FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


LA CULTURA CATÓLICA

EN LAS UNIVERSIDADES CATÓLICAS NORTEAMERICANAS

 RENACIMIENTO - SECULARIZACION - BALANCE

 

Walter Redmond

Austin, Texas, E.U.A.

V Encuentro Internacional de Centros de Cultura, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, México, 5-7 de junio; Pontificium Consilium de Cultura, Encuentro de los Presidentes de las Comisiones Episcopales de Cultura de las Conferencias Episcopales de América, 6 de junio de 2001.

 

Quiero agradecer al doctor Jorge Navarro por invitarme a hablar con ustedes sobre un tema tan importante: los recientes cambios en las universidades católicas en los Estados Unidos y las distintas actitudes que se van formando a partir de ellos. Pues creo que este recuento nos puede dar indicios de cómo le irá a la cultura católica dentro de la cultura circundante con la que actúa recíproca e íntimamente.

Lo que diré se aplica en primer término a la experiencia de la iglesia norteamericana, pero espero que sea sugerente para el catolicismo en América Latina (al final haré breve alusión a la situación iberoamericana) y tal vez para el de otras partes del mundo. Quiero reseñar lo que se está escribiendo ahora sobre la educación superior estadounidense ¾ tanto protestante como católica¾ desde el punto de vista de la religión.

Los tres momentos

 La historia de la iglesia católica y de sus universidades en los Estados Unidos acusa tres momentos importantes que quiero comentar: un renacimiento católico, una reacción contra este renacimiento y un balance más reciente. El renacimiento comenzó en los años veinte y duró hasta los sesenta. Fue un florecimiento de la cultura católica que sus partidarios vieron como un "retorno del desierto", una "nueva cristiandad", una "contracultura" que ellos contrapusieron a las ambigüedades de la cultura moderna. El contenido intelectual de esta renovación católica se desarrolló principalmente en las universidades católicas del país.

En los años sesenta la reacción progresista puso rápido fin al renacimiento. Uno de los fenómenos más significativos de esta reacción fue una secularización, en diversos grados, de las universidades católicas. Es decir, las universidades alteraron su carácter específicamente católico después de liberarse de la superintendencia de la iglesia y de asimilarse a la cultura académica general. Los responsables de estos cambios desprestigiaron la mentalidad del renacimiento anterior como un "gueto" católico, un "remanso (backwater)" de entusiastas aislados de la cultura norteamericana que se refugiaban nostálgicamente en una mítica visión de la Edad media. Al mismo tiempo, criticaron el nivel académico de la educación superior católica, considerándolo como reflejo del triste estado de la vida intelectual de la iglesia. Y pensaron que la liberación de la hegemonía de la iglesia significaba que la universidad católica había llegado a la "mayoría de edad". Sin embargo, la secularización misma ha causado otros problemas que todavía no han encontrado solución. En efecto, se habla hoy de una gran crisis en la vida intelectual de la iglesia en los Estados Unidos

Toda la reciente historiografía subraya que en el tiempo de la reacción, en los años sesenta y setenta, tuvo lugar un "gran viraje" en la iglesia, "un movimiento revolucionario" que produjo "un nuevo catolicismo". Sin embargo la iglesia estadounidense no fue lo único que sufrió cambios alrededor de 1970. Pues ocurrió entonces un cataclismo internacional que causó trastornos en el mundo entero— en la sociedad, moralidad, política, religión...

Por cierto, el aspecto político de estas transformaciones ha menguado, sobre todo después del declive del comunismo; pero en los Estados Unidos, en otros aspectos ¾ en lo que concierne a los valores tradicionales de la persona, la familia y la comunidad¾ las innovaciones son cada vez más extensas y radicales, y los legisladores las encarnan, siempre en mayor medida, en una nueva legislación. Los cambios que se han introducido y ¾ como parece¾ se han de introducir se asocian con lo "políticamente correcto (political correctness)" y constituyen una nueva moralidad, una verdadera metamorfosis de la sociedad.

Naturalmente, se ha producido un choque entre los que quieren retener los valores tradicionales y los que quieren transformarlos. No sin razón se habla actualmente de una guerra cultural en nuestro país. En ambos lados hay cristianos, y las amargas divisiones están dividiendo a las iglesias. Específicamente en la iglesia católica existe una polarización fuerte entre "tradicionalistas" y "progresistas", y un área significativa de la disputa atañe a la secularización de las universidades católicas.

El tercer momento que mencioné arriba es un balance inédito, una nueva actitud con respecto al renacimiento católico y a la reacción opositora, y que refleja la defensa general de los valores tradicionales. Es una especie de resaca que critica la crítica progresista del renacimiento y evalúa positivamente la idea y el ideal de fomentar la cultura católica. También cuestiona si la secularización de las universidades católicas fue necesaria o deseable, sobre todo ahora, cuando la faz oscura de la cultura moderna parece más antitética a la cultura católica.

Muchos católicos —y protestantes— lamentan ahora la pérdida del contenido religioso que era un motivo principal de la fundación de sus universidades y se preguntan si es posible alguna recuperación de ese contenido. La fundación Lily proveyó fondos en los años noventa para apoyar reuniones anuales de las universidades denominacionales del estado de Texas, precisamente para reflexionar sobre las incógnitas ocasionadas por la secularización y sobre posibles remedios para estos problemas. En cuanto al catolicismo, es interesante que la nueva conciencia ya está proponiendo y llevando a cabo soluciones para la crisis de la educación católica.

En la iglesia estadounidense del siglo XX, pues, podemos divisar —y estos son los tres desarrollos que quiero comentar: una tesis, por así decirlo, el renacimiento de la cultura católica tradicional visto por sus proponentes como alternativa a la cultura moderna; una antítesis alrededor de 1970, la reacción secularizadora vista por sus partidarios como una llegada a la edad adulta—y, sobre todo desde los años noventa, los comienzos de una síntesis, una fresca toma de conciencia.

El choque con la modernidad

 Antes de examinar el sentido de estos desarrollos con más holgura, veamos brevemente cómo el "modernismo", visto como una amenaza para el cristianismo tradicional, afectó al protestantismo y al catolicismo en los Estados Unidos.

Las principales universidades norteamericanas se fundaron bajo el patrocinio de las iglesias protestantes, pero han padecido un proceso largo y gradual de laicización y secularización. Entiendo "laicización" aquí como el proceso en que los representantes de la iglesia que ha patrocinado la universidad entregan la dirección de la misma a una regencia secular, y entiendo "secularización" como la eliminación de la religión como componente "oficial" de la vida universitaria.

En las últimas dos décadas del siglo XX el impacto del espíritu moderno (representado por figuras como Kant, Renan, Nietzsche, Marx y Darwin) produjo una polarización entre los protestantes conservadores que lo resistían y los liberales que se acomodaban a él. Los liberales generalmente consiguieron dominar las universidades y excluyeron a los conservadores o "evangélicos" (también excluyeron a los católicos, por cierto). Las iglesias conservadoras que perdieron fundaron sus propias universidades. Los liberales que ganaron se desvivían por complacer a sus colegas seculares, traduciendo su fe a un lenguaje que supuestamente éstos entenderían y buscando los "valores cristianos" en las humanidades y ciencias sociales que cultivaban sus compañeros menos piadosos. Pero éstos perdieron el interés en las diatribas teológicas y se dedicaron más a sus propias especialidades (siempre más estrechas) y a sus currícula vitae. En la contratación de nuevos profesores, los requisitos, religiosos al principio, eran siempre más vagos; al principio los profesores tenían que ser, por ejemplo, metodistas¾ pero después sólo tenían que ser evangélicos, más tarde sólo cristianos, después sólo religiosos, luego sólo sanos (wholesome) y, finalmente, sólo bien dispuestos a los "objetivos de la universidad".

Las universidades rompieron el vínculo con las iglesias que las habían fundado en cuanto pudieron sobrevivir sin su apoyo económico (fondos alternativos fueron la benefacción filantrópica, contribuciones de los exalumnos y subvenciones del gobierno). En poco tiempo, la laicización, la liberación del patrocinio de las iglesias, fue seguida por la secularización, y desde los años 1960 hasta la religión de los liberales está excluída de las universidades, donde el secularismo reina como única perspectiva académica válida; se trata, en efecto, de un "establecimiento del descreimiento" que discrimina contra la religión.

En las universidades católicas y protestantes la secularización difería de varias maneras. La mayoría de las universidades protestantes se independizaron de sus iglesias antes que las católicas (antes de mediados del siglo XX) y el proceso de cesión tardó mucho más tiempo (desde principios del siglo). También, en el caso de los protestantes, la pérdida de sus universidades fue acompañada por un sentimiento de pesar. Los católicos, en cambio, secularizaron sus universidades rápidamente (en menos de veinte años), y al parecer fueron los únicos en alabar la secularizacion como ideal y ver un claustro universitario católico como desventaja.

Los católicos han patrocinado más universidades (más de doscientas) que cualquier otro cuerpo religioso en los Estados Unidos. Antes de la guerra civil se fundaron treinta y ocho (número superado sólo por los metodistas), y setenta y seis desde 1920 (sólo treinta y dos universidades protestantes aparecieron en este tiempo). La universidad católica formaba parte del sistema educativo católico que los inmigrantes, frecuentemente perseguidos en Europa por su religión, construyeron para garantizar que su fe siguiera viviendo en sus hijos. El sistema como conjunto entró en crisis alrededor de 1970 (en los años siguientes fracasó, en promedio, una universidad católica cada semana), pero, más recientemente, los colegios católicos han cobrado nueva vida, debido no sólo al deterioro de los colegios públicos (causado sensiblemente por los cambios en la estructura de la familia alrededor de 1970) sino también a un renovado interés en la cultura católica.

A principios del siglo XX, el reto inmediato de la iglesia en la educación fue remediar el desfase entre su sistema escolar y el del estado. Prácticamente esto significaba distinguir "universidad" de "colegio". Antes, el término "college" incluía la escuela secundaria (como "colegio" en español), pero después, conforme a la costumbre norteamericana, se limitó al nivel universitario. El proceso de acomodarse a las normas nacionales continuó por todo el siglo, acelerándose durante las dos guerras mundiales, y la secularización de las universidades católicas alrededor de 1970 puede verse como un aspecto —ideológico— del proceso.

El espíritu moderno también afectó a la iglesia católica en los Estados Unidos, pero las consecuencias fueron distintas, en comparación con el protestantismo. Alrededor de 1900 estallaron dos controversias que tenían que ver con la relación entre la iglesia y el mundo. A fines del siglo XIX, el "americanismo", definido como la posición de que la iglesia debía mostrarse indulgente con la modernidad, hasta en materia de la fe. A principios del siglo XX, el "modernismo", una serie de interpretaciones ¾ vigentes sobre todo en Europa¾ contrarias a las concepciones tradicionales de las Escrituras, la fe, la persona de Jesucristo, la iglesia y su magisterio. Las dos controversias fueron resueltas firmemente por Roma en la condenación del "americanismo" por León XIII en 1899 y en la del modernismo por Pío X en 1907.

En realidad, ni el americanismo ni el modernismo hicieron mucha mella en la iglesia norteamericana ni en sus universidades. Pero la misma vigilancia antimodernista del Vaticano tuvo dos repercusiones importantes, una negativa y otra positiva. Refrenó por medio siglo el empleo de medios modernos de investigación en filosofía, teología y exégesis, porque los intelectuales eran renuentes a contravenir las determinaciones del Vaticano. También retardó la misma investigación del americanismo y del modernismo, pues los historiadores no querían tocar ese delicado tema. La consecuencia positiva del espíritu antimodernista de la Santa Sede fue la renovación de la escolástica— el factor intelectual que catalizó el renacimiento de la cultura católica en la iglesia norteamericana.

El renacimiento católico

 La renovación de la cultura católica surgió como remedio y alternativa a la crisis de la modernidad causada por los horrores de la primera guerra mundial, los malos presagios de la revolución comunista, la incertidumbre intelectual ocasionada por las tesis aparentemente paradójicas de Einstein, Heisenberg, Freud, la geometría no euclideana... Ante estos amagos, Jacques Maritain, filósofo francés, antifascista, profesor de la Universidad de Princeton desde 1940, habló de una "nueva cristiandad", no como territorio geográfico sino como una red viviente de focos de vida cristiana unidos en la iglesia a través de las naciones, una nueva civilización que los católicos debían crear en filosofía, historia, sociología, política, economía, arte...

El renacimiento, efectivamente, era transnacional; la iglesia de los Estados Unidos estaba estrechamente relacionada con la europea. Las figuras clave eran un francés (Maritain) y un inglés (Christopher Dawson). También en Francia el filósofo Étienne Gilson y los escritores Paul Claudel, Léon Bloy y François Mauriac. En Inglaterra el escritor G. K. Chesterton, el historiador Hilaire Belloc, el editor Frank Sheed, los novelistas Evelyn Waugh y Graham Green. En Alemania los filósofos Josef Pieper, Edith Stein (santa Benedicta de la Cruz) y Dietrich von Hildebrand, que enseñó en la Universidad de Fordham. Además la novelista sueca Sigrid Undset, y autores espirituales como Juan Arintero y Réginald Garrigou-Lagrange. Y muchos otros.

En los Estados Unidos se destacan el obispo Fulton Sheen, que elaboró una teología del cuerpo místico y tuvo un popular programa de televisión, y Virgil Michel, O. S. B., iniciador del movimiento litúrgico. Había organizaciones católicas de teólogos, filósofos, escrituristas, canonistas, educadores, psicólogos, sociólogos, antropólogos, historiadores, artistas, trabajadores, hombres de negocios, familias, estudiantes, jóvenes.

Dorothy Day y el ensayista francés Peter Maurin fundaron el movimiento del trabajador católico en 1933. Contaba con "casas de hospitalidad" para los parias de la sociedad en veintinueve ciudades (ahora tienen 175 comunidades, nueve fuera de los Estados Unidos). Su periódico The Catholic Worker, que hacía competencia al periódico comunista The Daily Worker, sigue publicándose. Las "casas de amistad" fundadas por la Baronesa Caterina de Hueck fueron una de las primeras manifestaciones del apostolado interracial en la iglesia.

La acción católica seguía los principios "jocistas" del canónigo belga Joseph Cardijn: equipos de personas del mismo "ambiente" (edad, sexo, trabajo) se reunían semanalmente para analizar los problemas de su "ambiente" y tratar de aportar soluciones. Organismos católicos insistían en las normas morales en los medios de difusión; la "Legión de la decencia", por ejemplo, tuvo mucha influencia en Hollywood. En realidad, el influjo de la iglesia en la moralidad y política social del país suscitó una agresiva reacción anticatólica.

Las religiosas desempeñaban un papel clave en este renacimiento, y no sólo como maestras en los colegios y catedráticas en las universidades católicas. Dos monjas fundaron la Sociedad del Renacimiento Católico en 1940 y publicaron The Catholic Renascence in a Disintegrating World. La directora de la Universidad femenina de St. Mary’s diseñó un programa en teología parecido a la formación que recibían los sacerdotes; requería 90 horas de cursos, ¡sólo dos de pedagogía! y, la tercera parte, de teología dogmática, lo cual incluía lecturas de santo Tomás en latín.

Filosofía

 La filosofía escolástica, en particular la de santo Tomás de Aquino, fundamentaba la renovación de cultura católica en los Estados Unidos y por medio siglo fue el leitmotiv de la educación universitaria católica. La posición privilegiada del tomismo se vinculó con la preocupación de los papas por el modernismo alrededor de 1900. León XIII vio a santo Tomás como antídoto del modernismo y en su primera encíclica, Aeterni Patris, (1879) recomendó su estudio; para Pío X la filosofía era el meollo del problema del modernismo, que consideraba como consecuencia de "la unión de la fe con la falsa filosofía". La promoción del tomismo por los papas aceleró la investigación de la historia y cultura de la edad media. León XIII inició la edición crítica ("leonina") de las obras del santo y promovió una docena de centros de estudios escolásticos. Uno de los más influyentes fue "L’Institut Supérieur de Philosophie" (1889) en la Universidad de Lovaina; su director, Désiré Mercier, subrayó que la escolástica tenía que estar en contacto con el pensamiento contemporáneo, sobre todo con la ciencia (su discípulo Maurice De Wulf, enseñó en la Universidad de Harvard). La escuela tomista era impresionante; contaba con cinco revistas filosóficas en los Estados Unidos y veinticinco en el mundo.

El tomismo se concebía como una filosofía— es decir, una disciplina independiente, o al menos distinguible, de la fe y la teología. Los discípulos de santo Tomás tenían una gran confianza en la razón, como capaz de llegar a la verdad objetiva y de establecer la existencia de Dios y otras tesis religiosas ("los preámbulos de la fe"). El respeto a la razón fue considerado como una característica católica; en uno de los famosos relatos del Father Brown de Chesterton, el detective, el padre Brown, sabe que el ladrón disfrazado de cura es impostor porque habla mal de la razón. Hasta los no católicos participaban en el movimiento: como los tomistas Robert M. Hutchins y Mortimer J. Adler de la Universidad de Chicago.

Para los católicos, el tomismo, visto como síntesis de verdad natural y revelación sobrenatural, formaba la maciza base de la cultura católica. Este complejo intelectual no se concebía sólo como un conjunto de verdades abstractas; era una "filosofía para la vida" que la iglesia había de proclamar a todos los fieles y que el sistema escolar había de impartir a los alumnos. Pues la ley natural, fundada en Dios mismo, es la guía de la moral personal y social. El Dios enseñado por la iglesia es el Dios del entendimiento, pero también del compromiso, del amor: hay que conocerlo y adorarlo en la contemplación. Para Raissa Maritain, esposa de Jacques, orar y entender es lo mismo; y santo Tomás enseñó a Edith Stein que su trabajo filosófico era oración, adoración, y que el estudio es una búsqueda de Dios.

En la iglesia estadounidense, como en otras partes, la vida intelectual estaba integrada en la vida litúrgica, en la teología del cuerpo místico y en la espiritualidad de los grandes místicos como santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. Los "retiros" o "ejercicios espirituales" formaban una parte integral de la vida católica. Dorothy Day combinaba un activismo católico radical con la devoción tradicional y el respeto a la jerarquía.

La "síntesis tomista" era la firme armazón que daba unidad a la formación universitaria católica, el distintivo intelectual de la educación católica norteamericana en la primera mitad del siglo XX. En la mayoría de las universidades católicas la filosofía era requisito para todos los alumnos. Por ejemplo, en la universidad jesuita Boston College la filosofía fue la experiencia "capitel (capstone)" que coronaba todo el programa de estudios (sin excluir cursos como Administración de empresas), y cada alumno debía tomar diez cursos (28 créditos) de filosofía —hoy en día los exalumnos frecuentemente lo recuerdan como lo que da sentido a todo lo que han aprendido.

El terremoto espiritual

 No obstante, en los años sesenta, este gran edificio del que la iglesia norteamericana tanto se enorgullecía se vino abajo con asombrosa rapidez, víctima del "terremoto espiritual", como dice Gleason, ocasionado por la convergencia del nuevo radicalismo político que rompió con las tradiciones éticas y sociales, y, dentro de la iglesia, del espíritu del Concilio Vaticano II.

Ya había señales de dificultades en los años cincuenta. Dos tipos de dudas perturbaban la síntesis tomista concebida como la cosmovisión integradora de la educación católica. En primer lugar, se objetó que había muchas "filosofías" en la Edad Media, además de la de santo Tomás (san Anselmo, Abelardo, san Buenaventura, Escoto...), y también que ha habido muchos "tomismos", tanto en los Estados Unidos (donde los diversos grupos mantenían reñidas discusiones) como en el pasado (se insistía en que los comentadores del aquinate, como Francisco Suárez y Tomás de Vío Cayetano —seguidos por varios tomistas— no representaban la "mente" del santo.). Además se negó que el tomismo fuera "filosofía católica", y algunos, siguiendo un tema de Gilson, afirmaron que la filosofía de santo Tomás ya estaba mezclada con elementos de la fe, y por lo tanto no era autónoma ni podía ser una fundamentación racional de la educación universiaria.

Otro factor que perjudicó al tomismo fueron las quejas sobre la calidad de la enseñanza de la filosofía en las universidades católicas. Los jesuitas Gustave Weigel y John Tracy Ellis hablaron de "adoctrinamiento", adiestramiento en "habilidad apologética", "métodos seminarísticos", "ideología oficial", "línea de partido". Estos reproches formaban parte de una crítica más general al nivel de la vida intelectual de la iglesia estadounidense. Un influyente artículo de 1955, en que J. T. Ellis demostró la escasa presencia de los católicos en la intelectualidad del país, contribuyó a un cambio de prioridades en las universidades católicas: se comenzó a pensar más en la excelencia académica que en la cultura católica. En todo caso, para fines del decenio de los cincuenta hubo "una huída masiva del tomismo".

Luego otras filosofías, el existencialismo y la fenomenología, comenzaron a hacerse sentir en las universidades católicas, introducidas a menudo por profesores que se habían doctorado en Europa. Por ejemplo, en la universidad de Notre Dame, a mediados de los cincuenta, la mayoría de los filósofos eran tomistas; diez años más tarde el departamento de filosofía fue "pluralista" con énfasis en la filosofía de la ciencia. En los sesenta, profesores y alumnos se cansaron de la enseñanza de una filosofía "exigente", con análisis y argumentación, y preferían el diálogo, el encuentro entre el tú y el yo, la experiencia personal, el compromiso social —se pasó "de Aquino a la edad de Acuario".

La rebelión contra la neoescolástica fue aún más fuerte en la teología. Los teólogos comenzaron a interesarse más por las nuevas aproximaciones en estudios bíblicos, eclesiología, liturgia, teología pastoral y kerigmática, que creyeron que eran más compatibles con el espíritu moderno.

El "brinco sobre el muro"

 El espíritu dominante que acabó con el renacimiento y cambió la orientación de las universidades católicas fue la secularización. La "secularidad religiosa" estaba de moda después del enorme éxito de The Secular City de Harvey Cox, teólogo de la Universidad de Harvard en 1965, mientras los católicos en sus universidades se felicitaban por "llegar a la mayoría de edad" y por "aceptar lo secular-como-secular", desacreditando así la crítica anterior del secularismo. Los intelectuales católicos comenzaron a pensar que ya no tenían que "integrar todo el conocimiento en el orden trascendental de la verdad".

En general, las universidades denominacionales en los Estados Unidos se emanciparon de sus iglesias patrocinadoras cuando las juntas de regentes pasaron a manos de personas que no representaban a las iglesias. La cesión de las universidades católicas comenzó en el año 1967. A principios de aquel año, Jacqueline Grennan, hermana de la orden de Loreto ("Sister J", la "nueva monja", favorita de los medios de comunicación), presidenta de Webster College en San Luis, Missouri, cedió la dirección de su universidad a una mesa directiva seglar. Al hacer la entrega, afirmó que la noción de "educación superior es incompatible con el control jurídico de la iglesia", y seguidamente, para funcionar mejor como directora de una institución secular, se salió de la congregación de Loreto que había fundado la universidad como institución católica. Unos días después, las universidades de San Luis y Notre Dame nombraron regentes laicos para sus juntas directivas, eliminando así la autoridad de los "cuerpos religiosos patrocinadores": los jesuitas y los padres de la Santa Cruz, respectivamente. Más tarde muchas otras universidades siguieron su ejemplo. La justificación teórica de la cesión fue una declaración de independencia respecto de la iglesia, formulada ese mismo año, en una reunión de representantes de varias universidades católicas en Land O’Lakes, Wisconsin. Si ha de funcionar una universidad católica, reza el documento, "debe tener autonomía y libertad académica genuinas ante cualquier autoridad, laical o clerical, fuera de la comunidad académica"— estas últimas palabras resultaron aciagas. "En los eventos de los sesenta llegó a su clímax la transición de una época en que los educadores católicos desafiaron la modernidad a una época en que la aceptaron".

Una euforia de cambio llenó la iglesia norteamericana durante aquella época. Y cierto antiintelectualismo afectó a muchos religiosos quienes, rebelándose contra el apostolado de la educación, se comprometieron con las causas políticas del tiempo (la paz, los derechos civiles, los "barrios urbanos"). También hubo un movimiento para quitar los nombres "políticamente incorrectos" de las instituciones fundadas durante el renacimiento católico. El presidente de la Asociación Filosófica Católica Norteamericana, notando la "pérdida masiva de confianza" en la neoescolástica, sugirió que la rebautizaran como "Asociación Cristiana", pues creyó que lo de "cristiana" era "más pertinente filosóficamente". A la Sociedad de los Profesores Católicos de la Sagrada Doctrina le pusieron el nuevo nombre "Sociedad Universitaria de Teología", pues los maestros preferían "promover la comprensión de un importante interés humano, pero no un compromiso confesional". La Asociación Sociológica Católica Norteamericana cambió su nombre en 1970 a "Asociación para la Sociología de la Religión".

El presidente de la Sociedad Teológica Católica de América, Walter J. Burghardt, S. J., creyó que no se podía justificar la existencia de la sociedad. Los miembros de la Sociedad de Psicólogos Católicos quisieron suprimir su revista por su "mentalidad divisiva, sectaria de gueto". "El problema de la catequística es que exista" dijo un promotor de la reforma catequística en 1968, y añadió que "la palabra `teología’ debe enterrarse". El director de la Conferencia Litúrgica dijo que debía eliminarse la palabra "worship" de la religión ("adoración", "devoción" individual y comunitaria).

Un primer plano

 La historia de universidad de New Rochelle, en Nueva York, de las monjas ursulinas, es un ejemplo de la secularización de las universidades religiosas ¾ católicas y protestantes¾ en los Estados Unidos. La madre Irene Gill fundó la universidad en 1904 con un ambicioso programa de humanidades para educar "mujeres de cultura, eficiencia y poder, capaces de apoyar los más nobles ideales del hogar y de la iglesia". Ella misma escogió a los regentes (trustees) de la junta directiva. Una docena de años más tarde, el Departamento de Educación incluyó su universidad en el rango más alto de las instituciones del estado de Nueva York.

La participación de New Rochelle en el renacimiento católico fue notable. En los años cincuenta las ursulinas realzaron aún más el carácter católico de la enseñanza. Todas las alumnas —católicas o no— tenían que seguir el exigente programa de teología. La universidad contaba con una escuela laboral para poner en práctica la doctrina social de la iglesia, un instituto familiar católico y un servicio de consejo matrimonial que acogía al movimiento familiar cristiano y gozaba de una vida litúrgica impresionante (casi el 60% de alumnas asistían a misa diaria).

Cuando la universidad pidió la reacreditación a la agencia certificadora Middle States Association of Colleges and Schools en 1966, se notó un cambio en la descripción de la universidad: ya no era "católica" sino que estaba "bajo auspicios católicos", ya no se hablaba de "Cristo" sino de una institución "profundamente cristiana". A la sazón, la universidad perdía estudiantes por la competición de otras universidades y era necesario pedir subvenciones al estado de Nueva York para sobrevivir. El problema fue que sólo las universidades que no fueran dirigidas por una iglesia ni enseñaran doctrinas confesionales podían recibir ayuda económica. Los abogados instaron a las monjas a aceptar cualquier condición del Departamento Estatal de Educación.

A fines de los sesenta, pues, dieron de baja un curso obligatorio, "tradición y cultura cristianas" porque el examinador del estado dijo que por tratar de la iglesia no era realmente "historia". Las ursulinas renunciaron a la clasificación de su universidad como "institución religiosa", se retiraron de la mesa de regentes y separaron la economía de su comunidad de la de la universidad. Revisaron el boletín de la universidad para insistir en que los cursos de religión no se impartieron desde la perspectiva católica (sino de Schleiermacher, Barth, Buber, Gandhi, Confucio, Santayana, Dewey, Bonhoeffer, Otto, James, Kierkegaard...). Redujeron los "estudios religiosos" obligatorios de 16 a 3 créditos. Quitaron las fiestas de la iglesia en su calendario; sólo se observaban los días festivos del estado. La universidad ya no pretendía ofrecer una formación católica sino una "apertura a la forma del porvenir", la "búsqueda del sentido de la vida", el "crecimiento en la aceptación de sí mismo"— típica retórica envilecida de la educación superior norteamericana.

No es sorprendente que la filosofía y la teología prácticamente hayan desaparecido del programa, pero también se debilitó el contenido humanista. La instrucción estaba centrada en el entrenamiento profesional y técnico, los estudios correctivos (remedial: de lo que no aprendían en el colegio) y los cursos "no curriculares". El nivel académico sufría; no había examen de ingreso, se ofrecían créditos por las "vivencias (life experiences)" y el usual menú de cursos "sexi" ("la mujer como heroína", "la psicología de la vivencia oculta", etc.). Las usurlinas también sufrían una crisis vocacional; sin embargo se hablaba de una "presencia ursulina", sin ursulinas.

El "pluralismo" es un tema constante que los educadores católicos repiten para justificar o racionalizar la secularización de sus universidades. Las exalumnas de New Rochelle oyeron en un simposio que su alma mater aspiraba a preparar a sus egresadas para vivir en un mundo diverso y pluralista "creando más pluralismo y diversidad dentro de la institución", y que "es imposible hoy enseñar un curso válido de teología sólo desde el punto de vista del catolicismo romano." Los funcionarios del estado pidieron que las ursulinas evitaran la palabra "católica" cuando describían a su universidad, pues eran más aceptables otros términos como "ursulina", "judeocristiana". También muchos jesuitas en 1967 afirmaban el principio de que "el pluralismo está dentro de la universidad, la universidad no está dentro del pluralismo". En 1974 la comunidad de jesuitas de Boston College acordó que "una sociedad pluralista exige instituciones pluralistas" y como las ursulinas evitaron la palabra "católico" por "sugerir restricciones morales, control dogmático y estructuras institucionales opresivas, por ejemplo, con respecto a las mujeres".

En 1960 3% de las alumnas de New Rochelle dijeron que sólo iban a misa los domingos (59% iban a misa diaria) y, en 1972, el 94% del cuerpo estudiantil eran católicos. Hoy el 90% de los estudiantes de New Rochelle no son católicos y la opinión moral parece cada vez menos "católica": en 1982 tres cuartos de los alumnos aprobaban el aborto y, la mitad, el sexo entre los que "se aman" (seis años antes los porcentajes fueron 43% y 29%).

En la biblioteca dedicada a la madre Irene Gill, valiosa fundadora de New Rochelle —la universidad que el escéptico clero llamó "el disparate de Irene (Irene’s folly)"—, Burtchaell visitó una exposición del "ecofeminismo" donde estaban expuestos a la vista, entre libros sobre la "diosa" y otros con motivos lesbianos, las obras de Peter Singer, experto en ética de los derechos de los animales "que defiende con elocuencia la tesis de que los padres son más libres moralmente de destruir a sus inoportunos hijos no nacidos, y aún a los recién nacidos, que de matar a sus mascotas domésticas". ¡Vaya diversidad!

Del trueno al relámpago

 Los defensores de la autonomía, como hemos visto, declararon que las universidades católicas, al emanciparse de la hegemonía de la iglesia, habían alcanzado la edad adulta. Pero hay una paradoja aquí: al liberarse de la iglesia se sometieron a otra servidumbre: al poder del estado y de la Academia, con sus agencias certificadoras. Aceptan dócilmente las leyes y restricciones del estado en torno al sexo y a la etnia de sus alumnos, a la contratación de profesores, al manejo de los deportes, etc. Los hermanos de La Salle de la universidad de St. Mary’s obedecieron a la agencia acreditadora Western Association of States and Colleges cuando les dijo que ya no podían preferir a los católicos cuando contrataban a nuevos profesores.

Pero lo que las universidades más acatan es la cultura académica. Como dijo Burtchaell humorísticamente, las universidades que antes eran de los jesuitas sacarán su sabiduría "ya no de los Ejercicios de san Ignacio sino de The Chronicle of Higher Education— y en efecto, del último número [de la revista]". Los catedráticos católicos que ridiculizaban la escolástica como "ideología", ahora no parecen tener muchas ganas de criticar la ideología de la Academia: su ortodoxia de secularismo y naturalismo, su descreimiento oficial, su discriminación contra la religión. Y ahora, sobre todo, aceptan dócilmente lo "políticamente correcto" que reina indicutido en las universidades norteamericanas que sufrieron la secularización hace más o menos tiempo.

Para criticar sus posiciones, cada día más exageradas y destructivas, hay que tener valentía —y seguridad profesional. Veamos un ejemplo en la filosofía que muestra cuán ambigua es la intelectualidad universitaria. John Silber, en su discurso de inauguración del XX Congreso Mundial de Filosofía, reprochó lo "filosóficamente correcto" de varias corrientes que iban a aparecer en las ponencias durante el Congreso. Hay dos fuerzas en la filosofía reciente, dice. La una es tradicional e insiste en la centralidad de la razón mientras estamos buscando la verdad y en la dirección de la vida moral de la persona y la comunidad. La otra es relativista y secularista, y carece de raíces en tradiciones probadas por el tiempo: asalta a la racionalidad buscando no la verdad objetiva, sino la perspectiva del pensador o de su grupo. Este perspectivismo aparece ahora no sólo en el escepticismo posmoderno sino, sobre todo, en las filosofías que privilegian la perspectiva de ciertos sectores de la población, como las mujeres. Silber opina que todas estas posturas, niegan "la experiencia común del mundo, que restringe nuestra fantasía y posibilita el conocimiento". Sus partidarios ideológicos empujan sus opiniones hasta el absurdo, dice Silber, y, parafraseando a George Orwell, agrega: "son disparates tan grandes que sólo un intelectual puede creerlos".

Marsden dice que la noción del pluralismo es uno de los pretextos que el "Sistema [Establishment]" ha usado para suprimir la religión en la universidad norteamericana. Los educadores emplean varias expresiones en este contexto: "tolerancia", "diversidad", "inclusividad", "multiculturalismo", el "crisol (melting pot)". La idea es que todas las culturas son bienvenidas para fundirse en el crisol académico, pero después se uniforman. Se acogen hombres y mujeres, todas las etnias y razas, todas las religiones —con la condición de que acaben aceptando el sistema "correcto" de creencias. "Pluralismo", dice Marsden, es una palabra en clave que significa lo contrario: conformismo, monismo intelectual. Si alguien quiere comprobar el grado de tolerancia de la Academia universitaria, que trate de publicar un artículo en una de sus revistas sin usar las expresiones aprobadas (como el "lenguaje inclusivo."). La "perspectiva" religiosa, pues, no cabe en la vida académica estadounidense (pero sí caben la feminista y la multiculturalista), porque el "descreimiento (unbelief)" es la única perspectiva académica válida— y esto constituye una discriminación contra la religión.

Burtchaell tiene la teoría de que el pietismo caracteriza la secularización de las universidades. Históricamente, un movimiento pietista intenta reavivar al grupo religioso simplificando su doctrina para aislar "lo único que importa". Sus énfasis son: espíritu (no letra), compromiso (no institución), sentimiento (no intelecto), laicado (no clero), iglesia invisible (no visible). Pero el pietismo es inestable: como iglesia (sin teología), comunidad (sin orden), piedad (sin moralidad) y predicación (sin sacramento). Al degradarse, se desenvuelve en dos fases contrarias. Los que siguen siendo cristianos formulan una tediosa religiosidad liberal, un indiferentismo superficial pero "de fuertes principios (principled)". Mientras que los que rechazan las disputas teológicas como disparates se refugian en el racionalismo con su confianza en la evidencia empírica. Y este racionalismo va rumbo al deísmo, "equivalente religioso del sexo seguro".

Los católicos también fueron afectados por este proceso. Un ejemplo del pietismo católico es el "credo moderno" que un grupo progresista rezó recientemente durante su eucaristía: "Creo en la gente [...] Por mi creencia en Jesús, renuncio toda pretensión a la exclusividad [...] Y creo en la resurrección— signifique lo que signifique. Amén."

Vuelta a la cultura católica

La crisis de identidad de las universidades católicas en los Estados Unidos sigue en pie hoy, tres decenios después de la secularización. La verdad es que en muchas universidades católicas hay "poca furia por el morir de la luz". La mayoría de las universidades que Burtchaell estudió ya no tienen ninguna relación "seria, valorada, funcional" con las iglesias que las fundaron, y esta abdicación, opina, es triste precisamente porque no ha sido necesaria. Despertó recelos en algunos profesores de la Universidad de Notre Dame la afirmación en el self-study de 1993 de que la mayor parte del profesorado debe estar integrado por "católicos dedicados y comprometidos". A veces los educadores quisieran que sus universidades siguieran siendo católicas, pero dicen que no saben lo que significa "universidad católica". Pero el Papa Juan Pablo II lo sabe. En su constitución apostólica de 1990, Ex corde eclessiae dijo que la universidad católica tiene cuatro rasgos esenciales: es una comunidad (no sólo un grupo de individuos) de inspiración cristiana que reflexiona sobre el conocimiento humano en la luz de la fe y se mantiene fiel a la doctrina de la iglesia y se compromete como institución con la iglesia y la humanidad. Los obispos norteamericanos se reúnen en junio de 2001 para decidir sobre las "ordenanzas" prácticas que, tras su aprobación por la Santa Sede, entrarán en vigor en el país.

Sin embargo, ya existen iniciativas para fomentar la cultura católica en las universidades católicas, y ya se ponen en práctica. Tienen la finalidad de transmitir a los estudiantes un catolicismo tradicional y, al mismo tiempo, conectado con el mundo actual— "nova et vetera", como dijo el Papa. Hay varios tipos de solución. Una es simplemente fundar una nueva universidad católica, o renovar una universidad católica ya existente. Ejemplos son Christendom College en Front Royal, Virginia y la universidad franciscana de Steubenville en Steubenville, Ohio. Otra solución son los programas de Estudios Católicos que han comenzado a aparecer en varias universidades católicas. Un ejemplo es el Centro de Estudios Católicos de la Universidad de St. Thomas en San Pablo, Minnesota. Actualmente 30 alumnos están inscritos en el programa menor (minor) y 130 en el mayor, es decir, se especializan en Estudios Católicos (major); de éstos, muchos optan por una doble carrera: Estudios Católicos y una especialidad más "práctica". Tambien desde 1994 hay encuentros de verano para discutir problemas pertinentes y programas de desarrollo para profesores de las universidades católicas y maestros en los colegios católicos.

Estas iniciativas forman parte del nuevo balance mencionado arriba que se compromete expresamente con la cultura católica y contrarresta la secularización de las instituciones de la iglesia. Este ideal se entronca con la renovación de la cultura católica en el catolicismo norteamericano de la primera mitad del siglo XX. Tal vez podemos hablar de un segundo renacimiento católico que se está despertando en este momento, cuando tanta gente en los Estados Unidos, cansada de las rebeliones "correctas" contra su moralidad y su religión, busca una ética sensata que respalde el amor y la unidad de sus familias, y una espiritualidad madura que la lleve por encima de la vulgaridad de la ciudad secular que la rodea. Al principio de este ensayo hablé del nuevo balance como una síntesis; creo que los nuevos compromisos en efecto pueden combinar lo mejor de los desarrollos anteriores: la firme dedicación a la cultura católica del renacimiento fundamentada sobre la seriedad académica de la reacción.

El poeta T. S. Eliot, buen observador de la modernidad, creyó que el fracaso del matrimonio y de la familia, la injusticia social de la izquierda y la derecha, la religión desgastada, el sentimiento de futilidad, desesperación, tedio, era una "tierra baldía". Nunca perdió este pesimismo, ni perdió su convicción de que la única salida es la redención, la cual encontró descrita en la espiritualidad de san Agustín, san Juan de la Cruz, Juliana de Norwich... Creo que si Eliot viviera hoy, diría que la crisis de la modernidad es más grave de lo que era hace ochenta años cuando escribió La tierra baldía.

Mencioné que muchos reconocen una guerra en los Estados Unidos entre la cultura tradicional y la "correcta". Los promotores de la "cultura correcta" son mucho más agresivos, y congelan sus causas en una nueva legislación que obliga a todos los ciudadanos a seguir sus ideologías. Es imposible prever el futuro, pero no creo que favorezca a los cristianos tradicionales. Por otro lado, no debe sorprender a los católicos que la ley de su país permita el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, tal vez el infanticidio, el "amor intergeneracional" (pederastia), etc.

Kierkegaard no daba por sentado que viviera en una cristiandad, donde los valores de las personas y las estructuras de la sociedad reflejaran el cristianismo auténtico. Es posible que la iglesia se asemeje siempre más a la de los primeros siglos y que viva en lo que es, en algunos aspectos por lo menos, una sociedad pagana. Me parece que la idea de la nueva cristiandad de Maritain es más oportuna, deseable y necesaria, que nunca; es decir, no como cierta región en cierta época, sino como personas de todas partes unidas en la iglesia de Jesucristo que se enorgullezquen de tener una cultura, por bendición, distinta de la del mundo, pero con un compromiso con ese mundo: "ouk erotõ hina arês autous ek tou kosmou all’ hina terêsês autous ek tou ponêrou.

Filosofía

 Gleason termina su excelente relación de la reciente historia de las universidades católicas en los Estados Unidos recomendando una tarea a los católicos:

[...] forjar, a partir de los recursos filosóficos y teológicos descubiertos en el medio siglo pasado, una visión que provea lo que proveía la neoescolástica por tantos años: una base teórica para apoyar la existencia de las universidades católicas, con su peculiaridad, dentro de la educación superior norteamericana.

Es claro que la filosofía sigue siendo un aspecto crítico de la presente crisis —como han insistido los papas desde León XIII hasta Juan Pablo II. Pero yo ignoro lo que puedan ser aquellos descubrimientos, al menos en la filosofía, hechos a partir de 1950 que, según el autor, puedan fundamentar la educación católica del futuro.

Puede decirse, sin menoscabo de los avances filosóficos posteriores a 1950, que la inmensa mayoría de las tesis filosóficas fundamentales —y verdaderas— fueron descubiertas antes de esa fecha, y sobre ellas la iglesia, ahora como en el pasado, debe cimentar su estructura intelectual. El renovado interés actual en la cultura católica, como el previo renacimiento católico del siglo XX, debe basarse en la tradición de la iglesia, en íntimo contacto con la filosofía, la ciencia, la historiografía y otros aspectos de la civilización.

¿Qué decir de la escolástica y el neotomismo? Me parece que entre los logros del neotomismo figuran sus aportes a la epistemología y la metafísica. En primer término, su defensa del realismo metafísico (hay cosas que no dependen de la mente humana) y epistemológico (las podemos conocer como son). Su labor constituye un importante correctivo al subjetivismo moderno y al espíritu idealista y fenomenalista de algunas tendencias recientes.

Sin embargo, ciertos tipos de aislamento ¾ si no me equivoco¾ contribuyeron al declive del tomismo en el siglo XX, esta deficiencia se habría superado, creo, si el desarrollo la neoescolástica no se hubiera truncado, prematuramente, en los años sesenta. En primer lugar, los neoescolásticos no participaban de manera apreciable en los movimientos de filosofía contemporánea. Había excepciones, como Edith Stein con sus dos "queridos maestros" Husserl y Aquino; y Maritain mismo— pero ambos ya hacían filosofía antes de su conversión a la iglesia católica. Lo más triste es que los neoescolásticos estaban aislados de las corrientes, después llamadas "analíticas", con las que hubieran tenido mucho en común. Más recientemente, los filósofos de esta tendencia, no católicos en su mayoría, han desarrollado una filosofía de la religión en la cual echan mano de fuentes patrísticas y escolásticas (como las nuevas formulaciones del argumento ontológico de san Anselmo).

El segundo aislamiento es temático y concierne a la ciencia y la lógica. Mencioné que desde el principio de la renovación tomista, en tiempos de León XIII, se daban cuenta de la importancia del estudio de la ciencia. El neotomismo hizo esfuerzos por relacionar la ciencia con la filosofía (y específicamente con la filosofía de la naturaleza tradicional), pero no tenía suficiente contacto con la filosofía de la ciencia. Los neotomistas —otra vez, con excepciones, como el historiador de la lógica I. M. Bochenski— no sólo estaban aislados de los importantes avances de la lógica del siglo XX, sino que a veces también incurrían —y siguen incurriendo— en ciertos malentendidos (por ejemplo, creer erróneamente que la lógica "simbólica" o "matemática" es fundamentalmente distinta de la lógica "aristotélica" o "tradicional").

Otro aislamiento del neotomismo atañe a su propia historia. La consigna "volver a Tomás" surgió como reacción a lo que se veía como un exagerado énfasis en sus comentadores. Este "retorno" a santo Tomás fue importante (promovió, por ejemplo, la investigación histórica de su pensamiento y de su ambiente), pero a veces los tomistas restaron importancia a desarrollos relevantes de la escolástica en el período renacentista. Finalmente, el neotomismo estaba aislado de otras escuelas escolásticas. El énfasis en santo Tomás podía dar la impresión de que las otras corrientes escolásticas, como el "agustinianismo", el escotismo y el terminismo, no eran dignos de tanta atención. Sin embargo, los estudios recientes recalcan la importancia de los pensadores franciscanos; no sólo san Buenaventura, sino también, precisamente en el área de la metafísica y la lógica, Juan Duns Escoto y Guillermo de Ockham.

La cultura católica tiene que descansar sobre una base filosófica, y ésta tiene que incluir la tradición patrística y escolástica, todo en íntimo contacto con las corrientes recientes de análisis y fenomenología. Yo me atrevería a hablar del deber de seguir buscando —y hallando— una filosofía perenne.

América Latina

 El descreimiento también se ha "establecido" en muchas universidades seculares en América Latina, y los colegios y universidades católicos han desempeñado un papel importante para preservar y hacer avanzar la cultura católica. Pero la historia de las universidades católicas en el continente hispanoamericano aún está por escribirse. Lo que sugiero ahora serán comentarios generales y, me temo, obvios.

Una de las grandes diferencias "culturales" entre la iglesia católica en las Américas Latina y del Norte es que la primera compartía la brillante civilización ibérica de los siglos XVI-XVIII, antecedente ausente en la iglesia estadounidense. Sin embargo, creo que hay semejanzas entre la historia de la vida intelectual de la iglesia en las Américas del norte y del sur. Específicamente, podemos divisar tres momentos análogos a los que describí con respecto a los Estados Unidos: una renovación católica, un viraje "progresista" alrededor de 1970 y, actualmente, un interés inédito en la cultura católica.

La renovación en América Latina debió mucho a la doctrina social de la iglesia y al tomismo, promovidos por los papas desde la Rerum novarum y la Aeterni Patris de León XIII. Ya sintieron este influjo Miguel Antonio Caro (1843-1909), quien reavivó el pensamiento católico en Colombia, enseñando una ética basada en la metafísica y la ley natural, y el converso Jackson de Figueiredo (1891-1928), renovador intelectual y político de la iglesia brasileña.

Una renovación católica creció rápidamente desde los años veinte, estimulada en parte por las universidades católicas. Como en los Estados Unidos, Jacques Maritain fue un poderoso influjo: afectó al converso Tristão de Athayde (Alceu Amoroso Lima, 1893-1983), profesor de filosofía en la Universidad Católica de Río de Janeiro, fundador del movimiento estudiantil católico y del movimiento de democracia cristiana en América Latina; y a Eduardo Frei Montalva (1911-1982), presidente de Chile, estudiante y después maestro de derecho laboral en la Universidad Católica, y promotor, también, de la democracia cristiana. Agustín Basave Fernández del Valle (1923-), profesor de filosofía en Monterrey, México, desarrolló un existencialismo cristiano con influjos tomistas. La acción católica comenzó a florecer en los años treinta, y, sobre todo después de la encíclica Quadragesimo anno de Pío XI, creció su dedicación a la doctrina social, la cual fue presentada como una "tercera vía" entre el capitalismo y el comunismo.

Hasta cierto punto, la teología de la liberación corrió parejas con la reacción contra el renacimiento católico en los Estados Unidos, en el sentido de que representó un movimiento nuevo, distinto en varios aspectos de la teoría y praxis sociales del pasado. Si bien en Latinoamérica, como en Norteamérica, se nota en los religiosos un cambio de énfasis en favor del activismo social, un impresionante cuerpo de pensamiento fue desarrollado por el padre Gustavo Gutiérrez y sus colegas que ejerció un fuerte influjo en la iglesia de los Estados Unidos y de otras partes.

Otro paralelo fue la aceptación de lo "secular". La teología de la liberación tendió a suprimir el "dualismo" entre lo espiritual y lo temporal, que atribuían a la distinción de Maritain entre gracia y naturaleza, y, como en los Estados Unidos, subrayó que nada está "pro fano", fuera del templo. Prácticamente, este colapso de los dos órdenes podría significar que lo secular "sube" a lo religioso o lo religioso ‘baja" a lo temporal, y el movimiento de la liberación ha sido criticado por tender a la segunda opción, sobre todo en el área social y política. Debido a esto, también creció una polarización fuerte en la iglesia latinoamericana que se refleja en las universidades católicas.

El desplome del comunismo al principio de los noventa dejó la "izquierda" latinoamericana en una tierra de nadie ideológica y, junto con otros acontecimientos, afectó a la teología de la liberación. Ahora parece que hay un nuevo entusiasmo por la cultura católica, que no pocas veces incluye una pasión por estudiar y "rescatar" la rica cristiandad iberoamericana, sobre todo la del Siglo de Oro.

Me parece importante que estos renacimientos de cultura católica al sur y al norte —en ciernes, desde luego— se conozcan, se unan, trabajen juntos. Pues todos nos encaramos, al fin y al cabo, con las mismas ambigüedades del modernismo.

 

BIBLIOGRAFÍA SELECTA

 

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—— 1987. Keeping the Faith (Notre Dame). Era romanticismo tanto la idealización de la Edad Media como su repudio por los intelectuales católicos después del Concilio Vaticano II.

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———2001B. "Arribismo intelectual y polarización religiosa", por aparecer en Vertebración, año 14, no. 50, UPAEP-Instituto de Investigaciones Humanísticas; traducción de "Polarization in the Catholic Church" New Blackfriars, vol.79, n. 926, Abril de 1998.

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