Ficha Nº 13
La familia, célula de la sociedad
Canto inicial.
Oración del Padre Nuestro.
Lectura de la Biblia:
«Bajó con ellos a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lucas 2,51-52).

Reflexión.

El Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso nacer de una mujer y formar parte de una familia. Siendo el Creador del cielo y de la tierra, vivió sujeto a sus padres, haciendo en su naturaleza humana la experiencia de todo niño o niña que crece y aprende bajo la guía de sus mayores. Progresó así en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres, no solo, sino en estrecha dependencia de María y José. Al hacerlo de ese modo, proclamó con su vida misma, antes incluso de comenzar su predicación pública, el Evangelio de la familia.
La familia es la célula de la sociedad humana. Esto quiere decir que lo fundamental en una sociedad humana son los ciudadanos, y que éstos nacen de la unión de un hombre y una mujer. Esa unión no puede ser simplemente algo pasajero y casual, porque el ser humano que viene al mundo necesita ante todo pasar por un largo proceso educativo, para poder llegar a ser un adulto. Y para eso necesita de sus padres, es decir, necesita que ellos permanezcan unidos entre sí y con él para brindarle eso que sólo la familia puede brindar a la persona humana.

Ninguna otra institución puede sustituir a la familia en esa tarea, pues sólo la familia afronta y debe afrontar el momento crítico de la formación de la personalidad del nuevo ser humano, que según la psicología se ubica en los primeros años de su existencia. ¡Pensemos cuántos más y más graves y terribles serían los traumas y los problemas de personalidad si los niños fuesen criados en dependencias del Estado por funcionarios públicos! Lo que los padres tienen que trasmitir al hijo es absolutamente todo, es decir, cómo ser humano en general: comparadas con ellos, todas las otras instituciones educativas son en cierto modo especialistas, que necesariamente construyen sobre el cimiento puesto, mejor o peor, por los padres.

El Estado supone la existencia de sus miembros, pero no los engendra. Sólo la familia engendra la vida humana. Y no solamente la engendra en sentido físico, sino global: moral, espiritual, humano, en el sentido ya dicho arriba. La familia es por ello anterior al Estado y por eso el Estado debe respetarla en su naturaleza y derechos propios. Más aún, debe promoverla y defenderla, porque la familia es el semillero de los miembros del mismo Estado y dañar o descuidar a la familia es dañar y descuidar a la Nación misma.
El totalitarismo estatal ha mirado siempre con desconfianza a la familia y ha tratado de someterla, subyugarla e incluso destruirla de múltiples formas. Para el totalitarismo, todo baluarte de independencia, dignidad y libertad dentro de la sociedad misma es una amenaza a su afán de dominio absoluto, material, moral y espiritual de los ciudadanos, es decir, de los esclavos. Incluso no sería extraño que muchas de las campañas anti-familia que hoy día azotan nuestra cultura estuvieran promovidas por ideologías totalitarias que buscan en última instancia convertir a la humanidad en un dócil rebaño dirigido por un grupo de iluminados.

Sería erróneo en ese sentido atribuir al marxismo la exclusividad de esta oposición totalitaria al gran bien natural de la familia. Es de la cuna del «neoliberalismo» que nos ha venido a visitar en los últimos días, por ejemplo, una embajadora de la muerte, que encima ha tenido la frescura de disfrazarse de «católica». Esta llamativa coincidencia da incluso para pensar si habrá tanta distancia y oposición entre ambos «ismos», que en el tema del aborto, por ejemplo, aparecen íntimamente consustanciados y unidos en su lucha contra la vida.

Los católicos, lamentablemente, desconocemos muchas veces las enseñanzas de la Iglesia respecto de la familia, así como en general el contenido de la fe que profesamos. Eso lleva consigo el riesgo de que seamos zarandeados para aquí y para allá por toda clase de doctrinas, principios, criterios, que al final están en contraste con las enseñanzas de Jesucristo y de la Iglesia, y por tanto, con el verdadero bien de la persona, la familia y la sociedad.

María Santísima, que convivió cotidianamente con el Verbo Encarnado, «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón». Esa continua meditación y contemplación de la Palabra encarnada le dio fuerzas para permanecer al pie de la Cruz cuando muchos otros ya habían huido. La Virgen nos da ejemplo de cómo debemos aprovechar nuestro tiempo en la meditación de la verdad cristiana y católica para que podamos ser de verdad, con la ayuda de la gracia de Dios, testigos del Evangelio de la familia.

Reflexiones del sacerdote o del animador.

Diálogo:

  • ¿Dedicamos al estudio de la doctrina católica (por ejemplo, el Catecismo...) al menos la cuarta parte del tiempo que dedicamos a mirar en la TV programas inspirados muchas veces en principios anticristianos?
  • ¿Tenemos el coraje de defender la visión cristiana del hombre, la familia y la sociedad cuando delante nuestro se los ataca más o menos abiertamente?
Compromisos.
Ave María.
Canto final.

Lic. Néstor Martínez.