FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


SAN AGUSTÍN (354 - 430): CONFESIONES

El gran protagonista (1) de las Confesiones es Dios. La obra está escrita como continua oración de San Agustín a Dios, en la cual el santo reconoce su pecados y la gran obra que Dios realizó en su vida convirtiéndolo a la fe católica. La finalidad principal no es "confesarse", sino confesar a Dios, es decir, reconocerlo y alabarlo por su bondad infinita.

"Recibid, Señor, el sacrificio de mis Confesiones que os ofrece mi lengua, que Vos mismo habéis formado y movido para que confiese y bendiga vuestro santo nombre" (Conf. 5, 1).

Desde su situación actual de cristiano fervoroso, sacerdote y Obispo, el santo interpreta toda su vida pasada como un camino providencial, por el cual Dios lo fue conduciendo hacia la verdad.

Angustiado desde joven por el problema de la verdad y la búsqueda de la sabiduría, enredado en los accesos pasionales de un temperamento ardiente, y en los ímpetus soberbios y orgullosos de una inteligencia genial, Agustín experimentó su radical incapacidad para autoliberarse, y la benéfica influencia de la gracia de Dios, que misericordiosamente obró en su vida lo que él no había podido realizar con todo su esfuerzo y todo su genio: la solución teórica del enigma de la existencia y la liberación práctica de sus ataduras morales.

"Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti" (Conf. 1,1,1).

Esta frase sintetiza la trayectoria espiritual de San Agustín tal como se expresa en las Confesiones. Nativo del norte de Africa, ciudadano del Imperio Romano, hijo de padre pagano y madre cristiana, estudiante y luego profesor de Retórica, las pasiones de la adolescencia lo llevan a apartarse de la Iglesia. Pero la lectura del "Hortensio", diálogo hoy perdido en el que Cicerón exhorta a los jóvenes a buscar la sabiduría, marca el comienzo de la vocación filosófica de San Agustín, que sin embargo no buscará en el catolicismo la deseada verdad, sino en la secta de los Maniqueos, luego de que la Escritura bíblica le parece burda y grosera comparada con el elegante estilo de Cicerón.

Aquellos eran seguidores de Mani, un profeta persa que había intentado sintetizar en una sola religión el cristianismo, el zoroastrismo, y el budismo. De la religión de Zoroastro, Mani había tomado la idea de los dos principios o dos dioses, el espiritual, principio del bien, y el material, principio del mal . Todo lo material era intrínsecamente malo, hasta el matrimonio y la familia, y la procreación era mayor pecado que el adulterio. Los maniqueos identificaban al "dios malo" con el Jehová del Antiguo Testamento, Creador del mundo material, y lo distinguían del Dios Padre de Jesucristo, el Salvador. Sobre esta base atacaban a la Iglesia Católica, pues además no podían admitir el dogma central de la Encarnación del Verbo de Dios, dada su concepción de la maldad radical de la materia.

En su crítica a la Iglesia, hacían hincapié en todos los aspectos menos comprensibles del A.T.: sus rasgos de crueldad, las imperfecciones morales de los Patriarcas, etc. Atrajeron además a Agustín con una promesa de corte racionalista: si se iba con ellos, no iba a tener que creer nada, sino que todo le sería claramente demostrado.

Por aquel tiempo, Agustín vivía en concubinato con una mujer que le había dado un hijo, y a la cual fue fiel por muchos años.

Convertido al maniqueísmo, participó de la acción proselitista de la secta apartando, con su elocuencia y su saber, a muchos de sus amigos de la Iglesia Católica.

Mientras, su madre Mónica no cesaba de orar y llorar día y noche por su conversión.

Una vez dentro del maniqueísmo, Agustín se entregó con ardor al estudio de las doctrinas de la secta, con el fin de satisfacer su ansia de conocer la verdad. Sobre todo le inquietaba el problema del mal: ¿de dónde viene?

Pero poco a poco fue comprobando que la prometida demostración clara e indudable no llegaba, y que en su lugar se pretendía calmarlo con groseras fábulas. La conducta de los maniqueos principales en la secta tampoco lo satisfizo. Puso toda su esperanza en la llegada prometida de Fausto, uno de los más notables doctores del maniqueísmo. Cuando al fin pudo hablar con él, éste desistió francamente de intentar siquiera resolver las dificultades que le proponía Agustín, reconociendo su ignorancia de estos temas. Éste fue el fin de la fe maniquea de Agustín, y el comienzo de un período en el que sufre la tentación escéptica: tal vez la verdad no se encuentra al alcance de los hombres.

Movido por el deseo de mejorar su carrera de profesor de retórica, se embarca para Roma, sin saberlo su madre, y de allí, se va para Milán, donde es obispo el gran San Ambrosio, famoso también por su dominio de la elocuencia. San Agustín comienza a asistir a sus predicaciones con un interés puramente profesional de retórico, pero poco a poco, junto con la admirada forma de los discursos de Ambrosio, va poniendo atención también en el contenido. Ambrosio practica la exégesis espiritual y simbólica del A.T.: los pasajes chocantes para la sensibilidad cristiana son interpretados como conteniendo un mensaje espiritual de tipo simbólico, que debe ser hallado más allá del sentido literal. Agustín comienza a ver que es posible defender inteligentemente el A. T. , y con él, la fe católica toda, y que existe respuesta para los argumentos de los maniqueos.

Por ese tiempo llegan también a su poder algunas obras de autores neoplatónicos, traducidas del griego al latín. En estos herederos de Platón , San Agustín descubre por primera vez en su vida la posibilidad de pensar filosóficamente el mundo espiritual. La dialéctica platónica que permite a la inteligencia elevarse de los datos sensibles y cambiantes de la experiencia a las realidades absolutas e inmutables de orden inteligible devuelve a Agustín la confianza en la existencia de la verdad y la posibilidad de conocerla por parte del hombre. El carácter absoluto del Uno neoplatónico, identificado por San Agustín con el Dios cristiano, le muestra la absurdidad del dualismo maniqueo de los dos principios. El problema del mal, finalmente, le aparece bajo una nueva luz: el mal no es un ser creado por Dios, lo que sería absurdo, ni un ser independiente de Dios, lo que sería más absurdo todavía, sino que el mal es un no - ser, una carencia del ser que algo debería tener en virtud de su naturaleza. No hace falta recurrir a la noción contradictoria de un dios - malo para explicar el origen de lo que no necesita origen, desde que no tiene ser positivo. Todo eso lo deriva San Agustín del axioma neoplatónico: "ens est bonum", el ser es bueno, que coincide con la afirmación del Génesis según la cual Dios vio que todo lo que había creado era bueno.

Sin embargo, San Agustín reconoce que entre tantas cosas buenas que encontró en "los libros de los platónicos", faltaba algo que hizo que no pudiera adherirse a ellos sin reserva, y es que no nombraban a Jesucristo, ni sabían o reconocían que ese Verbo (Logos) cuya eternidad y estabilidad pintaban tan bien, se había hecho hombre para salvarnos.

Vuelve entonces a leer la Escritura, y descubre un sentido muy diferente de aquel que tanto le había chocado en su inexperta mocedad. Con el tiempo llegará a ser uno de los más grandes comentaristas bíblicos de todas las épocas.

San Agustín está al borde la conversión definitiva, pero aún lo retiene la cadena más pesada: no la dificultad teórica, sino la práctica, de orden moral. Acostumbrado a vivir en forma ilícita con su mujer, no se siente con fuerzas para abrazar la moral cristiana. Por intervención de su madre, es separado de aquella con la que había compartido tantos años, y con la que aparentemente no podía casarse por impedimentos jurídicos nacidos de su diferente posición social. Ella se retira a un monasterio en alguna parte de Africa.

Su madre alimenta planes de casarlo con una joven de su conocimiento, pero Agustín, sin poder esperar, se consigue una segunda concubina.

En estas situaciones va fluctuando entre el deseo de conversión y el apego a su actual forma de vida, hasta que un día oye a algunos amigos cristianos narrar la historia de los Padres del desierto, es decir, los primeros monjes, cristianos que precisamente por aquellos tiempos han dejado todo para irse a las soledades de Egipto o Siria, y entregarse allí a la oración y la penitencia, en una vida de auténtica santidad . El relato termina con la noticia de algunos miembros de la corte imperial que han adoptado, en las afueras de la ciudad, ese mismo estilo de vida, renunciando a los honores mundanos.

Este relato provoca la crisis definitiva en Agustín.

"...turbado así en el espíritu como en el rostro, dirigiéndome a Alipio exclamé: "¿Qué es lo que nos pasa? ¿Qué es esto que has oído? Se levantan los ignorantes y arrebatan el cielo, y nosotros, con todo nuestro saber, faltos de corazón, he aquí que nos revolcamos en la carne y en la sangre. ¿Acaso nos da vergüenza seguirles por habernos precedido, y no nos la da siquiera el no seguirles?". (Conf. 8, 8, 19).

Encolerizado consigo mismo, se retira a un jardín cercano donde rompe a llorar y a gemir suplicando a Dios que se digne concederle la gracia de la conversión. En medio de sus lamentos, escucha una voz en el jardín cercano que le dice: "Toma y lee". Abriendo el Nuevo Testamento que llevaba consigo, encuentra el pasaje de la carta de San Pablo : " Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias." (Rom. 13, 13 -14).

"No quise leer más adelante, ni tampoco era menester, porque luego que acabé de leer esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas" (Conf. 8, 12, 29).

San Agustín acaba de experimentar personalmente en su vida la acción sobrenatural de la gracia de Dios. Cuando años más adelante el monje inglés Pelagio comience a predicar una doctrina herética que hace a la gracia innecesaria para la salvación del hombre, será San Agustín el encargado de capitanear la lucha contra la herejía, lo que le valdrá para los siglos posteriores el título de "Doctor de la Gracia".

Junto con su amigo Alipio, que lo acompaña, van a dar a su madre Mónica la buena noticia. Agustín ya ni siquiera piensa en casarse, sino que será célibe como los monjes cuya historia lo ha impresionado tanto.

Reflexionando luego sobre estos episodios, San Agustín formula la conclusión general de su búsqueda de la sabiduría. Engañado por el racionalismo de los maniqueos, había adoptado el lema "Entender para creer" (Intelligo ut credam), entendido en el sentido del rechazo de la fe a favor de la sola evidencia. Este método, lejos de llevarlo a la solución de sus dudas, lo había dejado a las puertas del escepticismo, tras el fracaso de la experiencia maniquea.

Tras la experiencia de la conversión, y ante la luz que la fe cristiana ha arrojado sobre los mismos problemas que antes le parecían insolubles, formula el método correcto: "Creer para entender" (Credo ut intelligam). El hombre no puede salvarse a sí mismo, tampoco a nivel intelectual: ha de comenzar por la fe en la autoridad de la Palabra de Dios, para que, sanada su inteligencia de los errores y su corazón del orgullo y la soberbia, pueda luego ejercitar su razón en la búsqueda de la verdad con la guía constante de la verdad revelada. Más aún, la conversión al Dios de Jesucristo libera al hombre de las ataduras del pecado y lo deja libre para encaminarse sin temor al encuentro de la verdad sobre Dios y sobre él mismo: San Agustín sabe por experiencia propia que los mayores obstáculos en el camino hacia la verdad no son de orden teórico, sino práctico, es decir, de orden moral.

Pero esa fe no es un salto en el vacío, un comienzo totalmente irracional, sino que para ser digna del hombre ha de ser razonable, es decir, ha de estar apoyada en motivos sólidos de credibilidad, que San Agustín desarrolla largamente en muchas de sus obras posteriores a su conversión: las profecías del Antiguo Testamento que se realizan en Jesucristo, sus milagros, su doctrina, su incomparable personalidad, su Resurrección de entre los muertos, y la maravillosa expansión de la fe cristiana por todo el mundo conocido entonces (San Agustín escribe tras la reciente conversión del Imperio Romano a esa religión cristiana que había perseguido por más de dos siglos), tal como estaba también profetizado en el Antiguo Testamento.

Así San Agustín termina por redondear su principio metodológico: "Entiende para creer, cree para entender".

En este ejercicio infatigable de la razón a la luz de la fe, San Agustín ha sido por siglos, hasta Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, el más grande de los pensadores cristianos, y es uno de los más grandes de toda la historia de la Humanidad. Nadie como él ha pintado la inquietud humana en pos de lo verdadero, dotado como estaba a la vez de una inteligencia muy grande, y de un corazón más grande todavía.

"Pero, ¿qué es lo que yo amo cuando os amo? No es hermosura corpórea, ni bondad transitoria, ni luz material agradable a estos ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura del maná, o la miel, ni finalmente deleite alguno que pertenezca al tacto o a otros sentidos del cuerpo.

Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios; y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía, una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite de mi alma. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no la esparce el aire, se recibe gusto de un manjar que no se consume comiéndose; y se posee tan estrechamente un bien tan delicioso, que por más que se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por fastidio. Pues todo esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.

Pero, ¿qué viene a ser esto? Yo pregunté a la tierra, y respondió: No soy eso; y cuantas cosas se contienen en la tierra me respondieron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos, y a todos los animales que viven en las aguas, y respondieron: No somos tu Dios, búscale más arriba de nosotros. Pregunté al aire que respiramos y respondió todo él con los que le habitan: Anaxímenes se engaña porque no soy tu Dios. Pregunté al cielo, al sol, la luna y las estrellas, y me dijeron: Tampoco somos nosotros ese Dios que buscas. Entonces dije a todas las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi Dios, decidme por lo menos algo de Él. Y con una gran voz clamaron todas: Él es el que nos ha hecho.

Estas preguntas que digo haber hecho a todas las criaturas, era sólo mirarlas yo atentamente y contemplarlas, y las respuestas que digo me daban ellas, era sólo presentárseme todas con la hermosura y orden que tienen en sí mismas." (Conf. 10, 6).

"Tarde te amé, Dios mío, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mi alma, y yo distraído fuera, y allí mismo te buscaba; y perdiendo la hermosura de mi alma, me dejaba llevar de estas hermosas creaturas exteriores que Tú has creado. De donde infiero, que Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo; y me alejaban y tenían muy apartado de Ti aquellas mismas cosas que no tendrían ser, si no estuvieran en Ti. Pero Tú me llamaste y diste tales voces a mi alma, que cedió a tus voces mi sordera. Brilló tanto tu luz, fue tan grande tu resplandor, que ahuyentó mi ceguera. Hiciste que llegase hasta mí tu fragancia, y tomando aliento respiré con ella, y suspiro y anhelo ya por Ti. Me diste a gustar tu dulzura, y ha excitado en mi alma un hambre y sed muy viva. En fin, Señor, me tocaste y me encendí en deseos de abrazarte." (Conf. 10, 27, 38).

"Amor meus, pondus meus". Para San Agustín, el amor es el peso (pondus) del corazón, que lo hace inclinarse en un sentido o en otro. El objeto tras el que corre el amor es siempre el bien, no en sentido moral, sino en sentido ontológico: lo bueno en general. La meta última de esa tendencia amorosa del hombre es la felicidad, es decir, la posesión del Bien Supremo, que es Dios mismo. "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti". Todos están de acuerdo en que quieren ser felices. Pero no están de acuerdo acerca de en qué consiste la felicidad: en los honores, los placeres, las riquezas, el poder, la fama, en Dios...San Agustín enseña que el amor de suyo es neutro, y que puede ser bueno o malo según sea ordenado o desordenado ("Ordo amoris"). Y es ordenado o desordenado según se pliegue o no a las exigencias objetivas del orden real, ontológico de los bienes. Este orden consiste en la primacía absoluta de Dios, Bien Supremo, sobre todos los otros bienes, finitos y limitados. Es ordenado, entonces, el amor que ama Dios por sobre todas las cosas, y por Él mismo, y a todo lo demás, en Dios, por Dios, según Dios, y por tanto, de acuerdo con su Ley.

Es desordenado el amor que coloca por encima de Dios algún bien creado, al amarlo fuera o en contra de la ley de Dios.

Pero el que ama con amor ordenado, y sólo él, tiene a la ley divina interiorizada en su corazón, grabada de tal manera que para él, y sólo para él, vale la famosa fórmula agustiniana: "Ama y haz lo que quieras" (Dilige, et quod vis, fac).

Y de esta filosofía y teología del amor San Agustín hace el eje de su filosofía y teología de la historia, cuando en la "Ciudad de Dios", una de sus obras más geniales, presenta toda la historia de la humanidad como la historia de la lucha entre dos ciudades, la Ciudad de Dios y la ciudad del mundo, y a esas dos ciudades como constituídas fundamentalmente por dos amores:

"Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad del mundo; el amor de Dios, hasta el desprecio de sí mismo, hizo la Ciudad de Dios". (Ciudad de Dios, libro XIV, cap. XXVIII).

Sin la gracia de Dios, el amor humano necesariamente termina curvándose ilícitamente sobre las criaturas, bajo el peso de la herencia de Adán. Para San Agustín, es la muerte de Jesucristo, Hijo de Dios, en la cruz, la que, abriendo para los hombres las compuertas de la gracia celestial, potencia el amor humano por encima de sus mismos límites creaturales, haciéndolo participar, en la fe y en la esperanza, de la Caridad divina. Porque "Dios es Amor" (1 Jn. 4, 8).

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