida, el drogadicto, el pordiosero...
La experiencia nos muestra que las soluciones con frecuencia existen, pero que hay que buscarlas una por una, interpelándonos como familias, promoviendo acciones de voluntariado y aprendiendo a dialogar con las instituciones. A menudo hay mucha distancia entre las necesidades y los recursos: Es preciso que alguien haga de puente, que acerque ambas orillas. La familia lo puede hacer. De acuerdo, no todos podemos hacerlo todo o hacer de todo. Pero todos, como individuos o juntos, debemos sentirnos interpelados por el mandato que nos hace mirar mas allá de nuestro círculo familiar para descubrir nuestro ámbito de compromiso. Dependerá también de las circunstancias, bajo las cuales el cristiano aprende a captar el impulso de la llamada de Dios, a ser como él don para cada hombre, más allá de toda frontera.
Hoy los medios de comunicación han reducido las distancias. En vez del ágora tenemos la aldea global. Sin embargo, paradójicamente, el surco entre el norte y el sur se hace cada vez más profundo. Junto a la solidaridad de los vecinos, de la parroquia, de la ciudad, hay necesidad de una solidaridad mundial.
También nosotros somos testigos de ello y, en parte, actores, por la oportunidad de haber conocido un día algunos voluntarios que colaboran en proyectos de desarrollo en beneficio de la infancia de países subdesarrollados. Colaboramos de diversas maneras. Mediante una forma de solidaridad a distancia, logramos seguir ahora a más de 8.500 menores por todo el mundo, pero todo comenzó cuando nos sentimos parte de un único cuerpo con la Iglesia-humanidad.
Al anunciar que el año 1999 sería el «Año del anciano»,
la ONU define la familia así: «Primer recurso, último refugio».
El envejecimiento de la población que se ha registrado en los
últimos tiempos -se habla de un aumento de las expectativas de vida en
torno a los 20 años con respecto al inicio del siglo- es un desafío
ulterior a la familia.
Si con docilidad entramos en los rasgos de su proyecto originario, descubrimos
que en ella es normal salir al paso de las necesidades tanto de quien aún
no es productivo como de quien ya no lo es; porque en una familia es natural
vivir para el otro, hacerse cargo de quien no está bien, dar acogida
al recién nacido al igual que al anciano y al enfermo terminal. Siempre
en el designio originario, es espontánea la solidaridad, la fidelidad
a la propia familia.
Pero
no siempre es así. El impulso de los nuevos núcleos familiares
hacia la autonomía con respecto a las familias de origen los lleva a
estar cada vez más solos, frágiles, expuestos a peligros. A menudo
recurren a los padres sólo en caso de hijos pequeños y de trabajo
de ambos fuera de casa. Llega de forma inevitable el momento en que la tendencia
se invierte. A veces bruscamente, los «jóvenes», tal vez
ya no tan jóvenes, se ven llamados a hacerse cargo de quien los ha precedido.
Cuando los hijos son varios (son afortunadas en este caso las familias numerosas)
el esfuerzo se puede subdividir entre los diversos núcleos familiares.
Es más difícil en el caso de dos hijos únicos casados entre
sí, sobre los que recae exclusivamente el esfuerzo de los cuatro padres
ya ancianos. Sin contar los posibles tíos y tías sin hijos propios.
Pero todo eso se podría realizar si la familia existe, si la familia aguanta. Entonces el amor en que se funda la transforma en un recurso humano y social extraordinario, sujeto social, interlocutor interactivo de las estructuras.
Dios creó a la familia como signo y tipo de toda otra forma de convivencia humana. Sabemos que en la familia hay semillas de grandes valores humanos. Estas semillas, proyectadas y aplicadas a la sociedad pueden transformarla en una gran familia. En el mundo existen estructuras e instituciones a nivel local, nacional, supranacional: Ministerios, hospitales, escuelas, bancos, asociaciones, organismos diversos. Es preciso humanizar estas estructuras, darles un alma, de modo que el espíritu de servicio alcance la intensidad, la espontaneidad y el impulso de amor a la persona que se respira en la familia.
Aquí se aprecia la importancia de una espiritualidad de la familia y para la familia, no sólo para que exista, sino también para que sea cada vez más, en su realidad, una respuesta al proyecto originario de Dios, y por ser tal, un paradigma de cualquier otra forma de humanidad asociada.