Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 99 –2 de junio de 2014

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Pedido de colaboración

Equipo de Dirección

Magisterio

El día del Señor

Catecismo de la Iglesia Católica

Teología

Evangelización, proselitismo y ecumenismo

Mons. Fernando Ocáriz

Teología

Son teólogos que han perdido la fe

Pbro. Dr. José María Iraburu

Teología

¿Redefinición del adulterio?

Lic. Néstor Martínez Valls

Biblia

Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor

Diác. Jorge Novoa

Ciencia y Sociedad

¿Se está produciendo un calentamiento global antropogénico catastrófico? –I

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Historia

¿Papiro sobre la mujer de Jesús? Una burda falsificación

Corrado Paolucci

 

Libros

«La esposa prohibida»

Costanza Miriano

Familia y Vida

El Papa a directores de la ONU: los niños por nacer son «nuestros hermanos y hermanas»

Stefano Gennarini, J.D.

 

Oración

Salmo 53 (52)

El Libro del Pueblo de Dios (traducción argentina de la Biblia)

 

 

Pedido de colaboración

 

Equipo de Dirección

 

Gracias a Dios, el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” (CCCFR), en su corta existencia, ha alcanzado varios logros relevantes: la revista “Fe y Razón” se acerca al N° 100 con 1.650 suscriptores; se ha diseñado y puesto en marcha un nuevo sitio web; la Colección “Fe y Razón” cuenta con once títulos publicados y otros dos en preparación; se han realizado jornadas académicas, ciclos de conferencias y cursillos organizados por el CCCFR; el viejo sitio web (iniciado en 1999 y congelado desde hace muchos años) sigue recibiendo muchos miles de visitas por mes; etc. Sin embargo, podemos y debemos hacer más: aumentar nuestros servicios y actividades, llegar a más personas…

 

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El día del Señor

 

Catecismo de la Iglesia Católica

 

¡Éste es el día que ha hecho el Señor, exultemos y gocémonos en él! (Sal 118, 24).

 

El día de la Resurrección: la nueva creación

 

2174 Jesús resucitó de entre los muertos “el primer día de la semana” (Mt 28, 1; Mc 16, 2; Lc 24, 1; Jn 20, 1). En cuanto es el “primer día”, el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto es el “octavo día”, que sigue al sábado (cf Mc 16, 1; Mt 28, 1), significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor (Hè kyriakè hèmera, dies dominica), el “domingo”: «Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día [después del sábado judío, pero también el primer día], en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos» (San Justino, Apologia, 1,67).

 

El domingo, plenitud del sábado

 

2175 El domingo se distingue expresamente del sábado, al que sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a Cristo (cf 1Co 10, 11): «Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por Él y por su muerte» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Magnesios, 9, 1).

 

2176 La celebración del domingo cumple la prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de “dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los hombres” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, 2-2, q. 122, a. 4). El culto dominical realiza el precepto moral de la Antigua Alianza, cuyo ritmo y espíritu recoge celebrando cada semana al Creador y Redentor de su pueblo.

 

La Eucaristía dominical

 

2177 La celebración dominical del día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. “El domingo, en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC can. 1246, §1). «Igualmente deben observarse los días de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos» (CIC can. 1246, §1). (*)

 

2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2, 42-46; 1 Co 11, 17). La carta a los Hebreos dice: “No abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente” (Hb 10, 25). «La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: “Venir temprano a la iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración [...] Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marcharse antes de la despedida [...] Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos» (Pseudo-Eusebio de Alejandría, Sermo de die Dominica).

 

2179 “La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio” (CIC can. 515, §1). Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la Eucaristía. La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litúrgica, le congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas: «También puedes orar en casa; sin embargo no puedes orar igual que en la iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se eleva a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes» (San Juan Crisóstomo, De incomprehensibili Dei natura seu contra Anomoeos, 3, 6).

 

La obligación del domingo

 

2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la misa” (CIC can. 1247). “Cumple el precepto de participar en la misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde” (CIC can. 1248, §1).

 

2181 La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.”

 

2182 La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

 

2183 “Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias” (CIC can. 1248, §2).

 

Día de gracia y de descanso

 

2184 Así como Dios “cesó el día séptimo de toda la tarea que había hecho” (Gn 2, 2), así también la vida humana sigue un ritmo de trabajo y descanso. La institución del día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (cf GS 67, 3).

 

2185 Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, el descanso necesario del espíritu y del cuerpo (cf CIC can. 1247). Las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud. «El amor de la verdad busca el santo ocio, la necesidad del amor cultiva el justo trabajo» (San Agustín, De civitate Dei,  19, 19).

 

2186 Los cristianos que disponen de tiempo de descanso deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana.

 

2187 Santificar los domingos y los días de fiesta exige un esfuerzo común. Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de dedicar un tiempo suficiente al descanso. Los fieles cuidarán con moderación y caridad evitar los excesos y las violencias engendrados a veces por espectáculos multitudinarios. A pesar de las presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino. Los patronos tienen una obligación análoga con respecto a sus empleados.

 

2188 En el respeto de la libertad religiosa y del bien común de todos, los cristianos deben esforzarse por obtener el reconocimiento de los domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales. Deben dar a todos un ejemplo público de oración, de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones como una contribución preciosa a la vida espiritual de la sociedad humana. Si la legislación del país u otras razones obligan a trabajar el domingo, este día debe ser al menos vivido como el día de nuestra liberación que nos hace participar en esta “reunión de fiesta”, en esta “asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos” (Hb 12, 22-23).

 

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(*) Nota de “Fe y Razón”: Conviene recordar también el § 2 del mismo canon: “Sin embargo, la Conferencia Episcopal, previa aprobación de la Sede Apostólica, puede suprimir o trasladar a domingo algunas de las fiestas de precepto.” En Uruguay, de las diez fiestas de precepto recién enumeradas, sólo tres no han sido suprimidas o trasladadas a domingo: Epifanía (6 de enero), Inmaculada Concepción (8 de diciembre) y Navidad (25 de diciembre).

 

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Evangelización, proselitismo y ecumenismo

 

Mons. Fernando Ocáriz

Facultad de Teología

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

ROMA

 

Resumen: El proselitismo pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia. La connotación negativa que para algunas personas tiene la palabra no debe hacer desaparecer ni su uso ni la actividad que designa. Así lo muestra un estudio detenido del término en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia. Se deben excluir las formas de proselitismo violento o sectario, pero en el marco del diálogo ecuménico también se debe intentar ayudar a las personas para que lleguen a la plenitud de la verdad en la Iglesia Católica.

 

1. Introducción

 

La vida de Jesucristo, redentora en todos sus instantes y dimensiones, se puede resumir en aquellas palabras de San Pablo: «en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5,19), que San Agustín comentó con la célebre expresión: mundus reconciliatus, Ecclesia (1): Cristo, reconciliando al mundo con Dios, edifica su Iglesia. Esta extensión universal de la Redención –contemplada por otros Padres en la Cruz cósmica, que abarca el universo (2)– se va realizando en la Iglesia. La Iglesia es el mismo mundo en cuanto reconciliado con Dios en Cristo y, a la vez, es la continuación de la presencia reconciliadora, salvífica, del Señor: «la Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria» (3).

 

De ahí que la misión de la Iglesia se pueda, a su vez, resumir en transformar el mundo en sí misma; es decir, en ir incorporando la humanidad al Cuerpo de Cristo que ella misma es. Esta misión puede también expresarse con el término evangelización –que encierra una gran riqueza de contenido, del que «ninguna definición parcial y fragmentaria puede dar razón» (4)–, entendido en su sentido más amplio, como traditio Evangelii, transmisión del Evangelio en cuanto «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1,16); palabra que anuncia y da la vida eterna (cfr. Jn 6,68), en la predicación y en los sacramentos. Misión apostólica que el Señor enunció así: «Id por todo el mundo, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado» (Mt 28,19). Por esto, «el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, ésta es su esencia más profunda» (5). Catolicidad y universalidad de la evangelización son inseparables.

 

Como el Señor –que predicó a todos la conversión desde el mismo inicio de su vida pública (cfr. Mc 1,15)–, la Iglesia ha entendido siempre su misión de transmitir el Evangelio ad gentes como dirigida a la conversión de los hombres. Sin embargo, es bien sabido que, por desgracia, este empuje misional ha sufrido en los últimos tiempos un enfriamiento en no pocos ambientes católicos. De hecho, Juan Pablo II advirtió que la llamada a la conversión «es puesta en discusión o pasada bajo silencio. Se ve en ella un acto de "proselitismo"; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a su propia religión, que basta construir comunidades capaces de obrar a favor de la justicia, de la libertad, de la paz, de la solidaridad» (6). La actividad de transmitir el Evangelio, incorporando los hombres a Cristo en la Iglesia, puede designarse –y así se ha hecho con alguna frecuencia– con el término proselitismo. Pero –como apuntaba Juan Pablo II, en el texto citado–, en algunos ambientes, esta palabra ha ido adquiriendo un matiz negativo.

 

De hecho, no es raro que, con motivaciones de fondo diversas, se pretenda obstaculizar la misión evangelizadora de la Iglesia con la acusación de proselitismo, entendiendo este término en un sentido negativo, es decir como el uso de métodos inmorales (violencia física o moral, engaño) para captar seguidores. En realidad, el Magisterio de la Iglesia ha reprobado siempre la violencia y el engaño. Así, en el contexto de la libertad religiosa, el Concilio Vaticano II lo ha recordado con especial fuerza: «Las comunidades religiosas tienen también el derecho a que no se les impida la enseñanza y el testimonio público oral y escrito de su fe. Pero en la difusión de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de todo tipo de acciones que puedan tener sabor a coacción o persuasión deshonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas incultas o necesitadas» (7). Y, en este mismo sentido, Juan Pablo II afirmaba: «La nueva evangelización no tiene nada que ver con lo que diversas publicaciones han insinuado, hablando de restauración, o lanzando la palabra proselitismo en tono de acusación, o echando mano de conceptos como pluralismo y tolerancia, entendidos unilateral y tendenciosamente. Una profunda lectura de la Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa ayudaría a esclarecer tales problemas, y también a disipar los temores que se intenta despertar, quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje para acometer su misión evangelizadora. Y esa misión pertenece a la esencia de la Iglesia» (8).

 

2. Necesidad de una clarificación

 

En algunos documentos eclesiásticos posteriores al Concilio Vaticano II, cuando se emplea la palabra proselitismo en sentido negativo, se aclara el sentido que el término no contiene en sí mismo. Por ejemplo, en el Directorio ecuménico de 1967, se exhorta a los Obispos a hacer frente al peligro de proselitismo en relación a la actividad de las sectas, pero se aclara inmediatamente que «por la voz "proselitismo", se entiende aquí un modo de obrar no conforme con el espíritu evangélico, en cuanto utiliza argumentos deshonestos para atraer los hombres a su Comunidad, abusando, por ejemplo, de su ignorancia o pobreza, etc. (cfr. Decl. Dignitatis humanae, 4)» (9). La necesidad de distinguir entre un proselitismo positivo y uno negativo se hizo también presente en campo ecuménico, por ejemplo en la Tercera relación oficial (1971) del Grupo Mixto Iglesia Católica-Consejo Ecuménico de las Iglesias, en la que se constata que en algunos contextos lingüísticos el término proselitismo «ha adquirido un sentido peyorativo», y se concluye que, si se quiere indicar ese sentido negativo «en otras lenguas o contextos en los que el término conserva su sentido más antiguo de "celo por la difusión de la fe", se hará necesario especificar siempre "proselitismo en un sentido peyorativo" o alguna otra expresión que denote actitudes y conductas criticables» (10). No es éste, evidentemente, un texto con valor magisterial, pero sí es un testimonio más del hecho de que el sentido negativo o peyorativo no es intrínseco al término proselitismo.

 

Años más tarde, Juan Pablo II, en la Carta Mentre si intensificano, de 1991, se refería al «rechazo de toda forma indebida de proselitismo, evitando de manera absoluta en la acción pastoral cualquier tentación de violencia y cualquier forma de presión» (11). Es evidente, también por el contexto, que si hay formas indebidas de proselitismo, existen otras no indebidas.

 

En otros documentos eclesiásticos, se fue introduciendo el uso del término proselitismo en sentido negativo, especialmente en referencia al «proselitismo de las sectas». En ocasiones, también se ha usado el término para indicar, sin matiz alguno, una actividad injusta. Así, por ejemplo, en un documento de la Comisión Pontificia pro Russia, de 1992, se dice: «Lo que se llama proselitismo –es decir cualquier presión sobre la conciencia–, de quienquiera que sea practicado o bajo cualquier forma, es completamente diverso del apostolado y no es en absoluto el método en que se inspiran los pastores de la Iglesia» (12). En el nuevo Directorio ecuménico de 1993, desapareció el matiz presente en el anterior Directorio, con el que se precisaba el sentido en que se hablaba de proselitismo (13). A partir de entonces, ha sido frecuente que con esta palabra se designen tout court comportamientos dirigidos a forzar, presionar o, en general, tratar en forma abusiva la conciencia de las personas.

 

Sin embargo, en el ámbito ecuménico no se llegó a prescindir siempre de la distinción entre un proselitismo bueno y uno malo. Por ejemplo, en un documento de 1995 del Grupo mixto Iglesia Católica-Consejo Ecuménico de las Iglesias, se aclara que, aunque el término proselitismo «ha adquirido recientemente una connotación negativa cuando se ha aplicado a la actividad de algunos cristianos dirigida a hacer seguidores entre los miembros de otras comunidades cristianas», históricamente este término «ha sido empleado en sentido positivo, como concepto equivalente al de actividad misionera» (14) y se explica que «en la Biblia este término no tiene connotación negativa alguna. Un "prosélito" era quien creía en el Señor y aceptaba su ley, y de este modo se convertía en miembro de la comunidad judía. La cristiandad tomó este significado para describir a quien se convertía del paganismo. Hasta época reciente, la actividad misionera y el proselitismo se consideraban conceptos equivalentes» (15).

 

En cualquier caso, parece necesaria una clarificación, pues el asunto no es meramente lingüístico, sino que comporta importantes connotaciones doctrinales.

 

3. El uso del término «proselitismo»

 

3.1. El proselitismo en la Sagrada Escritura

 

Como se recordaba en el texto apenas citado, el término prosélytos pasó del judaísmo a la tradición cristiana. Se trata de la traducción griega del hebreo ger, frecuente en la versión de los LXX (77 veces), que designaba principalmente al extranjero que, viviendo establemente en la comunidad hebraica, gozaba de los mismos derechos y deberes que los hebreos (16), participando también en el culto religioso de la comunidad.

 

Parece que la realidad de los prosélitos, en cuanto categoría institucionalizada, provino de la diáspora en la época del helenismo y comportaba un periodo de preparación que culminaba en la Pascua, antes del cual el prosélito recibía la circuncisión (17).

 

El término prosélytos aparece sólo cuatro veces en el Nuevo Testamento: una en San Mateo (23,15) y tres en los Hechos de los Apóstoles (2,11; 6,5; 13,43). El texto del Evangelio es en el que se expresa más claramente el alcance del término. Los escribas y fariseos se preocupaban de buscar personas que estuviesen en condiciones de entender y de vivir la fe en el único Dios. En buena parte fue la actividad proselitista lo que permitió sobrevivir al judaísmo después de la destrucción del Templo y la dispersión del pueblo. La mayor parte de los exégetas concuerdan –como, por otra parte, parece bastante obvio– en que el reproche que Jesús dirige a escribas y fariseos no se refiere al hecho de procurar prosélitos sino al modo de hacerlo y, sobre todo, a que hacían después al discípulo «hijo del infierno», dos veces peor que el maestro que le atrajo al judaísmo (18). Ya en la época del protestantismo liberal apareció la tendencia a interpretar Mt 23,15 como si Jesús hubiese condenado el proselitismo en cuanto tal, pues su actividad se dirigía exclusivamente a Israel, evitando expresamente la misión entre paganos (19). Ciertamente, al menos en dos ocasiones el Señor afirmó que había sido enviado sólo a Israel (cfr. Mt 10,6; 15,24), pero no bastan esas referencias para sacar conclusiones generales absolutas: sería superfluo detenernos aquí en mostrar la universalidad de la misión redentora de Jesucristo, que precisamente en San Mateo es particularmente explícita (cfr. Mt 12,41 s; 25,31 ss; 28,18-20). Se puede ciertamente asegurar que el Señor no sólo no valoró negativamente el proselitismo hebraico en sí mismo, sino que la universalidad de su misión se situó en continuidad con el espíritu proselitista judío; continuidad, dentro de la peculiar continuidad-discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos.

 

El primer texto de Hechos en que aparece el término prosélytos se refiere a los diversos grupos de judíos que se habían congregado en Jerusalén con ocasión de la fiesta de Pentecostés. La expresión «judíos y prosélitos» (Hch 2,11) no menciona lugares de proveniencia sino que es una indicación de naturaleza religiosa, que constituye como un resumen del enunciado de los diversos pueblos hecho anteriormente (20). En Hch 6,5, leemos que uno de los primeros siete diáconos es «Nicolás, prosélito de Antioquía». El sentido positivo del ser prosélito es evidente: los siete fueron elegidos por su buena fama, por estar llenos del Espíritu Santo y por su sabiduría (cfr. Hch 6,3). En Hch 13,42-43 se recoge el final del discurso de San Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. El efecto que sus palabras producen en los oyentes hace que éstos pidan después a Pablo y Bernabé que continúen explicando su mensaje el próximo sábado. Como consecuencia se adhirieron a ellos «muchos judíos y piadosos prosélitos», que eran exhortados a «permanecer en la palabra de Dios». También aquí es evidente el significado positivo de prosélito, que es además subrayado por el adjetivo «piadosos» (sebomenon prosélytos).

 

Los Hechos de los Apóstoles describen la actividad misionera de la primitiva comunidad cristiana siguiendo las huellas del judaísmo. Como los hebreos intentaban atraer paganos bien dispuestos para que se integrasen en la religión hebrea, así también los primeros cristianos se sentían impulsados a comunicar el mensaje salvífico de Cristo con el fin de «ganar» almas para el Señor (cfr. 1 Cor 9,19-23; Flp 3,8). Al principio, su actividad estaba dirigida a los judíos, pero «los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos. Entre ellos había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch 11,19-21). La misión de la Iglesia ad gentes nació, en efecto, como la continuidad cristiana –en el sentido mencionado antes– del proselitismo hebreo.

 

3.2. El proselitismo en la época patrística

 

En la Patrística, el término proselitismo aparece en San Justino, en su Diálogo con Trifón (21), a propósito de Is 49,6: «Te he puesto para ser luz de las naciones». Los hebreos, convencidos de la fe en el verdadero Dios, se sentían impulsados a buscar prosélitos, pero San Justino comenta, sin negar la actividad proselitista de los hebreos, que el texto de Isaías se refiere principalmente, en sentido profético, a Cristo y a los cristianos. Más explícitamente escribe en otro pasaje del Diálogo con Trifón: «os queda poco tiempo para haceros prosélitos (prosélyseos krónos) nuestros: si Cristo os precede con su venida, en vano os arrepentiréis» (22). Migne tradujo así al latín: «breve enim hoc vobis relinquitur ad nos accedendi tempus. Si Christus venire occupaverit, frustra vos poenitebit». En esta línea, las traducciones en lenguas vulgares usan expresiones como «uniros a nosotros» («aderirvi a noi», etc.), en lugar de la expresión más literal que sería «haceros prosélitos nuestros» («farvi proseliti nostri», etc.).

 

También Flavio Josefo, en su Contra Apionem, se refiere a los éxitos proselitistas de los hebreos (23). El proselitismo, como actitud y como actividad, se consideraba eminentemente positivo y meritorio, pues se daba a los gentiles la posibilidad de ser objeto de la elección divina, de formar parte del pueblo elegido. Así, por ejemplo, en el Midrash Rabbah se encuentran afirmaciones de este tipo: «quien se acerca a un pagano y lo convierte debe ser considerado como si lo hubiese creado» (24); «cuando llega un extranjero y se hace prosélito, dale la mano para que sea acogido bajo las alas de la shekinah» (25). En otros autores, como Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamina, Procopio y Teodoreto, el verbo prosélyteio suele tener el significado de «ser extranjero»; también San Juan Crisóstomo lo emplea en este sentido (26).

 

Naturalmente, hay muchos comentarios patrísticos a Mt 23,15, en los que se dan sobre todo interpretaciones de por qué el prosélito se hacía peor que su maestro (27). En este contexto, San Agustín considera que hacer prosélitos es como engendrar hijos (28). En cualquier caso, se puede decir que, en los primeros siglos, el uso del término para designar a los conversos al cristianismo y el de su derivado (proselitismo) no tenía connotación negativa alguna.

 

3.3. La reaparición del término y su significado en las lenguas modernas

 

Lo mismo puede decirse de los siglos sucesivos. Las conversiones al cristianismo pasan a ser numerosísimas y la cuestión que la Iglesia se plantea, en una Europa que se hace cristiana, no es tanto buscar prosélitos cuanto la organización del catecumenado, la enseñanza de la fe a quienes solicitan el Bautismo. Parece ser que fue poco después de la Reforma protestante, cuando reapareció en el lenguaje cristiano el uso de la palabra proselitismo. Según David Bosch, fueron los jesuitas los primeros en utilizarla con el significado de extender la fe cristiana entre los no católicos, incluidos los protestantes (29). En cambio, según el Oxford English Dictionary el término habría reaparecido en 1660 en una obra de H. Hammon (30). En ámbito italiano, se encuentran muy numerosas referencias al proselitismo a partir de 1774 (31); en francés, parece que fue Montesquieu en 1715 el primero en usar esta palabra (32), que en cambio no se encuentra en la Encyclopédie de Diderot y d'Alambert.

 

Por lo que se refiere al significado actual en las diversas lenguas occidentales, prácticamente todos los diccionarios y las enciclopedias más prestigiosas coinciden en definir el proselitismo simplemente como la actividad o la actitud dirigida a hacer prosélitos (33). Es obvio que se trata de una realidad presente en múltiples niveles (religioso, político, deportivo, económico, etc.) y, en principio, plenamente legítima, aunque como cualquier otra actividad pueda desviarse moralmente (34). En algunos casos, se menciona un sentido peyorativo del término, como en el alemán Duden-Rechtschreibung (de 1986), donde Proselyt se entiende originariamente como el converso al judaísmo y actualmente como el «nuevo converso», y se añade que el término derivado Proselytenmacherei (proselitismo) implica una idea negativa. Por el contrario, en diversos diccionarios y enciclopedias en otras lenguas se encuentran sobre todo explicaciones del término en sentido sólo positivo, especialmente en escritos de inspiración cristiana. Así, por ejemplo, en el Lessico Universale Italiano, se afirma que «la actividad misionera es una forma organizada de proselitismo» (35); y, en castellano, en la Gran Enciclopedia Rialp, donde el término proselitismo se entiende en el sentido literal de «celo por ganar prosélitos», se explica que, en sentido más amplio, por proselitismo se entiende «la acción apostólica dirigida a difundir la fe católica para que todos los hombres lleguen al conocimiento de Cristo» (36).

 

En Internet se pueden encontrar sobre el tema fuentes de todo tipo; sin embargo, es significativo que en una de las más consultadas en todo el mundo –por pertenecer a Microsoft y estar disponible en numerosas lenguas–, el término proselitismo es mencionado en varios artículos y nunca en sentido negativo. Por ejemplo, en el artículo sobre «Libertad de culto», se dice que todos los ciudadanos «pueden profesar libremente el propio credo haciendo, eventualmente, también obra de proselitismo» (37); y, en el artículo «Propaganda», se afirma que este concepto está «inicialmente ligado a la actividad de proselitismo de la Iglesia católica» (38). En este horizonte de libertad se sitúan también algunas posiciones de autores actuales, como la de un político francés que llega a afirmar que «el proselitismo, con tal de que sea moderado, ha sido reconocido como un componente intrínseco de la libertad religiosa» (39).

 

De todos estos datos se puede concluir que, aunque en algunos idiomas, como el alemán, prevalece actualmente un sentido negativo del término proselitismo, que se separa de su raíz bíblica, en muchas otras lenguas y contextos culturales expresa una actividad en sí positiva. Como se lee en un Diccionario teológico de hace pocos años, «Según la Sagrada Escritura, el "prosélito" es el no judío que se hace judío, aceptando la fe judía. Es el "temeroso de Dios" que conoce la ley y la observa.

El cristianismo hizo suyo el término analógicamente, de manera que "hacer proselitismo", difundir la fe cristiana (cristianizar, evangelizar), hasta tiempos recientes se consideraban la misma cosa»  (40). El mismo Diccionario añade que, junto a este significado positivo y habitual, el término proselitismo ha comenzado a tener recientemente también uno negativo como consecuencia de las actividades de las sectas de origen protestante (41).

 

Antes de la aparición de este fenómeno de acentuación negativa del término proselitismo en algunos ambientes, los autores católicos, especialmente en el contexto de la vida espiritual, han usado pacíficamente la palabra proselitismo para referirse a la actividad apostólica o de evangelización: «el término pone de relieve la dimensión personal de la misión apostólica, es decir, la necesidad de realizarlo de persona a persona, con quienes se encuentran al lado» (42). Esta misión la realiza el cristiano muy especialmente en el trato de amistad en su vida familiar, profesional y social. Junto al uso para designar la actividad encaminada a acercar a otros a la Iglesia o a ayudarles a vivir coherentemente con la fe católica, el término proselitismo se ha utilizado también con frecuencia en el contexto de la promoción de vocaciones específicas dentro de la Iglesia (al sacerdocio, etc.). También este uso está claramente inspirado en el sentido bíblico de proselytos.

 

Un importante ejemplo actual lo encontramos en el libro Camino, de San Josemaría Escrivá de Balaguer, obra de espiritualidad de extraordinaria difusión (hasta ahora, más de cuatro millones y medio de ejemplares, en unos 44 idiomas), donde hay un capítulo que lleva por título precisamente Proselitismo, en el que se emplea el término en su sentido original exclusivamente positivo. Sólo en las ediciones en algunas pocas lenguas, en las que hay una tendencia a valorar negativamente el término (concretamente, en alemán y en inglés), se ha traducido no literalmente sino con expresiones más o menos análogas («Menschen gewinnen»; «Winning new apostles»). Sin embargo, en una reciente edición bilingüe castellano-inglesa (43), el traductor ha considerado más adecuado traducir proselytism, con «proselitismo», explicando en una nota el significado positivo que tiene esa palabra.

 

3.4. Conclusión terminológica

 

El uso de la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo no es algo generalizado ni tampoco, en la mayor parte de los casos, el simple efecto de una evolución del lenguaje. Con frecuencia, la utilización actual de este término como si sólo tuviese un significado negativo no se debe a que por tal palabra se entienda de hecho –contra su significado original– una actitud inmoral (violenta, engañosa, etc.), sino que también se considera negativo el verdadero sentido positivo del proselitismo. Es decir, el problema de fondo es que con la tendencia, que pretende imponerse en algunos ambientes, de usar la palabra proselitismo como algo negativo, se pretende afirmar una actitud relativista y subjetivista, sobre todo en el plano religioso, para la que no tendría sentido que una persona pretendiese tener la verdad y procurase convencer a otras para que la acojan y se incorporen a la Iglesia. La descalificación –presente en algunos ambientes– de la palabra proselitismo, sobre todo cuando se refiere al apostolado cristiano, mucho tiene que ver, en efecto, con esa «dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solamente el propio yo y sus deseos» (44).

 

Por esto, es necesario reafirmar que la acción de invitar y favorecer que otras personas –no cristianas o, en otro nivel, cristianas no católicas– se incorporen a la plena comunión en la Iglesia católica, respetando la verdad y la intimidad y libertad de todos, es parte integrante de la evangelización.

 

En otro orden de cosas, también se está pretendiendo usar la palabra proselitismo en un sentido exclusivamente negativo para designar la acción apostólica de promoción de determinadas vocaciones dentro de la Iglesia que comportan un serio compromiso (el sacerdocio y otros diversos modos organizados de buscar la plenitud de la vida cristiana). En este caso, las motivaciones son variadas pero no del todo ajenas al mismo relativismo y subjetivismo.

 

Como es obvio, la evangelización, al igual que cualquier actividad humana, puede realizarse con intención o con métodos inmorales (y de hecho así sucede en no pocas sectas no católicas y no cristianas). Pero sería una gran falsedad histórica afirmar que esto haya sido frecuente en la Iglesia. El verdadero espíritu cristiano siempre ha estado informado por la caridad, como se expresa en estas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad» (45). Por otra parte, la posibilidad –y realidad en algunas sectas– de un proselitismo moralmente incorrecto no justifica atribuir al término un sentido negativo. Es más, la coherencia debería llevar a usar la palabra proselitismo sin adjetivo alguno para designar su sentido original positivo, y calificada en cambio de algún modo cuando se trate de una actividad reprobable (por ejemplo, proselitismo negativo, proselitismo sectario, proselitismo violento, etc.), a menos que el contexto lo haga claramente innecesario.

 

No hay pues motivos suficientes (ni lingüísticos, ni históricos, ni, mucho menos, teológicos) para atribuir al término proselitismo un sentido negativo. Y, sobre todo, nada podría justificar la pretensión de que la Iglesia renunciara a la catolicidad de su misión reconciliadora del mundo con Dios, es decir a extenderse ella misma más y más, para gloria de Dios y salvación de todas las almas.

 

4. Proselitismo y ecumenismo

 

La pretendida descalificación del término proselitismo está teniendo especial relevancia en relación a la actividad de la Iglesia católica en territorios de mayoría ortodoxa. En este contexto, se hace más patente que no estamos ante una simple cuestión terminológica o de evolución del lenguaje. No se trata, en efecto, de que se use el término proselitismo sólo para lo que debería especificarse como «proselitismo abusivo», sino que se considera también reprobable el proselitismo que busque, con pleno respeto de la intimidad y libertad de las personas, la incorporación de cristianos ortodoxos a la Iglesia católica.

 

Las motivaciones de semejante descalificación son variadas; desde el punto de vista propiamente eclesiológico, el motivo que puede parecer más importante es que los cristianos ortodoxos ya están incorporados a una verdadera Iglesia, como la misma Iglesia católica reconoce, al afirmar, en la Declaración Dominus Iesus, que las comunidades cristianas que, aunque separadas de Roma, han conservado la válida Eucaristía y el Episcopado válido son «verdaderas Iglesias particulares» (46). Pero esta afirmación ha de entenderse en su contexto y significado auténticos.

 

4.1. Iglesia católica e Iglesias no católicas

 

Ante todo, es necesario confesar que Jesucristo ha fundado una sola Iglesia, sobre Pedro y con la garantía de indefectibilidad ante las persecuciones, divisiones y obstáculos de todo tipo que habría de encontrar a lo largo de la historia (cfr. Mt 16,18). Y así ha sido y será siempre: existe una sola Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica (47).

 

A la vez, con el Concilio Vaticano II –en el n. 8 de la Constitución Lumen gentium–, debemos sostener que «esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsistit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien (licet) fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santificación y de verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

 

Como se sabe, en el esquema que dio lugar después a este texto definitivo, se decía que la Iglesia de Cristo es (est) la Iglesia católica (48). Sobre todo por esto, la célebre expresión subsistit in ha sido después objeto de diversas y contradictorias interpretaciones, sobre las que no es necesario detenernos aquí. En realidad, «la palabra "subsiste" no tiene otro significado que el de "continúa existiendo". Por tanto, si la Iglesia de Cristo "continúa existiendo" (subsistit in) en la Iglesia Católica, la continuidad de existencia comporta una substancial identidad de esencia» (49). Este significado coincide con el lenguaje común de la cultura occidental y es conciliable con el significado filosófico clásico: subsiste aquello que es en sí y no en otro (50). Y, por esto, «el Concilio quiere decirnos que la Iglesia de Jesucristo como sujeto concreto en este mundo se puede encontrar en la Iglesia católica. Esto puede suceder sólo una vez y la concepción según la cual el subsistit se habría de multiplicar no capta precisamente lo que se quería decir. Con la palabra subsistit el Concilio quería expresar la singularidad y la no multiplicabilidad de la Iglesia católica» (51). Por eso, «es contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes de la fórmula subsistit in extraen la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas» (52).

 

Es necesario observar que el n. 8 de Lumen gentium, al afirmar la subsistencia de la Iglesia de Cristo en la Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él (en el sentido de sólo en ella), se refiere explícitamente a la Iglesia en cuanto establecida y organizada como sociedad en este mundo, e inmediatamente después afirma que fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad. Esto nos remite a considerar la Iglesia no sólo en su dimensión social sino también en su dimensión mistérico-sacramental, como Cuerpo místico de Cristo (53).

 

El Concilio Vaticano II, siguiendo un uso tradicional, da el nombre de Iglesias a las comunidades cristianas no católicas que han conservado la Eucaristía válida y el Episcopado. Durante la elaboración del Decreto Unitatis redintegratio, uno de los relatores de la respectiva Comisión conciliar explicó que no se pretendía entrar en la cuestión disputada de cuáles son las condiciones para que una comunidad sea Iglesia en sentido teológico (54). Pero esto no significa que ese título, atribuido a esas comunidades no católicas, fuese simplemente honorífico o sociológico, ya que el mismo Decreto afirma que «por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios» (55); expresión que hay que interpretar a la luz del n. 8 de Lumen gentium, es decir en el sentido de que en estas Iglesias existen muchos elementos de santificación y de verdad propios de la única Iglesia de Cristo (la Iglesia católica).

 

Los posteriores desarrollos teológicos y magisteriales sobre este tema han conducido a atribuir a estas comunidades no católicas que han conservado el Episcopado y la Eucaristía válida el título, ciertamente de naturaleza teológica, de Iglesias particulares (56). Desde el punto de vista magisterial, los momentos más relevantes sobre el tema han sido dos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe: la Carta Communionis notio, de 1992, que afirma que estas comunidades «merecen el título de Iglesias particulares» (57); y la Declaración Dominus Iesus, ya citada en su afirmación de que son «verdaderas Iglesias particulares» (58).

 

Se comprende fácilmente que donde Cristo se hace presente en el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, allí está presente la Iglesia, Cuerpo de Cristo mediante el cual el mismo Señor realiza la salvación en la historia. Sin embargo, no toda forma de presencia de la Iglesia constituye una Iglesia particular, sino solamente la presencia con todos sus elementos esenciales; por eso, para que una comunidad cristiana sea verdaderamente Iglesia particular, «debe hallarse presente en ella, como elemento propio, la suprema autoridad de la Iglesia: el Colegio episcopal "junto con su Cabeza el Romano Pontífice, y jamás sin ella" (Lumen gentium, n. 22)» (59). Esto podría parecer un obstáculo insuperable para entender cómo las Iglesias no católicas son «verdaderas Iglesias particulares». Una posible vía de reflexión puede ser considerar la real presencia del Primado petrino (y del Colegio episcopal) en las Iglesias no católicas, en virtud de la unidad del Episcopado «uno e indiviso» (60): una unidad que, desde luego, no puede existir sin la comunión con el Obispo de Roma. Allí donde, en virtud de la sucesión apostólica, exista válido Episcopado, allí estará presente, como autoridad suprema (aunque no sea de hecho reconocida) el Colegio episcopal con su Cabeza. Además, en toda válida celebración de la Eucaristía hay una referencia objetiva a la universal comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia entera (61), independientemente de las convicciones subjetivas. Es necesario, sin embargo, no perder de vista que la ausencia de plena comunión con el Papa comporta una herida en la eclesialidad misma de esas Iglesias (62); herida no sólo de naturaleza disciplinar o canónica, sino también relativa a la no plena profesión de la fe católica. Por esto, a una Iglesia particular no católica no le falta solamente la manifestación visible de la plena comunión para ser plenamente Iglesia (63).

 

Y, volviendo de nuevo al dato fundamental de la unicidad de la Iglesia de Cristo, es preciso afirmar que las Iglesias particulares no católicas son verdaderas Iglesias por lo que tienen de católicas, y que no son plenamente Iglesias por lo que tienen de no católicas. Su eclesialidad, en efecto, está radicada en el hecho de que «la única Iglesia de Cristo tiene en ellas una presencia operante» (64). En otras palabras, reconocer el carácter de Iglesias a estas comunidades cristianas comporta necesariamente afirmar que también estas Iglesias no católicas son –en aparente paradoja– porciones de la única Iglesia, es decir, de la Iglesia católica; porciones en situación teológica y canónica anómala. Aún en otros términos, podemos decir que la suya es una «eclesialidad participada, según una presencia imperfecta y limitada de la Iglesia de Cristo» (65).

 

4.2. Ecumenismo y proselitismo: conclusión

 

La Iglesia debe evangelizar ante todo a sus propios miembros, llevando a cada uno la doctrina íntegra del Evangelio y la plenitud de los medios de salvación. Miembros de la Iglesia son también, en el sentido expuesto, los fieles de las Iglesias ortodoxas. En relación a éstos, la Iglesia debe empeñarse en edificar la unidad de fe y comunión; unidad que es fruto de la evangelización y, a la vez, su semilla, según la oración de Jesús: «que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

 

De ahí que la Iglesia ni quiera ni pueda renunciar al empeño ecuménico; empeño que se expresa en múltiples actividades institucionales, pero que no se reduce a éstas, pues es también responsabilidad personal de todos los cristianos (66). Concretamente, cuando un fiel católico se encuentra en contacto con un cristiano no católico, el proselitismo consistente en procurar, como expresión de sincera amistad, ayudarle para su posible paso a la Iglesia católica –respetando plenamente su intimidad y su libertad– no sólo no es algo reprobable, sino una manifestación de caridad auténtica. En su realidad teológica profunda, quien da ese paso no «cambia de una Iglesia a otra», sino que se incorpora plenamente a la Iglesia a la que ya estaba unido imperfectamente: la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. En otros términos, es ayudar a una persona, según el clásico adagio de la filosofía griega, a que llegue a ser lo que en realidad ya era (67).

 

En todos los aspectos del ecumenismo, institucionales y personales, los obstáculos son grandes. Es muy necesaria «aquella "purificación de la memoria", tantas veces evocada por Juan Pablo II, que es la única que puede disponer los ánimos para acoger la plena verdad de Cristo» (68).

 

Sobre todo, siempre permanece abierto el espacio para la oración, para la acción de gracias, para el diálogo y para la esperanza en la acción del Espíritu Santo (69).

 

Notas

 

1. SAN AGUSTÍN, Sermo XCVI, 8 (PL 38, 588).

2. Cfr. L. F. MATEO-SECO, Estudios sobre la cristología de Gregorio de Nisa, Eunsa, Pamplona 1978, 161-165.

3. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n. 131.

4. PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi, 8.XII.1975, n. 17.

5. BENEDICTO XVI, Homilía, 15.V.2005.

6. JUAN PABLO II, Enc. Redemptoris missio, 7.XII.1990, n. 46.

7. CONCILIO VATICANO II, Decl. Dignitatis humanae, n. 4. Cfr. JUAN PABLO II, Enc. Redemptoris missio, n. 55.

8. JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994,127.

9. SECRETARIADO PARA LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS, Directorio ecuménico, 14.V.1967, n. 28, nota 15: AAS 59 (1967) 584.

10. GRUPO MIXTO IGLESIA CATÓLICA Y CONSEJO ECUMÉNICO DE LAS IGLESIAS, Tercera relación oficial (1971), Apéndice II, Documento de estudio sobre testimonio y proselitismo, 8,4, nota 6: Enchiridion Oecumenicum 1, 386.

11. JUAN PABLO II, Carta Mentre si intensificano, 31.V 1991, n. 5: AAS 84 (1992) 167.

12. COMISIÓN PONTIFIClA«PRO RUSSIA», L'Église a repi, 1.VI.1992, n. 3: EV 13,1822.

13. Cfr. CONSEJO PONTIFICIO PARA LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS, Directorio para el ecumenismo, 25.III.1993, n. 23, nota 41: AAS 85 (1993) 1048.

14. GRUPO MIXTO IGLESIA CATÓLICA Y CONSEJO ECUMÉNICO DE LAS IGLESIAS, «El reto del proselitismo y la llamada al testimonio común», 25.IX.1995, parte IV, §1, en Il Regno documenti, 21 (1998) 713.

15. Ibid., nota 14.

16. Cfr. K.G. KUHN, «Prosélytos», en Theologisches Worterbuch zum Neuen Testament, ed. ital., Brescia (1980) XI, 303.

17. Entre las inscripciones funerarias de la comunidad judía en Italia que han sido encontradas, el término prosélytos aparece ocho veces: seis referidas a mujeres y dos a hombres. También en la comunidad de Qumrân aparece la palabra: tres veces en el Documento de Damasco y una en el libro de Tobías. Entre los hebreos se empleaba también el verbo qarab, que literalmente significa «acercarse» y que indicaba «hacer un prosélito». Así, el verbo llega a ser un término técnico para indicar la aceptación de los prosélitos en Israel (cfr. J.A. LOADER, «An Explanation to the Term Proselutos», Novum Testamentum 15 [1973] 270-277). Sobre todo en el tardo judaísmo, es decir a partir del siglo II después de Cristo, se encuentran marcadas diferencias entre el judaísmo palestino y el judaísmo helenista. Entre los hebreos de la diáspora, más que exigir a los prosélitos la circuncisión y el cumplimiento de los preceptos cultuales, se exigía en primer lugar el monoteísmo y seguir las normas éticas de la antigua Alianza. En cambio, en Palestina la circuncisión del prosélito era absolutamente necesaria.

18. Cfr. H. KUHLI, "Prosélytos», en H. BALZ-G. SCHNEIDER, Dizionario esegetico del Nuovo Testamento, Brescia 1998, 1151-1154. Hay diversas hipótesis sobre el motivo por el que el prosélito se hacía peor que su maestro: cfr. E. LERLE, Proselytenwerbung und Urchristentum, Evangelische Verlagsanstalt, Berlin 1960, 64-65.

19. Por ejemplo, según Harnack, Jesús no habría dado nunca el mandato de dirigirse a los paganos, sino que esto habría sido «una simple construcción debida al desarrollo del tiempo posterior» (A. HARNACK, Missione e propagazione del cristianesimo nei primi tre secoli, Cosenza 1986, 28; orig. alemán de 1902).

20. Cfr. G. SCHNEIDER, Gli Atti degli Apostoli, Brescia 1985, 352.

21. Cfr. SAN JUSTINO, Dialogus cum Tryphone,121,4 y 122,1: PG 6, 758-759.

22. Ibid, 28, 2: PG 6, 535.

23. Cfr. FLAVIO JOSEFO, Contra Apionem, 2,10, 39: CSEL 37, 99.

24. Gen. Rab., 39,14.

25. Lev. Rab., 134b.

26. Cfr. SAN JUAN CRISÓSTOMO, Exp. in Psalmos, CXIX, 2, 5: PG 55, 341.

27. Cfr., por ejemplo, los comentarios recogidos por SANTO TOMÁS DE AQUINO, Cathena Aurea, in Math., 23,5.

28. Cfr. SAN AGUSTÍN, Contra Faustum, 16,29: PL 42, 336.

29. D.J. BOSCH, Transfimning Mission, Orbis Books, New York 1991, 1.

30. OXFORD ENGLISH DICTIONARY, Oxford 1992, XII, 664.

31. En M. CORTELAZZO- P. ZOLLI, Dizionario etimologico della lingua italiana, Bologna 1979, se cita en este sentido un artículo del «Giornale Enciclopedico» de noviembre de 1774, 24.

32. Cfr. MONTESQUIEU, Lettres Persanes, LXXXV, H. Barckhausen, París 1913, 167.

33. Por ejemplo, cfr.: en italiano, Lessico Universale Italiano (1977), Grande Dizionario Enciclopedico (1990); en castellano, Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (2001), Enciclopedia Espasa y Gran Enciclopedia Rialp; en inglés, Webster's Unabridged Dictionary (1972) y The New Catholic Encyclopedia (1992).

34. De hecho, nadie se extraña de que las empresas busquen el modo de atraer nuevos clientes o empleados, los periódicos nuevos lectores y suscriptores, etc. No hay más que ver la explosión de las técnicas de marketing y publicidad que se conoció en la segunda mitad del siglo pasado.

35. Lessico Universale Italiano, XVII, 742.

36. J.A. GARCÍA-PRIETO, “Proselitismo”, Gran Enciclopedia Rialp, 19, 268.

37. Enciclopedia Microsoft Encarta (2001), artículo “Libertad de culto”.

38. IDEM, artículo “Propaganda”.

39. N. SARKOZY, La république, les religions, l'espérance, Cerf, Paris 2004, 153.

40. B. MONDIN, Dizionario Storico e Teologico delle Missioni, Urbaniana Universiry Press, Città del Vaticano 2001, 379-380.

41. En este sentido, también en Internet se pueden encontrar explicaciones como ésta sobre el proselitismo: «La tradición cristiana utiliza desde muy antiguo este término para designar el celo apostólico por anunciar la fe e incorporar nuevos fieles a la Iglesia o a alguna de sus instituciones. En los últimos decenios ha comenzado a difundirse otra acepción de esa palabra, que suele asociarse a situaciones en las que, para atraer al propio grupo, se usa de violencia o de coacción, o de algún modo se pretende forzar la conciencia o manipular la libertad. Esos modos de actuar, como es obvio, resultan ajenos por completo al espíritu cristiano y son totalmente reprobables. Pero el proselitismo, en su sentido clásico y despojado de esas connotaciones negativas, es algo totalmente legítimo: si se negara a las personas su libertad de ayudar a otras a encaminarse hacia lo que se considera la verdad, se caería en una peligrosa forma de intolerancia» (cfr. www.interrogantes.net).

42. E. BURKHART-J. LÓPEZ DÍAZ, La vida cristiana en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer (pro manuscripto), Roma 2005, cap. III.

43. A. BYRNE (ed.), J. Escrivá: «Camino. The way». An annoted bilingual edition, Scepter, London 2001, 273: «For the word "proselytism" and its derivatives can be misinterpreted in Spanish as in English. One can, certainly, seek to recruit followers of Christ in the wrong way and for the wrong reason. Bur there is an equally perilous opposite error, that of thinking that religion is so private a matter that we cannot and should not seek to influence people to follow our way. The author insists in this chapter that we not only have a right, but also a duty, to spread the faith. If we believe that Christ promises eternal life to his followers, we cannot but be apostles. As Saint Paul said, "Woe to me if I do not preach the gospel!" (1 Cor 9,16). At the very least, we Christians have as much right to spread our religious ideas, as others have to spread their political, social, artistic ideas; and if we don't, it will be a sign that our religion does not mean much to us». Cfr., también, P. RODRÍGUEZ, J. Escrivá de Balaguer: Camino”. Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2002, 864-865.

44. J. RATZINGER, Homilía en la Misa de inauguración del Cónclave, 18.IV.2005.

45. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 44.

46. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Decl. Dominus Iesus, 6.VIII.2000, n. 17.

47. Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Lumen gentium, n. 8; Decr. Unitatis redintegratio, n. 4; JUAN PABLO II, Enc. Ut unum sint, 25.V.1995, n. 11; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Decl. Mysterium Ecclesiae, 24.VI.1973, n. 1.

48. Cfr. F. GIL HELLÍN, Concilii Vaticani II Synopsis. Constitutio Dogmatica De Ecclesia «Lumen gentium», Città del Vaticano 1995, 64 y 697.

49. U. BETTI, «Chiesa di Cristo e Chiesa Cattolica», Antonianum 61 (1986) 743.

50. Cfr. P. RODRÍGUEZ-J.R. VILLAR, «Las "Iglesias y Comunidades eclesiales" separadas de la Sede Apostólica Romana», Diálogo Ecuménico 39 (2004) 606.

51. J. RATZINGER, «L’ecclesiologia della Costituzione "Lumen gentium"», en R. FISICHELLA (dir.), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo, Cinisello B. 2000, 79.

52. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Decl. Dominus Iesus, 6.VIII.2000, nota 56.

53. Cfr. J. RATZINGER, Il nuovo Popolo di Dio, Brescia 1971, 253-259.

54. Cfr. Acta Synodalia, III/IV, 14, 1.

55. CONCILIO VATICANO II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 15.

56. Ya en las intervenciones de algunos Padres conciliares, durante la elaboración del Decreto Unitatis redintegratio, se les había dado ese nombre: cfr., por ejemplo, Acta Synodalia, II/V, 567, 3.

57. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio, 28.V.1992, n. 17.

58. IDEM, Decl. Dominus lesus, n. 17.

59. IDEM, Carta Communionis notio, n. 13.

60. Cfr. CONCILIO VATICANO I, Const. Pastor aeternus, proemio; CONCILIO VATICANO II, Const. Lumen gentium, n. 18.

61. Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio, n. 14.

62. Cfr. ibid., n. 17.

63. Cfr. J. RATZINGER, Chiesa, ecumenismo e política, Cinisello B. 1987, 75-76.

64. JUAN PABLO II, Enc. Ut unum sint, n. 11.

65. P. RODRÍGUEZ-J.R. VILLAR, «Las Iglesias y Comunidades eclesiales»..., cit., 608.

66. CONCILIO VATICANO II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 5.

67. Fórmula que Juan Pablo II aplica a la familia en JUAN PABLO II, Ex. Ap. Familiaris consortio, 22.XI.1981, n. 17.

68. BENEDICTO XVI, Alocución, 20.IV.2005, n. 5.

69. Cfr. JUAN PABLO II, Enc. Ut unum sint, n. 102.

 

Artículo publicado originalmente en Scripta Theologica [38 (2006/2) 617-636].

Fuente: http://www.opusdei.es/es-es/article/evangelizacion-proselitismo-y-ecumenismo/

 

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Son teólogos que han perdido la fe

 

José María Iraburu, sacerdote

 

«Kirche 2011. Ein notwendiger Aufbruch» (Iglesia 2011. Una salida necesaria) es un manifiesto firmado por unos 150 profesores de teología de Alemania, Suiza y Austria, publicado en el diario Süddeutsche Zeitung hace un año, el 4 de febrero de 2011, y hace unos días difundido ampliamente, quizá con motivo de la próxima visita del Papa a Alemania, para ir preparando el ambiente.

 

El escrito, aprovechando que el río Pisuerga pasa por Valladolid, parte de «los abusos sexuales a niños y jóvenes cometidos en el Colegio Canisio de Berlín por sacerdotes y miembros de órdenes religiosas». Aquel horror ha sumido desde hace un año a la Iglesia Católica en Alemania «en una crisis sin precedentes», ocasionando en muchos cristianos el convencimiento de que «son necesarias reformas profundas». Como «no se vislumbran apenas reformas que miren al futuro», éstas que los firmantes proponen son tan necesarias y urgentes que, si no fueran acogidas, «un silencio sepulcral echaría por tierra las últimas esperanzas», y «no significaría más que la calma de la tumba». Tremenda situación.

 

¿Y cuáles son esas reformas «profundas» tan urgentes? ¿Reafirmar la divinidad de Jesucristo, su condición única de Salvador, la virginidad de María, la fe en la Iglesia como «sacramento universal de salvación», la distinción real entre sacerdocio ministerial y común? ¿O se intenta recuperar la misa dominical, la oración y los sacramentos, especialmente el de la penitencia, casi extinguido? Etc.

 

No. La salvación de la Iglesia exige absoluta y urgentemente «la renovación de las estructuras eclesiales». Es imprescindible que haya «más estructuras sinodales en todos los niveles de la Iglesia». Es absolutamente necesario afirmar con más fuerza la libertad de conciencia, la opción por la justicia y los pobres, la participación de los fieles en la elección de Obispos y párrocos, el reconocimiento de que «la Iglesia necesita también sacerdotes casados y mujeres en dignidades eclesiásticas», la no exclusión (se entiende, de la Eucaristía) de las parejas adúlteras o de las parejas homosexuales. Todo metido en un mismo saco.

 

Manifiestos como éste ha habido docenas desde hace medio siglo. La Kirche 2011 es una continuación de la Declaración de Colonia, firmada en 1989 por 220 «teólogos» y con-firmada entonces por 62 «teólogos» de España. Continúa también la iniciativa Somos Iglesia de 1995, y está en la línea de otras muchas. Por falta de Declaraciones y abajofirmantes no queda. En España, la Asociación de teólogos y teólogas Juan XXIII las produce anualmente.

 

Y es notable que los apologistas católicos que hoy salen al frente de los errores anti-católicos y de estos manifiestos-basura suelen ser muchas veces laicos. En tiempos eran algunos Obispos y teólogos –Ireneo, Agustín, Bellarmino– quienes con más fuerza y autoridad salían a defender públicamente la fe y la disciplina de la Iglesia. Hoy cumple esa misión el Papa, pero más bien suelen con él ser laicos, como Messori, Caturelli, Weigel, Michael O’Brien, quienes con más fuerza «combaten los buenos combates por la fe» (1Tim 6,13). Son excepciones poco frecuentes escritos como aquel de Mons. Demetrio Fernández, actual Obispo de Córdoba, sobre el Jesús de Pagola, o artículos como el de Mons. Schneider, Obispo auxiliar de Karaganda, Necesitamos un nuevo Syllabus.

 

En InfoCatólica, concretamente, la Kirche 2011 ha sido enérgicamente rechazada por los laicos Luis Fernando Pérez Bustamante y por Bruno Moreno, éste primero en clave jocosa, y después en serio. También ha sido muy fuerte la crítica del escritor alemán Peter Seewald, el entrevistador del Cardenal Ratzinger y del Papa Benedicto XVI. Considera a los firmantes «ramas podridas» del árbol de la Iglesia, y ve en este nuevo bodrio teológico «una acción concertada de fuerzas neoliberales que hacen presión para conseguir transformaciones que tendrían por resultado despojar a la Iglesia Católica de su mismo ser, y por tanto de su espíritu y de su fuerza». Pide finalmente la dimisión del portavoz de la Conferencia Episcopal alemana, P. Hans Langendörfe, SJ, que acogió el documento como una contribución positiva de los firmantes al diálogo con los Obispos.

 

Han perdido la fe. No son católicos… En su crítica llega Bruno Moreno a una conclusión terrible: «muestran claramente que no tienen fe. Les da igual la doctrina de la Iglesia. Es triste decirlo, pero no son católicos»… Esta afirmación puede parecer excesiva, pero si consideramos, aunque sea brevemente, la doctrina católica, se hace necesario reconocer que es una afirmación exacta.

 

La Escritura afirma que la Esposa de Cristo, «la Iglesia de Dios vivo, es el fundamento y la columna de la verdad» (1Tim 3,15). Es la Iglesia la que con Dios genera las Escrituras y la única que tiene autoridad infalible para interpretarla. Creemos en los cuatro Evangelios canónicos, y no en los apócrifos, porque la Iglesia así lo enseña. Creemos luego en una y otra verdad revelada en los Evangelios porque así lo entiende la Iglesia, no según el parecer individual de cada uno. El Vaticano II enseña que «Tradición, Escritura y Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros» (DV 10).

 

Los Padres de la Iglesia enseñaban que los herejes solamente de nombre son cristianos, porque no reconociendo la infalibilidad docente de la Iglesia, no teniéndola por Madre y Maestra, aceptando unas verdades y rechazando otras, no tienen la fe teologal. San Agustín decía que «los que en el Evangelio creéis lo que queréis, creéis más que en el Evangelio en vosotros mismos» (Contra Faustum 17,3).

 

La teología enseña igualmente que quien no acepta todas las verdades de fe enseñadas por la Iglesia es un hereje, pues deja de creer en su autoridad docente apostólica e infalible, y al apartarse del credo in Ecclesiam, destruye en sí mismo la virtud teologal de la fe. Y en este sentido, para caer en la herejía viene a ser lo mismo negar una o muchas de las verdades de la fe católica.

 

Podrá, sin duda, haber herejes –protestantes, por ejemplo– en absoluta buena fe, que por error invencible, creyendo sinceramente que no es necesaria la mediación de la Iglesia para poder prestar adhesión plena a la Escritura revelada, incurren así en herejía no formal, sino puramente material, y llegan a tener fe divina, aunque no fe divina católica. Pero resulta casi imposible admitir que tan grave error pueda ser invencible en católicos especialmente formados. Si el Catecismo de la Iglesia Católica confiesa, por ejemplo, que la existencia de los ángeles «es una verdad de fe» (328), son ciertamente herejes el párroco, el teólogo o el catequista que niegan esa existencia o la ponen en duda. ¿Qué ganamos con silenciar esta verdad? Son católicos que han perdido la fe. Y que, con el fervor de conversos, hacen todo lo posible para que también otros la pierdan.

 

Santo Tomás de Aquino enseña que para caer en la herejía basta con negar una sola de las verdades de la fe católica (STh II-II, 5, 3). Ateniéndose a la tradición patrística, lo argumenta así:

«El hereje que rechaza un artículo de fe no tiene el hábito [la virtud] de la fe, ni formada ni informe… El objeto formal de la fe es la Verdad primera, manifestada en las sagradas Escrituras y en la doctrina de la Iglesia. Por lo tanto, quien no se conforma ni se adhiere, como a regla infalible y divina, a la doctrina de la Iglesia, que procede de la Verdad primera, manifestada en las Escrituras, no posee el hábito de la fe, sino que las cosas de fe las retiene por otro medio diferente». Puede un hombre que no tiene fe reconocer, por ejemplo, a Dios como Creador único, sin llegar a ese conocimiento por la fe, sino por la sola razón (cf. Rom 1). No tiene fe, aunque afirma una verdad de fe.

 

«Por eso es evidente que quien presta su adhesión a la doctrina de la Iglesia, como regla infalible, asiente a todo lo que ella enseña. Por el contrario, si de las cosas que sostiene la Iglesia admite unas y rechaza otras libremente, entonces no da su adhesión a la doctrina de la Iglesia como a regla infalible, sino a su propia voluntad» y juicio.

 

«El hereje, pues, que pertinazmente rechaza un artículo [de la fe] no se halla dispuesto para seguir en todo la doctrina de la Iglesia –aunque no sería hereje, sino solo un equivocado, si no lo hiciera con pertinacia–. Consiguientemente, queda manifiesto que el hereje que niega un solo artículo no tiene “fe” de los otros artículos, sino únicamente “opinión” según su propia voluntad». Por el libre examen se abandona la fe teologal y se pasa a la opinión personal.

 

Y en el Ad secundum del mismo lugar: «a todos los artículos revelados asiente la fe por un único medio, cual es la Verdad primera, como se nos propone en las Escrituras interpretadas según la sana doctrina de la Iglesia. Por tanto, quien se aparta de este medio [la autoridad docente de la Iglesia] pierde totalmente la fe (totaliter fide caret)».

 

Es un error grave y muy difundido estimar que alguien es ortodoxo y tiene la fe católica en casi todo su pensamiento, aunque se desvíe en unas pocas cuestiones de fe y costumbres. En realidad, no tiene la fe católica si no admite toda la doctrina de la Iglesia.

 

Así es como la Iglesia entiende la naturaleza de la herejía y del cisma: «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad (una) que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (Código de Derecho Canónico 751; Catecismo de la Iglesia Católica 2089). Y «el apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión “latæ sententiæ”» (Código 1364,1).

 

Según esto, muchos teólogos católicos actuales son herejes y están excomulgados, pues niegan con pertinacia una o más verdades de la fe católica, como, por ejemplo, la intrínseca y grave maldad del adulterio o de la unión estable homosexual. Son muchos, como digo, los teólogos católicos que niegan alguna, varias o todas las verdades que refiero ahora a modo de ejemplo: la preexistencia divina del Verbo, la historicidad objetiva de los Evangelios, y concretamente de la resurrección de Jesús, la condición única de Cristo como Salvador de los hombres, la virginidad perpetua de María, la realidad verdadera de la Presencia eucarística, la naturaleza y transmisión del pecado original, la existencia del purgatorio, de los ángeles, de los demonios, la posibilidad de una condenación eterna, la necesidad del sacramento de la penitencia, la condición sacrílega e inválida de una «Eucaristía» celebrada por fieles no ordenados, la necesidad de la fe y de las misiones, y como éstas, otras muchas verdades de la fe.

 

–No son católicos, sino sólo de nombre. Han perdido la fe, y trabajan cuanto pueden para que otros cristianos, cuantos más mejor, también la pierdan. Hoy yo querría para los predicadores apostólicos el celo que muestran los predicadores anti-apostólicos.

 

–Están excomulgados, aunque no se haya dictado por parte de la autoridad de la Iglesia ninguna sentencia de excomunión: incurren en ella latæ sententiæ. Y si son sacerdotes y, estando excomulgados, celebran la Eucaristía y los sacramentos cometen sacrilegios.

 

–En aquellos casos en que ciertos teólogos son «herejes» es una vergüenza hablar de ellos como teólogos «disidentes». Los eufemismos no son cristianos, nada tienen que ver con el modo de hablar de Cristo y de los Apóstoles, como ya vimos (24-26). Solamente valen para expresar una realidad horrible con unas palabras débiles, suavizantes, que les quitan gravedad. Sólo consiguen revestir una realidad pésima con una apariencia respetable, impidiendo así su corrección y sanación. El lenguaje eufemístico desde hace medio siglo hace estragos en la ortodoxia eclesial, y especialmente en el campo del ecumenismo.

 

–Muchos teólogos, siendo herejes y excomulgados, han enseñado y están enseñando durante varios decenios en Seminarios y Facultades católicas de teología, en noviciados y parroquias, en catequesis y ciclos de conferencias, y a través también de numerosas publicaciones, ampliamente difundidas por Librerías católicas, algunas de ellas diocesanas. Todo esto son hechos innegables.

Cuando en la formidable instrucción pastoral Teología y secularización (30-III-2006) la Conferencia Episcopal Española, en su LXXXVI Asamblea Plenaria, en el 40º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, expone y refuta un amplio elenco de graves errores contra la fe y la moral, expone y refuta lo que se ha estado enseñando durante 40 años, y en buena parte se sigue enseñando, en muchos de los centros y lugares que acabo de aludir. José Ortega y Gasset solía decir que no es infrecuente el predicador que «desde el púlpito, finge un maniqueo absurdo para darse el gusto de refutar al maniqueo». En este caso la Conferencia Episcopal no fingía errores y herejías, sino que hacía un exacto retrato del natural.

 

–Son muchos los que han enseñado y siguen enseñando impunemente durante decenios dentro de la Iglesia verdaderas herejías. Esto lo sabe cualquier católico medianamente enterado. No se les aplica la norma establecida por la Ley de la Iglesia: «debe ser castigado con una pena justa: 1.-quien enseña una doctrina condenada por el Romano Pontífice o por un Concilio ecuménico… y amonestado por la Sede Apostólica o por el Ordinario, no se retracta» (Código 1371,1). Más aún, algunos de ellos han sido promovidos a altas funciones eclesiásticas.

 

Orate, fratres. Oremos, hermanos, por la conversión de los herejes, especialmente por aquellos que se consideran y son tenidos por católicos. Corruptio optimi pessima. Oremos al Señor para que nuestra propia conversión ayude a la de ellos. Oremos por el pueblo cristiano y fiel, para que las herejías internas, que tantas veces lo confunden y desvían, sean superadas en la Iglesia de Cristo, «fundamento y columna de la verdad», por la doctrina ortodoxa.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1102121103-60-2-son-teologos-que-han-per

 

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¿Redefinición del adulterio?

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

A raíz de una intervención mía en otro blog de Infocatólica, “Espada de doble filo”, acerca de la propuesta del Cardenal Kasper sobre el tema de la comunión y los divorciados vueltos a casar, el Director me sugirió que la publicara en mi propio blog, lo cual me ha llevado a leer los textos disponibles del Cardenal, para ir a la fuente y reordenar un poco mi exposición, al punto de que he debido hacer una nueva, esperando conservar lo sustancial de la otra e idealmente mejorarla un poco.

 

Los textos del Card. Kasper a los que me voy a referir son los que vienen a continuación. El primero es una traducción de un extracto de su discurso en el Consistorio; el segundo es la traducción de Google y mía de la entrevista en inglés concedida por el Cardenal a la revista Commonweal. Todos los énfasis en negrita son míos.

 

El Papa ha llamado a una discusión sobre este tema. Demás está decir que este humilde aporte apenas apunta a poner un poco de orden en algunos conceptos básicos de la discusión.

 

http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350729?sp=y

 

“A un divorciado vuelto a casar: 1. si se arrepiente de su fracaso en el primer matrimonio, 2. si ha aclarado las obligaciones del primer matrimonio y si ha excluido de manera definitiva volver atrás, 3. si no puede abandonar sin otras culpas los compromisos asumidos con el nuevo matrimonio civil, 4. si se esfuerza en vivir al máximo de sus posibilidades el segundo matrimonio a partir de la fe y educar a sus hijos en la fe, 5. si desea los sacramentos como fuente de fuerza en su situación, ¿debemos o podemos negarle, después de un tiempo de nueva orientación, de “metanoia", el sacramento de la penitencia y después el de la comunión?”

 

https://www.commonwealmagazine.org/kasper-interview-popefrancis-vatican

 

“CWL: En su discurso para abrir el consistorio en marzo [publicado en inglés como El Evangelio de la Familia], se señaló que, por el bien de sus hijos, muchos esposos abandonados están vinculados a una nueva situación, el matrimonio civil, que no pueden abandonar sin nueva culpa. Más adelante en su discurso, se habla de la posibilidad de que un católico divorciado y vuelto a casar podría, después de un período de penitencia, comulgar de nuevo. Usted dice que esto sería un pequeño número de personas, los que realmente quieren el sacramento y que entienden la realidad de su situación y respondan a las preocupaciones que su pastor tendría. ¿Está imaginando una situación en la que un católico divorciado y vuelto a casar –un católico con una nueva pareja y un matrimonio civil– no podría vivir con su nueva pareja “como hermano y hermana” sin destruir esa sociedad, ya que la otra pareja podría no permitir que la relación continúe en esos términos? ¿Es ése el tipo de escenario que tenía en mente?

 

Kasper: El fracaso de un primer matrimonio no se relaciona solamente con la mala conducta sexual. Puede provenir de la incapacidad de darse cuenta de lo que se prometió ante Dios y ante la otra persona y la Iglesia. Por lo tanto, fracasó; hubo deficiencias. Esto tiene que ser confesado. Pero no puedo pensar que haya una situación en la que un ser humano ha caído en un pozo y no hay manera de salir. A menudo, no puede volver a la primera unión. Si esto es posible, debe haber una reconciliación, pero muchas veces eso no es posible.

 

En el Credo decimos que creemos en el perdón de los pecados. Si había esta deficiencia y ha habido arrepentimiento, ¿la absolución no es posible? Mi pregunta va a través del sacramento de la penitencia, a través del cual tenemos acceso a la Sagrada Comunión. Pero la penitencia es lo más importante –el arrepentimiento de lo que salió mal, y una nueva orientación. La nueva cuasi familia o la nueva asociación deben ser sólidas, vividas de una manera cristiana. Sería necesario un tiempo de nueva orientación –metanoia–. No castigar a las personas, sino una nueva orientación porque el divorcio es siempre una tragedia. Se necesita tiempo para resolverlo y para encontrar una nueva perspectiva. Mi pregunta –no es una solución, sino una pregunta– es la siguiente: ¿la absolución no es posible en este caso? ¿Y si la absolución, entonces también la Sagrada Comunión? Hay muchos temas, muchos argumentos en nuestra tradición católica que podrían permitir este camino hacia adelante.

 

¿Para vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto que tengo gran respeto por aquellos que están haciendo esto. Pero es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio. Esto también podría crear nuevas tensiones. El adulterio no sólo es una conducta sexual incorrecta. Es abandonar un consorcio familiar, una comunión, y establecer una nueva. Pero normalmente incluye las relaciones sexuales en tal comunión, así que no puedo decir si hay adulterio en curso. Por tanto, yo diría que, sí, la absolución es posible. Misericordia significa que Dios da a todo el mundo que se convierte y se arrepiente de una nueva oportunidad.

 

CWL: Un defensor de la enseñanza y la práctica pastoral actual de la Iglesia diría que la absolución exige penitencia, y que supone un firme propósito de enmienda, es decir, que no tiene intención de volver a la situación de pecado, como si nada hubiera cambiado. Tiene la intención no sólo de no pecar más, sino además de evitar “la ocasión próxima de pecado”. Los críticos de su propuesta dirían: sí, estamos todos por la absolución de gente así, pero ello puede requerir lo que usted describe como un heroico ajuste de sus vidas para que estén bien dispuestos a recibir la Comunión.

 

Kasper: Tengo gran respeto por estas personas. Pero si lo puedo imponer es otra cuestión. Pero yo diría que la gente debe hacer lo que es posible en su situación. No podemos, como seres humanos hacer siempre el ideal, lo mejor. Tenemos que hacer lo mejor posible en una situación dada. Una posición entre el rigorismo y laxismo –el laxismo no es posible, por supuesto, ya que iría en contra de la llamada a la santidad de Jesús. Pero tampoco el rigorismo es la tradición de la Iglesia. (…)

 

CWL: Así que, para ser claros, cuando Ud. habla de un católico divorciado y vuelto a casar incapaz de cumplir con los requisitos de los rigoristas sin incurrir en una nueva culpa, ¿de qué sería él o ella culpable?

 

Kasper: La desintegración de la segunda familia. Si hay niños usted no puede hacerlo. Si usted está comprometido con una nueva pareja, le has dado tu palabra, así que no es posible. (…)

 

CWL: También habla de la diferencia entre el principio ortodoxo oriental de “economía” y el principio occidental de la epiqueya. ¿Podría explicar la diferencia entre ellos, y cómo es importante en cuestiones tales como la forma en que la Iglesia trata a los católicos divorciados y vueltos a casar?

 

Kasper: Los ortodoxos tienen el principio de “economía”, lo que les permite en casos concretos dispensar, como los católicos dirían, el primer matrimonio y permitir un segundo matrimonio en la Iglesia. Pero no consideran el segundo matrimonio como un sacramento. Eso es importante. Ellos hacen esa distinción (si las personas la hacen es otra cuestión). No estoy seguro de si se puede adaptar esta tradición a la nuestra, pero tenemos elementos similares. La epikeia dice que una regla general se debe aplicar a una situación muy compleja a menudo teniendo en cuenta todas las circunstancias particulares. Hablamos de jurisprudencia, no de ciencia jurídica. El jurista debe aplicar la norma general, teniendo en cuenta todas las circunstancias. Para los grandes canonistas de la Edad Media, la epiqueya era la justicia endulzada con misericordia. Podemos empezar por ahí. Tenemos nuestros propios recursos para encontrar una solución.

 

CWL: Hasta hace poco Ud. fue presidente del Consejo Pontificio sobre la Promoción de la Unidad de los Cristianos. ¿Cómo puede este problema encajar en las relaciones ecuménicas en curso con los ortodoxos orientales? Si hubiera un cambio en la forma en que la Iglesia Católica Romana trata a los católicos divorciados y vueltos a casar, ¿haría las cosas mucho más fáciles, o al menos un poco más fáciles, para el acercamiento entre Oriente y Occidente? ¿O no lo haría más fácil en absoluto?

 

Kasper: Lo haría más fácil. Ellos tienen esta antigua tradición, y su tradición nunca fue condenada por un Concilio Ecuménico. El Concilio de Trento condenó la posición de Lutero, pero no discutió la posición ortodoxa. El Concilio formuló el problema de la indisolubilidad de una manera muy prudente, porque Venecia tenía algunas islas que eran ortodoxas, pero bajo la jerarquía latina. Ellos no querían perder esas islas. Así que no hablaron de este problema. Tuvimos problemas más fundamentales con los ortodoxos. Pero si pudiéramos encontrar una nueva solución sobre la base de nuestra propia tradición occidental, yo creo que sería más fácil encontrar una solución concreta a nuestro problema con los ortodoxos.

 

CWL: Cuando se trata de la cuestión de la comunión a los católicos divorciados vueltos a casar, Ud. tiene sus críticos, algunos de los cuales han encontrado sitio en la prensa italiana. El cardenal Carlo Caffarra, arzobispo de Bolonia, obtuvo una gran cantidad de espacio en Il Foglio para criticar su propuesta. Él tiene una pregunta para usted: “¿Qué pasa con el primer matrimonio?”

 

Kasper: El primer matrimonio es indisoluble porque el matrimonio no es sólo una promesa entre dos personas; es la promesa de Dios también, y lo que Dios hace, lo hace para siempre. Por lo tanto el vínculo del matrimonio permanece. Por supuesto, los cristianos que abandonan su primer matrimonio han fracasado. Eso está claro. El problema es cuando no hay manera de salir de esa situación. Si miramos a la actividad de Dios en la historia de la salvación, vemos que Dios da a su pueblo una nueva oportunidad. Ésa es la misericordia. El amor de Dios no termina porque un ser humano ha fracasado –si se arrepiente. Dios provee una nueva oportunidad –no mediante la cancelación de las exigencias de la justicia: Dios no justifica el pecado. Pero Él justifica al pecador. Muchos de mis críticos no entienden esa distinción. Ellos piensan, bueno, queremos justificar su pecado. No, nadie quiere eso. Pero Dios justifica al pecador que se convierte. Esta distinción aparece ya en Agustín. (…)

 

El segundo matrimonio, por supuesto, no es un matrimonio en el sentido cristiano. Y yo estaría en contra de celebrarlo en la Iglesia. Pero hay elementos de un matrimonio. Yo lo compararía con la forma en que la Iglesia Católica considera a las otras Iglesias. La Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, pero hay otras Iglesias que tienen elementos de la verdadera Iglesia, y reconocemos esos elementos. De manera similar, se puede decir: el verdadero matrimonio es el matrimonio sacramental. Y el segundo no es un matrimonio en el mismo sentido, pero hay elementos del mismo –los que así conviven se ocupan de los otros, están dedicados exclusivamente el uno al otro, hay una intención de permanencia, se cuida de los niños, se lleva una vida de oración, y así sucesivamente. No es la mejor situación. Es la mejor situación posible. Siendo realistas, debemos respetar este tipo de situaciones, como lo hacemos con los protestantes. Los reconocemos como cristianos. Rezamos con ellos.

 

CWL: Y sabemos que ellos no consideran sus matrimonios como un sacramento católico.

 

Kasper: Hay otros problemas. Consideramos el matrimonio civil de los protestantes como matrimonios válidos, indisolubles. Ellos no creen en la sacramentalidad. También hay problemas internos en la actual ley canónica. ¿Cómo se explica esto a un protestante –que “es un matrimonio válido para usted, pero para un católico no es”? Así que debemos en cierto grado reconsiderar las reglas canónicas.

 

CWL: ¿Es justo decir que los críticos piensan que esto es un desacuerdo sobre la indisolubilidad del matrimonio, pero que Ud. está diciendo que el desacuerdo, tal como es, es sobre el propósito de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía?

 

Kasper: De ninguna manera puedo negar la indisolubilidad del matrimonio sacramental. Eso sería una estupidez. Tenemos que enseñarlo, y ayudar a las personas a comprenderlo y llevarlo a cabo. Esa es una tarea para la Iglesia. Pero tenemos que reconocer que los cristianos pueden fallar, y entonces tenemos que ayudarlos. A los que dicen: “Bueno, ellos están en una situación de pecado”, yo diría: el Papa Benedicto XVI ya ha dicho que esos católicos pueden recibir la comunión espiritual. La comunión espiritual es ser uno con Cristo. Pero si yo soy uno con Cristo, no puedo estar en una situación de pecado grave. Así que si pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también la Comunión sacramental? Creo que también hay problemas en la posición tradicional, y el Papa Benedicto reflexionó mucho sobre esto, y él dijo que deben tener los medios de salvación y comunión espiritual. Pero la comunión espiritual va muy lejos: esto es ser uno con Cristo. ¿Por qué estas personas deberían estar excluidas de la otra Comunión? Estar en comunión espiritual con Cristo significa que Dios ha perdonado a esta persona. Así que la Iglesia, a través del sacramento del perdón, también debe ser capaz de perdonar si Dios lo hace. De lo contrario, existe una oposición entre Dios y la Iglesia –y eso sería un gran problema.”

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Tratemos de empezar por los principios. El matrimonio es ante todo una realidad natural, que depende de la Creación, que por tanto es en esencia la misma para todos los hombres, que vale por ley natural aún independientemente de la fe religiosa o de la fe en la Revelación cristiana. En efecto, la familia es parte de la naturaleza humana y es la base de toda sociedad humana, y por lo mismo no puede ser algo que dependa exclusivamente de la fe en la Revelación, y el matrimonio es la base de la familia.

 

La indisolubilidad es una propiedad del matrimonio como tal, no solamente del matrimonio sacramental. Cuando Jesús afirma la indisolubilidad del matrimonio en los Evangelios no se refiere a la Nueva Alianza, sino a la Creación, que es el origen común de todos los hombres. Hace referencia por tanto a la naturaleza humana, que recibimos precisamente de Dios Creador.

 

Es cierto que hay casos, como los que dan en el privilegio paulino o el privilegio petrino, en los que el matrimonio natural puede ser disuelto, para hacer posible la vida de fe del bautizado y eventualmente su matrimonio sacramental. Pero eso mira justamente a los casos en que se encuentran, por así decir, el orden meramente natural y el orden sobrenatural. Dentro del orden meramente natural, que es el que le corresponde de suyo, el matrimonio no sacramental es indisoluble.

 

Para el bautizado, el único matrimonio válido es el sacramental. Son situaciones distintas, ontológicamente, la del no bautizado y la del bautizado. Aquél se rige por el orden de la Creación y la ley natural; éste, sin negar esos órdenes básicos sino presuponiéndolos, a partir del bautismo se rige por la Nueva Alianza en Jesucristo. En su caso, el matrimonio es sacramento, es signo de la unión indisoluble entre Cristo y la Iglesia.

 

Para el no bautizado, el matrimonio civil es válido e indisoluble, en principio, sin entrar en el análisis de legislaciones concretas. Para el bautizado es algo totalmente sin sentido, que allí donde es obligatorio para bautizados sólo lo tolera la Iglesia como imposición tiránica de gobiernos secularistas que hacen que el cristiano tenga que realizar dos veces un ritual llamado
“matrimonio” que en realidad sólo es tal, en su caso, cuando es sacramental.

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La propuesta del Card. Kasper, en principio, apunta a sostener la indisolubilidad del matrimonio sacramental, y por tanto, a habilitar la posibilidad de una confesión sacramental al bautizado divorciado de un matrimonio válido, que se ha unido civilmente con otra persona, que le permita comulgar sin deshacer esa nueva unión y sin dejar de tener en ella vida marital con su nueva pareja, y sin poder celebrar un nuevo matrimonio sacramental dada la vigencia indisoluble del primero. Por lo tanto, al menos desde este punto de vista, hay que decir que efectivamente la propuesta del Card. Kasper lleva a legitimar la poligamia en la Iglesia, porque la esencia de la poligamia está justamente en negar la unidad del matrimonio sosteniendo que es posible estar válidamente casado con más de una persona al mismo tiempo.

 

Esto solo ya es más que suficiente para que dicha propuesta no pueda ser seriamente considerada. Pero de hecho, la propuesta es ambigua, en realidad, contradictoria, porque como vemos en el texto, en otras partes el Cardenal parece reconocer que esta nueva unión no sería matrimonio propiamente dicho, sino que solamente tendría alguna de las notas de la institución matrimonial.

En realidad, es insostenible la idea de que el bautizado pueda tener dos matrimonios válidos. Obviamente que no puede tratarse de dos matrimonios sacramentales. Y en cuanto a que el primero sea sacramental y el segundo no sacramental, eso va frontalmente contra la doctrina de los Papas recogida en el Código de Derecho Canónico, canon 1055 inciso 2: entre bautizados no hay matrimonio válido que no sea por eso mismo sacramento.

 

Bajo este nuevo punto de vista, lo que en definitiva se podría estar proponiendo, tal vez, es una especie de “concubinato no pecaminoso”. En realidad, la definición de “adulterio” es tener relaciones con una persona estando válidamente casado con otra, y la definición de “fornicación” es tener relaciones sexuales con una persona con la que no se está válidamente casado. Se ve por esto que el adulterio es una forma especial de fornicación, que agrega la injusticia cometida contra el cónyuge legítimo.

 

La propuesta del Card. Kasper, entonces, si abandona la calificación de “matrimonio” para la segunda unión, debe llevar a una redefinición del adulterio y de la fornicación, que no se ve en qué términos se podrían expresar para que estas segundas uniones no fuesen ni adulterinas ni fornicatorias.

 

De ahí tal vez la ambigüedad de la propuesta, pues en realidad no puede establecerse en ninguna de las cuatro únicas alternativas que tiene: o negar la indisolubilidad del matrimonio, o legitimar la poligamia, o decir que en ciertos casos el adulterio y la fornicación no son pecaminosos, o dar una nueva definición del adulterio y la fornicación contraria a la de siempre. Por tanto solamente puede oscilar continuamente entre ellas.

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Un argumento muy utilizado por el Card. Kasper en los textos expuestos es que el divorcio es un fracaso, y que el bautizado debe estar dispuesto a reconocerlo y a arrepentirse, con lo cual ya podría confesarse y comulgar.

 

Pero ahí se hace un uso del concepto de “arrepentimiento” que está fuera de lugar en la discusión. Cuando se habla de la imposibilidad de comulgar del divorciado vuelto a casar, no es por haber cometido el pecado de separarse de su legítimo cónyuge y no haberse aún arrepentido de ello. Sin duda que en toda separación hay pecado de por medio de al menos una de las partes, y que ese pecado requiere arrepentimiento y confesión. Pero nadie está impedido de comulgar solamente por haberse separado de su legítimo cónyuge, en lo cual sin duda se deberá distinguir una cantidad de situaciones diversas y de diverso juicio moral.

 

Lo que está en discusión es la comunión de los divorciados vueltos a casar en vida del primer cónyuge. La situación de pecado que les impide recibir la Comunión no es el haberse separado, sino el convivir maritalmente en forma adúltera con otra persona. El arrepentimiento que es necesario ante todo es el arrepentimiento de ese pecado, y es ese arrepentimiento el que no es posible, como no lo es el arrepentimiento en general, sin propósito de enmienda, y por tanto, en este caso, sin la decisión previa de abandonar la relación adulterina al menos en cuanto a la posibilidad de tener relaciones sexuales con la nueva pareja.

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El Card. sostiene que la necesidad de propósito de enmienda en el arrepentimiento y la confesión, en el tema del que hablamos al menos, sería en todo caso lo mejor y lo ideal, pero no algo exigible.

 

¿En qué queda entonces convertido el “arrepentimiento”, sin propósito de enmienda? ¿Con qué lógica se va a exigir luego al que se confiesa de haber robado que restituya lo que robó, o al que se confiesa de haber difamado a alguien que haga lo posible por restaurar la fama de esa persona, etc.? ¿Cómo se va a impedir que las personas adopten esta vez en forma aparentemente sancionada por la misma Iglesia el punto de vista de “igual después me confieso y listo”, implicando que para nada ello exigiría plantearse un cambio de conducta de ahí en adelante? ¿Es ésa la razón del planteo ambiguo en torno al arrepentimiento, del cual no tiene sentido hablar sin propósito de enmienda y que por eso se da a entender ilógicamente que se trata del arrepentimiento por la separación y no por la convivencia adúltera?

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Por otra parte, el uso de las categorías de lo “ideal” y lo “mejor” aquí está fuera de lugar. Cuando hablamos de adulterio o de fornicación estamos hablando de acciones intrínsecamente malas, cuya maldad moral no depende de las circunstancias ni de las intenciones ni de las consecuencias, y que por tanto bajo ninguna hipótesis se puede realizar.

 

No estamos hablando por tanto del “ideal”, sino de mínimo moral posible. Los mandamientos prohibitivos del Decálogo tienen que ver con ese mínimo moral exigible en la relación con Dios, y por eso prohíben las acciones intrínsecamente malas. Declarar a eso un “ideal” que no siempre se puede alcanzar, de modo que muchas veces habrá que conformarse con “lo posible” por debajo de esa norma, es negar que existan acciones intrínsecamente malas, o bien negar que el adulterio y la fornicación sean acciones intrínsecamente malas.

 

En el primer caso caemos en el relativismo total de una ética de la situación o consecuencialista o utilitarista. Si no hay acciones intrínsecamente malas, entonces el fin justifica los medios y ya podemos ir bajando la cortina de la teología moral. Todo lo que la mente humana pueda imaginar podrá ser justificado en determinadas circunstancias, con determinadas intenciones y esperando determinadas consecuencias.

 

En el segundo caso, podemos mandar a archivar el sexto mandamiento, por no decir nada del noveno. Si el adulterio y la fornicación no son intrínsecamente malos, habría que ver qué cosa sería intrínsecamente mala en materia sexual, siguiendo la mentalidad actual, como no ser la violación, por ahora al menos, y la pedofilia, también por ahora al menos.

El hecho es que la doctrina católica estaría legitimando el “todo vale” sexual y por supuesto que el matrimonio quedaría convertido en un recuerdo pintoresco del pasado, y con él la familia que en él se basa.

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El Card. Kasper afirma que la nueva relación, sancionada con un matrimonio civil, no puede ser rota sin injusticia, sin pecado, dado que se ha comprometido la palabra propia y está afectado el interés de los hijos que hayan nacido de esa nueva unión. Y sostiene que tampoco es posible pedir al común de las personas que se encuentran en esta situación el acto heroico de convivir con su nueva pareja como “hermano y hermana”.

 

Ante todo, hay que señalar que, obviamente, esa convivencia como “hermano y hermana” no es algo que se le exija al divorciado vuelto a casar. Puede simplemente romper totalmente la relación. Más bien, esto último es lógicamente la salida normal. Lo otro es una situación bastante especial, que se puede aceptar en ciertos casos en que haya graves argumentos a favor de ello, y que ciertamente exige un equilibrio humano y un fortaleza cristiana no comunes. El periodista presenta el asunto como si lo que la Iglesia le exige al divorciado vuelto a casar es que conviva con su nueva pareja “como hermano y hermana”, lo cual no es así. La otra opción clara es romper la relación totalmente, sin dejar de atender las exigencias de justicia para con los hijos, obviamente.

 

Pero, ante la tesis de “indisolubilidad” que el Card. Kasper parece sostener para la “nueva unión”, es inevitable preguntarse por qué la palabra dada en una ceremonia civil que para el bautizado no significa estrictamente nada debería tener más peso que el compromiso asumido ante Dios en la celebración del matrimonio sacramental. Siguiendo esa lógica, también el mero compromiso verbal y privado entre dos concubinos divorciados de matrimonios válidos previos debería respetarse a toda costa luego de haber podido faltar al compromiso sacramental ante Dios y la Iglesia.

 

Obviamente, hay responsabilidades que atender ante todo hijo engendrado fuera del matrimonio, pero ése es otro tema que no tiene nada que ver con convertir en indisoluble una relación adulterina sancionada por una ley civil que en este punto no tiene validez alguna para el bautizado.

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La pregunta surge inevitable también: ¿qué pasa si la nueva unión también “fracasa”, es decir, si aparece una tercera persona con la cual el bautizado divorciado de un matrimonio válido y unido en matrimonio civil con una segunda persona, cree ver que podría realizar mejor su proyecto de vida que con su segunda pareja? Fácilmente conseguirá el divorcio civil, y obviamente celebrará una nueva unión civil con esta nueva persona. ¿Qué pasará allí con la palabra dada, la responsabilidad para con los hijos, y todo lo demás que el Card. arguye para impedir la disolución de la unión adulterina por parte del bautizado?

 

Podemos suponer, según la lógica del planteo del Card. Kasper, que el segundo matrimonio también seguirá siendo válido luego de esta tercera unión, a lo cual habrá que agregar ahora la validez de ese tercer matrimonio. Esto implica que esta tercera unión no podrá ser rota por la persona, como tampoco la segunda, y ahora sí tendríamos la poligamia en todo su esplendor, no solamente como unión matrimonial simultánea válida con dos personas distintas, sino agregando la nota de la convivencia obligatoria del bautizado con ambos núcleos familiares. Es lógico pensar que lo más práctico de todo sería que todo eso tuviese lugar bajo el mismo techo.

 

Porque claro, después de haber permitido la “nueva unión”, con comunión sacramental y todo, no obstante el matrimonio sacramental previo, ¿iría la Iglesia ahora a prohibir la tercera unión?

¿Con qué argumentos se lograría más respeto para el matrimonio civil con posibilidad de divorcio incluida que para el sacramento instituido por Cristo? ¿Y sería la Iglesia la encargada de hacer respetar eso?

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Es por eso tal vez que la misma tesis del Card. se presenta ambiguamente, pues al final no se habla, parece, de “matrimonio” en sentido propio, sino de algo que “participaría” de la naturaleza del matrimonio sin ser matrimonio propiamente dicho.

 

Pero ahí el principio de tercero excluido vuelve a prestar sus servicios inapreciables. La nueva unión es matrimonio o no lo es. Si es matrimonio, vale todo lo dicho hasta aquí. Si no es matrimonio, entonces estamos hablando o de una forma moralmente válida de adulterio y de fornicación, o de una redefinición del adulterio y la fornicación que permita eximir de ese rótulo a este tipo de uniones.

 

De nada sirve argumentar como hace el Card. Kasper, que en esas uniones hay muchos elementos del matrimonio. Sin duda, siempre se supo que el adulterio incluía o podía incluir la casi totalidad de los elementos del matrimonio. Un varón y una mujer, la atracción mutua, la amistad, la vida sexual compartida, los eventuales hijos, la convivencia, etc. El único elemento que falta, y que hace que se trate precisamente de adulterio, es el vínculo matrimonial válido entre los dos, y la ausencia en ambos de vínculo matrimonial válido con otra persona. Obviamente, dichas carencias están indicando una actitud contraria a la ley natural y la falta de las disposiciones necesarias para la vida conyugal, la cual reclama intrínsecamente, por su misma naturaleza, el matrimonio indisoluble.

 

De nuevo, es como en el robo: el acto por el cual el dueño de un auto se lo lleva a su casa y el acto por el cual el ladrón se lo lleva a la suya tienen la gran mayoría de sus características en común. Lo único que falta, en el caso del robo, es la propiedad legítima del objeto.

 

Por eso Santo Tomás de Aquino hace suyo el antiguo adagio: Bonum ex integra causa, malum ex quodcumque deffectu: el bien procede de una causa íntegra, el mal, de cualquier defecto. Eso es la acción intrínsecamente mala: aquella a la cual le falta al menos una de las características intrínsecamente necesarias para que sea moralmente lícita. Por eso, precisamente, son necesarias: porque sin una cualquiera de ellas el acto es malo.

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Yendo entonces a las tres posibilidades ya señaladas, es claro que legitimar una unión extramatrimonial para los ya casados implicaría la eliminación de las acciones intrínsecamente malas, con el relativismo generalizado consiguiente, o la negación del carácter intrínsecamente malo de la fornicación y el adulterio, con las consecuencias ya señaladas, o bien, la redefinición del adulterio y la fornicación para hacer lugar a que estas uniones no sean ni fornicarias ni adulterinas.

 

De todos modos habría que decir que la unión sexual fuera del matrimonio, con o sin vínculo matrimonial previo con otra persona, no es intrínsecamente mala. Y una vez dicho esto ¿cuál será el objeto intrínsecamente malo, distinto de éste, que pueda asignarse al adulterio y a la fornicación, para poder seguir diciendo que son intrínsecamente malos, si éste no lo es? El resultado final de esta propuesta, por diversos caminos, es el mismo: ni el adulterio ni la fornicación son intrínsecamente malos, el matrimonio deja de ser moralmente obligatorio como marco de la vida sexual y por tanto deja de existir, y con él la familia que en él se basa.

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Sobre esa base decir que se mantiene la indisolubilidad del matrimonio parece una broma. En realidad, la única forma de sostenerlo es aceptando implícitamente la poligamia, o el adulterio ético, pero ni eso siquiera, porque indisolubilidad, fidelidad y unidad del matrimonio están íntimamente unidas. Las tres se basan en ese “una sola carne” que Nuestro Señor señala “al principio”, en el orden de la Creación. Una sola carne, por eso no puede ninguno de los dos unirse con otra persona, ni al mismo tiempo que está unido con su cónyuge ni después de haber roto el vínculo con él, que no lo puede romper; ni para establecer otro vínculo matrimonial, ni para vivir otra vida sexual fuera de todo matrimonio legítimo.

 

Desde este nuevo punto de vista, entonces, la propuesta del Card. Kasper en realidad apunta, al menos en la práctica, a la negación de la indisolubilidad del matrimonio y a la aceptación del divorcio en la Iglesia, pues en la práctica queda invalidada la primera unión, la sacramental única válida para el bautizado, y convalidada la segunda, la civil, que en el caso del bautizado no tiene ningún valor. El “Una sola carne” aquí desaparece totalmente.

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Respecto del Concilio de Trento, al que el Card. hace referencia en su argumentación sobre la “economía” en las Iglesias orientales separadas, diciendo que el Concilio no quiso pronunciarse sobre esa práctica, veamos este canon:

 

“CAN. VII. Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles,que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseñaque ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea excomulgado.”

 

El verbo que aquí se traduce como “fornicación” es “moechari”, que suele tener esa traducción, otras traducciones al castellano del Concilio ponen que la persona “adultera”, lo que parece más lógico dado el contexto. Se puede decir que aquí se define que es verdad que el que se une maritalmente a una persona estando casado con otra, fornica y comete adulterio, pero no se define que sea verdad revelada por Dios, o sea, no se hace de ello dogma de fe.

 

En efecto, lo que se define es que está excomulgado el que sostenga que la Iglesia yerra al enseñar eso. Parece definir entonces que la Iglesia no yerra en este punto, lo cual equivale a definir que el punto es verdadero, pero no que sea dogma de fe. De todos modos, quien sostenga que el que está casado válidamente con A puede unirse maritalmente con B, en vida de A, sin cometer adulterio ni fornicación, implícitamente dice que la Iglesia yerra al enseñar lo contrario.

 

No sirve de nada agregar que cuando nacen hijos deja de haber fornicación o adulterio. En primer lugar, eso no se compadece con la definición de “fornicación” como “tener relaciones sexuales fuera del matrimonio” ni con la de “adulterio”, que a ello agrega, como vimos, el estar válidamente casado con otra persona. Esas relaciones siguen siendo extramatrimoniales, y el que las practica sigue estando casado válidamente con otra persona, por más que de esas relaciones hayan nacido hijos.

 

En segundo lugar, porque lo que está definido que la Iglesia enseña sin error es justamente que en esos casos hay “fornicación” o “adulterio”. La frase no dice “si comete fornicación o adulterio, entonces tal cosa”, en cuyo caso se podría alegar que se niega que en tales casos haya fornicación o adulterio, sino que dice que “si hace tal cosa, es fornicación o adulterio”, y de esa enseñanza se define que carece de error.

 

En tanto esa afirmación de que la Iglesia yerra sea implícita solamente y no explícita, se trataría entonces de un “error en teología” y no parece que estuviese contenido bajo el decreto de excomunión. En efecto, “herejía” es negar lo que la Iglesia define como dogma de fe; “error en teología” es afirmar algo de lo cual se sigue lo contrario a algo que la Iglesia define como dogma de fe. Lo que sí se puede decir con toda seguridad, basado en ese canon de Trento, es que la afirmación que sostiene que quien está casado válidamente con A puede unirse maritalmente con B, en vida de A, sin cometer adulterio ni fornicación, es falsa.

 

Así que eso eliminaría la opción de “redefinir” el adulterio y la fornicación, y le dejaría al Card. Kasper solamente la opción de decir que hay casos en que el adulterio y la fornicación no son intrínsecamente malos, cosa igualmente insostenible como ya se dijo.

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El hecho es que, según dice el Enchiridion Symbolorum (Denzinger) en nota al pie, los orientales no condenaban la doctrina católica, a pesar de seguir una práctica diferente, de ahí que, para no ofenderlos, se optó por esa formulación que entonces no los alcanza directamente.

 

Suponiendo que es correcta la explicación histórica que aporta el Card. Kasper, el hecho es que el Concilio tampoco definió que no sea adulterio, en algunas circunstancias, la unión con una persona A estando casado con otra persona B. Es decir, si por la razón que sea el Concilio prefirió restringir el peso de la condena de la tesis, eso no equivale a una negación, mucho menos dogmáticamente definida, de que la condena pueda tener más peso, y deja abierta la puerta a que así suceda eventualmente en el futuro.

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El tenor del canon es absolutamente general y nada indica que se lo pueda restringir a la condenación de alguna tesis luterana, que por otra parte si era errónea no era por ser luterana sino por sostener lo contrario de lo que aquí se dice.

 

Sin duda, todos los pronunciamientos magisteriales tienen historia, pero el interés del Magisterio está precisamente en que dictamina sobre cuestiones doctrinales universales que trascienden la historia puntual de su formulación. La condenación de los errores vale para toda la Iglesia y no solamente para Alemania o para Occidente. Ése es el sentido de un Concilio Ecuménico, es decir, dirigido a la Iglesia universal. Bueno fuera que la tesis que era por lo menos errónea en boca de Lutero no lo fuese en boca de alguien situado más al Oriente.

 

Véase de paso la absoluta actualidad del Magisterio eclesial de siempre, y cómo en el siglo XVI las discusiones y los argumentos eran básicamente los mismos que ahora: por causa de adulterio, parte inocente, la Iglesia se equivoca, etc.

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En cuanto al matrimonio entre protestantes, el canon 1055 del Código de Derecho Canónico, en su inciso 2 dice que entre bautizados no hay contrato matrimonial válido que no sea por ello mismo sacramento. De ahí se infiere la sacramentalidad del matrimonio válido entre protestantes, pues son bautizados. Es decir, por más que celebrasen solamente por civil, el hecho es que si su matrimonio es válido, es sacramento.

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El Card. Kasper utiliza el argumento de que si el divorciado vuelto a casar puede recibir la comunión espiritual, entonces ya ha sido perdonado por Dios y puede por tanto comulgar sacramentalmente. Insiste en que la comunión espiritual es nada menos que la unión con Cristo Resucitado y Glorioso que evidentemente no puede darse en alguien que está en pecado mortal. Este punto como otros ha sido ya tratado en forma excelente en el blog de Bruno, pero de todos modos diremos algo aquí para completar nuestro análisis del texto.

 

Se argumenta entonces: de hecho se puede comulgar espiritualmente sin confesarse antes; ahora bien, no se puede recibir al Señor en pecado mortal, luego, se supone que en esos casos el pecado ya está perdonado.

 

Contra esto, las gracias actuales pueden darse antes de la justificación y como camino hacia ella. Nadie niega que estando en pecado mortal se puede rezar, se puede pedir la gracia del arrepentimiento, se puede formular el propósito de confesarse y dirigirse efectivamente al confesionario, y que la gracia de Dios puede actuar y actúa en ese momento en el pecador que lucha por salir de su pecado, sin que eso quiera decir que ya ha sido perdonado necesariamente.

 

Por tanto, la gracia de Dios no actúa solamente en el que ya ha sido perdonado, o para producir inmediatamente el perdón, sino también en el que se encamina hacia el perdón sin haberlo recibido todavía, y entonces, bien puede haber dos clases muy distintas de comunión espiritual; es decir, el gesto interior que realizamos puede tener según el caso dos sentidos muy distintos: uno que no implica el perdón del pecado ni tampoco la unión con Cristo, pero sí la acción del Espíritu Santo en el alma para moverla al arrepentimiento y la conversión, y otro que sí implica esa unión con Cristo, aunque siempre de modo diferente respecto de la comunión sacramental.

 

Ahora bien, lo que en todo caso hay que decir de esta última comunión espiritual es que es incompatible con la presencia del pecado mortal en el alma, como bien dice el Card. Kasper, y que por tanto no puede darse allí donde no ha habido arrepentimiento, y por tanto, donde no hay propósito de enmienda, y por tanto, donde se planea continuar con una situación de adulterio. En esos casos sólo será posible la otra clase, por así decir, de comunión espiritual, la que consiste en pedir al Señor que venga a nuestra alma y que para eso primero nos dé las gracias necesarias para lograr el arrepentimiento, la conversión, y la liberación del pecado mediante una confesión bien hecha que implique la renuncia a la relación sexual ilícita.

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La prueba del nueve de esta afirmación la proporciona la misma pregunta del Card. Kasper: si los divorciados vueltos a casar pueden recibir la comunión espiritual ¿por qué no la sacramental?

Completemos la pregunta en forma totalmente lógica con el planteo: si pueden recibir la comunión espiritual sin confesarse, y esencialmente se trata de lo mismo que se da en la comunión sacramental ¿por qué no pueden igualmente recibir la comunión sacramental sin pasar por el sacramento de la reconciliación? ¿Qué necesidad habría de una confesión sacramental que de todos modos va a estar mal hecha, va ser en el fondo sacrílega, pues va a carecer deliberadamente de propósito de enmienda?

 

¿Hay una diferencia esencial tan grande entre ambas comuniones, la espiritual y la sacramental? Sin duda que sí, al menos en este sentido: la comunión espiritual, por los diversos sentidos en que puede darse, no implica necesariamente el perdón de los pecados como se dijo arriba, por eso no se exige para ella la confesión sacramental previa. Y como la contrición, la gracia y la caridad no pueden conocerse con certeza sin revelación divina especial, aún en el caso que de hecho hayamos tenido una comunión espiritual que haga presente a Cristo en nuestra alma y nos una a Él debemos acercarnos al sacramento de la reconciliación antes de poder recibir, esta vez sí con toda certeza, al Señor sustancialmente presente en el Sacramento del Altar.

 

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Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor

 

Diác. Jorge Novoa

 

Este deseo, expresado permanentemente en la Liturgia de las Horas durante el Adviento, alcanza una mayor intensidad, dada la situación de violencia y guerra que hay en la región. La humanidad anhela la paz, eleva súplicas incesantes a Dios pidiendo que cesen las guerras, que son, como las llama el Santo Padre, "aventuras sin retorno".

 

La guerra es consecuencia del alejamiento de Dios, del lento y progresivo silenciamiento de sus mandamientos. De la actitud soberbia e insensible con que el hombre se coloca frente a su Creador. El hombre, una vez más, intenta construir otra Babel, como aquella Torre famosa, en la que expresa el deseo de edificar la historia sin Dios. Pronunciando su palabra, envuelta en intereses personales y ambiciones desmedidas, le dice a su Señor "no te serviré". Los caminos que los hombres construyen buscando la tan anhelada paz ponen a Dios a la "vera", prescindiendo de Él.

 

La Paz no nace de la seguridad de las armas, ni de la destreza de los soldados. Tampoco tiene su origen en la estrategia de los peritos. No se la puede decretar en ningún parlamento, aunque sería una magnífica idea interpelarla en las Cámaras, no para censurarla, sino para escucharla. No recibe ayudas del presupuesto, ni entra en los proyectos de los economistas. Camina tantas veces por los labios de los informativistas que algunos han comenzado a dudar de su existencia. Se la busca en los lugares que no frecuenta, y tantos la prometen, que de tanto esperarla algunos se desalientan. Se halla presente en los más importantes discursos como un deseo frustrado. Ha sido invocada por algunos tratados que nunca son aplicados. Algunos "poderosos" en el supermercado del mundo la pusieron de oferta: si uno compra una caja le entregan dos.

 

La Iglesia con los ángeles proclama; "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres..." Este deseo recorre el universo, pero debe ser acogido en los corazones para habitar en ellos. Jesucristo es la Paz, es el mensajero de la Paz: "Es hermoso ver bajar de la montaña los pies del mensajero de la Paz". Cada región debería anhelar tener las huellas del Señor, que desea en sus apóstoles ir hasta los confines del mundo. Bienvenidos son "los pasos del que trae buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la felicidad, que anuncia la salvación" (Is 52,7).

 

La Paz que viene del Señor "no la puede dar el mundo", porque tiene su origen en Él y es fruto de la relación de amistad con Dios. Ésta exige justicia y misericordia, pero para aceptar su exigente propuesta hay que tener valor, fortaleza, mansedumbre y humildad; estas virtudes conducen a la paz y la edifican. Esta Paz (la única) extirpa el temor. En el amor no hay temor; hay confianza. El hombre debe "abrir las puertas de su corazón al príncipe de la Paz, Jesucristo", debe confiar en Él, permitiendo que sus huellas queden marcadas en nuestra existencia.

 

El Resucitado, cuando se aparece a sus discípulos, la invoca como centro de su saludo: "la paz esté con ustedes". Ella es un don de Dios. Cuando la muerte se levantaba poderosa e invencible, Cristo la sentenció diciéndole: "Tú no tienes la última palabra". “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” La paz es hija de la Resurrección; sabiamente dispuesta por el Padre en el corazón de la Pascua, es entregada a los apóstoles en el día de Pentecostés.

 

¿Acaso la pequeñez de Belén fue un impedimento para que naciera el “Hijo del Altísimo”? Y siendo la más pequeña, dio a luz al más grande, al príncipe de la Paz. Por todo esto, hoy más que nunca, Jerusalén, sobre ti amanecerá el Señor. Mira que tu Señor viene montado en un asno; afina el oído de tu corazón. Viene en un frágil niño, dado a luz por su santa Madre en un establo; acógelo con confianza.

 

Todos comprendemos la necesidad de construir un mundo en Paz. Este deseo de nuestro corazón encuentra la respuesta de Dios en Belén.

 

Fuente: http://www.feyrazon.org/Jorgepaz.htm

 

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¿Se está produciendo un

calentamiento global antropogénico catastrófico? –I

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Reseña del libro: Steve Goreham, The Mad, Mad, Mad World of Climatism –Mankind and Climate Change Mania, New Lenox Books, New Lenox IL USA, 2012.

 

Este libro, de 301 páginas, está disponible en esta página de Amazon. Allí se puede leer gratuitamente el prólogo y las primeras 32 páginas del libro.

 

Éste es un libro sobre el “climatismo”, término que el autor define como “la creencia en que los gases de efecto invernadero de origen humano están destruyendo el clima de la Tierra” (p. 2), por medio de un calentamiento global catastrófico. La tesis principal del libro es que el “climatismo” es una ideología sin respaldo científico sólido, pese a lo cual “casi cada gobierno, universidad, organización científica y empresa [e iglesia, agrego] del mundo ha adoptado el climatismo” (pp. 2-3).

 

1.      La humanidad en las garras de una locura

 

El Capítulo 1 presenta a los principales representantes del climatismo (el IPCC = Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, Al Gore, James Hansen, etc.), sostiene que ahora el cambio climático es un gran negocio para muchos y explica cómo se llegó al actual estado de cosas, desde el testimonio del Dr. James Hansen ante el Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado de los Estados Unidos y la creación del IPCC en las Naciones Unidas (ambos hechos ocurridos en 1988), pasando por la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (en 1992) y la firma del Protocolo de Kyoto (en 1997).

 

2.      Haz esto para salvar el planeta

 

El capítulo 2 sostiene que la energía renovable es una solución ilusoria del supuesto calentamiento global porque es muy cara, provee relativamente poca energía y no reduce significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero; y además porque la energía eólica y la energía solar son intermitentes y los biocombustibles son un pobre sustituto de la gasolina.

 

En ese mismo capítulo Goreham presenta siete cambios principales en el estilo de vida impulsados por partidarios del climatismo: la electrificación de los vehículos, la descarbonización de las viviendas, las empresas “verdes”, la reducción de los viajes aéreos, las dietas vegetarianas, la reducción del tamaño de las familias e incluso el cambio del gobierno y la economía (algunos “climatistas” abogan por la eliminación de la democracia y el capitalismo). A continuación el autor presenta “el espectro del gobierno global” (pp. 35-38), “el dilema de las naciones en desarrollo” (pp. 38-40) y “el lío del comercio de carbón según el sistema cap-and-trade (=tope-y-comercio)” (pp. 40-44).

 

Al final del capítulo 2, Goreham resume el asunto de una forma elocuente: “Parar el calentamiento global es la máxima prioridad de la ideología del climatismo. Eso es más importante que el desarrollo económico, la libertad, la democracia, el capitalismo y el bienestar de las naciones pobres. Ciertamente es más importante que tu auto, tu familia, tu dieta, tu casa, tu viaje y tu estilo de vida. Bienvenido al loco, loco, loco mundo del climatismo. Es un mundo de comidas vegetarianas y bocadillos de insectos, autos diminutos, lámparas fluorescentes y créditos de carbono. Es un mundo en el que tus hijos son medidos por el tamaño de su huella de carbono, más que por el contenido de su carácter. Es un mundo dirigido por burócratas globales que no son responsables ante ningún votante. Es un mundo de energía eólica, solar y de biocombustibles, subsidiada por el gobierno y cara. Los proponentes del climatismo afirman que todo esto, y más, es necesario si vamos a salvar el planeta.” (pp. 44-45).

 

3.      La simple ciencia del calentamiento global antropogénico

 

Los capítulos 3-5, que tratan de la ciencia del clima, constituyen el núcleo del libro. Presentan fuertes argumentos científicos que tienden a mostrar “que el cambio climático se debe a ciclos naturales de la Tierra, impulsados por el Sol y otras causas naturales, y que las emisiones de origen humano desempeñan sólo una parte muy pequeña [de ese cambio]” (p. 7).

 

El capítulo 3 presenta las cuatro premisas básicas que proveen el fundamento de la teoría del calentamiento global antropogénico:

·         El aumento de las temperaturas globales de la superficie terrestre.

·         El aumento del dióxido de carbono en la atmósfera.

·         El efecto invernadero en la atmósfera.

·         Las proyecciones de los modelos de computadora del clima.

 

4.      La historia muestra que el calentamiento global no es anormal

 

Se estima que la temperatura de la superficie de la Tierra ha aumentado alrededor de 0,7 °C desde fines del siglo XIX. Los proponentes del “climatismo” (o catastrofismo climático) sostienen que este aumento de temperatura no tiene precedentes en la historia moderna. En cambio, el Capítulo 4 tiende a demostrar que el “Calentamiento Moderno” (el de los últimos 130 años) no es anormal.

 

Decenas de estudios científicos indican que en el Período Cálido Medieval (circa 900-1300 DC) las temperaturas eran al menos tan altas como en la actualidad. En 982, cuando los vikingos llegaron a Groenlandia, el nombre que dieron a esa isla (Groenlandia=Tierra Verde) no fue una broma irónica. Allí encontraron “matorrales de abedul de seis metros de altura debido al clima cálido” (pp. 56-57). Agrego que hasta el siglo XIII los vikingos cultivaron trigo en Groenlandia, que hoy tiene un clima mucho más frío, con un 80% de su superficie cubierta de hielo. El autor señala que en esa misma época “Inglaterra era un productor de vinos, con catorce vides diferentes cultivadas comercialmente. A pesar del reciente calentamiento del siglo XX, las temperaturas aún no favorecen la producción de vino en Inglaterra.” (p. 57).

 

El Período Cálido Medieval fue seguido por un período más frío: la Pequeña Edad de Hielo (circa 1300-1850). “Los períodos más fríos siempre han sido tiempos de privación humana, y la Pequeña Edad de Hielo no fue una excepción. Los registros históricos europeos describen temporadas de cultivo más cortas, aumento de las hambrunas y enfermedad durante la Pequeña Edad de Hielo. En 1695, Islandia estaba completamente rodeada de hielo, que se extendía al sudeste hasta las Islas Faroe. La población de Islandia cayó un 50 por ciento durante la Pequeña Edad de Hielo.” (Ídem).

 

Hay muchas evidencias científicas de que el Período Cálido Medieval y la Pequeña Edad de Hielo no fueron eventos locales, sino globales. Además, el Período Cálido Medieval y la Pequeña Edad de Hielo son sólo dos de los numerosos períodos cálidos y fríos alternados que integran la historia climática de la Tierra.

 

¿Existe actualmente un calentamiento global? La respuesta a esta pregunta es más compleja de lo que parece a primera vista. Depende de la escala temporal elegida.

 

En una escala de decenas de miles de años, hoy estamos ubicados en un período cálido interglacial, y probablemente cerca del pico de ese período. A largo plazo corresponde esperar la próxima edad de hielo, con temperaturas entre 5 y 10 °C menores que las actuales (cf. pp. 79-80).

 

En una escala de siglos, es muy razonable pensar que “el [reciente] aumento de 0,7 °C en las temperaturas medias es parte de un calentamiento [natural] de largo plazo a medida que la Tierra se recupera de la Pequeña Edad de Hielo.” (p. 69).

 

En una escala de años, se han sucedido últimamente tres períodos diferentes:

·         Un período de enfriamiento global de 1940 a 1975. En los años ‘70 se produjo una fuerte corriente alarmista sobre el enfriamiento global, muy similar a la que poco después se centró en el calentamiento global.

·         Un período de calentamiento global de 1975 a 1998. Este período de tan sólo 23 años representa la base principal del actual alarmismo sobre el calentamiento global.

·         Un período, de 1998 hasta hoy, en el que la temperatura global se ha mantenido casi constante o con una pequeña tendencia descendente. En esta escala, el calentamiento global terminó hace ya 16 años.

 

Goreham señala que estas variaciones de temperatura de corto plazo pueden ser explicadas por fenómenos cíclicos naturales tales como la Oscilación Sureña El Niño y la Oscilación Decenal Pacífica (cf. pp. 66-69).

 

“Por lo tanto, la base para toda la alarma, el aumento de temperatura de los últimos años del siglo XX, no es anormal en términos del tamaño del cambio, la velocidad del cambio o los niveles de temperaturas medidas. Los datos proxy e históricos muestran que las temperaturas durante el Período Medieval Cálido y otras eras recientes de la historia del clima de la Tierra fueron más cálidas que las de hoy. Además, la Oscilación Decenal Pacífica y otros ciclos de temperatura explican plenamente el calentamiento moderno, sin necesidad de los pretendidos impactos de los gases de efecto invernadero de origen humano. La conclusión climatista de que el Período Cálido Moderno es anormal no es apoyada por la evidencia histórica.” (p. 69).

 

5.      Ciencia climática –el resto de la historia

 

En el Capítulo 5, Goreham critica otras cuatro conclusiones científicas básicas del climatismo.

 

¿El dióxido de carbono (CO2) conduce el clima de la Tierra?

 

Según el climatismo, el CO2 conduce el clima de la Tierra; y, más aún, lo ha conducido a lo largo de toda la historia. La pequeña contribución del CO2 al efecto invernadero atmosférico, que es sólo uno de los muchos procesos físicos de la Tierra, se ha convertido en la explicación de la marcha global del clima, y hasta de los terremotos y tsunamis.

 

Sin embargo, el clima de la Tierra es un sistema caótico y complejísimo, en el que intervienen cientos de factores, entre ellos la radiación del Sol, los rayos cósmicos de las estrellas, la fuerza gravitatoria de la Luna, las nubes, los volcanes, las corrientes oceánicas, etc. “Sólo cuatro de cada diez mil moléculas del aire son dióxido de carbono. En toda la historia humana, las emisiones de origen humano son responsables de agregar sólo una fracción de una de esas cuatro moléculas” (p. 72). Los océanos tienen más de 250 veces la masa de la atmósfera y retienen unas 1.000 veces más calor. “Pero los climatistas están obsesionados con el efecto invernadero [atmosférico], el calentamiento causado por la absorción de la radiación infrarroja saliente de los vestigios de gas dióxido de carbono” (p. 74). La contribución del CO2 al efecto invernadero atmosférico es de tan sólo el 19%. El 75% corresponde al vapor de agua y las nubes, y el 6% al metano y otros gases. Del 25% correspondiente al CO2 y al metano, sólo un 3% es de origen humano. Por lo tanto, en principio la humanidad es responsable de menos de un 1% del efecto invernadero.

 

Hacia el final de esta sección, Goreham cita al físico Freeman Dyson, quien sostiene que los modelos de computadoras de los climatólogos describen muy mal el mundo real. Éste “está lleno de cosas como nubes, vegetación, suelo y polvo, que los modelos describen de un modo muy pobre” (ídem).

 

¿El aumento del CO2 se debe al hombre?

 

La variación del CO2 de la atmósfera a lo largo del tiempo se estima midiendo la composición de las burbujas de aire atrapadas en hielo o contando el número de estomas de hojas de plantas. Por lo común los climatistas se basan en el primer método. El segundo método ha dado resultados de hasta 400 ppm (partes por millón) de CO2 en el año 500 DC, un nivel superior al actual. Además, ha mostrado cambios de más de 50 ppm por siglo, un cambio que, según los climatistas, sólo puede ocurrir debido a emisiones de origen humano.

 

Los datos de los núcleos de hielo de la estación Vostok en la Antártida muestran una fuerte correlación entre la temperatura y la concentración de CO2 en los últimos 400.000 años. De allí los climatistas, desestimando la teoría clásica de los Ciclos de Milankovich, deducen que la variación del CO2 ha sido la causa principal de las cuatro edades de hielo y los cinco períodos cálidos interglaciales de esos años. Sin embargo, una mirada más atenta muestra que la concentración de CO2, aunque tiene una evolución similar a la temperatura, sigue a ésta con un retardo de unos 500 años, por lo que sus cambios no pueden ser la causa de los calentamientos y enfriamientos. “Lo más probable es que las temperaturas crecientes calentaron los océanos, los cuales luego se desgasificaron de dióxido de carbono, causando el aumento del CO2 atmosférico” (p. 80).

 

Por otra parte, debido a la Ley de Henry, los 6 mil millones de toneladas de carbono emitidas anualmente por el hombre deben ser vistas en relación, no solamente con los 750 mil millones de toneladas de la atmósfera, sino con los 40.000 miles de millones (= 40 billones) de toneladas de carbono de todo el sistema del clima.

 

¿El vapor de agua produce una realimentación positiva?

 

El dióxido de carbono, por sí mismo, no puede causar un calentamiento global catastrófico. Los modelos del clima alcanzan sus conclusiones alarmantes asumiendo que el vapor de agua multiplica el calentamiento producido por el CO2.

 

Sin embargo, un conjunto creciente de datos indica que la sensibilidad del clima a los cambios de nivel del dióxido de carbono atmosférico es baja. A) Las mediciones desde satélites muestran que el nivel de vapor de agua atmosférico se mantuvo relativamente constante en los últimos 30 años. B) Recientes publicaciones científicas han sostenido que el efecto del vapor de agua podría ser una realimentación negativa (o sea, una amortiguación del calentamiento), en vez de positiva. C) Los modelos del clima de los catastrofistas (=climatistas) predicen  la formación de un “punto caliente” en la tropósfera, centrado sobre el Ecuador; pero las mediciones de temperatura realizadas desde los años ’60 por miles de globos no muestran ninguna señal de ese “punto caliente”.

 

¿Es correcto ignorar al Sol?

 

El climatismo sostiene que el Sol es un factor poco significativo en el cambio climático debido al carácter muy constante de su enorme influencia en el clima. De 1610 a 1995 hubo una muy buena correlación entre el número de grupos de manchas solares y la temperatura de la Tierra. La gráfica correspondiente encaja bien con los dos mayores fenómenos climáticos del período: la Pequeña Edad de Hielo y el Período Cálido Moderno. Pero aunque esa correlación era muy alta, los cambios en los niveles de irradiación de la luz solar eran tan pequeños que no parecía que pudieran explicar los cambios de temperatura de la Tierra.

 

Sin embargo, en los años ’90 científicos daneses (Svensmark, Marsh y otros) encontraron el eslabón faltante del clima: la relación entre los rayos cósmicos y las nubes. Con base en datos experimentales, Svensmark formuló la siguiente teoría: “La actividad de las manchas solares refuerza el viento solar, o campo magnético solar, el cual bloquea una porción de los rayos cósmicos que entran a la atmósfera de la Tierra. Menos rayos cósmicos significan menos iones creados por colisiones con los gases atmosféricos. Menos iones proveen menos núcleos de condensación de nubes para la formación de nubes de baja altitud. Menos nubosidad de bajo nivel refleja menos luz solar, por lo que más luz solar es absorbida por la tierra y los océanos de la Tierra, haciendo que la Tierra se caliente” (p. 96). Una disminución del nivel de actividad de las manchas solares produce el efecto inverso: un campo magnético solar más débil, más rayos cósmicos que entran a la atmósfera, una Tierra más nubosa y más fría.

 

Goreham concluye el capítulo subrayando que el mundo es como parece ser: “el Sol, el tiempo y las nubes y los ciclos de los océanos son las fuerzas dominantes que dan forma al clima de la Tierra. El dióxido de carbono, ese gas invisible y vestigial que es culpado de nuestra predicha destrucción del clima, es sólo una parte minúscula del cuadro” (p. 99).

 

6.      ¡Los océanos están subiendo! ¡Los océanos están subiendo!

 

Los climatistas predicen que, de no mediar un combate exitoso al calentamiento global antropogénico, éste derretirá los casquetes polares de hielo, causando una elevación catastrófica del nivel de los océanos. Las distintas predicciones apocalípticas difieren bastante entre sí, pero en general estiman una elevación de varios metros del nivel del mar durante el siglo XXI, que afectaría gravemente a cientos de millones de personas. Por ejemplo, James Hansen (de la NASA) prevé que hacia 2100 la temperatura global aumentará 3 °C y el nivel del mar subirá 25 metros, lo cual sería verdaderamente catastrófico. La principal evidencia aducida por los climatistas es la disminución del casquete polar ártico, que en el otoño de 2007 alcanzó su tamaño mínimo en 30 años.

 

Sin embargo, los registros históricos muestran que en el pasado se han dado muchas situaciones similares de escasez del hielo ártico. Éste tiende a crecer y decrecer, en ciclos impulsados por fuerzas naturales. Además, el hielo ártico flota sobre el Océano Ártico, por lo que, incluso si se derritiera enteramente, no afectaría el nivel global de los mares. Por último, el hielo ártico es sólo el 1% del hielo del planeta. El 90% de éste corresponde al casquete polar antártico, que en promedio está creciendo. ¡Más aún, en el mismo otoño de 2007, el hielo antártico alcanzó su tamaño máximo en 30 años! Y el casquete de hielo de Groenlandia (8% del hielo global) está estable.

 

Desde la última edad de hielo (hace 20.000 años) los océanos se han elevado unos 120 metros por causas naturales. En los últimos 150 años, los océanos se han elevado a una velocidad de casi 20 centímetros por siglo. A pesar del creciente nivel de las emisiones de gases de efecto invernadero, no se ha detectado una aceleración de la elevación de los mares en los últimos 50 años. Goreham concluye que la humanidad no puede detener el ascenso de los mares: los océanos no pueden ser domados eliminando una molécula de CO2 por cada 10.000 moléculas del aire. “Los niveles del mar se elevarán y caerán por causas naturales, y la humanidad necesitará continuar adaptándose al cambio climático, exactamente como lo ha hecho por miles de años” (p. 112).

 

7.      Tiempo loco y disparates de nieve

 

Todas las semanas, en algún lugar del planeta, hay una sequía, una inundación, un huracán, un gran tornado o un gran incendio forestal.  Estos eventos son partes normales del caótico clima de la Tierra, pero ahora los climatistas los atribuyen al calentamiento global. El IPCC afirma que el calentamiento global está causando tormentas tropicales más fuertes.

 

Sin embargo, la evidencia empírica no concuerda con ese alarmismo. En los últimos 35 años, a pesar del aumento de temperatura de la superficie del mar, no se advierte una tendencia creciente de la actividad global de los ciclones tropicales. La cantidad anual de tornados fuertes en los Estados Unidos tiene una clara tendencia decreciente desde los años ’70. Además, los tornados generalmente son más frecuentes en los años más fríos, no en los más cálidos.

 

Uno de los principales expertos en huracanes, el Dr. Christopher Landsea, renunció al IPCC debido a la politización de sus reportes, supuestamente científicos. Goreham concluye lo siguiente: “Las pretensiones de los alarmistas están basadas en eventos anecdóticos y memorias cortas, sin base científica… [Los datos no] muestran una tendencia de aumento del clima severo. La física climática básica predice una reducción de las tormentas mientras la Tierra se calienta. Sin embargo, los catastrofistas del tiempo continúan alarmando a nuestros ciudadanos. ¡Al diablo con los hechos, adelante a toda velocidad!” (p. 120).

 

La sección titulada “¿La nieve es una señal del calentamiento global?” (pp. 120-124) es muy divertida. Hasta 2008, todos los científicos climatistas señalaban la reducción de las nevadas como una evidencia del calentamiento global. Pero después de tres inviernos muy fríos (2008-2011), que pusieron en ridículo tres veces seguidas las predicciones de inviernos suaves de instituciones como la Oficina Meteorológica del Reino Unido, los climatistas cambiaron su cuento: las nevadas se convirtieron en “evidencia” del calentamiento global.

 

8.      Grandes embustes sobre el cambio climático

 

El autor dedica la mayor parte del Capítulo 8 a rebatir cinco tesis que considera como “algunos de los mayores embustes pretendidos por proponentes del calentamiento global catastrófico” (p. 127).

 

Los climatistas suelen afirmar que el dióxido de carbono es un contaminante peligroso; pero el CO2 es un gas invisible e inodoro que no causa humo ni smog y no es dañino para los humanos hasta niveles muchísimo mayores que los de la atmósfera. Además, el CO2 es “verde”: es alimento para las plantas y es fundamental en la fotosíntesis vegetal. Cientos de estudios científicos muestran que mayores niveles de CO2 atmosférico hacen que las plantas crezcan más, y más rápido. Hace 50 millones de años los niveles de CO2 eran mucho mayores que hoy, y en esa era la vida floreció abundantemente (cf. pp. 128-132).

 

Los climatistas suelen afirmar que el cambio climático pone en peligro la salud. Sin embargo, tanto el sentido común como los estudios científicos aseguran que se enferma y muere más gente en las estaciones frías que en las cálidas. No en vano muchos jubilados norteamericanos se van a vivir a Florida o Texas, no a Alaska o Dakota del Norte (cf. pp. 132-136).

 

Los climatistas suelen afirmar que el calentamiento global, a través del derretimiento del hielo ártico, está destruyendo el hábitat del oso polar y causando su extinción. Sin embargo, en el último medio siglo la población total de osos polares se ha más que duplicado, de unos 9.000 ejemplares en 1960 a unos 23.000 hoy (cf. pp. 136-138). Algunos osos polares están entrando en pueblos, poniendo en peligro a sus habitantes.

 

Los climatistas suelen afirmar que las emisiones de CO2 de origen humano están haciendo más ácidos a los océanos, desafiando a la vida marina en una escala sin precedentes en decenas de millones de años. Sin embargo, el agua de mar es básica, con un pH de 8,2. Una duplicación del CO2 atmosférico disminuiría el pH oceánico a 7,9, aún básico, pero menos. Los océanos nunca serán ácidos. La única preocupación con algún asidero se refiere a los arrecifes de coral; pero los corales de la Gran Barrera de Arrecifes crecieron casi constantemente entre los años 1600 y 2000, exceptuando una pequeña disminución desde 1990. Además, es un hecho comprobado que los peces y corales viven bastante bien en condiciones ácidas, cerca de respiraderos de CO2 en el fondo del océano (cf. pp. 138-140).

 

Los climatistas suelen afirmar que la abrumadora mayoría de los científicos del clima aceptan la teoría del calentamiento global antropogénico. Sin embargo, más de 4.000 científicos firmaron el Llamamiento de Heidelberg oponiéndose a la Agenda 21 de la Cumbre de la Tierra de Rio de Janeiro (1992), agenda muy marcada por la ideología climatista. Además, más de 40.000 científicos norteamericanos han firmado una declaración que afirma lo siguiente: “No hay una evidencia científica convincente de que las emisiones humanas de dióxido de carbono, metano u otros gases de efecto invernadero están causando o causarán, en el futuro previsible, un calentamiento catastrófico de la atmósfera de la Tierra y una ruptura del clima de la Tierra. Además, hay una evidencia científica sustancial de que los aumentos del dióxido de carbono atmosférico producen muchos efectos beneficiosos en los ambientes naturales vegetales y animales de la Tierra” (p. 142).

 

En la sección final del Capítulo 8, el autor cita a Lenin (“Dennos a un niño durante ocho años y será un bolchevique para siempre”) y a continuación dice que los gobiernos están empleando las técnicas de los regímenes totalitarios para adoctrinar a los niños y jóvenes en la ideología climatista. Vale la pena reproducir el párrafo final del capítulo: “Los embustes del cambio climático penetran toda la sociedad de hoy. Líderes intelectuales, gobiernos, grupos ambientalistas, universidades, liceos, escuelas elementales, medios de noticias y ciudadanos equivocados alrededor del mundo repiten interminablemente estos embustes. Nuestro aire está siendo llenado con peligrosa contaminación de carbono; el ozono aumentará; sufriremos muerte prematura por olas de calor; vamos a estar plagados de malaria, virus del Oeste del Nilo y parásitos; la hiedra venenosa cubrirá la tierra; los osos polares morirán de hambre; y los océanos se volverán ácidos. Debemos educar a los niños para poder evitar estos desastres. El Camarada Lenin habría estado orgulloso.” (p. 144). (Continuará).

 

Nota: Las traducciones del inglés son mías.

 

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¿Papiro sobre la mujer de Jesús? Una burda falsificación

 

Corrado Paolucci

Cortesía de Aleteia.org

 

El “Evangelio de la mujer de Jesús” es casi con toda seguridad una falsificación (*). La enésima confirmación, como escribe Tempi el 6 de mayo, llega de un estudio recientemente publicado por Christian Askeland, un investigador americano de la Indiana Wesleyan University, especializado en versiones coptas del Evangelio de Juan. El texto, descubierto hace dos años por la Harvard Divinity School, está escrito sobre un papiro datado en el 700-800 después de Cristo, en el que se lee “Jesús les dijo: os presento a mi esposa”, y es, en realidad, obra de un falsificador del siglo XXI.

 
Diversas incongruencias

 

En un estudio juzgado legítimo e interesante por la propia autora del descubrimiento del papiro, Karen King, Askeland ha demostrado que el “evangelio de la esposa de Jesús” es una falsificación, gracias a la comparación con un segundo fragmento, una versión copta del Evangelio de Juan, adquirido por Harvard junto con el fragmento sobre la mujer de Jesús, y después publicado en la Harvard Theological Review.

 
Askeland ha demostrado que el segundo fragmento es sin duda una falsificación. El texto ha sido de hecho parcialmente copiado de una investigación de 1924, recientemente publicada en Internet, escrita en un particular dialecto copto (Lycopolitan), pero que los escribas del 700-800 (edad a la que se remonta el papiro) nunca habrían podido conocer, al haberse extinguido entre tres y cinco siglos antes. Comparando el fragmento falso con el que habla de la mujer de Jesús, Askeland ha encontrado más de una simple similitud. ¿Quizás lo escribió la misma mano?

 
Engaño del papiro auténtico

 

¿Cómo consiguió el falsificador engañar a los expertos de Harvard y a los instrumentos de investigación de la prestigiosa universidad americana? Según los expertos, utilizó un trozo de papiro realmente antiguo, escribiendo dos textos evangélicos con un tipo de tinta particular compuesta de hollín, capaz de engañar los tests de espectroscopia Raman usados para calcular su edad. Y para escribir el texto del Evangelio de Juan, como demuestra el estudio de Askeland, el falsificador se inspiró libremente en un estudio de 1924, desde hace unos años descargable en internet en formato PDF.

 
Errores gramaticales

 

El escepticismo sobre el pasaje copto en el que Jesús presenta a su hipotética esposa deriva de los errores gramaticales presentes en el texto, del hecho de que parece una copia del Evangelio de Tomás, pero también del insólito uso de las negritas en la frase sospechosa. El experto de religión de la Brown University, Leo Depuydt, en un artículo también publicado en la Harvard Theological Review explica que el uso de las negritas parece querer producir cierto efecto cómico. “Suena más o menos así –escribe Depuydt– ‘mi esposa: ¡sí, he dicho mi esposa, lo habéis oído bien!’”. Para el experto, el fragmento “podría funcionar para un sketch de los Monty Python”, no para un estudio científico.

 

Fuente: A&A Análisis y Actualidad –Año VIII, número 12 (316) | 13-26 de mayo de 2014.

 

(*) Nota de Fe y Razón: El autor no pretende decir que existe una probabilidad, aunque sea mínima, de que Jesús tuviera una mujer, sino que es casi seguro que el papiro en cuestión es obra de un falsificador del siglo XXI. Pero incluso en el improbabilísimo caso de que no lo fuera, sería un fragmento de un evangelio apócrifo muy tardío, sin ningún valor histórico.

 

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«La esposa prohibida»

 

El mío sería el primer libro censurado en España desde el régimen de Franco. Me disgustaría, porque habla a mujeres resistentes y hombres egoístas. Se podría intentar darle una ojeada. La mayor parte de la gente se ha reído con gusto.

 

Costanza Miriano

 

El lunes por la mañana temprano me despierta una llamada de teléfono. Columpiándome en el níspero del jardín –en mi casa no hay campo– intento poner en orden mis pensamientos. Una periodista muy agitada me pide en español que le explique qué es la sumisión, si es posible en menos de dos minutos. Mientras procuro hacerme cargo de quién soy (soy esa que ha escrito «Cásate y sé sumisa», pero sobre todo soy una mujer en camisón columpiándome en un árbol), me lanzo a hacer una recensión de mi libro en ciento veinte segundos. Sé que ha salido en España, pero no tengo otras noticias al respecto. Después de esa llamada, otra más, y otra y otra. Unas diez entre TV, radio, agencias, sitios. Aun siendo todavía el alba (para mí todo el tiempo que precede al mediodía), empiezo a entender que en España está sucediendo algo. Ninguno de esos colegas ha leído el libro, admiten (yo también soy periodista y hablar de cosas que no sé, o de las que sé poco, es mi profesión). Me desgañito intentando explicar que la sumisión –la palabra es de San Pablo– no tiene nada que ver con la violencia, que ésta es materia para jueces y psiquiatras. Intento explicar que el hombre y la mujer son dos pobrezas que se unen, y que no sirve gritar por los propios derechos, sino sólo acogerse recíprocamente. Digo, con Rilke, que somos dos frágiles y limitadas capacidades de amar pero con una infinita necesidad de amor que procede en el fondo del deseo de Dios, el verdadero esposo (curiosamente, al llegar aquí mis colegas parecen desinteresarse, quizá duermen, no hay sangre). Digo que el problema de la mujer es el deseo de control, el del hombre el egoísmo, y que ser sumisas significa dejar de controlar y permitir a los demás que sean, sin querer formatearles (en este momento ya me han colgado, siempre).

 

Poco después patino en el Lungotevere sobre el guano dejado por los pájaros, procurando no caerme mientras sigo escuchando preguntas en una lengua que no manejo, y respondo en inglés o en italiano. Todo lo que sé de español son las palabras de las canciones de Violetta. Añado algunas al final de las frases y finalmente, a la duodécima periodista que llama, pido que me expliquen la razón de tanto interés por mí. «El problema no es el libro que has escrito» –admite– «El problema es que la editorial que lo ha traducido es del arzobispado de Granada, del obispo que ha dicho que se puede violar a las mujeres que han abortado». Me quedo pasmada. He conocido al traductor del libro, el buen padre Mariano Catarecha, y tiendo a excluir que «mi» editor haya dicho eso (en efecto hablaba de la enorme violencia sobre el cuerpo de la mujer que es el aborto, y el dejar a la mujer sola que cargue con las consecuencias).

 

Cuando concluye el turbulento día, mientras combato cara a cara la verdadera batalla, el cambio de estación de los hijos, doy un ojeada al iPad, con la esperanza de que un correo urgentísimo me obligue a abandonar el odiado trabajo, quizás, yo que sé, para ir a retirar un Nobel o el análisis de sangre, si hace falta.

 

Algo me distrae, efectivamente, algo hay, pero no un Nobel de momento. Leo que en el Parlamento español el PP, el PSOE e Izquierda Unida piden que mi libro sea retirado de la venta, y la Izquierda está recogiendo firmas para hacer la misma petición también a la Fiscalía, que, según el traductor de Google, es la Procura. Quizá era mejor el cambio de estación. En cualquier caso, parece que mi frase «el hombre debe encarnar la guía, la regla, la autoridad. La mujer debe salir de la lógica de la emancipación y abrazar con alegría el papel de la acogida y del servicio» ha sido entendida como instigación a la violencia sobre las mujeres. Entonces el problema no es tanto el arzobispo sino, finalmente, la dictadura de la ideología de género, que como es falsa ha de imponerse con la fuerza. Si se mira bien, rasca rasca, siempre estamos en lo mismo: el hombre contemporáneo sabe qué es el bien o el mal, y rechaza que un Padre se lo enseñe. Por eso todo lo que lleva a la escucha de otra voz que no sea la que viene de dentro –esto es la fe– hay que expulsarlo, con cualquier medio.

 

El mío sería el primer libro censurado en España desde el régimen de Franco. Me disgustaría, porque habla a mujeres resistentes y hombres egoístas. Se podría intentar darle una ojeada. La mayor parte de la gente se ha reído con gusto (en muchas librerías está en la sección de humor). O bien siempre se puede no comprarlo.

 

Publicado originalmente en Il Foglio.

Fuente: http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=19091

 

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El Papa a directores de la ONU: los niños por nacer

son «nuestros hermanos y hermanas»

 

Stefano Gennarini, J.D.

 

NUEVA YORK, 15 de mayo (C-FAM). La funcionaria de derechos humanos de mayor rango en la ONU, Navi Pillay, miraba hacia abajo y estaba inquieta mientras el Papa Francisco daba un mensaje provida sin ambigüedades al secretario general Ban Ki-moon y a altos funcionarios de la ONU.

 

Los niños por nacer son «nuestros hermanos y hermanas», dijo el papa Francisco a Pillay y a sus colegas reunidos en Roma para una reunión de coordinación. La oficina de Pillay facilita la tarea de los comités de la ONU que hace poco dijeron al Vaticano que modifique la enseñanza de la Iglesia sobre el aborto.

 

«Hoy, en concreto, la conciencia de la dignidad de cada hermano, cuya vida es sagrada e inviolable desde su concepción hasta el fin natural, debe llevarnos a compartir, con gratuidad total, los bienes que la providencia divina ha puesto en nuestras manos», exhortó el Papa.

 

El mensaje llega en un momento decisivo, cuando las Naciones Unidas debaten un nuevo plan de desarrollo para reemplazar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en 2015 y contribuir con la erradicación de la pobreza, con mejoras en la salud y con el desarrollo económico. La Asamblea General de la ONU está realizando consultas para reunir consenso sobre un esquema conocido como Objetivos de Desarrollo Sostenible.

 

El Papa elogió los esfuerzos realizados hasta ahora por la ONU, aunque advirtió que muchos todavía están excluidos de los beneficios del progreso social y económico, entre ellos los niños por nacer.

 

Denunció la injusticia de la «cultura de la muerte» y de la «cultura del descarte» de nuestro tiempo. Según el Pontífice, el aborto forma parte de esa cultura, junto con la «economía de la exclusión». Instó a los funcionarios de la ONU a rebatir estas injusticias  mediante una «movilización ética mundial».

 

El progreso equitativo sólo puede obtenerse mediante un «empeño solidario constante, acompañado de una gratuidad generosa y desinteresada a todos los niveles», les dijo.

 

El Papa Francisco asimismo pidió a los funcionarios que brindaran «adecuada protección a la familia» como «elemento esencial de cualquier desarrollo económico y social sostenible».

 

La intercesión del Pontífice en favor de los niños por nacer y de la familia evoca las intervenciones de Juan Pablo II previas a una ambiciosa conferencia de la ONU sobre población y desarrollo en 1994, en la que los esfuerzos del gobierno de Clinton y de funcionarios de la ONU para conseguir que el aborto fuera reconocido como derecho humano fueron obstaculizados por el predecesor de Francisco.

 

Las negociaciones de la agenda de desarrollo post 2015 son el nuevo campo de batalla en el que se desarrolla un enfrentamiento similar.

 

El mensaje del papa Francisco tiene como objetivo evitar que la ONU apruebe el aborto incluso de manera indirecta con el pretexto de brindar salud materna o sexual y reproductiva.

 

Los países donantes que apoyan el aborto y los funcionarios de la ONU responsables ante ellos lo incluyen como componente indispensable de la salud materna y de la salud sexual y reproductiva. Las agrupaciones que ofrecen y promocionan el aborto aprovechan las ambigüedades en relación con él en políticas de la ONU para obtener fondos.

 

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio canalizaron con éxito recursos para problemas específicos. Pero quedan pendientes muchas dificultades e incertidumbres al establecerse un nuevo conjunto de metas.

 

La agenda se ha extendido en mucho más de una docena de objetivos, metas e indicadores definidos a grandes rasgos. No existe acuerdo sobre detalles hasta el momento.

 

Los críticos temen que la agenda de desarrollo post 2015 se oriente lejos de la ayuda a los países pobres en su lucha contra la pobreza y las enfermedades, y se centre en objetivos universales inalcanzables en una amplia gama de cuestiones ambientales y sociales muy preciadas para los países ricos.

 

Fuente: http://c-fam.org/en/espanol/volumen-17/7847-el-papa-a-directores-de-la-onu-los-ninos-por-nacer-son-nuestros-hermanos-y-hermanas

 

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Salmo 53 (52)

 

Del maestro de coro. Para la enfermedad. Poema de David.

 

El necio se dice a sí mismo:

«No hay Dios».

Todos están pervertidos,

hacen cosas abominables,

nadie practica el bien.

 

Dios observa desde el cielo

a los seres humanos,

para ver si hay alguien que sea sensato,

alguien que busque a Dios.

 

Todos están extraviados,

igualmente corrompidos;

nadie practica el bien,

ni siquiera uno solo.

 

¿Nunca aprenderán los malvados,

los que devoran a mi pueblo

como si fuera pan,

y no invocan al Señor?

 

Ellos temblaron de espanto

donde no había nada que temer;

Dios ha dispersado los huesos de tus agresores:

tú los has confundido, porque Dios los rechazó.

 

¡Ojalá venga desde Sión

la salvación de Israel!

Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo,

se alegrará Jacob, se regocijará Israel.

 

Fuente: http://www.vatican.va/archive/ESL0506/__PHM.HTM

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

Fundadores de la Revista: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.

 

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Títulos disponibles en www.lulu.com/spotlight/feyrazon, en dos versiones: impresa y electrónica:

 

1.       Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia.

2.       Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica.

3.       Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.

4.       Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.

5.       Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.

6.       Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.

7.       Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes.

8.       Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.

9.       Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana.

10.    María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos filosóficos.

11.    Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo.

                                                              

La versión electrónica de los títulos 1, 3-6 y 8-11 es gratuita.

 

 

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